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martes, 14 de julio de 2026

325. Los duendes verdes del prestigioso centro de jardinería y vivero Cándida Luna Acaramelada

325. Los duendes verdes del prestigioso centro  de jardinería y vivero Cándida Luna Acaramelada.

“¡No, Beau!” le dije a mi novio. “Ni se te ocurra hacer lo que estás pensando. No merece la pena, por favor te lo pido.”

“Nadie se carga el jardín de mi novia y se va de rositas. Ni siquiera los cabezas rosas.”

“¿Esos quiénes son?” preguntó Cardo, también muy indignada y dispuesta a hacer cualquier barbaridad, que yo la conozco bien.

“¡No importa quiénes sean, ni se os ocurra vengaros! Y mucho menos en el calor del momento,” insistí yo.

“Mira, tú eres tonta,” me dijo Cardo. “Mira que defender al  Binky cuando yo estaba intentando que la voz mística esa nos dejase esconderle en su cueva. Claro que era un imbécil el Binky. Y encima le echas la culpa a Papá. ¡Papá es nuestro padre! ¡Y nosotros defendemos a los nuestros! Puede que en el calor del momento Papi le haya sugerido al memo del ministro ese que atosigase a Tito Genti, pero seguro que jamás pensó que ese cretino realmente lo haría. Y con tanto ahínco.”

“¡A ver! Ojalá tengas razón. Quiero pensar que sí. Que sólo fue una metedura de pata de Papi. ¡Pero menuda metedura de pata!  Cuando se trata con gente que está como una regadera, pues hay que cuidar mucho lo que se dice. Sir Mungo era un ejecutor, alguien con ganas desmedidas de hacer lo que él consideraba lo correcto.”

“Sí, poniendo todo patas arriba y sobre todo en contra de la voluntad de todos. Cayese quién cayese.  Ahí le has dado. Has puesto el dedo en la llaga. El Sr. Binky creía que sus intenciones eran las mejores del mundo, que él sabía más que nadie lo que era lo mejor para todos y que tenía derecho a imponernos sus ideas y manejarnos como si fuésemos marionetas. No se veía como un igual, sino como un ser superior con derecho a hacer lo que le daba la gana con los demás. No sentía ningún respeto por nadie más que por sí mismo. En su opinión, nadie había que tuviese mejores ideas que él, ni mejores intenciones. Lo hago porque puedo. Tengo el poder. Y el poder es para usarlo. Eso pensaba.  Pues eso en un diccionario es la definición de avasallar. Eso no se puede hacer, hermanita ultracompasiva,” me dijo Cardo.

“¡Beau! ¿Dónde estás? ¡Quieto parado! No vayas tú ahora a actuar como el Sr. Binky! Este es mi jardín. Yo decido lo que hacer con este problema. Respétame un poco. ¿No has oído lo que ha dicho Cardo del Sr. Binky?”

Por un segundo yo había perdido contacto mental con Beau, pero afortunadamente me hizo caso y volvió a contactar.

Y Beau, tras volver  a hacerse visible, dijo,  “Está bien. Este plato lo serviremos frío. Pero esto no queda así.”

“Y para que no quede así, he traído yo gente que te va a dejar esto como estaba, Brezito,” nos dijo Tito Gentillluvia. “O mejor que antes, si es que quieres aprovechar para cambiar algo. Es el momento de decirlo.”

El tito había aparecido en la ruina de mi jardín con Oliver Malva y Silvano Visco, los duendes verdes del Vivero Cándida Luna Acaramelada, el mejor centro de jardinería de la isla. Y con Arley. Sí, también había venido mi hermano.

“Gracias,” dije yo. “De corazón. Como estaba, por favor.”

Y yo estaba muy agradecida de veras. Volver a dejar aquello como estaba me hubiese llevado mucho tiempo y esfuerzo. Y era mejor que se recuperase el jardín cuanto antes, porque verlo destrozado solo animaba a Beau y a Cardo a vengarse de los vándalos. Para ellos, ajustar cuentas era prioritario. Para mí, y creo que para mi tío, restaurar el jardín era lo primero.

“No van a volver, hermana,” dijo Arley. “Ya saben que lo que buscan no está aquí.”

“¿Pero saben dónde está?”

“Ni nosotros sabemos dónde habéis metido a Binky. Porque os lo habéis llevado vosotros. ¿O no?”

Yo asentí con la cabeza. Más bien con las cejas. Ya no me atrevía ni a decirlo en alto.

“Los jardineros se quedan aquí trabajando. Mientras haya luz, desbrozarán y recogerán. Por la noche, plantan. Esta noche la luna pasará por todas sus fases, una tras otra. Es un favor que te hace, Brezo, para que los duendes puedan plantar de todo en una misma noche. Lo que crece bajo tierra y lo que crece a nuestra vista. Todo. Nosotros no queremos molestar a los duendes, así que nos vamos todos a mi casa,” dijo Tito Gen. Y yo sabía que lo decía porque allí podríamos hablar. “Los buitres no vendrán más por aquí. Ahora están espiando a tu padre, convencidos de que él  tiene escondido al ministro. Yo mismo me he ocupado de que lo piensen. Jamás en la vida pensé que algún día me tocaría ayudar a mi persecutor. Pero el mundo da muchas vueltas.”

En casa de Tito Gen, la Abuelita Sopitas y Perla ya estaban preparando una merienda-cena. El Tito nos dejó en  el comedor para ir a buscar a Mabel. Agapetón, Crispín y su hermano Anselmo ya habían salido a recibirnos, muy contentos, sobre todo de ver a los Lorcanes. El tito logró sacar a su mujer de la biblioteca y nos pusimos a contarles todo lo sucedido.

“A los que os estáis preguntando quiénes eran los cabezas rosas, Beau os puede dar ya la respuesta,” dijo el tito.

“La familia del pesado ese. Ni ellos le aguantaban. No trabajaban con él. Le dejaban ir a su bola.”  

“¿El Señor Binky es un hada buitre?” pregunté yo. Nunca le había visto tomar esa forma.

“No tanto como lo son los más de sus parientes. Pero la manía de quedarse con todo, esa él también la tenía. A su manera,” dijo Beau.

“Esa gente calcula mucho. Se pasa la vida calculando. Saben que pueden perder sus poderes y convertirse en mortales si se pasan en sus manejos más dudosillos. No han herido a ninguno de los Lorcanes para no quedar mal. Bueno, mal han quedado, pero no tanto como podrían haber quedado,” dijo Tito Gen. “Nunca se han metido directamente con nosotros. Sus asuntos son con los de las tinieblas y los mortales. Así los justifican.”

“¿Por qué  quieren de vuelta ahora a la momia esa? Esos no dan puntada sin hilo. Algún negocio tendrán entre manos,” dijo Beau.

Tito Gen se encogió de hombros. “Supongo que ya nos iremos enterando. De momento será mejor que no se apoderen de su pariente. Que hubiesen venido a por él desde el principio. No les hubiese costado nada reclamarlo por las buenas entonces. Nunca le habéis escondido. Todo el mundo sabía dónde estaba. De todas formas, siempre le han despreciado y considerado de segunda categoria. Binky no se entendía bien con su familia. No del todo.”

“¿Y le vas a ayudar?  ¿De verdad quieres hacer eso?” Mabel le preguntó a su marido.

“Querer no quiero. Pero habrá que darle una segunda oportunidad. Se le da a todo el mundo. Y este lleva años anulado. A saber cómo pensará ahora.”

“¿Una segunda oportunidad de acabar con nosotros, Genti? Mira que hemos descansado en el rato que ese ha estado k.o.”

“Te van a llamar tonto, Tito,” dijo Cardo.

“Es lo más probable. Pero tal vez tengamos suerte.”

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