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sábado, 1 de agosto de 2026

328. Bálsamo Oftalmológico Dos Mundos

 


328. Bálsamo Oftalmológico Dos Mundos

Una semana después de que hubiésemos llevado al Sr. Binky al Templo de Mayet, nos volvimos a juntar todos una vez más para acompañar a Pentafloris y sus gemelos a su casa junto al mar.

El mismísimo Memorión se ofreció a llevarnos hasta allí en su nave, probablemente para hacer más solemne la ocasión. De ese modo, si alguien se enteraba del viajecito, también sabrían que tenía la bendición de la memoria de AEterno.

Resultó ser el viaje una experiencia agradable y relajante. El mar azul más azul que nunca y el cielo de un azulito más claro, azul bebé llaman a ese tono, cosa que iba bien con nuestra misión. La regia nave, en contraste con su magnífica apariencia exterior, nos hacia estornudar cuando estábamos bajo cubierta debido a la cantidad de pimienta que Belvedere había regado por todas partes para proteger de bichos a las toneladas de libros y archivos que la llenaban a rebosar. La pimienta tiene algo que ver con evitar roña y moho también, por eso de la humedad o algo.

“Lo siento mucho,” dijo el Memorión. “Mis proveedores se quedaron sin pimienta en grano y tuve que utilizar pimienta en polvo en vez. Probablemente sea un error. Lo más probable. Espero acordarme de no volver a hacerlo. ¿Qué os apetece beber?”

A pesar de su intención, parecía que llevaba siglos olvidándose de no repetir el error.

Mientras descansábamos en la cubierta en tumbonas, sorbiendo piñas coladas y siendo abanicados por hojas de palmera y paypays que se movían solos, comenzamos a charlar de esto y de aquello hasta que yo, Brezo, me di cuenta de que estábamos hablando de algo más de lo habitual.

“Pobre Sunny,” suspiró la pequeña Neferclari.

“¿Pero por qué dices eso?” la pregunté.

“Porque ahora tiene un gemelo malvado.”

“¡No! El Sr. Binky no es exactamente malvado. Sólo un pesado y un dominante. Y no es un auténtico gemelo.”

“Hemos roto normas. ¿A qué sí?” dijo Neferclari. “¿Eso está bien?”

“Nosotros no tenemos normas en el sentido estricto. Tenemos convenciones, costumbres, tradiciones e ideas sobre lo que es correcto y lo que no lo es. Puede que hayamos sido poco convencionales. ¿Pero por qué piensas que hemos transgredido?”

“El primero que toca un hada bebé ha de criarlo. A no ser que alguien lo haya visto antes y lo haya reclamado a grito pelado. Brezo sacó al Sr. Binky de la caja. ¿No tendría que habérselo quedado?”

“No se trataba de un auténtico bebé,” respondí yo rápidamente. “Se trataba de un señor afectado por una desafortunadísima intoxicación. Yo le metí en esa caja, así que creo que me tocaba sacarlo yo misma. Eso no quiere decir que me lo tenga que quedar. ¿O sí?”

“Está experimentando una segunda niñez,” dijo Tito Richi. “¿Hay reglas sobre quiénes han de quedarse con un crío renacido?”

“Brezo le ha cuidado durante unos quince años. Yo creo que tú ya has hecho más que suficiente por Binky, Brezito,” dijo Tito Gentilllluvia. “Todos hemos hecho lo mejor que hemos podido hacer por él. Ahora mismo estoy preocupado por otra persona.”

“Antojito Matricaria. ¿A que sí?” le preguntó Tito Richi a su hermano.

“Tú también lo estás. Estoy seguro. No me digas que lleva en esa cueva desde que era adolescente.”

“Yo soy cinco años menor que tú y ella es de mi edad. Así que ella debió meterse en ese agujero a los diecinueve añitos. El año que tu desapareciste.”

“Yo no tuve nada que ver con eso,” dijo Tito Gen.

“No te pongas a la defensiva. Claro que no tuviste nada que ver. Fue…fue que en esos años hubo una oleada de desapariciones. Un número de gente eligió quitarse de la vista de los demás. O simplemente desaparecieron sin querer. Hubo miedo. La mayoría de los desaparecidos volvieron a aparecer a los siete años, o a los siete días. Algunos en siete horas nada más. Él desapareció también. Pero sigue sin dar señales de vida.”

“¿De quién estáis hablando?” preguntó Beau.

Los titos se miraron.

“Del medio hermano de Henbeddestyr el apotecario,” dijo Tito Richi, muy bajito, como si tuviese miedo de que le escuchasen.

“Henny es un amor,” dijo Tito Gen, “pero el resto de su familia es ...más…sofisticada en comparación.”

“No intentes disimular. Son un atajo de histéricos con un ego que se lo pisan. No les cabe en la cabeza y van por ahí tropezando con los demás,” dijo Tito Richi.

“El padre de Henny es Ambívolo Parry. Vive en Italia y tiene hijos con cierto número de mujeres. No con todas a la vez, con una detrás de otra,” nos informó Tito Gen.

“Pero ese no es el que ha desaparecido. ¿A que no?” dijo Beau.

“Umbriano Parra de Plata es la persona que hizo el numerito de la desaparición,” siguió contándonos Tito Gentillluvia. “Pero no conviene hablar de él. Tiene un genio endemoniado. Pero como parece haber desaparecido con tanto empeño no creo que ahora caiga sobre nosotros escupiendo sapos y culebras porque le estemos criticando.”

“Desapareció o le desaparecieron,” susurró Tito Richi. “El caso es que Umbriano era incluso más ambivalente que Ambívolo. Era como dos personas en vez de una. Ahora era un perfecto caballero y de pronto era un demonio enfurecido.

“No era exactamente que era como dos personas. Yo creo que se trataba de una sucesión de opiniones irracionales que él tenía. Quiero decir que estaba a muy bien contigo un minuto y al siguiente se le antojaba que tú habías hecho o dicho algo intolerable. Y si hasta entonces eras un tipo legal, en ese momento te convertías en un patán de mierda que no merecía consideración alguna. Y a partir de ahí ya nunca sabías si estabas a bien o a mal con él.”

“Era muy difícil tratar con él,” asintió Tito Richi. “¡Ese genio endemoniado que tenía! Pero un día puso los ojos en Antojo Matricaria, ejemplo perfecto del hada bienhechora vocacional.”

“Yo diría que fue al revés. Fue ella la que se fijó en él,” dijo Tito Gen, “y se quedó prendada.”

“Embrujada,” dijo Tito Richi. “Aunque he de admitir que el tenia fama de guaperas, no puedo dejar de preguntarme quién tuvo la loca idea de embrujarles. Puede que los opuestos se atraigan, pero no. No hay manera de que eso haya ocurrido de forma natural.”

“Hay que decir que él sí que se sintió halagado y respondió muy bien a la atención que ella le prestaba,” dijo Tito Genti.

“Demasiado bien,” dijo Tito Richi. “Te digo que los embrujaron. Él no tenía que haberse metido con esa. Alguien tan volátil como él no tendría que haber jugado al amor verdadero. Se supone que el amor verdadero es eterno.”

“Antojo era todo luz y dulzura,” nos explicó Tito Gen, “Curiosamente, tampoco era fácil tratar con ella, aunque por razones completamente opuestas a las que dificultaban el trato con Umbriano.”

“Empalagosa,” asintió Tito Richi. “Demasiado buena para resultar amena. Y nadie se la merecía. Ni en el buen sentido ni en el malo.”

“Uno ha de admitir que Umbriano intentó agradar. Eso de que él le gustase a alguien con una reputación de persona tan buena como tenía Antojo le hizo sentirse especial. Para tenerla contenta, él también se dedicó a hacer el bien. Hizo unos cuantos favores a mortales cuando iba por ahí con ella y eso le puso contento, supongo yo. Nunca se habría sentido así de bien antes. Y ella se lo sabía agradecer.”

“¿Pero?” preguntó Beau.

“La gente no suele tener facilidad para cambiar. Mientras que los mortales a los que beneficiaba se mostraban agradecidos y le bendecían, pues eso hacía feliz a Antojo y todo iba bien,” dijo Tito Gen. “Tú sabes mejor que yo lo que fue mal, Richi. Cuéntalo tú.”

“No sé todo lo que hubo, pero algo tuvo que ver con una campesina mortal e ignorante que tenía un hijo pequeño que se estaba quedando ciego. Umbriano y Antojo estaban celebrando su juventud en un campo plagado de matricaria cuando apareció esta mujer. Pretendía recoger flores de matricaria para hervir las en agua y hacer una manzanilla con la que lavar los ojitos de su niñito. Bueno, pues a Umbriano no le interesaba un pimiento hacer de curandero, pero para agradar a su novia se tomó como dos minutos de su precioso tiempo y procuró de la apoteca de su hermano Henny un ungüento, o un aceite o bálsamo que podría restaurar la visión del nene mortal. Desgraciadamente, como era impaciente por naturaleza, no quiso esperar a que su hermano terminase de atender a una clienta pesada y se hizo con lo primero que le pareció que serviría para su propósito. Y resultó que el tal bálsamo hizo más de lo necesario. Bueno, él se largó con el potingue y se hizo visible ante la campesina y le entregó el bálsamo, diciéndola que sólo tenía que colocar un poco de eso en los párpados del nene y que eso curaría al chaval. Luego ella debería tirar lo que sobraba en un arroyo que había cerca de su choza. Pues mientras Antojo le demostraba a Umbriano lo orgullosa que ella se sentía de él por ser tan amable, la campesina se fue a casa con el bálsamo. Pero antes de frotar aquello en los párpados de su hijo, pues probó un poco en los suyos, para asegurarse de que al menos no le haría daño al niño. Cuando vio que no la hizo mal alguno, lo utilizó con el chico, y el bálsamo funcionó al instante. El crío recuperó la vista. Pero como dije antes, eso no fue todo lo que hizo el bálsamo. Al día siguiente, la mujer esta fue al mercado para vender remolachas y zanahorias y otros tubérculos altamente nutritivos que ella misma había cultivado. Colocó una manta en el suelo junto a un puesto de frutas y se sentó ahí con su cesto. ¿Y qué fue lo que vio? A Umbriano Parra de Plata mangando tranquilamente  frutas y colocándolas cuidadosamente en un gran cesto. O eso creyó ver ella. Lo cierto es que  Umbriano estaba haciendo otro acto de bondad para complacer a su novia y preparaba dicha cesta para alguien necesitado. Él ya había colado unas monedas en la bolsa del frutero para pagar por la fruta, monedas que valían más que lo comprado,  pero la campesina no le había visto hacer eso. Así que la pobre ignorante se levantó y gritó,`¡Al ladrón!´señalando a su benefactor con el dedo. `¿Qué ladrón?´ preguntó el frutero que no podía ver a  Umbriano porque este era invisible a los ojos de los mortales en ese momento y era el bálsamo que había probado la campesina en sus ojos lo que hacía que ella sí pudiese ver al hada. El tal bálsamo, fabricado exclusivamente para uso de hadas, era algo que se llama Bálsamo de  Dos Mundos. Y Umbriano, enfurecido porque esa mujer desagradecida le había llamado ladrón, la dejó completamente ciega sin ni siquiera pestañear, demostrando de esta manera que tienen razón los viejos que dicen que el trato entre hadas y mortales suele ser peligroso las más de las veces. Y me imagino que a Antojo le daría un síncope al enterarse de lo que había hecho su amado. Y él se pondría todavía más furioso al ver que ella no le apoyaba con lealtad absoluta. Y más se enfadaría todavía cuando su hermano el apotecario le reprochó haber cogido lo primero que vio en la apoteca sin consultarle. Y no sé que pasaría después de eso, pero Umbriano desapareció de la vista de hadas y mortales. Y Antojo comenzó a decaer, y empezó a decir que la habían echado una maldición y que ya no podía ayudar a gente buena, sólo a gente mala. Y terminaré esta triste historia insistiendo en que no entiendo que pudieron ver Umbriano y Antojito el uno en la otra y vice versa para enamorarse tan absurdamente. Y que sospecho que fueron embrujados desde el principio y puede haber aquí más de lo que el ojo cándido puede ver de entrada.”



viernes, 24 de julio de 2026

327. El Gemelo

327. El Gemelo

Tío Richi y yo, Brezo, salimos escopetados en dirección al dolmen de Antojo Matricaria. Beau y Tito Gen llegaron a la vez que nosotros. Y yo casi ni me fijé que la pequeña Neferclari estaba agarrada a mi falda.

“¡Ay, vaya!” dijo la gatita blanca, convirtiéndose en la niña hada que realmente era esta Atsabesita. “No quise rasgarte el vestido. Mis uñitas.”

“No pasa nada,” dije yo. “¿Pero por qué no nos dijiste que querías venir, cielo?”

“Lo hice. Pero tú y el Tío Abuelo Richi estabais tan nerviosos que no me escuchasteis.”

La verdad es que estábamos todos algo nerviosos. Excepto quizás Tito Gen, porque creo que él ya tenía idea de lo que se iba a encontrar allí.

“¡Antojo Matricaria! ¡Soy Gentillluvia! ¿Te acuerdas de mí? ¡Venimos para ayudarte!” anunció mi tío en la entrada del dolmen.

“El hombre que me fue endilgado, de eso va el problema,” dijo la Voz.

“¿Sigue ahí dentro?”

“Sí, aquí dentro. Pero ya no es un hombre.”

“¿Y ahora es un niño?”

“Peor. Es un bebé. Si no se despierta, puede que desaparezca. ¿Eso puede pasar, no?

“No tengo ni idea. Pero corren rumores.”

“¿Y le vas a dar a Binky un azote en el culo para que reaccione como hacen los médicos mortales?” le preguntó Tito Richi a su hermano.

“¡Me niego en redondo a hacer eso!” dijo el tito. “Si no se despierta por su cuenta, que desaparezca.”

Y Antojo Matricaria sacó el ataúd del dolmen de un empujón. Y al ser lanzado de esta manera, el pobre Sr. Binky despertó de golpe y gritó, “¡Uaaaaaaaaah!” Ahí estaba, casi ahogándose entre la ahora enorme ropa que había llevado. Nos miró con los ojitos bien abiertos y se encogió una vez más. Fue la última.

“¡Oh, por Og! ¡Va a necesitar padres!” dijo Tito Richi.

“Ni se te ocurra presentarte voluntario,” dijo Tito Gen.

“Si te lo quieres quedar tú, yo lo entiendo. Tengo tes hijos y tres hijas. Tú sólo tienes dos niñas. Lo justo es que te lo quedes tú.”

“¡No lo quiera el hado!” exclamó Tito Gen.

Yo ya estaba sacando al Sr. Binky del ataúd. Le envolví en su camisa, que ahora parecía gigantesca.

“No creo que a Mungo le haga gracia que yo sea su padre. Sería humillante. Me pongo en su lugar. Si esto estuviese ocurriendo al revés, yo no querría a un Binky como padre. Y mucho menos a este en concreto. Con las agarradas que hemos tenido.”

“Te daría una paga los sábados y te obligaría a pagar impuestos de eso,” asintió Tito Richi. “Acabarías desafiándole, como a Papá.”

“Yo no he desafiado a nadie. Sólo intenté razonar con AEterno.”

“Eso no es una buena idea. No se puede razonar con él. Él lo sabe todo y actúa de formas misteriosas. Una combinación muy difícil. ¿Fuiste infeliz entre nosotros, Genti? Vendaval a veces se mostraba resentido.”

“Para nada. Y Val tampoco fue infeliz de niño. Eso vendría luego. Yo creo recordar que nos llevábamos todos bien. Disputitas entre hermanos habría, pero las normales. Nada serio.”

“Aun así, tener dos padres es estresante. Así que tener tres ha de ser peor.”

“Cuatro. Divina era maravillosa. Cálida y cariñosa y agradablemente excéntrica. Siempre me trató exactamente como yo quería que me tratase. Celestial era casi tan irracional como AEterno. Digo casi, porque ella nunca me pidió que renunciase a él. Excelso me dijo que él sería para mí lo que yo quisiera que fuese. Nunca me dio un solo problema. Sí que me ponía yo un poco triste cuando os tenía que dejar a todos para ir al norte en Noche Vieja. Pero una vez allí, Celestial me mantenía tan ocupado que no tenía tiempo para pensar. Pero curiosamente a pensar por mí mismo fue lo mejor que aprendí allí. Aunque es muy dominante, ella jamás mencionó a AEterno. Nunca me pidió que pasase de él y me quedase con ella todo el año. Creo que ella sabía que yo no iba a renunciar a ella aunque él me presionase. Cuando me tocaba marchar, ella hacía mis maletas en silencio. Y yo me iba sin más. Tal vez en el fondo yo disfrutaba de ser objeto de contienda. Igual me hacía sentirme importante eso de que se peleasen por mí. En cuanto a AEterno, nos distanciamos por culpa del jardín envenenado. La mayoría de los niños hada se van a vivir por su cuenta al cumplir los siete años. Y yo estaba a punto de cumplirlos cuando discutimos. Él me dijo que dejase de chantajearle y me fuese si eso era lo que yo quería y yo me fui. Pero no muy lejos. Aparecía por casa a diario para ayudar a mi madre, tal y como me había enseñado Celestial. De noche dormía en la caseta de los botes. Yo sabía que él sabía que yo estaba ahí, pero los dos fingíamos que no sabíamos nada.”

“¿En el cobertizo de los botes? Yo te ofrecí compartir mi habitación. ¿Te acuerdas de eso?”

“Claro que sí. Llorando amargamente porque creías que me habían echado. Y AEterno intentando que me sintiese culpable porque todos estabais asustados. Eso fue muy amable por tu parte, Richi, lo de ofrecerme cobijo. Caelanoche me prestó su barco. ¿Te acuerdas que tenía un yatecito?  Pues allí dormía yo hasta que me casé con Mabel.”

“¿Y tus hermanos del norte te trataban tan bien como nosotros?”

“Celestial les dijo desde el primer día que ella sólo podía pasar conmigo la mitad del tiempo que pasaba con ellos. Así que me consentiría el doble que a ellos mientras estaba con ella. No creo que ella les importaba tanto a ellos como me importaba a mí. No eran celosos. Sólo aburridos. No tenían interés en aprender a coser ni a tejer ni a fabricar sidra. Ni siquiera en hacer cerveza. Sólo en practicar artes marciales y observar el horizonte. Cargar piedras enormes y arrancar árboles de raíz. Cosas así. En eso pasaban la mayor parte del tiempo.”

“¿Y aprendiste a pelear?”

“Como una fiera. Me vino bien después, cuando tuve que unirme a los prevencionistas.”

Mientras los titos perdían así el tiempo, poniéndose sentimentales recordando su niñez, yo estaba achuchando al Sr. Binky. Y de pronto escuchamos un grito.

“¡PEDUBASTIS! ¡SOCORRO!”

Casi se me cae el bebé del susto.

“¿Qué pasa, tesoro?” Tito Gentillluvia le preguntó a Neferclari muy alarmado.

“No me escucháis. Sólo perdéis el tiempo hablando entre vosotros. Tengo que daros la solución a vuestro problema.”

Es cierto que esta niña habla muy bajito.

Y entonces apareció Pedubastis.

“¡No me escuchan!” protestó Neferclari, haciendo pucheros. “No sirvo para mensajera.”

“Pero si estás a punto de serlo. Has gritado y eso ha captado su atención. Habla ahora que la tienes.”

Pedubastis se llevó al Sr. Binky de mis brazos y la pequeña Neferclari dijo, “Pedubastis y mi tío Arley hablaron ayer al amanecer. Y él habló con ese al que le dicen El Memorión, y ese dijo que Pedubastis tenía la razón y que podíamos entregar este bebé a Penny Olacristalina, que sigue estando en el templo del Gatito  y puede decir que ha tenido gemelos en lugar de un único niño. Eso cuando vuelva con sus padres, los vagos de playa, que todavía no saben nada de nada.”

“¿Penny quién?” dijeron los titos al unísono.

Pedubastis entonces les explicó a mis tíos quién era Pentafloris Olacristalina. Y como eran sus padres, y como esta chica había parido en secreto al hijo de un mortal con el que ya no tenía nada que ver. Los titos se miraron y asintieron con la cabeza.

“Si mi suegro dice que esto nos vale, pues supongo que valdrá,” dijo Tito Gen. “No hay mayor garantía.”

“Hagámoslo pues. Puede que estemos robando a Mungo Johnny, pero las hadas tienen costumbre de raptar a gente. ¿O no?” dijo Tito Ricatierra. “Yo se algo sobre secuestros. Aunque siempre he sido la victima. No es tan malo como parece. Bueno, no siempre. Pero nosotros le haremos el bien a este crío.”

“Normalmente nunca haría yo algo así,” dijo Tito Gen, ”pero la familia de Mungo nunca le ha tenido en gran consideración. No han mostrado interés alguno por su suerte en años. En realidad nunca, diría yo. A saber por qué le andan buscando ahora.”

“Esa gente explota a los humanos,” dijo Tito Richi. “Obi dice que es el sentimiento de culpa lo que ha hecho que Mungo se obsesione con los mortales. Una familia de vagos de playa no podría ser más distinta a la que ha tenido hasta ahora. Tal vez esté más feliz entre los vagos.”

“En cualquier caso, le esconderemos entre ellos hasta que sea capaz de razonar.”

“¿Tú crees que alguna vez ha sido capaz de eso?”

“Quiero decir que hasta que él sepa lo que quiere. Ha pasado años tumbado en un ataúd. Pasar una nueva infancia viviendo junto al mar no puede ser tan horrible.”

“¡Vaya, pues parece que que vamos a raptarle! ¿Puedo ser yo el que le robe y entregue a esa Penny? Nunca he secuestrado a nadie. Y yo pensaba que hoy me iba aburrir muchísimo.”

“Ninguno de vosotros va a hacer nada, señoritos,” dijo Pedubastis. “El templo lo hará por ustedes. Yo me llevaré a este crio al templo y se lo daré a Penny. Así, si tenemos un problema con los buitres, podré decir que me lo encontré solito y nadie podrá haceros responder por esto.”

“¿Por qué es todo el mundo mas sensato que yo?” preguntó Tito Richi a Pedubastis.

Ella sacudió la cabeza y todos nos fuimos al Templo de Mayet. Sí, todos, porque los titos dijeron que había que proveer por el niño y también darle algo a Penny por las molestias, para que pudiese criar a Binky y a su hijo posiblemente humano sin que les faltase de nada.

“Posiblemente humano quiere decir  posiblemente  mortal,” dijo Neferclari. Ahora todos teníamos cuidado de escucharla. Tito Gen hasta la llevaba subida a sus hombros para estar seguro de oirla si hablaba.  “¿Cuándo vamos a saber seguro si ese niño de Penny es mortal o no? ¿Cuándo de pronto caiga muerto?”

Tito Richi y Tito Gen se miraron. Y Tito Richi asintió con la cabeza.

“Díselo,” dijo.

“No se le puede dejar solo,” le explicó Tito Gen a Neferclari. “Los niños de mujeres hada y hombres mortales pueden tener muchos dones y talentos y habilidades, pero eso no significa que no se puedan convertir en fantasmas de sopetón. Sin el menor aviso previo. Alguien tiene que estar ahí preparado para salvarles de ese destino si están a punto de pringarla.”

“¿Incluso cuando son adultos?” preguntó la Atsabesita.

“Me temo que sí. Solo comer de nuestra comida no garantiza la inmortalidad. No suele suceder que mueran en nuestro mundo. Por eso les pedimos que no vayan al mundo de los mortales. Y mucho menos sin  acompañantes. Allí es donde tienen más probabilidades de caer fulminados de repente. Y si uno de nosotros no se da cuenta a tiempo y les arrastra devuelta al mundo de las hadas y les mete comida nuestra en la boca, pues la pringan en un latido de corazón. Pero se convierten en fantasmas, así que no desaparecen del todo.”

“Esta Penny es bastante mona. ¿No crees?” preguntó Tito Richi a su hermano cuando vimos a Pentafloris.

“¡Ay, Richi!” dijo Tito Gen sacudiendo la cabeza.

“Sólo he querido decir que Mungo va a tener una mamá bonita. Joven y con pinta de alegre.”

“¿Alegre? Insensata y despreocupada, lo más probable,” murmuró Tito Gen. “Pero si mi suegro dice que vale…”

Pedubastis  ya había hablado con Penny y había llegado a un acuerdo y todo lo que los titos tuvieron que hacer fue darle a Penny una de esas chaquetas que siempre tienen un bolsillo lleno de monedas de oro, a pesar de que no iba a vivir en Isla Manzana, y también dos chaquetitas iguales pero enanas, una  para cada niño. Tito Gen la advirtió a Penny que no debía de darles las chaquetas a los niños hasta que no hubiesen cumplido los siete años. Él iba a dejarse caer de vez en cuando por la choza de la playa donde iban a vivir para ver si todo iba bien. Y ella debería llamarle si le hacía falta algo.

“Se llama Mungo John,” dijo Tito Richi a Penny. “Pero como va a vivir de incógnito, sugiero que le des otro nombre. Uno bien distinto.”

“Este niño se llama Sunny, como el sol,” dijo Penny señalando a su hijo. “Así que quizás a ese otro debería llamarle Moony, como la luna.”

“Mientras no se convierta en un lunático,” dijo Tito Richi.

“No entremos en eso ahora,” dijo Tito Gen. “Todo va a salir bien. El mismísimo Mnemosino ha dicho que así será. Y a la primera señal de un problema, tú me llamas. Ya te he dicho eso, Penny.

viernes, 17 de julio de 2026

326. No hay por qué alarmarse

326. No hay por qué alarmarse

“Admito que estoy a favor de la venganza. La encuentro útil.  A veces. Venganza disuasoria. Pero no creas que tu tío no la aprueba. Tú no te has dado cuenta, pero él ya se ha tomado un pellizco. Él dijo que había derivado a los buitres hacia tu padre. Les hizo creer que es a él a quien tienen que espiar.”

Eso estaba pensando Beau para que yo lo supiese.

“Merecido se lo tiene Papá,” pensé yo. “Y es una buena alternativa a que nos espíen a ti y a mí, Beau, que estamos más indefensos. Y esto no va a llegar a nada porque Papá no está escondiendo nada. ¿Tú crees que Papi se ha dado cuenta de que le están espiando?”

“¿Cómo puede un buitre espiarle a uno discretamente? Aunque he de decir que los Cabezasrosas no son buitres cualquiera. Tienen mucha experiencia en eso de apoderarse de lo que quieren.”

Antes de que Beau o yo pudiésemos pensar más, alguien llamó a la puerta del comedor dando un suave toquecito. Todos nos volvimos para ver quién había anunciado su presencia de este modo. Y vimos a un caballero menudo pero muy distinguido y todo empapado. Con pelo azul que se volvía canoso a ratos y gafas. Y yo, al menos,  no le había visto antes.

“¡Buenas noches, Papá!”  Mabel le dio la bienvenida. Y supe que ese era Belvedere el Mnemosinita, también conocido como el Memorión porque era la memoria de mi abuelo.

“Estoy mojando tu suelo. Como hago con frecuencia. Siempre me mojo cuando caigo en el mar. Y cada vez me caigo con más frecuencia. Se me olvida abrir las alas cuando salto de mi barco.”

Este señor vivía en un barco. Eso yo lo sabía. Arley me lo había dicho.

“Tu mente está ocupada en otras cosas, cielo,” dijo Mabel. “Gentie, presenta a tu suegro a toda esta gente.”

“Él sabe quienes son, y ahora todos ellos también saben quién es él. Así que simplemente decid hola todos y ya está.”

“He venido en cuanto he podido. Por eso salté al mar. No es medianoche. ¿A qué no? Estoy aquí temprano porque he de deciros que mañana al mediodía recibiréis vía gorrión un mensaje muy alarmante de Antojo Matricaria.”

“¿Y quién es Antojo, señor?” preguntó Beau.

“La Voz del interior del dolmen,” respondió Tito Gen.

“¡Ay, vaya! Deberíamos ir ahora mismo a ver que le está pasando,” dije yo, levantándome de la mesa.

“¡No, no, no! ¡Qué nadie se mueva! Antojito no se enterará de que tiene motivos para asustarse hasta mañana por la mañana. Podéis dormir tranquilos esta noche, y así coger fuerzas para asustaros mañana. Aunque tampoco hace falta que os asustéis, porque ya os estoy contando que llegaréis a tiempo de tranquilizarla,” dijo Belvedere. “Me gustaría sentarme, pero voy a mojar tu silla, Gentillluvia. Sería una pena. ¡Qué bonitas son! ¿Nuevas?”

“Las mojas casi a diario y no importa nunca,” dijo Tito Gen, “porque compré estas sillas cuando arreglé la casa y cambié los muebles y elegí sillas impermeables.”

“¡Oh! ¡Cimoso! Siempre estás en todo, hijo. Creo que ya me has dicho esto antes. Sí, sí que me lo has dicho. Lo recuerdo perfectamente ahora. Claro como el agua,” dijo Belvedere. Y se fue hasta una silla caminando como lo hacen los marineros. Y se sentó. Sin mojar nada. El agua se le quedó encima.

No era medianoche, pero era algo tarde y Tito Gentillluvia nos llevó a casa. Arley se quedó con Mabel y el Memorión, que iba a ponerse a cenar, porque la abuelita Sopitas le recordó que convenía hacerlo aunque fuese un hada. Pero antes oímos a Mabel decirle, "¿Papá, por qué llevas bigote? Nunca lo llevas." Y el contestó, "No tengo ni idea. ¡Qué extraño! Ni siquiera es noviembre." Y con su magia  se lo quitó, y se mudó y secó y peinó todo a la vez y yo creo que quedó mucho mejor.

A la mañana siguiente me desperté escuchando por la ventana de mi dormitorio una conversación entre Oliver Malva y Silvano Visco y mi tío Ricatierra.


“Cuando curramos durante muchas horas seguidas, nos crece hierba por las orejas y por las narices,” decían los jardineros. “La tenemos que recortar, o arrancar de cuajo antes de que la pisemos o nos incordie de otras formas. Por ejemplo, si se queda pillada en el cortacéspedes.”

 ’¡Aaaaayyy, que dolor! No os lo toméis a mal, pero me alegro de que eso no me pase,” dijo Tito Richi. “¿Duele mucho cuando os arrancáis la hierba?”

“¡Nada! Un rollo sí que es. Estar en eso. Pero estamos acostumbrados y no le damos importancia.”

Cuando estuve lista salí afuera y le dije hola a estos tres y felicité a los jardineros por el gran trabajo que habían hecho. Mi jardín estaba exactamente como había estado antes del ataque de los buitres, pero con un brillo especial, como cuando le quitas el polvo a un objeto bonito. Invité a los duendes y al tito a desayunar, pero los duendes se excusaron diciendo que tenían que estar en otra parte y se fueron.

“Lo que no entiendo es por qué no me llamaste a mí,” me dijo Tito Richi. “Yo podría haber arreglado este desaguisado para ti.”

“No llamé a nadie. Se presentaron. Pero tú hubieses dejado mi jardín hecho una maravilla palaciega. Y esto es más modesto, como yo.”

“Hemos estado comparando notas, los duendes verdes estos y yo, y la verdad es que lo tienen mucho más crudo ellos. Pero mira, en realidad estoy aquí porque mis hijos me contaron…eso que juraron no contar a nadie.”

“Estaba segura de que lo harían.”

“Si que se chivan, sí. Pero en realidad yo creo que es que ni saben lo que es el silencio. Por eso no pueden callarse. Ni poder saber lo que estaban prometiendo. No les estoy excusando. Pero es que son ruidosísimos. Yo no sabía que los niños eran tan escandalosos. He sido niño y me pregunto si yo gritaba como un energúmeno, pero no lo recuerdo. No me daría cuenta. Bueno, pero estoy aquí para ayudar.  Yo sé más de este asunto que tú. Conozco a…bueno, a la persona esa que ahora no se distingue de un troglodita. ¿Eran los trogloditas los que construían…eso que ya sabes.”

“En unas horas recibiré un mensaje muy alarmante de esa persona,” dije yo. “Pero el Memorión me dijo que no tenía porque preocuparme por nada.”

“Aún así, yo quiero ser de ayuda. El Memorión. Quizás quiso decir que yo estaría aquí para resolver el problema que sea y por eso no debes preocuparte. Ese hombre, Brezito, hace más por mi padre que yo mismo. Porque siempre está en lo que está. Y apenas recuerda nada que tenga que ver con su propia vida, esa que ha dejado de tener. Sólo recuerda lo que es importante para que AEterno pueda mantenerlo todo bajo control. No sólo en esta isla. En todas partes. Aquí, los isleños no damos mucha lata. Discutimos continuamente entre nosotros por sandeces, pero la sangre nunca llega a ninguno de nuestros ríos. Por ejemplo, mis hermanos y yo, y nuestros primos del norte tenemos una reputación de  fatuos y fieras y a veces nos hacemos cosas horribles, pero nunca llegamos demasiado lejos. Ni haciendo ni resintiendo. Porque sabemos que no nos interesa tener que sustituir al viejo. Comenzamos peleas, pero frenamos a tiempo. Imagínate, si yo fuese a desafiar a Papi y por desgracia le ganase, y me tocase suplantarle, pues tendría que hacer todo lo que él hace para que pudiésemos vivir tranquilos y no podría limitarme a pasear por mi plantación sólo de vez en cuando canturreando. No me veo jugando obsesivamente al golf o al ajedrez para no volverme loco y luego escuchando los rollos que seguro que suelta el Memorión para saber lo que tengo que hacer. El Memorión. Ni siquiera le llamamos Tío Belvedere porque  no tenemos ni trato ni confianza con él. Él sólo trata con sus hermanas y su hija y con Papá, por supuesto. Eso desde mucho antes de que yo naciese.”

“Me alegro de que os podáis controlar,” dije yo, “porque me pongo muy nerviosa cuando veo peleas. Por ejemplo, cuando el abuelo finge no saber quién es Tito Genti. Y el tito le toma el pelo.”

“Pobre Genti. Es el único de nosotros que se ha atrevido a enfrentarse a Papi. Pero no para desbancarle, nada de eso. Sólo para intentar razonar con él. Todo esto viene de que Gen no ha querido elegir entre sus dos madres. Esa es la raíz de este pique. El ha aprendido de Tita Celestial  a hacer toda clase de cosas que le vuelven independiente. Y Papi odia eso. Papi da libertad a todo el mundo, deja que hagamos lo que queramos, pero no le gusta nada que vayamos por libre. Le sienta fatal que no elijamos hacer lo que a él le gustaría que hiciésemos. No es que el pobre Gen haga nada malo. Es que no hace nada mal. Siempre parece que va a hacerlo todo mejor que cualquiera.”

Y Tito Richi me dijo que pensaba que mi jardín era muy bonito pero que acababa de inventar nuevas flores que podrían quedar muy bien aquí. Así que volvimos a recorrer el jardín, que es muy grande, plantando esas flores por aquí y por allí. Barbazules, tiernos corazones, cítrico ajo rosa, espejitos Venecíanos y más. Eran espléndidas.

“De mis hijos, Corona de rosas es la única que muestra interés por las plantas. Siempre me observa cuando voy a crear una flor nueva, y aplaude cuando lo he hecho. Y si la flor le encanta, vuela hasta mi nariz y planta allí un besito. Pobre pequeña. Siempre será pequeña. Ya sabes que los niños que son fantasmas nunca crecen. A no ser que se les ocurra reencarnar y lleguen a la edad adulta en su nueva vida. Me aterra pensar que un día nos diga que quiere reencarnar. Pero también me da mucha pena que nunca pueda hacer más que observar nuestro mundo.”   

Y entonces aparecieron los Atsabesitos porque querían jugar en su casa de muñecas que antes estaba en el Bosque Triturado, en el rincón de Gatsabé, y que ahora estaba en mi jardín. Y Tito Richi se puso a jugar al escondite con ellos. Y así pasamos la mañana hasta que mi gorrión Wilberto me trajo en su piquito una notita que depositó en la palma de mi mano.

Estoy horrorizada. Algo horrible está sucediendo aquí. Y no consigo entenderlo. Aquí no hay nadie más que yo, y no sé que hacer con este problema. Por favor venid en cuanto podáis.

Eso decía la nota de Antojo Matricaria.

“Sí que suena alarmante, sí,” dijo Tito Ricatierra. “Me alivia mucho saber que lo que tenemos aquí no va a ser realmente un problema.”

 

martes, 14 de julio de 2026

325. Los duendes verdes del prestigioso centro de jardinería y vivero Cándida Luna Acaramelada

325. Los duendes verdes del prestigioso centro  de jardinería y vivero Cándida Luna Acaramelada.

“¡No, Beau!” le dije a mi novio. “Ni se te ocurra hacer lo que estás pensando. No merece la pena, por favor te lo pido.”

“Nadie se carga el jardín de mi novia y se va de rositas. Ni siquiera los cabezas rosas.”

“¿Esos quiénes son?” preguntó Cardo, también muy indignada y dispuesta a hacer cualquier barbaridad, que yo la conozco bien.

“¡No importa quiénes sean, ni se os ocurra vengaros! Y mucho menos en el calor del momento,” insistí yo.

“Mira, tú eres tonta,” me dijo Cardo. “Mira que defender al  Binky cuando yo estaba intentando que la voz mística esa nos dejase esconderle en su cueva. Claro que era un imbécil el Binky. Y encima le echas la culpa a Papá. ¡Papá es nuestro padre! ¡Y nosotros defendemos a los nuestros! Puede que en el calor del momento Papi le haya sugerido al memo del ministro ese que atosigase a Tito Genti, pero seguro que jamás pensó que ese cretino realmente lo haría. Y con tanto ahínco.”

“¡A ver! Ojalá tengas razón. Quiero pensar que sí. Que sólo fue una metedura de pata de Papi. ¡Pero menuda metedura de pata!  Cuando se trata con gente que está como una regadera, pues hay que cuidar mucho lo que se dice. Sir Mungo era un ejecutor, alguien con ganas desmedidas de hacer lo que él consideraba lo correcto.”

“Sí, poniendo todo patas arriba y sobre todo en contra de la voluntad de todos. Cayese quién cayese.  Ahí le has dado. Has puesto el dedo en la llaga. El Sr. Binky creía que sus intenciones eran las mejores del mundo, que él sabía más que nadie lo que era lo mejor para todos y que tenía derecho a imponernos sus ideas y manejarnos como si fuésemos marionetas. No se veía como un igual, sino como un ser superior con derecho a hacer lo que le daba la gana con los demás. No sentía ningún respeto por nadie más que por sí mismo. En su opinión, nadie había que tuviese mejores ideas que él, ni mejores intenciones. Lo hago porque puedo. Tengo el poder. Y el poder es para usarlo. Eso pensaba.  Pues eso en un diccionario es la definición de avasallar. Eso no se puede hacer, hermanita ultracompasiva,” me dijo Cardo.

“¡Beau! ¿Dónde estás? ¡Quieto parado! No vayas tú ahora a actuar como el Sr. Binky! Este es mi jardín. Yo decido lo que hacer con este problema. Respétame un poco. ¿No has oído lo que ha dicho Cardo del Sr. Binky?”

Por un segundo yo había perdido contacto mental con Beau, pero afortunadamente me hizo caso y volvió a contactar.

Y Beau, tras volver  a hacerse visible, dijo,  “Está bien. Este plato lo serviremos frío. Pero esto no queda así.”

“Y para que no quede así, he traído yo gente que te va a dejar esto como estaba, Brezito,” nos dijo Tito Gentillluvia. “O mejor que antes, si es que quieres aprovechar para cambiar algo. Es el momento de decirlo.”

El tito había aparecido en la ruina de mi jardín con Oliver Malva y Silvano Visco, los duendes verdes del Vivero Cándida Luna Acaramelada, el mejor centro de jardinería de la isla. Y con Arley. Sí, también había venido mi hermano.

“Gracias,” dije yo. “De corazón. Como estaba, por favor.”

Y yo estaba muy agradecida de veras. Volver a dejar aquello como estaba me hubiese llevado mucho tiempo y esfuerzo. Y era mejor que se recuperase el jardín cuanto antes, porque verlo destrozado solo animaba a Beau y a Cardo a vengarse de los vándalos. Para ellos, ajustar cuentas era prioritario. Para mí, y creo que para mi tío, restaurar el jardín era lo primero.

“No van a volver, hermana,” dijo Arley. “Ya saben que lo que buscan no está aquí.”

“¿Pero saben dónde está?”

“Ni nosotros sabemos dónde habéis metido a Binky. Porque os lo habéis llevado vosotros. ¿O no?”

Yo asentí con la cabeza. Más bien con las cejas. Ya no me atrevía ni a decirlo en alto.

“Los jardineros se quedan aquí trabajando. Mientras haya luz, desbrozarán y recogerán. Por la noche, plantan. Esta noche la luna pasará por todas sus fases, una tras otra. Es un favor que te hace, Brezo, para que los duendes puedan plantar de todo en una misma noche. Lo que crece bajo tierra y lo que crece a nuestra vista. Todo. Nosotros no queremos molestar a los duendes, así que nos vamos todos a mi casa,” dijo Tito Gen. Y yo sabía que lo decía porque allí podríamos hablar. “Los buitres no vendrán más por aquí. Ahora están espiando a tu padre, convencidos de que él  tiene escondido al ministro. Yo mismo me he ocupado de que lo piensen. Jamás en la vida pensé que algún día me tocaría ayudar a mi persecutor. Pero el mundo da muchas vueltas.”

En casa de Tito Gen, la Abuelita Sopitas y Perla ya estaban preparando una merienda-cena. El Tito nos dejó en  el comedor para ir a buscar a Mabel. Agapetón, Crispín y su hermano Anselmo ya habían salido a recibirnos, muy contentos, sobre todo de ver a los Lorcanes. El tito logró sacar a su mujer de la biblioteca y nos pusimos a contarles todo lo sucedido.

“A los que os estáis preguntando quiénes eran los cabezas rosas, Beau os puede dar ya la respuesta,” dijo el tito.

“La familia del pesado ese. Ni ellos le aguantaban. No trabajaban con él. Le dejaban ir a su bola.”  

“¿El Señor Binky es un hada buitre?” pregunté yo. Nunca le había visto tomar esa forma.

“No tanto como lo son los más de sus parientes. Pero la manía de quedarse con todo, esa él también la tenía. A su manera,” dijo Beau.

“Esa gente calcula mucho. Se pasa la vida calculando. Saben que pueden perder sus poderes y convertirse en mortales si se pasan en sus manejos más dudosillos. No han herido a ninguno de los Lorcanes para no quedar mal. Bueno, mal han quedado, pero no tanto como podrían haber quedado,” dijo Tito Gen. “Nunca se han metido directamente con nosotros. Sus asuntos son con los de las tinieblas y los mortales. Así los justifican.”

“¿Por qué  quieren de vuelta ahora a la momia esa? Esos no dan puntada sin hilo. Algún negocio tendrán entre manos,” dijo Beau.

Tito Gen se encogió de hombros. “Supongo que ya nos iremos enterando. De momento será mejor que no se apoderen de su pariente. Que hubiesen venido a por él desde el principio. No les hubiese costado nada reclamarlo por las buenas entonces. Nunca le habéis escondido. Todo el mundo sabía dónde estaba. De todas formas, siempre le han despreciado y considerado de segunda categoria. Binky no se entendía bien con su familia. No del todo.”

“¿Y le vas a ayudar?  ¿De verdad quieres hacer eso?” Mabel le preguntó a su marido.

“Querer no quiero. Pero habrá que darle una segunda oportunidad. Se le da a todo el mundo. Y este lleva años anulado. A saber cómo pensará ahora.”

“¿Una segunda oportunidad de acabar con nosotros, Genti? Mira que hemos descansado en el rato que ese ha estado k.o.”

“Te van a llamar tonto, Tito,” dijo Cardo.

“Es lo más probable. Pero tal vez tengamos suerte.”

sábado, 11 de julio de 2026

324. Veinticuatro pérfidos pajarracos

324. Veinticuatro pérfidos pajarracos

¡Hola! Soy Brezo. Dolfitos me ha pedido que narre este capítulo yo misma porque él se marea intentando seguirnos a Beau y a mi porque pensamos a la vez y sabiendo lo que los dos pensamos incluso cuando pensamos de forma distinta.

En el capítulo anterior un pájaro que no podía tener un aspecto más ominoso anidó sobre el lugar de reposo de Sir Mungo John Binky, el ataúd de oro y cristal en el que mi hermana Cardo y yo le colocamos cuando sucumbió a los efectos de una enorme lata de Aceite Apocado. Ha estado durmiendo durante años en mi jardín debido a este accidente. Y cada vez parece más y más joven. Al principio parecía un año menor cada año o dos, luego aparentaba más joven cada mes. Y ahora no tenemos ni idea de que va a pasar día a día u hora por hora. No sabemos qué le ocurrirá si no despierta antes de volverse tan joven, tan joven, que resulte inexistente.

Esto no nos preocupaba mucho porque sucedía muy despacio. Pero cuando el pájaro de mal agüero aterrizó en su ataúd, nos fijamos en que no parecía tener más de veinte años. Y eso nos asustó. Temimos que ese pájaro pudiese estar esperando a que menguase, se volviese niño y de tamaño portátil. Sí, tan pequeño que el pájaro pudiese salir volando con él y dárselo de comer a sus crías.

Así que decidimos trasladarlo y esconderlo en algún lugar que no conociese el pájaro. Y Dolfitos sugirió un dolmen que habían descubierto Esmeraldo y Azulina, una construcción única y singular en Isla Manzana. Así que Beau y Quintín Andaraudo cargaron el ataúd hasta esa cámara funeraria. Y Cardo y yo les seguimos tan silenciosa y discretamente como nosotras y ellos pudimos.

Esmeraldo y Azulina ya estaban parlando con la Voz que emergía del dolmen, diciéndole a su dueña – pues suponíamos por la voz que se trataba de una fémina – que ellos habían encontrado sus vocaciones.

“Tú nos dijiste que ya no podías hacer el bien a nadie bueno, al estar bajo una maldición que sólo te permite ayudar a los malvados, de forma que indirectamente causas males que no quieres propiciar. Pues hemos estado pensando en esto y hemos llegado a una conclusión. Queremos contarte nuestros planes,” dijo Azulina a la Voz.

“Yo voy a reventar a esos malandrines a los que tú sólo puedes hacer el bien. Haré de su vida un infierno por ti,” dijo el chiquito pero matón Esmeraldo. “Lamentarán el día que les ayudaste.”

“¡Ay, por favor!” dijo Azulina. “No es exactamente eso lo que vamos a hacer. Lo que pretendemos hacer es el bien que tú no puedes hacer. Y si eso requiere frustrar los planes de seres malignos, pues eso haremos. Nos dijiste que fuiste un hada bienhechora. Y eso es lo que queremos ser nosotros. Hadas bienhechoras. Esa será nuestra vocación.”

La Voz del dolmen no estaba segura de que los niños Ricatierra pudiesen hacer lo que se habían propuesto hacer. Ella dijo que la maldición bajo la que se hallaba podría llegar muy lejos y alcanzarles. Porque si ella había ayudado a estos críos a encontrar su vocación, eso era hacer el bien, y ella no podía hacerle el bien a nadie bueno. Y los niños estos eran niños buenos. Así que…

“¿Pero hasta dónde puede llegar esa maldición?” preguntó Azulina. “No lo sabremos si no probamos.”

La Voz del Dolmen también tuvo reparos en dejar que nosotros depositásemos ahí al Sr. Binky.

“Si os dejo esconder a ese señor aquí, estaré ayudando a gente buena. Y eso no lo puedo hacer.”

Y entonces Cardo dijo, “Mira, Voz Insegura, este tipo al que queremos esconder era un imbécil cuando estaba despierto. A un mierda es a quién estarías ayudando.”

“¡Ay, Cardo!” dije yo. “Eso no es exactamente así. Él creía tener las mejores intenciones, pero casi nadie estaba de acuerdo con él. Por lo menos nadie de Isla Manzana.”

“Hizo polvo la vida de uno de nuestros tíos, que es probablemente el mejor de los hermanos de nuestra madre cuando se trata de ser servicial y buena gente. Y también hizo mucho daño a la pobre esposa de nuestro tío, que es una persona inocua que nunca hace daño a nadie. No digas que no era un mierda, Brezo, porque lo era.”

“Todo eso fue idea de nuestro padre. Papá le animó a Binky a perseguir a Tito Gentillluvia.”

“Gentillluvia?” dijo la Voz. “Yo le conozco. Si ese individuo al que transportáis se portó mal con alguien tan amable como Genti Buenvecino, tal vez pueda yo esconderle aquí después de todo.”

Y nosotros nos agarramos a esa posibilidad y metimos el ataúd en la cueva antes de que la Voz se lo pudiese replantear.

“Estaremos en contacto contigo, seas quién seas, Voz,” dijo Cardo. “Pero tenemos que ser todos muy discretos. Nadie debe saber a quién tienes aquí.”

Acordamos comunicar utilizando los servicios de dos de mis gorriones. Obligamos a la Voz y a Esmeraldo y a Azulina a jurar que no dirían palabra de este asunto a nadie. Y sólo entonces volvimos a casa Cardo, Quintín y Beau y yo.

Y cuando llegué a mi jardín…ya no era un jardín. No podía haber tenido peor aspecto. Todos los arbustos habían sido arrancados de raíz y los árboles casí también. Toda la tierra estaba levantada y agujeros profundos habían sido cavados por aquí y allí. Un auténtico desastre había sucedido en ese área. Y sólo podíamos concluir que alguien había pensado que habíamos enterrado allí al primer ministro y quería desenterrarlo. Y los Lorcanes, los perros de Cardo que Finbar O’Toora había creado una Navidad, estaban ladrando y aullando como locos.

Jorgito, Cederico, Rodrigo, Alderico, Heriberto y Guaurico nos contaron lo sucedido aullando al unísono y en verso, por lo excitados que todavía estaban. 

¡Cantad una canción de pelas,

Muchas más de las que tengo yo!

Una panda de pajarracos

De las alturas descendió.

Cuando tocaron tierra,

Se pusieron a cavar.

Con sus afiladas garras

Aquí querían encontrar

Un ataúd de oro

Y también de cristal.

Y nosotros les ladramos,

Pues nos pareció fatal.

¡Pandemonio, pandemonio!

¡Todos a alborotar!

¡Sus largos cuellos quisimos

Con los dientes agarrar!

¡Ellos nuestras narices

Pugnaban por picar,

Mas nos sus negras plumas

Pudimos arrancar!

Y ahí podéis verlas,

Esparcidas por el lugar.

Y los cabezas rosas,

Al nada aquí hallar

Salvo feroz resistencia,

Decidieron volar,

Volver por donde vinieron

Y prestos de aquí huir,

Y dicho lo dicho,

No hay más que decir.”

“Sé quiénes son,” dijo Beau, y su rostro era digno de ver, tan rígido estaba que yo tuve más miedo de él y sus pensamientos que de la desolación de mi jardín.

miércoles, 1 de julio de 2026

323. El buitre y el dolmen

 

323. El buitre y el dolmen

Yo, Dolfitos, el hojita intelectual, estaba sentado bajo la sombra de una rama de manzano en el jardín de Brezo FitzTitania y FitzOberon cuando escuché un grito.

Volé hacía el lugar del que había venido el grito. “¿Qué pasa?” le pregunté a Brezo, pues había sido ella quien había gritado.

“¡Largo! ¡Largo de aquí!” le gritaba Brezo a un enorme pájaro del color de un buitre negro pero del tamaño de un formidable cóndor que estaba observándola con desprecio.

“¡Lárgate!” le grité yo también al pajarraco, y se volvió hacia mi y me miró con un desprecio todavía mayor, como era de suponer que haría.

“No se irá,” dijo Beaurenard Leonado Flynn. “Lo he intentado espantar más veces, pero si se va, sólo es para volver. Y no suelta prenda sobre lo que quiere aquí. Pero debe tener algo que ver con ese tipo que guardas aquí en un ataúd porque siempre se posa sobre esa caja de cristal.”

“¡Ay, qué horror!” dijo Brezo, muy preocupada. “Tal vez deberíamos avisar a Cardo. Ella es más fiera que nosotros tres juntos.”

“Te estoy pidiendo muy educadamente que te vayas de es este lugar, por favor,” le dijo Beau al buitre gigante. “Estás molestando a mi novia. No me hagas volver a espantarte de aquí, que hace mucho calor. Vete ya, que total vas a volver cuando te plazca. Ya nos vamos conociendo.”

El pájaro giró la cabeza y miró a Brezo en lugar de a Beau. Y entonces se fue volando.

“¿Qué puede querer decir esto?” Brezo se acercó al ataúd de cristal y estudió al Sr. Binky. “Parece dormir plácidamente, como si nada le hubiese estorbado. Pero se está haciendo muy joven. Si duerme hasta convertirse en un niño, puede que el buitre se lo lleve para dar de comer a sus crías. ¡Ay, qué idea más espantosa! Esto no puede estar pasando en Isla Manzana. Aquí no hay buitres.”

“Tal vez deberíamos enterrarle en otra parte,” dijo Beau.

“¡Yo sé dónde!” exclamé yo.

Mientras que Tararina y Rosendo habían encontrado sus vocaciones muy temprano en la vida, ella como cantante y él como peluquero, y se dedicaban a sus oficios casi exclusivamente, Azulina y Esmeraldo seguían planteándose que hacer consigo mismos. Ella había aprendido a construir barcos, pero no creía que esa iba a ser su profesión. Él había aprendido que no conviene ser pirata, sobre todo si no te hace falta serlo. Juntos los dos pasaban la mayor parte del tiempo paseando por la enorme plantación de su padre. Sabían que no había necesidad de que ellos se dedicasen a la agricultura, pero paseaban por hacer ejercicio. Y entonces un día, cuando estaba cerca de la entrada a la finca, decidieron salir fuera de esta. No había razón por la que no debían pasear por Isla Manzana, que era el lugar más seguro de cualquier mundo.

“¿Hacia dónde vamos?” Azulina le preguntó a su hermanito. “Puede que la Abuela Divina nos de helado de ese que le gusta si la visitamos. Pero puede que no esté en casa. ¿Vamos al club de golf del abuelo? Ruibarbo nos dará de almorzar, pero es pronto para eso.”

“Y el abuelo igual está de malas,” dijo Esmeraldo. “Mejor no damos la lata ahí.”

“¿Este, oeste, norte o sur?” preguntó Azulina.

“Sigamos al sol,” respondió Esmeraldo. Y eso hicieron hasta que llegó el mediodía.

“¿Dónde estamos?” preguntó Azulina. ”Hace mucho calor y no sabemos dónde estamos pero estamos a salvo y podemos volver a casa sólo con desearlo. Hemos pasado por numerosas casas, algunas muy pintorescas, por chozas humildes y por palacios impresionantes. Me gustaría saber dónde estamos.

“Estamos donde el sol ha alcanzado su cenit,” dijo Esmeraldo. “¿No te basta con saber eso?”

“Está el sol justo encima de esa pequeña colina,” dijo Azulina apuntando a un montículo. “¿Ponemos fin a nuestro paseo aquí o la rodeamos?”

Despacito, rodearon la colina hasta  que llegaron a la parte de atrás de esta que en realidad era la parte frontal. Y allí vieron una enorme piedra horizontal sostenida por dos piedras verticales también enormes que enmarcaban la entrada a una cueva. Una cueva llena de brillante luz amarilla.

“¿Quién vivirá ahí?” se preguntaron.

“No puede ser el sol. No, a pesar de toda esa luz, porque está situado encima de nosotros,” dijo Azulina.

“Voy a enterarme,” dijo Esmeraldo, que siempre estaba listo para una aventura.

Se aproximaron al portal de piedra y una voz salió de dentro de la cueva y dijo, “Por favor no entréis. Esto es una tumba.”

“¡Oh!” dijo Azulina. Ella y Esmeraldo  intercambiaron una mirada antes de que ella le preguntase a la voz, “¿Eres un fantasma?”

 “No y sí.”

“¡Oh! ¿Cómo puede ser eso?” preguntó Azulina.

“¡No puede ser!” contribuyó  Esmeraldo. Y entonce añadió, “¿O sí que puede?”

“No estoy muerta. Pero soy el fantasma de lo que solía ser.”

“¿Y quién eras?” preguntó Esmeraldo.

“Si nos lo permites preguntar,” añadió Azulina.

“Bueno, como ya lo habéis hecho. Yo solía ser un hada auxiliadora, una bienhechora. Los bienhechores vagamos por el mundo de los mortales haciendo el bien. No nos confundáis con las hadas de merecido. Esas hadas premian al que se lo merece, y castigan a los malos.  

“¿Y por qué nos has pedido que nos vayamos en lugar de hacernos el bien?”

“Eso es. Veréis, vosotros parecéis ser niños buenos, respetuosos aunque curiosos. No habéis irrumpido aquí dentro ignorando mi petición de que no lo hagáis. No os he hecho el bien, porque ya no puedo. Alguien me ha embrujado. No puedo hacer el bien a gente buena. Sólo puedo hacer el bien a gente mala. Así que me he construido esta tumba y me he retirado del mundo de los vivos para no hacer daño ayudando a los malos. No tengo tampoco lugar en el mundo de los muertos, puesto que no estoy muerta. Así que lo único que hago es estar sentada aquí. No me puedo ayudar ni a mi misma y no quiero favorecer a gente mala ni volverme mala yo.” 

 “Oh!” exclamó Azulina. “Eso…ese es un problema muy gordo que tienes ahí. Y yo creo que la siguiente pregunta que debemos hacerte es si podemos serte de ayuda. ¿Podemos?”

Yo, Dolfitos, le conté todos esto sobre el dolmen a Brezo y a Beau.

“Tal vez el hada auxiliadora que está dentro del dolmen realmente es un hada bienhechora y no la importe compartir la cámara mortuoria en la que se esconde con Mungo Binky. No hay muchas tumbas en Isla Manzana. Tal vez ninguna aparte de la Maravilla de la Colina del Cáliz,” les dije yo a Brezo y Beau.

“Si llevamos el ataúd allí ahora mismo, mientras no esté presente el buitre ese, tal vez ese no sabrá donde lo hemos llevado. Nos haremos invisibles. También haremos invisible al ataúd. Es muy posible que tengamos una emergencia aquí. Habrá que actuar rápidamente.”