328. Bálsamo Oftalmológico Dos Mundos
Una
semana después de que hubiésemos llevado al Sr. Binky al Templo de Mayet, nos
volvimos a juntar todos una vez más para acompañar a Pentafloris y sus gemelos
a su casa junto al mar.
El
mismísimo Memorión se ofreció a llevarnos hasta allí en su nave, probablemente
para hacer más solemne la ocasión. De ese modo, si alguien se enteraba del
viajecito, también sabrían que tenía la bendición de la memoria de AEterno.
Resultó
ser el viaje una experiencia agradable y relajante. El mar azul más azul que
nunca y el cielo de un azulito más claro, azul bebé llaman a ese tono, cosa que
iba bien con nuestra misión. La regia nave, en contraste con su magnífica
apariencia exterior, nos hacia estornudar cuando estábamos bajo
cubierta debido a la cantidad de pimienta que Belvedere había regado por todas
partes para proteger de bichos a las toneladas de libros y archivos que la llenaban a
rebosar. La pimienta tiene algo que ver con evitar roña y moho también, por eso
de la humedad o algo.
“Lo
siento mucho,” dijo el Memorión. “Mis proveedores se quedaron sin pimienta en
grano y tuve que utilizar pimienta en polvo en vez. Probablemente sea un error.
Lo más probable. Espero acordarme de no volver a hacerlo. ¿Qué os apetece
beber?”
A
pesar de su intención, parecía que llevaba siglos olvidándose de no repetir el
error.
Mientras
descansábamos en la cubierta en tumbonas, sorbiendo piñas coladas y siendo
abanicados por hojas de palmera y paypays que se movían solos, comenzamos a
charlar de esto y de aquello hasta que yo, Brezo, me di cuenta de que estábamos
hablando de algo más de lo habitual.
“Pobre
Sunny,” suspiró la pequeña Neferclari.
“¿Pero por qué dices eso?” la pregunté.
“Porque ahora tiene un gemelo malvado.”
“¡No! El Sr. Binky no es exactamente malvado. Sólo un
pesado y un dominante. Y no es un auténtico gemelo.”
“Hemos roto normas. ¿A qué sí?” dijo Neferclari. “¿Eso está
bien?”
“Nosotros no tenemos normas en el sentido estricto. Tenemos
convenciones, costumbres, tradiciones e ideas sobre lo que es correcto y lo que
no lo es. Puede que hayamos sido poco convencionales. ¿Pero por qué piensas que
hemos transgredido?”
“El primero que toca un hada bebé ha de criarlo. A no ser
que alguien lo haya visto antes y lo haya reclamado a grito pelado. Brezo sacó
al Sr. Binky de la caja. ¿No tendría que habérselo quedado?”
“No se trataba de un auténtico bebé,” respondí yo
rápidamente. “Se trataba de un señor afectado por una desafortunadísima
intoxicación. Yo le metí en esa caja, así que creo que me tocaba sacarlo yo
misma. Eso no quiere decir que me lo tenga que quedar. ¿O sí?”
“Está experimentando una segunda niñez,” dijo Tito Richi.
“¿Hay reglas sobre quiénes han de quedarse con un crío renacido?”
“Brezo le ha cuidado durante unos quince años. Yo creo que
tú ya has hecho más que suficiente por Binky, Brezito,” dijo Tito
Gentilllluvia. “Todos hemos hecho lo mejor que hemos podido hacer por él. Ahora
mismo estoy preocupado por otra persona.”
“Antojito Matricaria. ¿A que sí?” le preguntó Tito Richi a
su hermano.
“Tú también lo estás. Estoy seguro. No me digas que lleva
en esa cueva desde que era adolescente.”
“Yo soy cinco años menor que tú y ella es de mi edad. Así
que ella debió meterse en ese agujero a los diecinueve añitos. El año que tu
desapareciste.”
“Yo no tuve nada que ver con eso,” dijo Tito Gen.
“No te pongas a la defensiva. Claro que no tuviste nada que
ver. Fue…fue que en esos años hubo una oleada de desapariciones. Un número de
gente eligió quitarse de la vista de los demás. O simplemente desaparecieron sin querer.
Hubo miedo. La mayoría de los desaparecidos volvieron a aparecer a los siete
años, o a los siete días. Algunos en siete horas nada más. Él desapareció
también. Pero sigue sin dar señales de vida.”
“¿De quién estáis hablando?” preguntó Beau.
Los titos se miraron.
“Del medio hermano de Henbeddestyr el apotecario,” dijo Tito
Richi, muy bajito, como si tuviese miedo de que le escuchasen.
“Henny es un amor,” dijo Tito Gen, “pero el resto de su
familia es ...más…sofisticada en comparación.”
“No intentes disimular. Son un atajo de histéricos con un
ego que se lo pisan. No les cabe en la cabeza y van por ahí tropezando con los
demás,” dijo Tito Richi.
“El padre de Henny es Ambívolo Parry. Vive en Italia y
tiene hijos con cierto número de mujeres. No con todas a la vez, con una detrás
de otra,” nos informó Tito Gen.
“Pero ese no es el que ha desaparecido. ¿A que no?” dijo
Beau.
“Umbriano Parra de Plata es la persona que hizo el numerito
de la desaparición,” siguió contándonos Tito Gentillluvia. “Pero no conviene
hablar de él. Tiene un genio endemoniado. Pero como parece haber desaparecido
con tanto empeño no creo que ahora caiga sobre nosotros escupiendo sapos y
culebras porque le estemos criticando.”
“Desapareció o le desaparecieron,” susurró Tito Richi. “El
caso es que Umbriano era incluso más ambivalente que Ambívolo. Era como dos
personas en vez de una. Ahora era un perfecto caballero y de pronto era un
demonio enfurecido.”
“No era exactamente que era como dos personas. Yo creo que
se trataba de una sucesión de opiniones irracionales que él tenía. Quiero decir
que estaba a muy bien contigo un minuto y al siguiente se le antojaba que tú
habías hecho o dicho algo intolerable. Y si hasta entonces eras un tipo legal,
en ese momento te convertías en un patán de mierda que no merecía consideración alguna.
Y a partir de ahí ya nunca sabías si estabas a bien o a mal con él.”
“Era muy difícil tratar con él,” asintió Tito Richi. “¡Ese
genio endemoniado que tenía! Pero un día puso los ojos en Antojo Matricaria,
ejemplo perfecto del hada bienhechora vocacional.”
“Yo diría que fue al revés. Fue ella la que se fijó en él,”
dijo Tito Gen, “y se quedó prendada.”
“Embrujada,” dijo Tito Richi. “Aunque he de admitir que el
tenia fama de guaperas, no puedo dejar de preguntarme quién tuvo la loca idea
de embrujarles. Puede que los opuestos se atraigan, pero no. No hay manera de
que eso haya ocurrido de forma natural.”
“Hay que decir que él sí que se sintió halagado y respondió
muy bien a la atención que ella le prestaba,” dijo Tito Genti.
“Demasiado bien,” dijo Tito Richi. “Te digo que los
embrujaron. Él no tenía que haberse metido con esa. Alguien tan volátil como él
no tendría que haber jugado al amor verdadero. Se supone que el amor verdadero
es eterno.”
“Antojo era todo luz y dulzura,” nos explicó Tito Gen,
“Curiosamente, tampoco era fácil tratar con ella, aunque por razones
completamente opuestas a las que dificultaban el trato con Umbriano.”
“Empalagosa,” asintió Tito Richi. “Demasiado buena para
resultar amena. Y nadie se la merecía. Ni en el buen sentido ni en el malo.”
“Uno ha de admitir que Umbriano intentó agradar. Eso de que
él le gustase a alguien con una reputación de persona tan buena como tenía
Antojo le hizo sentirse especial. Para tenerla contenta, él también se dedicó a
hacer el bien. Hizo unos cuantos favores a mortales cuando iba por ahí con ella
y eso le puso contento, supongo yo. Nunca se habría sentido así de bien antes.
Y ella se lo sabía agradecer.”
“¿Pero?” preguntó Beau.
“La gente no suele tener facilidad para cambiar. Mientras
que los mortales a los que beneficiaba se mostraban agradecidos y le bendecían,
pues eso hacía feliz a Antojo y todo iba bien,” dijo Tito Gen. “Tú sabes mejor
que yo lo que fue mal, Richi. Cuéntalo tú.”
“No sé todo lo que hubo, pero algo tuvo que ver con una campesina mortal e ignorante que tenía un hijo pequeño que se estaba quedando ciego. Umbriano y Antojo estaban celebrando su juventud en un campo plagado de matricaria cuando apareció esta mujer. Pretendía recoger flores de matricaria para hervir las en agua y hacer una manzanilla con la que lavar los ojitos de su niñito. Bueno, pues a Umbriano no le interesaba un pimiento hacer de curandero, pero para agradar a su novia se tomó como dos minutos de su precioso tiempo y procuró de la apoteca de su hermano Henny un ungüento, o un aceite o bálsamo que podría restaurar la visión del nene mortal. Desgraciadamente, como era impaciente por naturaleza, no quiso esperar a que su hermano terminase de atender a una clienta pesada y se hizo con lo primero que le pareció que serviría para su propósito. Y resultó que el tal bálsamo hizo más de lo necesario. Bueno, él se largó con el potingue y se hizo visible ante la campesina y le entregó el bálsamo, diciéndola que sólo tenía que colocar un poco de eso en los párpados del nene y que eso curaría al chaval. Luego ella debería tirar lo que sobraba en un arroyo que había cerca de su choza. Pues mientras Antojo le demostraba a Umbriano lo orgullosa que ella se sentía de él por ser tan amable, la campesina se fue a casa con el bálsamo. Pero antes de frotar aquello en los párpados de su hijo, pues probó un poco en los suyos, para asegurarse de que al menos no le haría daño al niño. Cuando vio que no la hizo mal alguno, lo utilizó con el chico, y el bálsamo funcionó al instante. El crío recuperó la vista. Pero como dije antes, eso no fue todo lo que hizo el bálsamo. Al día siguiente, la mujer esta fue al mercado para vender remolachas y zanahorias y otros tubérculos altamente nutritivos que ella misma había cultivado. Colocó una manta en el suelo junto a un puesto de frutas y se sentó ahí con su cesto. ¿Y qué fue lo que vio? A Umbriano Parra de Plata mangando tranquilamente frutas y colocándolas cuidadosamente en un gran cesto. O eso creyó ver ella. Lo cierto es que Umbriano estaba haciendo otro acto de bondad para complacer a su novia y preparaba dicha cesta para alguien necesitado. Él ya había colado unas monedas en la bolsa del frutero para pagar por la fruta, monedas que valían más que lo comprado, pero la campesina no le había visto hacer eso. Así que la pobre ignorante se levantó y gritó,`¡Al ladrón!´señalando a su benefactor con el dedo. `¿Qué ladrón?´ preguntó el frutero que no podía ver a Umbriano porque este era invisible a los ojos de los mortales en ese momento y era el bálsamo que había probado la campesina en sus ojos lo que hacía que ella sí pudiese ver al hada. El tal bálsamo, fabricado exclusivamente para uso de hadas, era algo que se llama Bálsamo de Dos Mundos. Y Umbriano, enfurecido porque esa mujer desagradecida le había llamado ladrón, la dejó completamente ciega sin ni siquiera pestañear, demostrando de esta manera que tienen razón los viejos que dicen que el trato entre hadas y mortales suele ser peligroso las más de las veces. Y me imagino que a Antojo le daría un síncope al enterarse de lo que había hecho su amado. Y él se pondría todavía más furioso al ver que ella no le apoyaba con lealtad absoluta. Y más se enfadaría todavía cuando su hermano el apotecario le reprochó haber cogido lo primero que vio en la apoteca sin consultarle. Y no sé que pasaría después de eso, pero Umbriano desapareció de la vista de hadas y mortales. Y Antojo comenzó a decaer, y empezó a decir que la habían echado una maldición y que ya no podía ayudar a gente buena, sólo a gente mala. Y terminaré esta triste historia insistiendo en que no entiendo que pudieron ver Umbriano y Antojito el uno en la otra y vice versa para enamorarse tan absurdamente. Y que sospecho que fueron embrujados desde el principio y puede haber aquí más de lo que el ojo cándido puede ver de entrada.”












