332. La primera llave: selena a la luz de la luna
La plantación Ricatierra a la luz de la luna. El jardín
donde Ricatierra crea flores nuevas. Mis tíos Ricatierra y Gentillluvia, las
mayores de mis primas carnales, es decir, las Gemelas Azules, dos de los menores de mis primos
carnales, Azulina y Esmeraldo, mi sobrina Neferclari, y yo, Brezo, y claro,
Beaurenard, que siempre está en mi mente aunque no esté físicamente presente.
Todos estamos de pie, formando un círculo. Y dentro del círculo, yaciendo en la
hierba verde oscura a la luz de la luna, los tres cofres de plata que las hijas
de Filo del Tiempo nos permitieron robar. Y ahí también una pequeñísima planta,
un helecho canijo con frondas que parecen medias lunas y una varita llena de
racimos de bolitas a las que algunos llaman uvas.
“No sé yo si esto va a funcionar, porque la hierba selena
que yo crezco aquí la he modificado para mejor. ¿Dónde en los dos mundos
podríamos encontrar hierba selena original si es que la mía no sirve por
alterada?” preguntó Tito Richi.
“Puede que haya alguna en mi jardín,” dije yo, Brezo. “Pero
nunca es fácil de encontrar este helechito.”
Estábamos intentando abrir los cofres y nos habían dicho que la llave que haría el trabajo en el caso del primero era la hierba selena, pero sólo a la luz de la luna menguante. Afortunadamente en Isla Manzana la luna para por todas sus fases cada lunes. Varias veces seguidas. Es un poco mareante, pero hoy nos convenía.
“Bueno, pues no sabremos si esta hierba selena mejorada
funcionará si no la probamos,” dijo Gentillluvia.
Pero antes de que pudiésemos hacer eso…
“¿Qué significa esto?” gritó Brana, surgiendo de la
oscuridad con un camisón plateado. “¿Por qué estás aquí fuera, Richi, en mitad
de la noche? ¡Y con los niños!”
“¡Y con mi hermano Gentillluvia!” asintió Ricatierra. “Que
es un gazmoño de renombre. ¿No es así, hermano? Yo no estoy con ninguna
amiguita. Eso está claro, ¿no? Entonces, ¿cuál es el problema?”
“Bue…buenas noches, Genti,” dijo Brana. “Yo…yo no quise
decir nada parecido a lo que Richi está sugiriendo. Yo me temía que
hubiese…pasado algo. Un accidente. O algo así. ¿Cómo está…Mabel?”
“Mabel está acostumbrada a que su marido se levante en
mitad de la noche y desaparezca entre las tinieblas hasta la hora del desayuno.
Y nadie jamás le acusa de ser un…un…¡bueno, lo que sea! Por lo menos no desde
hace mucho.”
“Mabel está muy bien,” dijo Gentillluvia. “Con frecuencia
tengo que hacer cosas que sólo pueden hacerse de noche. Eso es lo que tenemos
aquí ahora. Siento que te hayamos asustado.”
“Mabel es una astrónoma y está siempre despierta por la
noche. Espiando a las estrellas y a mí. No es que me importe. Me siento
halagado. Pero tu deberías entender que tenemos algo que resolver aquí fuera. Y
no digas que tú jamás abandonas nuestra casa por la noche sino que sólo subes
al tejado.”
“Yo…lo único que yo voy a decir es que no quiero
molestaros, pero por qué tanto misterio? Si se puede saber. "
“Ahora es cuando Genti te va a decir que estamos intentando
ayudar a una mujer que fue amiga de juventud mía. No dejes que eso te mosqueé
tampoco. Es imposible que no aparezcan por doquier antiguas amigas mías. Llevo
siglos en circulación.”
“En realidad lo que estamos intentando aquí es encontrar a un
hermano de Henny Parry que desapareció hace muchísimo tiempo. Era el amante de
una mujer que ha estado penando desde que él se fue. Mis hijas tuvieron algo
que ver con este embrollo así que me siento obligado a encontrar a Umbriano
Parry,” dijo Gentillluvia.
“Y además siente gran curiosidad por saber dónde ha podido
esconderse ese canalla con tanto éxito. Tú no conoces a esta gente, Brana. Son
de siglos antes que tú.”
“Conozco a Henny. ¿Puedo ayudaros?”
“Puedes dejar que sigamos con lo que estamos haciendo antes
de que amanezca y la luna se esconda, amor mío,” dijo Ricatierra.
“Adelante de una vez, Señorpapi,” animaron las gemelas
azules. Estaban algo impacientes porque no les hacía mucha gracia tener que
estar siempre disponibles por si se las necesitase mientras su padre intentaba
localizar a Umbriano.
“No veo ninguna cerradura, ni bombín, ni nada. Estos cofres
parecen estar hechos de una sola pieza, un bloque sólido sin más. Espero que
con sólo rozarlos con la hierba selena se abran, porque otra cosa no se puede
hacer. Extraeré la planta entera, con las raíces intactas. No quiero dañarla,”
dijo Gentillluvia.
“Nada le sucederá a la plantita. Yo estoy aquí. Puedo
resucitar a los muertos. Me encargaré de la planta,” dijo Ricatierra.
Gentillluvia se arrodilló en la hierba y con mucho cuidado
comenzó a soltar el helecho de la tierra. Cuando lo había hecho dijo, “¿Toco la
caja con la punta o las raíces?”
“Pasa las raíces por donde debería de estar la cerradura,”
dijo Ricatierra,“pero asegúrate de que la luz de la luna la esté iluminando.”
Genti rozó la primera caja y esta se abrió de golpe, como
cualquier otro cofre se hubiese abierto con una llave corriente.
“¿Y qué tenemos aquí?” preguntaron las gemelas azules,
arrodillándose también para ver el contenido de la caja.
“Una ficha de cartulina, creo. Richi, planta la planta de
nuevo. Esto ya está.”
Ricatierra hizo justamente eso. Ni siquiera se llevó la
planta con sus manos de las de su hermano. Simplemente la hizo flotar hasta su
sitio. Y allí se quedó, situada como si nunca hubiese dejado su lugar.
“¿Pero que dice la ficha?” preguntaron las gemelas.
“Gracias por robar los cofres, Esmeraldo,” dijo Tito
Gentillluvia.
“¿QUE?” exclamaron las gemelas azules.
“No. No dice eso,” se río Gentillluvia. “Es que me acabo de
acordar que no había dado las gracias a Esmeraldo por mangar estas cajas.”
“Siempre que haga falta, buen señor,” dijo Esmeraldo.
“Pensé que fuiste tú,” le dijo Ricatierra a su hermano.
“Tu hijo se me adelantó.”
“No quedaba tiempo para vacilar,” dijo Gemito.
“Cierto. No quedaba,” dijo Genti.
“Pues no pierdas más ahora,” le dijeron las gemelas a su
padre. “Lee esa ficha. En voz alta.”
Gentillluvia extrajo la ficha y la echó un vistazo.
“La única persona que conozco y aprecio que podría leer
esta carta en voz alta es vuestro tío Fuegovivo,” le dijo Gentillluvia a sus
hijas.
“¿QUÉ?” exclamaron las gemelas.
Y Ricatierra le arrancó la ficha de las manos a su hermano.
Y tras echarla un vistazo también él dijo, “¡Uy, sí! ¡Sólo Fufi podría!”














