338. El castillito de Malina Luzmala
Mientras pensábamos cual iba a ser el siguiente paso que
tendriamos que dar, una embajada llegó a la plantación Ricatierra de parte de
Ambívolo Parry. El gran hombre había enviado a sus pajes, los duendecillos Temblor y Escalofrío, con una gigantesca
calabaza rellena de cabello de ángel y cajas de botellas de brandy de manzana,
whisky de vainilla, licores de pera especiada, frutas del bosque y almendra y
un preparado de hoja de higuera y chocolate blanco.
Quería saber si habíamos avanzado algo en nuestra búsqueda de
su hijo.
“¿Cómo le decimos a este chalado volátil que el espíritu de
su hijito ahora se halla dentro de un capullo rosa? Él nos manda todo este
cargamento de delicias y le devolvemos un capullito de seda. No lo va a poder
soportar. Por lo menos no tranquilamente. Ya le estoy escuchando aullar y rugir
y le veo rasgando sus ropas y colocando cenizas en su cabello y repartiendo
palos y patadas y rompiendo cosas y quizás hasta desmayándose si no es
demasiado macho para hacer eso,” dijo Tito Richi.
“A mi no me sorprende. Yo mismo reduciría el lugar a
cenizas si uno de mis hijos acabase atrapado en un capullo,” dijo Tito Fu.
“¿Qué lugar? ¿Tu propia casa? Porque no sabemos dónde está
la de Malina,” dijo Tito Genti. “Y no vale quemar el taller de Filo del Tiempo.
Él no tiene la culpa de nada de esto.”
“Tú tienes un temple que das asco, Genti. Primero
encuentras el lugar adecuado y entonces estallas. Eso no funciona así. Tienes
que enloquecer desde el primer minuto. Arrasar con todo lo que se te ponga
delante en tu camino.”
“Prefiero encontrar a alguien que pueda acabar con esta
maldición del capullo antes de que todo se complique todavía más. Temblor y
Escalofrío, ¿creéis que Henny podría tener alguna noción de como ayudar a su
hermano? Esto no es exactamente una enfermedad, pero tal vez… No
hay que perder la esperanza.”
“Ese capullo rosa es el Señorito Umbriano?” los
duendecillos estaban alucinando. “¡Matad al mensajero! No, no seremos nosotros
quienes demos esa noticia a Don Ambívolo. ¿Estáis seguros de esto? Porque si el
viejo masacra a todo el que se le ponga por medio y luego resulta que no se
trata de Umbriano, pues habremos muerto en vano.”
“¿Se lo diríais a Henny? O mejor, ¿le traéis aquí en secreto
y se lo decimos nosotros? Tal vez pueda darle un tranquilizante a su padre
antes de informarle.”
“Sí, dejarle roque durante mil años también. Bueno, todo el
tiempo que haga falta hasta que el capullo ese estalle o haga lo que tenga que
hacer y libere a su hijo,” dijo Fuegovivo.
“Sí. Podemos traer a Henny. Probablemente sea lo único que
podamos hacer,” dijo Temblor. “Pero os hemos escuchado mencionar a Malina. No
la podemos encontrar, pero sabemos dónde solía vivir y podemos quemar esa casa.”
“Primero traed a Henny, y si no puede hacer nada ya veremos
que hacemos con Malina y su casa. No tiene sentido advertirla y alertarla sobre
todo esto si podemos arreglar el problema nosotros mismos. Esa es una muy mala
pieza,” dijo Gentillluvia.
Los ojos de Henny se pusieron como bolas de billar. No dijo
ni palabra. Sólo escuchó a mis tíos explicarle cual era la situación. Y no
resultó ser su padre el que le preocupó. “Sera mejor que mi madre no se entere de esto,” dijo, cuando finalmente se decidió a hablar. A pesar de lo mucho que
Henny sabe, nunca había oído de la maldición del capullo, así que no tuvimos
otra elección que permitir a Temblor y
Escalofrío llevarnos hasta la antigua casa de Malina, un pequeño castillo
situado cerca del Bosque Triturado.
Pensábamos que iba estar muy abandonado y en ruinas casi.
Pero no. Parecía estar muy bien cuidado. Tenía, por ejemplo, un espacio
magnífico todo a su alrededor de coloridas flores venenosas.
“¿Quién vive aquí ahora? Porque es seguro que vive alguien,”
dijo Fuegovivo.
“¿Clientes, eh? Estoy dentro de la casa colgando un
candelabro,” chilló la voz de una mujer.
Y entramos en el castillo y vimos que allí estaba…la mujer
que podía multiplicarse por tres y que tenía un desmesurado tercer diente entre
los dos delanteros. Estaba a punto de colocar unas velas encendidas en un
candelabro de metal que colgaba del techo. Había seis velas y tres versiones de
esta mujer, y las velas las llevaba clavadas dos en cada una de sus tres frentes,
como cuernos, hasta que las arrancó de ahí y las puso cada una en su lugar del
candelabro.
“¿Qué puedo hacer por vosotros? Sois toda una muchedumbre.
Y traéis niños también. No se traen niños en ocasiones como esta a no ser que
se tenga intención de comerlos. Sois gente mágica. Podemos hablar claro. ¿Esto
de qué va?”
“¿Por qué vives en casa de Malina?” preguntó Gentillluvia.
“¿Sois parientes de esa? Ella nos dio esta casa como pago
por un trabajito que hicimos para ella. Hará unos trescientos años,” dijo La
Avernina.
“¿Fue por una maldición de capullo?”
“Pues, no. ¿Ahí es dónde ha acabado esa chica? ¿Dentro de un
capullo?”
“¿Malina?”
“No. Malina no. La otra chica. Su rival. La que Malina nos
pidió que embrujásemos.”
“No. Ninguna de las dos está en un capullo. ¿Cómo embrujasteis
a la rival?”
“Ah, le dimos a una amiga que nos debía un favor una
botellita enana con jugo de guisante de carbón e instrucciones para que se lo
echase en una bebida de cola. Esa chica siempre estaba bebiendo cola. El jugo
convertiría a la chica en un guisante verde. Por aquel entonces se llevaba
mucho convertir a tus enemigos en guisantes.”
“Pues eso no sucedió en este caso.”
“¿En serio? Pues si no ocurrió, deberíais de haberos
quejado hace cientos de años. No vamos a responder por un error antiguo ahora.
Así que la chica acabó dentro de un capullo en vez. Ah, pero dijiste que no.
Tampoco. Y ese tipo de maldición no requiere de bebiditas, sólo de malas
palabras.”
“Tengo dos preguntas para ti,” dijo Gentillluvia. “¿Sabes alzar una maldición de capullo? ¿Y quién es, con nombre y apellidos, la persona que tenía que ocuparse de suministrar el jugo de guisante de carbón?”
“Tendréis que hacerle esas preguntas a mi marido,” dijo La Avernina. “Yo ya he
hablado demasiado. Y gratis. Él va a querer algo por las respuestas."
“No creo que le guste lo que le podemos ofrecer por sus respuestas,” dijo Fuegovivo, encendiendo su melena que ardió como una pequeña hoguera.

















