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viernes, 23 de octubre de 2026

339. Magatola Patola

339. Magatola Patola

“No,” le dijo Tito Gentillluvia al Barbero Inmortal Atanasio. “No vamos a pasar a tu trastienda. No hace falta. La barbería está vacía. No tienes clientes aquí ahora mismo. Sólo estamos tú y nosotros. Y en cuanto a lo que yo podría ver en tu trastienda, pues será mejor para ti que no lo vea.”

“Tú no tienes jurisdicción aquí, Príncipe de los Reaparecidos,” sonrió Atanasio malévolamente.

“Yo no tengo jurisdicción en ninguna parte. Pero, al igual que tú, tengo poder. Y, también como tú, lo uso como me da la gana. La diferencia está en que procuro no utilizarlo para hacer daño, mientras que tú cobras por perjudicar. Contesta a mis preguntas, Atanasio, y nos largaremos de aquí. Ya te he dicho que no me voy a meter en lo que estés haciendo ahora mismo.”

“Pero estoy seguro de que estás enterado de en lo que ando. Dicen que espías a todos.”

“Sea eso así o no, hoy no es el día en el que voy a cerrar el Gabinete del Caballo Oscuro. Así que desembucha de una vez.”

La barbería de Atanasio no era en absoluto gran cosa. Cuatro sillas, dos de las corrientes y las otras dos, sí, esas de barbero. Dos espejos, un lavabo y poco más. Gotas de sangre en el lavabo. Necesitaba ser limpiado. La peluquería a la que van mis abuelos era otra cosa. Esa es espectacular. Debo admitir que sentí curiosidad sobre la trastienda. Seguro que era más interesante que la barbería, pero si mi tío no quería que entrásemos ahí, sus razones tendría.

“Que entres en mi trastienda o no no cambia el hecho de que esto sea igual a una cita. Yo cobro por mis servicios, incluidas las consultas, consultante.”

“Vas bien servido tú con que no te reviente el negocio. Acabemos con esto antes de que acabe con aquello.”

“Por lo menos dame algo para mañana si no es para hoy. Débeme un hada favor.”

“No hay manera de que yo vaya a deberte a ti nada, Atanasi. Podrías hacer algo horrible con cualquier cosa que yo te diese. No voy a participar en tus fechorías. Entiéndelo de una vez.”

“Mira, no tengo ni idea de cómo funcionan las maldiciones de capullo. Debería y me gustaría tenerla, pero no la tengo. Sin embargo, mi tiempo es valioso y te he dado una respuesta aunque esta no te sirva para nada. Por eso yo me merezco algo a cambio, por haberte atendido. Y está la otra pregunta. A esa sí te puedo dar buena respuesta. ¿Me darías por lo menos un par de entradas para la Alegre y Bulliciosa Carrera de los Renos Rampantes? Es lo menos que puedes hacer.”

“¿Por qué ibas a querer asistir a eso?”

“Cuando no estoy en lo mío, disfruto como cualquier otro con diversiones inocentes. Me gusta sacar a pasear a mi mujer de vez en cuando.”

“¡Y una porra! Lo que tú quieres es usar las entradas para tener acceso a alguien a quien pretendes hacer algún mal. No voy a darte nada, Atanasi. Habla o lo siguiente que va a haber aquí son amenazas. Mis hermanos son de mecha corta, y ya se están volviendo impacientes. Y tú dices que tu tiempo es valioso, así que no malgastes más, que no se te va a pagar.”

“Dile a tu hermano el ricachón que por lo menos tenga un detallito conmigo. Para que yo no piense que habéis abusado de mí y me sienta humillado.”

“¿Qué tal dos cajas de botellas de champán? Se acerca la Navidad,” ofreció el generoso Richi. “Sólo está a dos meses.”

“Aceptaré eso,” dijo Atanasio. “La persona que estáis buscando es Magatola Patola. Ella era la persona que iba a guisantecarbonear a Antojito Matricaria. Iba echar guisantecarbón en la cola de Antojo para Malina Luzmala.”

“Y para ti, sinvergüenza. Nos fuimos,” dijo Gentillluvia.

Y lo siguiente que supimos fue que estábamos delante de una casita encantadora, rodeada por un huerto que se veía atendido con cariño y primor. Tomates, pepinos, berenjenas, lechugas y zanahorias, y por supuesto calabazas, incluidas las puntiagudas patolas y muchas plantas más, todas creciendo a la misma mágica vez.

“¿Para qué le has dado nada a ese criminal? Si le teníamos acojonado entre los tres,” regañó Gen a su hermano. “Usará tu champán para envenenar a gente, y la gente dirá que fue tu champán el que estaba en mal estado.”

“Yo no produzco champán. Lo mío es cava. Dom Perignon es lo que le voy a dar a ese.”

“No del todo bien, pero algo mejor,” dijo Genti.

“No. Mi producto es mucho mejor que cualquiera.”

“Me refería al trato que has hecho.”

“Bien, pues supongo que esta casita que estamos contemplando pertenece a la tal Maga esa,” dijo Fuegovivo. “Muy mono el lugar. Nunca pensé que esa señora viviría en un lugar tan cuco y tan cuidadito. Ella siempre está hecha un asquito, con el delantal manchado por la tierra y las uñas negras.”

“Espero que eso es lo que sea este lugar. La idea era visitarla,” contestó Gen.

Magatola estaba en casa. Era una viejecita muy pequeña, tanto que no la veíamos arrodillada entre los brotes verdes y violetas de alcachofas globo. Y era parlanchina.

“¡Estoy aquí!” nos avisó, y Gen voló por encima de la valla y la ayudó a alzarse de un cojín de esos que son para arrodillarse cuando trabajas la tierra en el jardín.

“¿Por qué habéis dejado vuestra bendita isla para estar ahí de pie al otro lado de la valla de mi casa estudiando mi huerto, muchachos Buenvecino?”

“Nosotros-” comenzó Gen pero ella le cortó.

“¿Acaso es porque mi muy envidiado ídolo Ricatierra necesita hijos? Yo creía que ese problema ya había encontrado solución. Sabéis, yo soñaba con que él acudiría a mí para que le encontrase un hijo, pero nunca vino.”

“¿Tú cultivas niños?” preguntó Richi. “No tenía ni idea. Claro que hubiese venido a verte de saberlo. Estaba muy desesperado, pero ahora tengo media docena de bebés. Todos muy guapos, por cierto.”

“Yo no cultivo bebés exactamente. Creo que les tiento a aparecer entre mis rábanos. Los niños son lo más difícil de cultivar. En mi larga vida sólo he conseguido cosechar siete críos. Pero aun así, tengo reputación de crecer nenes. Ocurre que es dificilísimo atraerles. Pueden pasar cincuenta años sin que se materialice alguno en este huerto. Nunca me he quedado con ninguno. Los siete se fueron con buenos padres. Me aseguré de eso.”

“Sé que se ocupó usted de ello,” dijo Gen, “pero no estamos aquí por niños.”

Y la preguntó por el asunto del guisante de carbón.

“¡Ah, eso! Yo soy una persona irascible. Tengo broncas con los vecinos y con otros también. Sobre todo por las raíces de los árboles frutales que hay detrás de mi casita. Fantásticos arbolitos. Una fruta estupenda. Por eso trabajo tanto en mi huerto, para apaciguarme y templar mi genio. Le debía a Atanasio un favor por haberme ayudado a romper un hechizo que le hicieron a mi mejor cerezo. Lo habían aojado bien, pobrecito. Él me dio un vial pequeño con jugo de guisante de carbón y me dijo que lo tenía que echar en la bebida que una chica se estaría tomando en la Muestra del Club de los Amigos de las Violetas que se celebra todos los febreros. Me enseñó a la chica en una bola de cristal para que no me equivocase. El caso es que yo no estaba muy contenta con tener que hacer esto, pero era por mi cerecito, así que allí que fui a la muestra esa. El mentiroso ese me había dicho que la poción sólo la daría una indigestión pasajera. Pasaría una noche mala y se recuperaría al día siguiente. Pero yo sospechaba que mentía para que yo cooperase.”

Magatola pausó un poco. Se aclaró la garganta y entonces sus ojos empezaron a rondar como si sus pensamientos estuviesen vagando.

“Nadie la va a juzgar por algo que sucedió hace siglos. Sólo díganos lo que ocurrió. Es importante ahora.”

“Cuando vi en persona a la chica a la que tenía que guisantecarbonear me resultó muy familiar, aunque no podía identificarla. Así que decidí hablar con ella, aunque me habían advertido que  no debía de permitir que se fijase en mí para nada, Rompí esa regla y la pregunté quién era y por qué me parecía conocida. Y entonces me enteré de que era una de los niños que había criado Eulalia Piedra de Sangre. `Si nos conocemos. Tú eres la amiga de la Abuelita Eulalia. La mejor amiga que tiene en el mundo,’ me dijo Antojito. Yo había hecho todo lo posible para ayudar a la pobre Eulalia a conseguir un hijo, pero no hubo manera. Y fui yo quien la aconsejó que contratase a Atanasio para vengarse de su marido y la amante de este en lugar de acuchillarles abiertamente. Él la dio lo que necesitaba para convertir a esa pareja de impresentables en guisantes. Y ahí me di cuenta de que la poción que me había dado no iba a producir una simple diarrea. Y vi claro que yo no iba a hacer daño a uno de los pequeños de Eulalia por crecida que estuviese. Así que la invité a Antojito a una cola, pero no eché la poción en su bebida.”

“¿Qué hizo usted con la poción?”

“Lo que se tenía que hacer. Charlando con Antojo me enteré de que la había partido el corazón Umbriano y de lo despechada que también estaba la despiadada de Malina. Así que fui a ver a Malina Luzmala. Quedamos en un bar y la invité a un Bloody Mary, bueno, a una docena, y ella soltó hiel y la verdad y admitió que sí, que ella le había pedido a Atanasio que convirtiese a Antojo en un guisante para quitársela de en medio. Jovencito, ella era peligrosa. No hubiese parado hasta hacerle daño a Antojito. Por eso yo utilicé la poción para convertirla  en un guisante.”

“Lo entiendo perfectamente. ¿Y que hizo usted con el guisante? ¿Se lo comió como Eulalia se comió a su marido?”

 “No! ¡Eso no! Pero francamente, no recuerdo lo que hice con él. Lo perdí en alguna parte. Puede que se cayese ahí mismo, donde se transformó Malina. En el bar. Hace tanto tiempo. Creo que al principio me preocupé por no hallarlo, pero el tiempo pasó. No he pensado en el guisante en siglos. No he vuelto a pensar en él hasta que tú me has empezado a hacer preguntas.”

“Sólo una más. ¿Tiene usted idea de cómo se rompe la maldición del capullo?”

“¿Eso qué es?”

Y entonces Azulina tiró de la manga de nuestro tío.

“No hace falta que preguntes más. Yo ya tengo la respuesta.”

jueves, 15 de octubre de 2026

338. El castillito de Malina Luzmala

338. El castillito de Malina Luzmala

Mientras pensábamos cual iba a ser el siguiente paso que tendriamos que dar, una embajada llegó a la plantación Ricatierra de parte de Ambívolo Parry. El gran hombre había enviado a sus pajes, los duendecillos Temblor y Escalofrío, con una gigantesca calabaza rellena de cabello de ángel y cajas de botellas de brandy de manzana, whisky de vainilla, licores de pera especiada, frutas del bosque y almendra y un preparado de hoja de higuera y chocolate blanco.

Quería saber si habíamos avanzado algo en nuestra búsqueda de su hijo.

“¿Cómo le decimos a este chalado volátil que el espíritu de su hijito ahora se halla dentro de un capullo rosa? Él nos manda todo este cargamento de delicias y le devolvemos un capullito de seda. No lo va a poder soportar. Por lo menos no tranquilamente. Ya le estoy escuchando aullar y rugir y le veo rasgando sus ropas y colocando cenizas en su cabello y repartiendo palos y patadas y rompiendo cosas y quizás hasta desmayándose si no es demasiado macho para hacer eso,” dijo Tito Richi.

“A mi no me sorprende. Yo mismo reduciría el lugar a cenizas si uno de mis hijos acabase atrapado en un capullo,” dijo Tito Fu.

“¿Qué lugar? ¿Tu propia casa? Porque no sabemos dónde está la de Malina,” dijo Tito Genti. “Y no vale quemar el taller de Filo del Tiempo. Él no tiene la culpa de nada de esto.”

“Tú tienes un temple que das asco, Genti. Primero encuentras el lugar adecuado y entonces estallas. Eso no funciona así. Tienes que enloquecer desde el primer minuto. Arrasar con todo lo que se te ponga delante en tu camino.”

“Prefiero encontrar a alguien que pueda acabar con esta maldición del capullo antes de que todo se complique todavía más. Temblor y Escalofrío, ¿creéis que Henny podría tener alguna noción de como ayudar a su hermano? Esto no es exactamente una enfermedad, pero tal vez… No hay que perder la esperanza.”

“Ese capullo rosa es el Señorito Umbriano?” los duendecillos estaban alucinando. “¡Matad al mensajero! No, no seremos nosotros quienes demos esa noticia a Don Ambívolo. ¿Estáis seguros de esto? Porque si el viejo masacra a todo el que se le ponga por medio y luego resulta que no se trata de Umbriano, pues habremos muerto en vano.”

“¿Se lo diríais a Henny? O mejor, ¿le traéis aquí en secreto y se lo decimos nosotros? Tal vez pueda darle un tranquilizante a su padre antes de informarle.”

“Sí, dejarle roque durante mil años también. Bueno, todo el tiempo que haga falta hasta que el capullo ese estalle o haga lo que tenga que hacer y libere a su hijo,” dijo Fuegovivo.

“Sí. Podemos traer a Henny. Probablemente sea lo único que podamos hacer,” dijo Temblor. “Pero os hemos escuchado mencionar a Malina. No la podemos encontrar, pero sabemos dónde solía vivir y podemos quemar esa casa.”

“Primero traed a Henny, y si no puede hacer nada ya veremos que hacemos con Malina y su casa. No tiene sentido advertirla y alertarla sobre todo esto si podemos arreglar el problema nosotros mismos. Esa es una muy mala pieza,”  dijo Gentillluvia.

Los ojos de Henny se pusieron como bolas de billar. No dijo ni palabra. Sólo escuchó a mis tíos explicarle cual era la situación. Y no resultó ser su padre el que le preocupó. “Sera mejor que mi madre no se entere de esto,” dijo, cuando finalmente se decidió a hablar. A pesar de lo mucho que Henny sabe, nunca había oído de la maldición del capullo, así que no tuvimos otra elección que permitir a  Temblor y Escalofrío llevarnos hasta la antigua casa de Malina, un pequeño castillo situado cerca del Bosque Triturado.

Pensábamos que iba estar muy abandonado y en ruinas casi. Pero no. Parecía estar muy bien cuidado. Tenía, por ejemplo, un espacio magnífico todo a su alrededor de coloridas flores venenosas.

“¿Quién vive aquí ahora? Porque es seguro que vive alguien,” dijo Fuegovivo.

“¿Clientes, eh? Estoy dentro de la casa colgando un candelabro,” chilló la voz de una mujer.


Y entramos en el castillo y vimos que allí estaba…la mujer que podía multiplicarse por tres y que tenía un desmesurado tercer diente entre los dos delanteros. Estaba a punto de colocar unas velas encendidas en un candelabro de metal que colgaba del techo. Había seis velas y tres versiones de esta mujer, y las velas las llevaba clavadas dos en cada una de sus tres frentes, como cuernos, hasta que las arrancó de ahí y las puso cada una en su lugar del candelabro.

“¿Qué puedo hacer por vosotros? Sois toda una muchedumbre. Y traéis niños también. No se traen niños en ocasiones como esta a no ser que se tenga intención de comerlos. Sois gente mágica. Podemos hablar claro. ¿Esto de qué va?”

“¿Por qué vives en casa de Malina?” preguntó Gentillluvia.

“¿Sois parientes de esa? Ella nos dio esta casa como pago por un trabajito que hicimos para ella. Hará unos trescientos años,” dijo La Avernina.

“¿Fue por una maldición de capullo?”

“Pues, no. ¿Ahí es dónde ha acabado esa chica? ¿Dentro de un capullo?”

“¿Malina?”

“No. Malina no. La otra chica. Su rival. La que Malina nos pidió que embrujásemos.”

“No. Ninguna de las dos está en un capullo. ¿Cómo embrujasteis a la rival?”

“Ah, le dimos a una amiga que nos debía un favor una botellita enana con jugo de guisante de carbón e instrucciones para que se lo echase en una bebida de cola. Esa chica siempre estaba bebiendo cola. El jugo convertiría a la chica en un guisante verde. Por aquel entonces se llevaba mucho convertir a tus enemigos en guisantes.”

“Pues eso no sucedió en este caso.”

“¿En serio? Pues si no ocurrió, deberíais de haberos quejado hace cientos de años. No vamos a responder por un error antiguo ahora. Así que la chica acabó dentro de un capullo en vez. Ah, pero dijiste que no. Tampoco. Y ese tipo de maldición no requiere de bebiditas, sólo de malas palabras.”

“Tengo dos preguntas para ti,” dijo Gentillluvia. “¿Sabes alzar una maldición de capullo? ¿Y quién es, con nombre y apellidos, la persona que tenía que ocuparse de suministrar el jugo de guisante de carbón?”

“Tendréis que hacerle esas preguntas  a mi marido,” dijo La Avernina. “Yo ya he hablado demasiado. Y gratis. Él va a querer algo por las respuestas."

“No creo que le guste lo que le podemos ofrecer por sus respuestas,” dijo Fuegovivo, encendiendo su melena que ardió como una pequeña hoguera. 


lunes, 12 de octubre de 2026

337. La tercera llave: un trébol de cinco hojas a ninguna luz

 

337. La tercera llave: un trébol de cinco hojitas en ninguna luz

“Lo haremos en mi despacho,” dijo Tito Ricatierra, llevándonos hasta allí. “Cerraremos las cortinas, bajaremos las persianas, trancaremos las contraventanas. Desterraremos hasta la menor señal de luz para que no pueda entrar en esta habitación por ningún agujerito.”

“Pero primero despeja tu escritorio,” dijo Tito Gentillluvia, comenzando a hacer eso él mismo, empujando hacia los lados los objetos que había sobre el gran escritorio de cerezo. Cuando había acabado, colocó el tercer cofre en el centro de la mesa sobre un tapete de cuero verde.

“No podremos ver nada de nada, así que quién vaya a abrir la caja debe estar de pie justo frente a ella, con los tréboles de cinco hojas en una mano y la otra mano plantada en el cofre;” aconsejó Gentillluvia.

“La segunda caja se abrió al son de unas trompetas, con un resplandor cegador y su contenido salió disparado como por un cañón,” dijo Tito Fuegovivo. “Deberíamos estar listos para atrapar lo que sea que salga de esta tercera caja si vuelve a salir escopetado el contenido.”

“Todo estará cerrado a cal y canto aquí. No podrá salir nada de la habitación a no ser que se trate de algo que atraviese paredes. Pero tú brillas demasiado, Fufi. Apaga ese pelo rojo llameante que luces, ¿eh? O iluminará la estancia,” le dijo Richi a su fogoso hermano. Este le hizo caso y se apagó el cabello. “Ahora ve junto al interruptor de luz que hay junto a la puerta del despacho. Quédate ahí con la mano posada suavemente sobre él para poder encender la luz en cuanto se te de la orden.

Fuegovivo asintió con la cabeza y se fue a la puerta y colocó una mano sobre el interruptor.

“Visto lo sucedido con el segundo cofre, podría resultar peligroso que los niños abran el tercero. Tú mismo haz los honores, Genti. Toma, aquí tienes los tréboles. Úsalos en cuanto expulse a toda la luz de aquí, cosa que voy a acabar de hacer ahora mismo, así que todos a sus puestos y buena suerte a todos. Que nadie reciba un golpe.”

Y Ricatierra convirtió su despacho en un lugar de oscuridad total. Nada de luz, para que el trébol de cinco hojitas pudiese hacer su magia.

“Habla y dinos que lo has hecho cuando lo hayas hecho, Genti,” dijo la voz de Richi.

“Hecho está. Se ha abierto,” contestó Gentillluvia. Esta vez no había sonado ninguna trompeta ni nada. Claro que no podíamos ver que había pasado. “Podéis encender la luz.”

Pestañeando, nos reunimos todos alrededor de Genti para ver que había en el tercer cofre. Él extrajo una ficha de papel y la leyó. “Encontré esto en el suelo al barrer. No tengo ni idea de lo que es, pero tiene un color bonito así que puede que sea de valor para alguien. Lo guardaré en este cofre por si alguien lo reclama.”

“¿Es eso todo? ¿No dice nada más? ¿Qué es lo que encontró la chica?”

“Una especie de bolita ovalada de algodón o…o…¡ Ay por Og! ¡No!”

“Pero…¿qué es? ¿Lo sabes?” dijo Richi.

Todos los niños observábamos a nuestros tíos alucinados, escudriñando la bolita ovalada que parecía el capullo de un gusano de seda.

“¡Sí, por Og! Apuesto a que sí que lo sé. Este es Umbriano bajo la maldición del capullo.”

La sorpresa fue más que general.

“¿Qué? ¿Qué Umbriano qué?” exclamó Ricatierra.

“¡Oh, ******!” dijo Fuegovivo. “Dime que te equivocas, Genti.”

“Enróllate dentro de ti mismo y espera durante un milenio a volver a ser el mismo. Esa es la maldición del capullo.”

“¡Oh! ¡Oh, que espanto!” dijo Richi, y los niños dieron pequeños gritos.

“¿Te puedes enrollar y encoger al tamaño de un dedo meñique?” preguntó Fu. “¿Umbriano está dentro del capullo ese?”

“Del tamaño de un meñique es esto porque Umbriano era alto. Si no, sería la bolita del tamaño de una falange distal.”

“¿Dis- qué?

“La parte del dedo donde está la uña.”

“Bueno, al menos le hemos encontrado,” dijo Richi. “Porque le hemos encontrado, ¿no?”

“Malina debió pronunciar la maldición del capullo mientras escupía sapos y culebras y maldiciones. Pero creo que no se dio cuenta de lo que había hecho, porque lo hubiese recogido del suelo tras maldecirle. Y se fue sin saber lo que había pasado,” dijo Genti.

“Tal vez sea mejor así. Por lo menos Umbriano no cayó en el poder de esa loca,” dijo Fu.

“¡Claro que ha sido mejor así! Esa tipa está loca de remate,” dijo Gentillluvia, “A saber que hubiese hecho con el capullo.”

“¿Y ahora qué?” dijo Fuegovivo. “¿Hemos de esperar a que pase el milenio entero antes de que Umbriano vuelva a ser el que fue?”

“Tal vez alguien pueda revertir la maldición,” sugirió Gentillluvia.

“¿Y ese alguien sería?”

“Malina no. No sabemos dónde está y lo más probable es que siga tan rabiosa que no quiera hacerlo.”

“¿A cuanta gente horrible conocemos?” preguntó Ricatierra. “Tú, Gen, por tu profesión, conoces a mucha gentuza. Yo por mi vida privada conozco a un montón de zumbadas. Pero había una individua que sobresalía incluso entre todas ellas.”

“¿Una de tus ex?” preguntó Fuegovivo.

“No. Una conocida de esas mujeres. Alguien a quién me da reparo mencionar. Alguien que quiere pasar desapercibida pero que tiene una reputación muy fea, alguien a quién la gente acude cuando está desesperada. Yo nunca he estado tan desesperado como para hacer daño a otros. Pero Malina sí que pudo conocer a esta persona. Malina se largó del taller de las Áureas clamando venganza. Ha pasado mucho tiempo, pero a quién hubiésemos acudido si quisiésemos haber hecho daño de verdad a alguien?”

“Un soplo del pasado,” dijo Fuegovivo. “Estamos hablando del Renacimiento. Eso sería…¿lo llamaban el Gabinete del Caballo Oscuro? Porque nunca se les veía venir... ¿Una barbería?”

“Atanasio el Inmortal y su esposa multiple,” asintió Tito Gen. “Parecía innocuo, el tal Atanasio, siempre protestando su inocencia, pero era peligroso hasta mencionarlo.”

“Su esposa era tres personas en una, y una de las tres era conocida por todos los que querían crear problemas para otros. Ella era la clase de persona que va de casa en casa intentando vender baratijas y prometiendo embrujar a cualquiera que tú quisieras embrujar,” dijo Fuegovivo. "Por dinero, por supuesto."

“La Avernina es lo que le llamaban a la mujer de Atanasio,” dijo Gentillluvia.

“Utilizaba a unos contra otros. Le decía al sujeto A que si quería hacerle un mal a B, primero tenía que echar una poción en la copa de C, aunque no tuviese nada contra C. y ni siquiera supiese bien de quién se trataba. Y si A lo hacía, B acababa mal parado. Probablemente porque D, del que nadie sabía nada, hacía el trabajo sucio contra B. Una tejedora de males, la Avernina. Claro que le ayudaba a esa sinvergüenza  ser tres personas en lugar de una. O algo así. ¿Era realmente tres personas distintas, Genti?” dijo Ricatierra.

“Podía ser tres personas a la vez, aunque a dos de las tres las mantenía fuera de la luz. Por cierto, tenía un diente enorme y muy afilado justo entre los dos delanteros. No sé para que la serviría, pero impactaba. Lo cierto es que también ayudaba que Atanasio fuese barbero. Él también iba de casa en casa. Temprano por las mañanas se desplazaba a casa de sus clientes para afeitarles. Y por la tarde recibía a gente en su barbería, y a algunos les pasaba a un cuarto que tenía detrás y allí se pactaban los trabajos malignos.”

“¿Qué ha sido de esta gente? ¿Siguen en activo Atanasio y Avernina?” preguntó Fu a Gen.

“Se mudaron al mundo de los mortales. Aunque él es inmortal, la mayoría de sus clientes no lo son.”

miércoles, 7 de octubre de 2026

336. La vaca, el grogoch y el oráculo ámbar

 

336. La vaca, el grogoch y el oráculo ámbar

“Grogui,” dijo Neferclari, tapándose la nariz con el pulgar y el dedo índice.

“¡Por supuesto! Tiene razón la nena,” dijo Gentillluvia. “No vive en la isla, pero sí vive entre vacas y criaturas semejantes.”

Así que Gentillluvia averiguó dónde vivía en ese momento Grogui y eso resultó ser el establo de una granja propiedad de una familia humana. Y aunque no era precisamente un lugar conveniente al que ir, ahí fuimos. No porque no hubiese vacas en nuestra isla, que las hay, sino porque parecía lo indicado. Y fuimos afortunados en que Grogui nos recibió con una sonrisa de oreja a oreja, aunque también apestando tan indecentemente como siempre. Ahí estaba, cuidando precisamente de una vaca. Y también fuimos afortunados en que todavía quedaban llavecitas de San Pedro por ese lugar, y en que Grogui nos permitió coger las que quisimos.

“Las volveré a plantar en casa,” Richi le aseguró al grogoch, mientras recogía unas cuantas llaves. Él no tiene miedo al estiércol. Mis otros tíos sí. “No pueden morir, ni ajarse siquiera mientras estén conmigo.”

Y los tíos dejaron que Esmeraldo hiciese los honores de abrir el segundo cofrecillo rozándolo ligeramente con un ramito de llaves de San Pedro bajo el cálido sol del mediodía. Y al abrirse la caja de golpe, hubo un trompeteo y algo salió volando de ella y antes de que lo pudiésemos pillar una nube bajó del cielo hasta situarse sobre las cabezas de nuestros tres tíos, que eran los más altos de entre nosotros.

“¡Hola y bien hallados, tres de los cinco chicos Buenvecino!” dijo una señora cuya cara cuidadosamente maquillada parecía una porcelana y que había aparecido en la nube. Y también apareció su mano, con las uñas genialmente pintadas, y esta sostenía una ficha entre el dedo índice y el pulgar. Y supimos que había cazado al vuelo la ficha que salió de la caja. “Sé que hubieseis venido a visitarme de haber leído lo que pone esta carta, así que para ahorraros la visita he venido a veros yo.” La mujer, mientras decía esto, partía la ficha en trocitos y se los daba de comer a un cuervo que se había posado sobre su hombro izquierdo.

“¡Ámbar Sabia! ¡Hola a ti también!” exclamaron mis tíos al unísono. “¿Qué tal estás?”

“¿Eso qué importa? Estoy aquí, que es lo que cuenta. Debería bastar. No necesito estar rebosante de alegría para vosotros, ¿verdad? Útil sí espero ser. Hace como unos trescientos años yo estaba en el taller de Filo del Tiempo encargando cosas que necesitaba cuando apareció Malina Luzmala arrastrando a Umbriano Parra de Plata Parry. Mientras él se entretenía examinando unas copas de oro, Malina me susurró que estaba segura de que Umbriano sólo había cortejado a Antojo Matricaria porque alguien le había hechizado. Ella insistía que no podía ser de otro modo. A él no le podía haber gustado ese bol de suero sin cuajada soso y vomitivo de forma natural. Yo la dije que el suero era algo picante, así que no la valía esa metáfora. Si quería decir que Antojito era sosa, tendría que haberla llamado agua marina desalada, o algo así. Pero a Malina no la interesan las palabras, no es cuidadosa con ellas ni al maldecir. Y no es muy original en sus maldiciones, aunque sí muestra entusiasmo al soltarlas. Me dijo que dejase de decir bobadas e insistió en que yo la diese la razón. `Estoy aquí porque estás aquí tú. He venido a decirte que le has de informar a Umbriano de que fue embrujado. A mí no me cree, pero a ti sí te creerá. Se dice que lo sabes todo, así que le vas a decir que le embrujaron, sí o sí. Me da igual que sea cierto o no, aunque estoy segura de que tuvo que ser cierto. Se lo vas a decir, porque si no…no respondo de lo que te vaya yo a hacer a ti.´ Así de borde estaba Malina.”

Una palabra he de decir sobre Ámbar Sabia antes de seguir. Luego nos dijeron nuestros tíos que esta señora de enorme prestigio es apodada El Oráculo porque mucha gente la consulta cuando necesitan saber algo del pasado, presente o futuro que se les escapa. Mucha gente del reino de las hadas utiliza bolas de cristal y espiaderos y cabezas y tablas parlantes y artilugios semejantes, pero para las preguntas realmente difíciles acuden a Ámbar. Y ella les da buenos consejos además de la información que buscan. Informa correctamente casi siempre, y aunque es un oráculo y a los oráculos a veces no se les entiende bien, no lo hace mal. Ah, y voy a añadir que Ámbar Sabia es interesante de ver. Tiene pelo grande, que es del color del ámbar rojo, y es algo transparente y brilla como cristal. Una arañita ha quedado atrapada en él desde siglos ha. Dos de los tres ojos de esta señora son del color del ámbar verde, y el tercero, que se halla en el centro de su frente, es de ámbar amarillo, magnífico.

“Cuando yo confirmé las sospechas de Malina, sí, la dije, le embrujaron, pues ella me hizo repetir esto ante Umbriano. Él me escuchó con interés y todos pensaron que estallaría en ira por el mal genio que tiene, pero cuando estalló, fue de risa. Rió, y rió, y rió hasta que Malina le hizo parar. Se negó a enfadarse con quienquiera que le hubiese rociado con pulvis amoris. Aparentemente su experiencia fue grata y le hizo feliz haber sido embrujado. Él era la última persona que yo me hubiese imaginado que respondería bien a una bromita a su costa, pero demostró que no hay quién juzgue a la gente por sus antecedentes. Desgraciadamente, esto de que estuviese feliz le sentó de patada a Malina. Empezó a ponerle verde, y él comenzó a responder preguntándola quién se creía que era ella para decirle lo que podía gustarle y lo que no. Tuvieron una discusión atroz, lanzándose primero malas palabras, luego sapos y culebras – ¡Madre mía, cómo dejaron el taller de infestado! – y finalmente horribles maldiciones. Durante el intercambio de maldiciones, Umbriano desapareció, probablemente para evitar que aquello fuese a todavía mayores. Malina, al ver que se había quedado sola, empezó a jurar que cobraría venganza ella misma, puesto que no se podía contar con Umbriano para hacerlo. Y entonces ella también desapareció, envuelta en llamas y gritando amenazas como una loca. Y entonces una de las Áureas encontró algo que encontrareis vosotros también si sois cuidadosos. Pero en ese momento no le dimos importancia e incluso ahora no estoy segura de qué se trata y de que puede importar. Y ahora he de irme. Abur, guapitos.”

Y antes de que pudiésemos dar las gracias, se fue. Y nosotros también nos fuimos, pero no antes de agradecerle a Grogui las florecitas. ¿Y a dónde fuimos? Pues a la plantación de Ricatierra, para almorzar y para buscar un trébol de cinco hojas con el que abrir la tercera caja en la oscuridad.

lunes, 28 de septiembre de 2026

335. La segunda llave: Llavecitas de San Pedro a la luz del mediodía

 

335. La segunda llave: Llavecitas de San Pedro a la luz del mediodía

“Distintas cajas requieren distintas llaves,” dijo mi tío Gentillluvia. “Hemos de utilizar un trébol de cinco hojas para abrir esta.”

E hizo aparecer el segundo cofre que fue robado con el permiso expreso de las Áureas.

“¿Se hará a la luz de la luna otra vez?” dijo Neferclari.

“Creo que a la luz del mediodía, bonita. ¿Dónde podemos encontrar tréboles de cinco hojas, Richi? No hay muchos en ninguna parte, ni siquiera en esta isla, porque tienen que ver con tesoros y nadie quiere que sus tesoros estén fácilmente disponibles para otros.”

“Yo tengo como ciento cincuenta de esos tréboles en mis jardines. Pero no sé si alguno de ellos abrirá el segundo cofre de plata. Nunca los he vinculado a tesoros. De momento sólo son para exhibir, excepto que no se los he enseñado a nadie. ¿Os gustaría verlos?”

“Es obvio que sí. Ya tenemos bastantes problemas sin tener que salir a la búsqueda de un trébol de cinco hojas.”

“Os estáis equivocando,” dijo Azulina. “La segunda caja ha de ser abierta por una llave de San Pedro. Estoy segura que eso fue lo que oí.”

Ricatierra y Gentillluvia cruzaron una mirada. Azulina les había hecho dudar.

“La niña debe tener razón. Yo estaba tan preocupado por lo de tener que mangar las cajas que puede que no me haya enterado bien de las instrucciones para su apertura,” dijo Gen.

“La Áurea resultaba confusa,” dije yo, Brezo. “No hablaba claro.”

“Es hierba selena a la luz de la luna, llaves de San Pedro a la luz del mediodía y un trébol de cinco hojitas a luz ninguna,” dijo Azulina. “Eso es lo que dijo la chica de oro.”

“Prometes, niña,” dijo Gentillluvia a Azulina. “Sí que dijo algo así, o eso exactamente.”

“Vale. Pues las llaves de San Pedro se pueden encontrar preferentemente cerca de vacas. Donde hay vacas, hay cacavacas,” dijo Ricatierra. “Y ese es otro nombre para las llaves de San Pedro. Esas flores amarillas crecen donde las vacas han depositado … aquello que les sobra.”

“Bosta,” dijo Esmeraldo, por si alguien no había entendido lo que acababa de decir su padre.

“¡Vaya lugar para que se te caigan las llaves!” dijo Neferclari.

“Pero las llaves que cayeron eran las llaves al reino de los cielos, así que en cuanto tocaron la bosta, aparecieron bonitas florecitas ahí mismo.”

“¿Tienes vacas en tu plantación, Richi?” preguntó Gentillluvia.

“No tengo ni mis diez ovejas. No sé dónde estarán las ovejas a las que tengo derecho, ahora que los pienso. Las ovejas no son buenas para las plantas.”

“Pues no te preocupes por ellas ahora si no te has preocupado hasta ahora, hermano.”

“Esa chica, Betabel, o como se llame, la que se casó con el No Cambiadito Hambriento que se convirtió en un devorador de basura…¿Es esa una categoría? Hay una especie o un sindicato de devoradores de basura o algo?”

“Ni idea,” dijo Gentillluvia. “Nunca he oído nada de eso. Bueno sí que sé que Alpin se transformó en uno, pero no me consta que existan más, al menos no en plan organizado. Que yo sepa sólo comen basura las alimañas de siempre.”

“Esa chica estaba cuidando de mis ovejas para mí. Y fue y se casó con ese tío horrible y espero que no se hayan comido mis ovejas. Él se comía todo lo que veía. Si lo sabré yo, que ése era mi cuñado.”

“Y lo sigue siendo, aunque hayáis perdido el contacto. Tus ovejas no son basura. Así que no se las habrá comido, seguro que no.”

“Antes de que le embrujasen, podría haberlo hecho. Claro que poco antes fue una ostra, y las ostras no comen ovejas. Sólo fitoplancton y cosas diminutas. Me estoy poniendo nerviosísimo por no saber que ha sido de mis ovejas.”

“Tus ovejas probablemente estén con la familia de Betabel, que ellos son todos pastores también,” dije yo.

“¡Pues las quiero de vuelta!”

“Ahora no, Richi, que tenemos mucho que hacer.”

“Yo creo que Betabel ha sido muy irresponsable al no devolverme mis ovejas antes de meterse a hotelera. ¿Oye, esa es mi cuñada ahora? ¿O sólo la esposa de mi cuñado?”

“Como acaba de decir Brezo, las tendrán sus parientes. Sigamos con el asunto del cofre. Llévanos hasta una vaca, Richi.”

“¿Yo? Si no tengo ni un pobre pollo en mi plantación. Sólo mis perros y gatos y Arcano, el perro de Brana. Y esos son animales domésticos y no de granja. Quiero mis ovejas de vuelta, ahora que me he acordado de ellas. ¿Y si están fuera de la isla y se las ha comido un lobo?”

“Escucha, Richi. Llamaré ahora mismo a alguien de mi oficina y le diré que vaya a por tus ovejas, pero tú deja de montar el número y condúcenos hasta una vaca.”

“¿Texas?” dijo Richi. “¿Queréis que os lleve a Texas? Eso está plagado de rosas amarillas, pero no creo que haya llaves de San Pedro por muy amarillas que sean. No, de ahí no son.”

“Alguien de esta isla tiene que tener una vaca,” dijo Gen. “Pero primero hay algo que me está distrayendo a mí también. He de dar las gracias a mis hijas por haber negado que soy su padre ahí delante de Caravinagre. Gracias por no delatarme, hijas. Quiero pensar que lo hicisteis para que la señora esa no me comiese por haber dejado que os criase vuestra abuela en lugar de hacerlo yo mismo.”

“No tenemos ninguna queja contra ti, Señorpapi,” se rieron las gemelas azules. “Pero esa bruja podría haber visto las cosas de otro modo.”

“Yo también he salvado a mi padre,” dijo Esmeraldo. “Aunque sigo enfadado con él por pensar en entregarme a Ambívolo.”

“Yo no hice eso. Yo sólo me puse a recordar que una vez un hombre que era más viejo que las colinas intentó engañarme y hacerse pasar por mi hijo,” dijo Ricatierra. “Y casi lo consiguió por un tiempo al menos.”

“¿Estabas bebido?” preguntó Esmeraldo.

“¡Desde luego que no! Nunca lo estoy.”

“Entonces eres tonto. Yo estaba intentando buscar una excusa para ti.”

“¡Ya basta!” exclamó Gentillluvia, alzando un poco la voz, algo que casi nunca hace. Él tiene una voz muy clara y muy firme y llana, y cuando habla se le entiende mejor que a cualquiera que conozca yo. “Basta de ovejas y de gracias y de recuerdos y de otras distracciones. Encontremos una vaca ya.”

viernes, 18 de septiembre de 2026

334. Ojos muy negros

334. Ojos muy negros

Teníamos nuestras dudas antes de subir a la copa del  árbol de la raptanenes. Era normal, considerando lo que estábamos escuchando bajar flotando de ahí arriba. Veréis, es que la Yaya Caravinagre estaba cantándose a sí misma su propia versión de Ojos Negros. Y no precisamente bajito. Daba más gritos que un coro de militares eslavo.    

“Ojos que saltan cuando me ven, ojos que se cuadran, cómo me temen!

Ojos que  cuando me avistan, se quedan en blanco y se paralizan.

 ¡Estoy aquí para llevarme tu felicidad y hacerla mía en vez!

¡En mala hora me conociste!

La la lai la, la la lai la, ¡como palidece tu tez!”

“¿Es ella la que desvaría?” preguntó Tito Richi. “La voz no es mala, pero la letra es horrible.”

“¡Os dije que era una **** loca de cuidado!” susurró Tito Fu.

“Y yo siempre pensé que se la había inventado Mami para asustarnos y hacer que nos portásemos bien. Pero tú sí creías en ella, Fufi. Y mira por donde tenías la **** razón. Existe. Uy, perdón por la palabrota. Yo no las digo. Es que eres contagioso, hermano.”

“No creo que yo quiera hacer esto,” dijo Fu. “¡No, no pienso subir a ese árbol y encararme con ella! Yo quería muchísimo a Mamá y es natural que haya quedado traumatizado.”

“¡Caray!” exclamó Richi. “Has pronunciado tres oraciones sin decir un taco. Debes estar aterrado de verdad. ¿Y tú qué, Genti? ¿Creías o no creías en la Yaya Caravinagre? ¿Pensabas que era real o una invención de Mami?”

“No sabía lo que pensar así que decidí buscarla y enterarme por mi mismo si existía. No pensaba hacerlo provocándola para que se manifestase y se comiese a nuestros padres. Eso nunca. Pero me fijé en como Papá miraba para otra parte cuando Mamá la mencionaba. Él nunca dijo que no fuese real. Y se quitaba de en medio cuando yo iba a preguntárselo. Así que sentí curiosidad.”

“¿Realmente creías, Genti, como Fu, que alguien sería capaz de comerse a nuestros padres? No son precisamente pusilánimes."

“A mi casi me da un infarto cuando conocí a Eulalia,” dijo Fu. “Tuve que hacer un verdadero esfuerzo para no salir volando de la vida de Antojito el mismo momento en que me di cuenta de quién era realmente Eulalia. Jamás hubiese cortejado a Antojo de haber sabido quién era su yaya.”

“Cuando éramos peques y yo decidí informarme sobre ella porque si era real tendría que ser detenida, la verdad es que  yo no pude hallar información alguna sobre ella,” dijo Gentillluvia, “salvo que personas mayores que nosotros también habían temido a este coco cuando eran niños. Eso me dio a entender que Mamá no se la había inventado. Pero ahora sé que Eulalia convirtió a su marido y a la amante de este en dos guisantes y se los tragó. Y eso es probablemente lo único que se ha comido. Bueno, que son las únicas personas que se ha zampado. Porque comida normal habrá tenido que comer.”

“¿Se comió a su marido por infiel?” preguntó Richi. “¿Pero qué estamos haciendo aquí? Eso no me ha pasado ni a mí.”

“Ella y su marido no tenían hijos. Ella estaba desesperada por tenerlos. Quería encargar uno, o una docena. Pero él se negaba. Decía que él no iba a aceptar a un crío que no apareciese ante él de forma natural. Y nada, que pasaron siglos y no apareció nadie. Y después de estar juntos durante una eternidad, ella un mal día descubrió que su marido tenía varios hijos con otra mujer. Y entonces le convirtió en un guisante, y a la otra mujer también, y se los tragó.”

“¿Y siguen dentro de ella?” preguntó Richi.

“No. Se supo y la forzaron a devolverlos. Pero ella quedó trastornada. Antes de que la obligasen a vomitar los guisantes ella había criado a los cuatro hijos de esos guisantes. Todos decían que era una santa por ocuparse de esos niños de padres desaparecidos. Pero cuando se supo lo de que se había tragado a la pareja, todo el mundo se apartó de ella. Y ella se dedicó a rescatar a niños maltratados y a criarlos ahí arriba en su casita del eucalipto."

“Ante la cual estamos. Yo conozco esa canción. La que ella estaba cantando. Es una canción de amor rusa muy intensa,” dijo Richi. “¿Creéis que debería añadir mi voz a la suya?”

Y sin esperar respuesta, lo hizo. Comenzó a cantar Ochi chyornye en versión original rusa. Lo hizo porque ya no le asustaba la yaya. Se había recordado a sí mismo que él estaba acostumbrado a broncas domésticas y siempre le habían beneficiado a él. Sus insoportables esposas le habían abandonado todas tras broncas monumentales.

“¿Quién hay ahí abajo? ¿Te burlas de mí?” chilló la Yaya Caravinagre.

“¡No!” la aseguró Richi. “Sólo quería participar. Me gusta tu voz. ¿Te gusta la mía? Tal vez deberíamos juntarnos y…”

Y Fuegovivo le hincó el codo en las costillas. Brutalmente.

"¡Ay!" se quejó Richi.

“Señora Piedra de Sangre, soy Fuegovivo Buenvecino. No sé si se acordará usted de mí. Soy amigo de Antojo Matricaria. Ella nos presentó,” dijo Fu.

Y la Yaya Caravinagre bajó del árbol. Pero antes de seguir con mi relato, quiero decir algo sobre este eucalipto, que al principio parecía Australiano, pero ahora se transformó, adquiriendo el aspecto de un eucalipto arcoíris, pues su tronco se volvió de varios colores. Yo conozco este árbol por la vez que Beau se fue a algún lugar cercano a Mindanao para adquirir el caballo de tiovivo que hizo posible que los Atsabesitos celebrasen su día del nombre sin incidentes desafortunados. La yaya no bajó sola. Descendió  rodeada por una patulea de niños muy pequeños que no pararon quietos. Revolotearon a nuestro alrededor dando saltitos y haciendo muecas y riéndose y tronchándose todavía más de nosotros cuando no respondimos a su provocación. Debo decir que parecían felices.  

“¿Quién te ha planchado la camisa?” le preguntó la yaya a Esmeraldo.

“¿Por qué?” dijo Esmeraldo, respondiendo hábilmente a su pregunta con otra pregunta.

“Está muy bien planchada.”

 “¡Ah!” dijo Esmeraldo. Sólo eso.

“¿Estos son tus hijos?” preguntó Eulalia a Fuegovivo.

Pero antes de que pudiese contestar, Azulina dijo, “Somos sus sobrinas y sobrino. Y es un buen tío. Siempre nos trata muy bien. Muy buen tío.”

“¡Sí!” dijo Neferclari, y Esmeraldo asintió con la cabeza.

“Más le vale,” dijo la Yaya Caravinagre, mirando con malos ojos al pobre Fu.

“Señora Piedra de Sangre, yo soy Gentillluvia Buenvecino," dijo Tito Genti, que siempre toma la iniciativa cuando huele sangre. "Estamos aquí porque intentamos localizar a Umbriano Parra de Plata Parry y pensamos que tal vez usted nos podría ayudar con esto.” 

“Te recuerdo perfectamente,” Eulalia le dijo a Fuegovivo. “Tú eres el incendiario. Y ojalá hubieses mostrado más interés en Antojito que Umbriano. Ella fue de mal en peor cuando rompiste con ella. Y tú, Gentillluvia, o como te llames, hermano de este aquí presente, que sepas que yo no me he comido a Umbriano si es lo que estás sugiriendo.”

“Cualquier información que nos pueda usted dar nos sería de ayuda,” dijo Genti.

Y si la yaya había parecido amenazadora, ahora se convirtió en una auténtica bruja. Hasta la creció un sombrero, tan rabiosa y maldicente estaba.

“A la que tendrías que preguntar es a esa **** de **** cuyo ******** pelo yo arranqué a puñados de su repugnante y piojosa cabeza cuando las Muchachas de Oro se lo acababan de volver a coser. Sería mala ******, esa ****** ladrona de novios. ¡Hacer llorar a mi pobre Antojito! Yo no iba a dejar pasar eso sin atacar a esa **** ******. Aunque el sujeto era un **** necio, no había derecho a comportarse así con mi niña. Le rompieron el **** corazón a mi pobre niña, sí. Pero no vais a poder consultar con la ****** esa, porque ella también está desaparecida. Se fugó con el ****** ese. Tendría que haberme comido a esos *******.

“Sí, sabemos que usted tuvo una agarrada con Malina Luzmala. Y también sabemos que ella está en paradero desconocido,” dijo Gentillluvia.

“¿Eso os lo han contado las Áureas?”

“Lo he leído en alguna parte.”

Yo, Brezo, también había leído lo de la pelea. La ficha que sacamos del primer cofre contaba ese encontronazo con todo lujo de detalle. Las Áureas habían tenido que coserle el pelo a Malina una tercera vez.

“¿Así que salimos en la prensa, eh? Bien. Eso hará que no se me acerque nadie. ¿Y que hay de ti, muchacho cantor?” le preguntó Eulalia a Ricatierra. “¿Quién eres?”

“Es mi queridísimo padre y un padre modélico es,” dijo Azulina. “No podría ser mejor ni más perfecto.”

“Si tú lo dices, será verdad,” dijo la Yaya Caravinagre encogiéndose de hombros. “¿Alguien más tiene un padre aquí? ¿Modélico o no?”

“¡No!” dijeron las Gemelas Azules al unísono.

Y Esmeraldo y Neferclari apoyaron esa respuesta asintiendo con la cabeza. Sí, afortunadamente Esmeraldo fue prudente y permaneció calladito.



viernes, 11 de septiembre de 2026

333. Raptanenes de otrora



333. Raptanenes de otrora

Eulalia Piedra de sangre, mejor conocida en las estancias de los niños como la Yaya Caravinagre, era un coco de esos que habían amargado la infancia de mis tíos.

“El caso es que sigue activa,” dijo mi tío Gentillluvia, que la había buscado en los archivos de la Prudente Hermandad de Prevencionistas.

“¿Me estás diciendo que la Yaya Caravinagre existe realmente? Yo creía que nos tomaban el pelo. Nunca llegamos a ver a esta mujer de pequeños. ¿Quién iba a pensar que veríamos su feroz rostro a estas alturas?” dijo Tito Ricatierra.

“Una **** pesadilla viviente,” murmuró Tito Fuegovivo.   

“No es tan mala como cuentan. Pero es mejor no tener que ver con ella," dijo Genti.

“¿Es ella uno de esos raptanenes con los que nos asustan a los niños?” preguntó Neferclari, que había escuchado a su niñera advertirla repetidamente a ella y a sus hermanos de la existencia de secuestradores de niños.

“Sí,” dijo Gentillluvia. “Pero no de los corrientes. Esta sólo abduce a niños que han sido maltratados por sus padres.”

“¿QUE?” chillaron las gemelas azules. “¿Y para colmo se come a los pobrecillos maltratados?”

“¡No! Esto va de que se come a sus padres,” dijo Ricatierra. “Ella devora padres que golpean a sus hijos. Recuerdo a Mami preguntándonos con lágrimas en los ojos si es que queríamos que la fagocitase Caravinagre cuando nos portábamos mal y ya no podía aguantarnos.”

“¿Os gustaría que alguien se zampase a vuestros ***** padres, niños descarriados y malevolentes?” preguntó Fuegovivo.

“No! No! Nooooo!” chillaron Esmeraldo, Azulina y Neferclari al unísono. “¡Por favor, no!”

“¡Pues entonces, maldita sea, no os portéis mal! O vuestros *****padres van a perder el ****control y os van a dar una ****torta cuando les pongáis de los ***** nervios y lo siguiente que va a ser es que os encontraréis huérfanos y destitutos.”

“A veces,” dijo Esmeraldo, pensando dos veces, “cuando yo me enfado mucho, yo deseo…”

“¡No puede comerte, Papá! ¡Tú eres un buen papá! ¡Muy bueno!” lloró Azulina, aferrándose al brazo de su padre.

“¡Ay, por el cielo azul! ¡Y por el tormentoso! Ea, cariño, no,” susurró Ricatierra. “Eso sería lo que me faltaba, que a mi edad me comiese una raptanenes demente y justiciera. ¿Qué diría de mí tu abuelo?”

“¡No! ¡Raptanenes, no! Ella no rapta niños,” corrigió la pequeña Neferclari ansiosamente.

“Oh, sí que lo hace,” dijo Fuegovivo. “Se lleva a los ******* niños maltratados con ella una vez que ha terminado de masticar a sus desafortunados padres.”

“¿Y que les hace a los niños?”

“Los adopta,” dijo Fuegovivo. “Ella es pobre como las ***** ratas, asi que los ******* niños pierden todos sus ***** privilegios. Suponiendo que los tengan. Puede que se trate de niños muertos de hambre  y muy necesitados. Esos puede que salgan ganando cuando les rapta Caravinagre. Estarán mejor con ella. Pero no es vuestro **** caso, ******* mimados. Así que no tendría sentido que cambiaseis a vuestros padres indulgentes por esa **** vieja. No enfadéis a vuestros papis tanto como para lograr que pierdan los ***** estribos y en un momento de locura transitoria os arreen una ****** torta si queréis mantener vuestro estatus.”

“No sabemos exactamente que les pasa a los niños. Pero ella no parece querer maltratarlos. Al revés. Así que tendremos que preguntarle a Antojito Matricaria sobre eso,” dijo Genti, “porque esa señora parece que crió a nuestra amiga. Y no me consta que nadie se haya comido a Antojito nunca. ¿Alguién sabe algo más?”

“¿A Antojito la crio Caravinagre? Yo no sabía eso,” dijo Richi.

Y Fu asintió con la cabeza. Pero lo que dijo fue, “Ahora que lo pienso, tíos, ¿por qué ******* estáis pensando en llevar a estos críos a ver a un **** monstruo? ¡Ya están plañiendo como un ****** coro griego!” 

Fuegovivo se había negado a leer en voz alta la controversial fichita que le trajeron sus hermanos. Dijo que ya utilizaba suficientes palabrotas cuando hablaba como para exponer a los niños a un lenguaje todavía más colorido.

“No es como si lo hubiésemos planeado, Fu,” dijo Ricatierra. “Pasan cosas. Y una cosa lleva a otra. Y en realidad estamos aquí porque yo recordé que tú saliste un par de veces con Antojito. Pensé que podrías saber más de este tema. ¿Llegaste a conocer a su familia?”

“Rompí  con ella porque su **** abuela me aterraba. No me podía quitar de la **** cabeza la imagen de esa mujer tirándose a la yugular de nuestra madre, como una loba. Traumas de niño, quizás. Y además, yo no soy de los que agradan a las viejas. Lo que os puedo decir es que si esa ****** loca de remate ve las cosas como las estoy viendo yo ahora mismo, puede que nos arranque un **** brazo de un maldito bocado  a cada uno de nosotros delante de estos niños. Cantidad bestia la abuelita esa.”

“¡Ca!” respondió Gentillluvia. “Sin exagerar. Yo no he podido encontrar ningún informe en nuestros archivos que dijese que esa mujer se hubiese comido a alguien. Sí que se ha hecho cargo de niños maltratados. No lloréis, chiquillos. Si os portáis bien, no tenéis nada que temer. No pasará nada malo.”

“¡Les estás asustando, tío!” dijo Fuegovivo.

“Y además vuelves a sonar como Papi otra vez, Genti,” dijo Ricatierra. “Estoy por acojonarme yo. Mira que si nos come esa, cómo se lo vamos a explicar a Papá?”

“¡Bah!” dijo Gentillluvia. “Todos somos buena gente. Nada malo nos va a pasar. Eulalia no tiene nada contra nosotros.”

“Ya habéís escuchado al tito,” dije yo, Brezo, abrazando a los niños. “Él sabe mucho de gente conflictiva. Todos estaremos bien. No hemos hecho nada malo.”

“Él nos ha asustado. Eso es malo,” dijo Esmeraldo apuntando con un dedo a su tío Gentillluvia.

“No seas ridículo, Gemito,” respondió Genti. “A ti no hay quién te asuste.”

Y Esmeraldo se rio, porque eso era verdad. Y las gemelas azules cogieron a las niñas de la mano y todos nos fuimos a ver a Antojo Matricaria para preguntarla sobre la mujer que la había criado.

“No quiero tener nada que ver con ella. No es porque fuese mala conmigo. Al contrario. Me salvó de una vida miserable. No me dejó pasar frío ni hambre. Siempre me llevó bien vestida y calzada. Y me hablaba con una dulzura que para mí era desconocida. Nunca me hizo daño. Pero cuando me hice mayor y me enamoré de Umbriano, pues ella no aprobaba a ese chico. Dijo que no me traería más que problemas. Que tenía muy mal genio y que tal vez podría llegar a golpearnos a mí y a nuestros hijos. Ahora que lo pienso… ¿Es posible que se lo haya comido? ¡Ay por Og! ¡Qué horrible!”

Y no hubo manera de que consiguiésemos que dijese más, porque no soportaba la idea que se la acababa de ocurrir, así que la dejamos en el dolmen mordiéndose las uñas y nos fuimos sin ella a ver por nuestra cuenta a la Yaya Caravinagre, que vivía en el árbol más alto del Bosque Triturado. Un eucalipto. Importado de Australia.