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viernes, 18 de septiembre de 2026

334. Ojos muy negros

334. Ojos muy negros

Teníamos nuestras dudas antes de subir a la copa del  árbol de la raptanenes. Era normal, considerando lo que estábamos escuchando bajar flotando de ahí arriba. Veréis, es que la Yaya Caravinagre estaba cantándose a sí misma su propia versión de Ojos Negros. Y no precisamente bajito. Daba más gritos que un coro de militares eslavo.    

“Ojos que saltan cuando me ven, ojos que se cuadran, cómo me temen!

Ojos que  cuando me avistan, se quedan en blanco y se paralizan.

 ¡Estoy aquí para llevarme tu felicidad y hacerla mía en vez!

¡En mala hora me conociste!

La la lai la, la la lai la, ¡como palidece tu tez!”

“¿Es ella la que desvaría?” preguntó Tito Richi. “La voz no es mala, pero la letra es horrible.”

“¡Os dije que era una **** loca de cuidado!” susurró Tito Fu.

“Y yo siempre pensé que se la había inventado Mami para asustarnos y hacer que nos portásemos bien. Pero tú sí creías en ella, Fufi. Y mira por donde tenías la **** razón. Existe. Uy, perdón por la palabrota. Yo no las digo. Es que eres contagioso, hermano.”

“No creo que yo quiera hacer esto,” dijo Fu. “¡No, no pienso subir a ese árbol y encararme con ella! Yo quería muchísimo a Mamá y es natural que haya quedado traumatizado.”

“¡Caray!” exclamó Richi. “Has pronunciado tres oraciones sin decir un taco. Debes estar aterrado de verdad. ¿Y tú qué, Genti? ¿Creías o no creías en la Yaya Caravinagre? ¿Pensabas que era real o una invención de Mami?”

“No sabía lo que pensar así que decidí buscarla y enterarme por mi mismo si existía. No pensaba hacerlo provocándola para que se manifestase y se comiese a nuestros padres. Eso nunca. Pero me fijé en como Papá miraba para otra parte cuando Mamá la mencionaba. Él nunca dijo que no fuese real. Y se quitaba de en medio cuando yo iba a preguntárselo. Así que sentí curiosidad.”

“¿Realmente creías, Genti, como Fu, que alguien sería capaz de comerse a nuestros padres? No son precisamente pusilánimes."

“A mi casi me da un infarto cuando conocí a Eulalia,” dijo Fu. “Tuve que hacer un verdadero esfuerzo para no salir volando de la vida de Antojito el mismo momento en que me di cuenta de quién era realmente Eulalia. Jamás hubiese cortejado a Antojo de haber sabido quién era su yaya.”

“Cuando éramos peques y yo decidí informarme sobre ella porque si era real tendría que ser detenida, la verdad es que  yo no pude hallar información alguna sobre ella,” dijo Gentillluvia, “salvo que personas mayores que nosotros también habían temido a este coco cuando eran niños. Eso me dio a entender que Mamá no se la había inventado. Pero ahora sé que Eulalia convirtió a su marido y a la amante de este en dos guisantes y se los tragó. Y eso es probablemente lo único que se ha comido. Bueno, que son las únicas personas que se ha zampado. Porque comida normal habrá tenido que comer.”

“¿Se comió a su marido por infiel?” preguntó Richi. “¿Pero qué estamos haciendo aquí? Eso no me ha pasado ni a mí.”

“Ella y su marido no tenían hijos. Ella estaba desesperada por tenerlos. Quería encargar uno, o una docena. Pero él se negaba. Decía que él no iba a aceptar a un crío que no apareciese ante él de forma natural. Y nada, que pasaron siglos y no apareció nadie. Y después de estar juntos durante una eternidad, ella un mal día descubrió que su marido tenía varios hijos con otra mujer. Y entonces le convirtió en un guisante, y a la otra mujer también, y se los tragó.”

“¿Y siguen dentro de ella?” preguntó Richi.

“No. Se supo y la forzaron a devolverlos. Pero ella quedó trastornada. Antes de que la obligasen a vomitar los guisantes ella había criado a los cuatro hijos de esos guisantes. Todos decían que era una santa por ocuparse de esos niños de padres desaparecidos. Pero cuando se supo lo de que se había tragado a la pareja, todo el mundo se apartó de ella. Y ella se dedicó a rescatar a niños maltratados y a criarlos ahí arriba en su casita del eucalipto."

“Ante la cual estamos. Yo conozco esa canción. La que ella estaba cantando. Es una canción de amor rusa muy intensa,” dijo Richi. “¿Creéis que debería añadir mi voz a la suya?”

Y sin esperar respuesta, lo hizo. Comenzó a cantar Ochi chyornye en versión original rusa. Lo hizo porque ya no le asustaba la yaya. Se había recordado a sí mismo que él estaba acostumbrado a broncas domésticas y siempre le habían beneficiado a él. Sus insoportables esposas le habían abandonado todas tras broncas monumentales.

“¿Quién hay ahí abajo? ¿Te burlas de mí?” chilló la Yaya Caravinagre.

“¡No!” la aseguró Richi. “Sólo quería participar. Me gusta tu voz. ¿Te gusta la mía? Tal vez deberíamos juntarnos y…”

Y Fuegovivo le hincó el codo en las costillas. Brutalmente.

"¡Ay!" se quejó Richi.

“Señora Piedra de Sangre, soy Fuegovivo Buenvecino. No sé si se acordará usted de mí. Soy amigo de Antojo Matricaria. Ella nos presentó,” dijo Fu.

Y la Yaya Caravinagre bajó del árbol. Pero antes de seguir con mi relato, quiero decir algo sobre este eucalipto, que al principio parecía Australiano, pero ahora se transformó, adquiriendo el aspecto de un eucalipto arcoíris, pues su tronco se volvió de varios colores. Yo conozco este árbol por la vez que Beau se fue a algún lugar cercano a Mindanao para adquirir el caballo de tiovivo que hizo posible que los Atsabesitos celebrasen su día del nombre sin incidentes desafortunados. La yaya no bajó sola. Descendió  rodeada por una patulea de niños muy pequeños que no pararon quietos. Revolotearon a nuestro alrededor dando saltitos y haciendo muecas y riéndose y tronchándose todavía más de nosotros cuando no respondimos a su provocación. Debo decir que parecían felices.  

“¿Quién te ha planchado la camisa?” le preguntó la yaya a Esmeraldo.

“¿Por qué?” dijo Esmeraldo, respondiendo hábilmente a su pregunta con otra pregunta.

“Está muy bien planchada.”

 “¡Ah!” dijo Esmeraldo. Sólo eso.

“¿Estos son tus hijos?” preguntó Eulalia a Fuegovivo.

Pero antes de que pudiese contestar, Azulina dijo, “Somos sus sobrinas y sobrino. Y es un buen tío. Siempre nos trata muy bien. Muy buen tío.”

“¡Sí!” dijo Neferclari, y Esmeraldo asintió con la cabeza.

“Más le vale,” dijo la Yaya Caravinagre, mirando con malos ojos al pobre Fu.

“Señora Piedra de Sangre, yo soy Gentillluvia Buenvecino," dijo Tito Genti, que siempre toma la iniciativa cuando huele sangre. "Estamos aquí porque intentamos localizar a Umbriano Parra de Plata Parry y pensamos que tal vez usted nos podría ayudar con esto.” 

“Te recuerdo perfectamente,” Eulalia le dijo a Fuegovivo. “Tú eres el incendiario. Y ojalá hubieses mostrado más interés en Antojito que Umbriano. Ella fue de mal en peor cuando rompiste con ella. Y tú, Gentillluvia, o como te llames, hermano de este aquí presente, que sepas que yo no me he comido a Umbriano si es lo que estás sugiriendo.”

“Cualquier información que nos pueda usted dar nos sería de ayuda,” dijo Genti.

Y si la yaya había parecido amenazadora, ahora se convirtió en una auténtica bruja. Hasta la creció un sombrero, tan rabiosa y maldicente estaba.

“A la que tendrías que preguntar es a esa **** de **** cuyo ******** pelo yo arranqué a puñados de su repugnante y piojosa cabeza cuando las Muchachas de Oro se lo acababan de volver a coser. Sería mala ******, esa ****** ladrona de novios. ¡Hacer llorar a mi pobre Antojito! Yo no iba a dejar pasar eso sin atacar a esa **** ******. Aunque el sujeto era un **** necio, no había derecho a comportarse así con mi niña. Le rompieron el **** corazón a mi pobre niña, sí. Pero no vais a poder consultar con la ****** esa, porque ella también está desaparecida. Se fugó con el ****** ese. Tendría que haberme comido a esos *******.

“Sí, sabemos que usted tuvo una agarrada con Malina Luzmala. Y también sabemos que ella está en paradero desconocido,” dijo Gentillluvia.

“¿Eso os lo han contado las Áureas?”

“Lo he leído en alguna parte.”

Yo, Brezo, también había leído lo de la pelea. La ficha que sacamos del primer cofre contaba ese encontronazo con todo lujo de detalle. Las Áureas habían tenido que coserle el pelo a Malina una tercera vez.

“¿Así que salimos en la prensa, eh? Bien. Eso hará que no se me acerque nadie. ¿Y que hay de ti, muchacho cantor?” le preguntó Eulalia a Ricatierra. “¿Quién eres?”

“Es mi queridísimo padre y un padre modélico es,” dijo Azulina. “No podría ser mejor ni más perfecto.”

“Si tú lo dices, será verdad,” dijo la Yaya Caravinagre encogiéndose de hombros. “¿Alguien más tiene un padre aquí? ¿Modélico o no?”

“¡No!” dijeron las Gemelas Azules al unísono.

Y Esmeraldo y Neferclari apoyaron esa respuesta asintiendo con la cabeza. Sí, afortunadamente Esmeraldo fue prudente y permaneció calladito.



viernes, 11 de septiembre de 2026

333. Raptanenes de otrora



333. Raptanenes de otrora

Eulalia Piedra de sangre, mejor conocida en las estancias de los niños como la Yaya Caravinagre, era un coco de esos que habían amargado la infancia de mis tíos.

“El caso es que sigue activa,” dijo mi tío Gentillluvia, que la había buscado en los archivos de la Prudente Hermandad de Prevencionistas.

“¿Me estás diciendo que la Yaya Caravinagre existe realmente? Yo creía que nos tomaban el pelo. Nunca llegamos a ver a esta mujer de pequeños. ¿Quién iba a pensar que veríamos su feroz rostro a estas alturas?” dijo Tito Ricatierra.

“Una **** pesadilla viviente,” murmuró Tito Fuegovivo.   

“No es tan mala como cuentan. Pero es mejor no tener que ver con ella," dijo Genti.

“¿Es ella uno de esos raptanenes con los que nos asustan a los niños?” preguntó Neferclari, que había escuchado a su niñera advertirla repetidamente a ella y a sus hermanos de la existencia de secuestradores de niños.

“Sí,” dijo Gentillluvia. “Pero no de los corrientes. Esta sólo abduce a niños que han sido maltratados por sus padres.”

“¿QUE?” chillaron las gemelas azules. “¿Y para colmo se come a los pobrecillos maltratados?”

“¡No! Esto va de que se come a sus padres,” dijo Ricatierra. “Ella devora padres que golpean a sus hijos. Recuerdo a Mami preguntándonos con lágrimas en los ojos si es que queríamos que la fagocitase Caravinagre cuando nos portábamos mal y ya no podía aguantarnos.”

“¿Os gustaría que alguien se zampase a vuestros ***** padres, niños descarriados y malevolentes?” preguntó Fuegovivo.

“No! No! Nooooo!” chillaron Esmeraldo, Azulina y Neferclari al unísono. “¡Por favor, no!”

“¡Pues entonces, maldita sea, no os portéis mal! O vuestros *****padres van a perder el ****control y os van a dar una ****torta cuando les pongáis de los ***** nervios y lo siguiente que va a ser es que os encontraréis huérfanos y destitutos.”

“A veces,” dijo Esmeraldo, pensando dos veces, “cuando yo me enfado mucho, yo deseo…”

“¡No puede comerte, Papá! ¡Tú eres un buen papá! ¡Muy bueno!” lloró Azulina, aferrándose al brazo de su padre.

“¡Ay, por el cielo azul! ¡Y por el tormentoso! Ea, cariño, no,” susurró Ricatierra. “Eso sería lo que me faltaba, que a mi edad me comiese una raptanenes demente y justiciera. ¿Qué diría de mí tu abuelo?”

“¡No! ¡Raptanenes, no! Ella no rapta niños,” corrigió la pequeña Neferclari ansiosamente.

“Oh, sí que lo hace,” dijo Fuegovivo. “Se lleva a los ******* niños maltratados con ella una vez que ha terminado de masticar a sus desafortunados padres.”

“¿Y que les hace a los niños?”

“Los adopta,” dijo Fuegovivo. “Ella es pobre como las ***** ratas, asi que los ******* niños pierden todos sus ***** privilegios. Suponiendo que los tengan. Puede que se trate de niños muertos de hambre  y muy necesitados. Esos puede que salgan ganando cuando les rapta Caravinagre. Estarán mejor con ella. Pero no es vuestro **** caso, ******* mimados. Así que no tendría sentido que cambiaseis a vuestros padres indulgentes por esa **** vieja. No enfadéis a vuestros papis tanto como para lograr que pierdan los ***** estribos y en un momento de locura transitoria os arreen una ****** torta si queréis mantener vuestro estatus.”

“No sabemos exactamente que les pasa a los niños. Pero ella no parece querer maltratarlos. Al revés. Así que tendremos que preguntarle a Antojito Matricaria sobre eso,” dijo Genti, “porque esa señora parece que crió a nuestra amiga. Y no me consta que nadie se haya comido a Antojito nunca. ¿Alguién sabe algo más?”

“¿A Antojito la crio Caravinagre? Yo no sabía eso,” dijo Richi.

Y Fu asintió con la cabeza. Pero lo que dijo fue, “Ahora que lo pienso, tíos, ¿por qué ******* estáis pensando en llevar a estos críos a ver a un **** monstruo? ¡Ya están plañiendo como un ****** coro griego!” 

Fuegovivo se había negado a leer en voz alta la controversial fichita que le trajeron sus hermanos. Dijo que ya utilizaba suficientes palabrotas cuando hablaba como para exponer a los niños a un lenguaje todavía más colorido.

“No es como si lo hubiésemos planeado, Fu,” dijo Ricatierra. “Pasan cosas. Y una cosa lleva a otra. Y en realidad estamos aquí porque yo recordé que tú saliste un par de veces con Antojito. Pensé que podrías saber más de este tema. ¿Llegaste a conocer a su familia?”

“Rompí  con ella porque su **** abuela me aterraba. No me podía quitar de la **** cabeza la imagen de esa mujer tirándose a la yugular de nuestra madre, como una loba. Traumas de niño, quizás. Y además, yo no soy de los que agradan a las viejas. Lo que os puedo decir es que si esa ****** loca de remate ve las cosas como las estoy viendo yo ahora mismo, puede que nos arranque un **** brazo de un maldito bocado  a cada uno de nosotros delante de estos niños. Cantidad bestia la abuelita esa.”

“¡Ca!” respondió Gentillluvia. “Sin exagerar. Yo no he podido encontrar ningún informe en nuestros archivos que dijese que esa mujer se hubiese comido a alguien. Sí que se ha hecho cargo de niños maltratados. No lloréis, chiquillos. Si os portáis bien, no tenéis nada que temer. No pasará nada malo.”

“¡Les estás asustando, tío!” dijo Fuegovivo.

“Y además vuelves a sonar como Papi otra vez, Genti,” dijo Ricatierra. “Estoy por acojonarme yo. Mira que si nos come esa, cómo se lo vamos a explicar a Papá?”

“¡Bah!” dijo Gentillluvia. “Todos somos buena gente. Nada malo nos va a pasar. Eulalia no tiene nada contra nosotros.”

“Ya habéís escuchado al tito,” dije yo, Brezo, abrazando a los niños. “Él sabe mucho de gente conflictiva. Todos estaremos bien. No hemos hecho nada malo.”

“Él nos ha asustado. Eso es malo,” dijo Esmeraldo apuntando con un dedo a su tío Gentillluvia.

“No seas ridículo, Gemito,” respondió Genti. “A ti no hay quién te asuste.”

Y Esmeraldo se rio, porque eso era verdad. Y las gemelas azules cogieron a las niñas de la mano y todos nos fuimos a ver a Antojo Matricaria para preguntarla sobre la mujer que la había criado.

“No quiero tener nada que ver con ella. No es porque fuese mala conmigo. Al contrario. Me salvó de una vida miserable. No me dejó pasar frío ni hambre. Siempre me llevó bien vestida y calzada. Y me hablaba con una dulzura que para mí era desconocida. Nunca me hizo daño. Pero cuando me hice mayor y me enamoré de Umbriano, pues ella no aprobaba a ese chico. Dijo que no me traería más que problemas. Que tenía muy mal genio y que tal vez podría llegar a golpearnos a mí y a nuestros hijos. Ahora que lo pienso… ¿Es posible que se lo haya comido? ¡Ay por Og! ¡Qué horrible!”

Y no hubo manera de que consiguiésemos que dijese más, porque no soportaba la idea que se la acababa de ocurrir, así que la dejamos en el dolmen mordiéndose las uñas y nos fuimos sin ella a ver por nuestra cuenta a la Yaya Caravinagre, que vivía en el árbol más alto del Bosque Triturado. Un eucalipto. Importado de Australia.



martes, 8 de septiembre de 2026

332. La primera llave: selena a la luz de la luna

 

332. La primera llave: selena a la luz de la luna

La plantación Ricatierra a la luz de la luna. El jardín donde Ricatierra crea flores nuevas. Mis tíos Ricatierra y Gentillluvia, las mayores de mis primas carnales, es decir, las Gemelas Azules, Belinda y Arabela, dos de los menores de mis primos carnales, Azulina y Esmeraldo, y mi sobrinita Neferclari, y yo, Brezo, y claro, Beaurenard, que siempre está en mi mente aunque no esté físicamente presente. Todos estamos de pie, formando un círculo. Y dentro del círculo, yaciendo en la hierba verde oscura a la luz de la luna, los tres cofres de plata que las hijas de Filo del Tiempo nos permitieron robar. Y ahí también una pequeñísima planta, un helecho canijo con frondas que parecen medias lunas y una varita llena de racimos de bolitas a las que algunos llaman uvas.

“No sé yo si esto va a funcionar, porque la hierba selena que yo crezco aquí la he modificado para mejor. ¿Dónde en los dos mundos podríamos encontrar hierba selena original si es que la mía no sirve por alterada?” preguntó Tito Richi.

“Puede que haya alguna en mi jardín,” dije yo, Brezo. “Pero nunca es fácil de encontrar este helechito.”

Estábamos intentando abrir los cofres y nos habían dicho que la llave que haría el trabajo en el caso del primero era la hierba selena, pero sólo a la luz de la luna menguante.  Afortunadamente en Isla Manzana la luna para por todas sus fases cada lunes. Varias veces seguidas. Es un poco mareante, pero hoy nos convenía.

“Bueno, pues no sabremos si esta hierba selena mejorada funcionará si no la probamos,” dijo Gentillluvia.

Pero antes de que pudiésemos hacer eso…

“¿Qué significa esto?” gritó Brana, surgiendo de la oscuridad con un camisón plateado. “¿Por qué estás aquí fuera, Richi, en mitad de la noche? ¡Y con los niños!”

“¡Y con mi hermano Gentillluvia!” asintió Ricatierra. “Que es un gazmoño de renombre. ¿No es así, hermano? Yo no estoy con ninguna amiguita. Eso está claro, ¿no? Entonces, ¿cuál es el problema?”

“Bue…buenas noches, Genti,” dijo Brana. “Yo…yo no quise decir nada parecido a lo que Richi está sugiriendo. Yo me temía que hubiese…pasado algo. Un accidente. O algo así. ¿Cómo está…Mabel?”

“Mabel está acostumbrada a que su marido se levante en mitad de la noche y desaparezca entre las tinieblas hasta la hora del desayuno. Y nadie jamás le acusa de ser un…un…¡bueno, lo que sea! Por lo menos no desde hace mucho.”

“Mabel está muy bien,” dijo Gentillluvia. “Con frecuencia tengo que hacer cosas que sólo pueden hacerse de noche. Eso es lo que tenemos aquí ahora. Siento que te hayamos asustado.”

“Mabel es una astrónoma y está siempre despierta por la noche. Espiando a las estrellas y a mí. No es que me importe. Me siento halagado. Pero tu deberías entender que tenemos algo que resolver aquí fuera. Y no digas que tú jamás abandonas nuestra casa por la noche sino que sólo subes al tejado.”

“Yo…lo único que yo voy a decir es que no quiero molestaros, pero por qué tanto misterio? Si se puede saber. "

“Ahora es cuando Genti te va a decir que estamos intentando ayudar a una mujer que fue amiga de juventud mía. No dejes que eso te mosqueé tampoco. Es imposible que no aparezcan por doquier antiguas amigas mías. Llevo siglos en circulación.”

“En realidad lo que estamos intentando aquí es encontrar a un hermano de Henny Parry que desapareció hace muchísimo tiempo. Era el amante de una mujer que ha estado penando desde que él se fue. Mis hijas tuvieron algo que ver con este embrollo así que me siento obligado a encontrar a Umbriano Parry,” dijo Gentillluvia.

“Y además siente gran curiosidad por saber dónde ha podido esconderse ese canalla con tanto éxito. Tú no conoces a esta gente, Brana. Son de siglos antes que tú.”

“Conozco a Henny. ¿Puedo ayudaros?”

“Puedes dejar que sigamos con lo que estamos haciendo antes de que amanezca y la luna se esconda, amor mío,” dijo Ricatierra.

“Adelante de una vez, Señorpapi,” animaron las gemelas azules. Estaban algo impacientes porque no les hacía mucha gracia tener que estar siempre disponibles por si se las necesitase mientras su padre intentaba localizar a Umbriano.

“No veo ninguna cerradura, ni bombín, ni nada. Estos cofres parecen estar hechos de una sola pieza, un bloque sólido sin más. Espero que con sólo rozarlos con la hierba selena se abran, porque otra cosa no se puede hacer. Extraeré la planta entera, con las raíces intactas. No quiero dañarla,” dijo Gentillluvia.

“Nada le sucederá a la plantita. Yo estoy aquí. Puedo resucitar a los muertos. Me encargaré de la planta,” dijo Ricatierra.

Gentillluvia se arrodilló en la hierba y con mucho cuidado comenzó a soltar el helecho de la tierra. Cuando lo había hecho dijo, “¿Toco la caja con la punta o las raíces?”

“Pasa las raíces por donde debería de estar la cerradura,” dijo Ricatierra,“pero asegúrate de que la luz de la luna la esté iluminando.”

Genti rozó la primera caja y esta se abrió de golpe, como cualquier otro cofre se hubiese abierto con una llave corriente.

“¿Y qué tenemos aquí?” preguntaron las gemelas azules, arrodillándose también para ver el contenido de la caja.

“Una ficha de cartulina, creo. Richi, planta la planta de nuevo. Esto ya está.”

Ricatierra hizo justamente eso. Ni siquiera se llevó la planta con sus manos de las de su hermano. Simplemente la hizo flotar hasta su sitio. Y allí se quedó, situada como si nunca hubiese dejado su lugar.

“¿Pero que dice la ficha?” preguntaron las gemelas.

“Gracias por robar los cofres, Esmeraldo,” dijo Tito Gentillluvia.

“¿QUE?” exclamaron las gemelas azules.

“No. No dice eso,” se río Gentillluvia. “Es que me acabo de acordar que no había dado las gracias a Esmeraldo por mangar estas cajas.”

“Siempre que haga falta, buen señor,” dijo Esmeraldo.

“Pensé que fuiste tú,” le dijo Ricatierra a su hermano.

“Tu hijo se me adelantó.”

“No quedaba tiempo para vacilar,” dijo Gemito.

“Cierto. No quedaba,” dijo Genti.

“Pues no pierdas más ahora,” le dijeron las gemelas a su padre. “Lee esa ficha. En voz alta.”

Gentillluvia extrajo la ficha y la echó un vistazo.

“La única persona que conozco y aprecio que podría leer esta carta en voz alta es vuestro tío Fuegovivo,” le dijo Gentillluvia a sus hijas.

“¿QUÉ?” exclamaron las gemelas.

Y Ricatierra le arrancó la ficha de las manos a su hermano. Y tras echarla un vistazo también él dijo, “¡Uy, sí! ¡Sólo Fufi podría!”

domingo, 30 de agosto de 2026

331. Filo del Tiempo y sus áureas hijas

331. Filo del Tiempo y sus áureas hijas

En alguna parte de un barrio de Isla Manzana. Una calle siempre cubierta por brumas, brumas bajitas que a penas alcanzan las copas de la mayoría de los árboles que crecen ahí. Ahora un jardín que no es más que una gran esplanada de césped moteado por dientes de león, un edificio cuadrado de color rosa y de cuatro plantas, con una azotea medio cubierta por un techo de cristal de un dorado cegador de día que se vuelve profundamente negro de noche. Y en las distintas plantas, muchas ventanas, todas con las persianas bajadas. Pero también en la planta baja una puerta doble que no parece estar cerrada si te fijas bien. Hay en ella un cartel púrpura muy pequeñito con letra azul menudísima que dice, “Si quieres entrar, hazlo sin llamar.” Y una vez que hubieses entrado, otro pequeño cartel de color lavanda que reza en letras de un rosa oscuro, “Lo más probable es que estemos arriba. Empieza a subir las escaleras.”

Y ahora, de cerca, el sonido de cánticos dulces y bajitos.

“Gira, gira y teje oro, gira como la tierra gira alrededor del sol. Gira como las agujas del reloj giran tejiendo tiempo. Girar, girar, y tejer, tejer, hermanas, girar y tejer. Sólo necesitamos un rayito de sol, un haz de luz, un destello. ¡Hermanas, girar y tejer! ”

Nicolás Filomelo, impresionantemente más viejo que las colinas o cualquier otra cosa más vieja aun, con los ojos amarillos de un felino de ojos dorados  y con la  barba y pelo blancos y trenzados más largos y esponjosos jamás vistos en el mundo de las hadas, es, según dicen, nada menos que quien tejió la Red del Tiempo. Una vez que hizo eso, ya no había manera de obtener más tiempo del que él había tejido. Algunos dicen que la culpa de eso la tiene AEterno, porque puso fin a esa obra. Otros dicen que Filo del Tiempo simplemente se quedó sin los materiales que utilizaba para tejer tiempo. En cualquier caso, Filo ya no teje tiempo y no puede darle a nadie más tiempo del que ya se repartió. Pero sí que sigue teniendo un taller que te puede proporcionar muchas otras cosas que puedes codiciar. Siempre que sepas cómo pedírselas.

En este taller, que está situado en la azotea del edificio pues el resto de las plantas constituyen el hogar de Filo, trabajan siete chicas de oro, conocidas colectivamente como las Áureas. Filo las llama sus hijas, pues él mismo las tejió de oro. Son gratas a la vista y cantan muy agradablemente canciones pegadizas mientras trabajan. Estas chicas tejen todas las monedas de oro que llenan los bolsillos de las chaquetas que Isla Manzana reparte entre las hadas que la habitan. También tejen estas chicas otras cosas de oro, como joyería, claro, pero también copas de la dicha, vajillas para las mesas más pretenciosas, ropa que te vuelve atractivo a los ladrones y hasta partes del cuerpo, sobre todo pelo de oro macizo para gente que quiere desesperadamente ser deseada por razones equivocadas.

Las tejedoras no tejen como lo hacen otros tejedores. Estas se colocan unas ruedas alrededor de la cintura y empiezan a hacerlas girar como si fuesen hula hoops. A veces, ellas mismas giran como derviches. Y cuando ya giran como peonzas, sólo mirarlas marea. Van más y más rápido y cosas comienzan a caer al suelo, aparentemente salidas de la nada. Pero sólo tejen de diez a cuatro porque es esa luz la que necesitan para hacer su magia. Y a parte del contrato que tienen con Titania para tejer el oro de Isla Manzana sólo aceptan encargas para hilar cosas específicas. No crean objetos para luego venderlos sin que se trate de encargos.

Resultó que Filo no tenía nada que decir sobre la desaparición de Umbriano porque AEterno hacía siglos que había confiscado la Red del Tiempo y la había escondido a buenísimo recaudo. Así que Filo no pudo consultar la red para ver que le había pasado al hijo de Ambívolo. Y por esto Ambívolo volvió a despotricar, ahora contra AEterno, por no ser nada transparente, sino obsesivamente misterioso y Esmeraldo volvió a darle una patada en la espinilla al gran Ambívolo, esta vez en la izquierda, por maldecir a su abuelito.

“¡AYYY!” dijo Ambívolo, y tras ese quejido preguntó, “¿De quién es este niño?”

“Mío,” admitió Ricatierra. “Siento que te haya hecho daño, pero no sé si debo pedirte perdón en su nombre o no. AEterno es mi padre y tú has lanzado maldiciones contra toda su estirpe. Y yo  y todos los niños que hay aquí lo somos. Y Genti también. ¿Tendremos que ofendernos, Genti?”

“Gemito, cariño,” dije yo, Brezo, antes de que mi tío pudiese responder a mi otro tío, “a las palabras se contesta con palabras, no con patadas.”

“Quieres decir que debí de haber maldecido a este burro en lugar de darle una patada como una mula?”

“No exactamente, seguro,” dijo Gentillluvia, contestando al chico antes de que yo pudiese.  Creo que esa respuesta también podía valerle a la pregunta de Ricatierra.

“Pues a ti probablemente no te ha importado nada oír como maldecían a tu padre porque él te cae fatal, pero mi abuelito es mi abuelito y yo tengo que defender lo que es mío.”

“¿Qué dices? Yo nunca he dicho que no me guste  AEterno. A veces no me gusta como hace las cosas. Eso es todo. Y no me hables con descaro, niño. He tenido mis roces con críos impertinentes y siempre he salido ganando yo. Ejerce caución porque advertido quedas.”

“A ti no te gustan los niños porque no tienes hijos, y no los tienes porque tú no les gustas a ellos,” dijo Esmeraldo.

“Tengo dos hijas y están ahí mismo a tu vera.”

“Pues métete con ellas por haber comenzado este lío que ahora intentas solucionar y deja de incordiarme a mí.”

“¿QUE?” dijeron las gemelas azules a la vez.

“¡Ay, por favor!” suspiró Ricatierra. “¿Voy a tener que hacer algo por esto?”

“¡No, no!” dijo Ambívolo. “No me estáis entendiendo. Me gusta este niño valiente. Hasta se ha atrevido a llamarme borrico. Hay que tener narices. Es osado y defiende a su familia. Esas son cualidades que respeto. Le admiro. Pregunté de quién era porque estaba pensando en quedármelo yo de estar disponible.”

“Mi mujer me mata si te regalo a Esmeraldo,” dijo Ricatierra, "aunque la verdad sea dicha, una vez tuve que deshacerme de algo así como un hijo mío, Fisipki se llamaba, porque -" 

“¿QUE?” gritó Esmeraldo.

“¡Ay, por favor!” suspiró Ricatierra.

Pero antes de que Richi pudiese decir más, Genti intervino. “¿Lo ves, niño simpático? Como te diría mi padre, que es tu abuelo, si esto fuese con él, tú dijiste que a mí no me gustaba mi padre y ahora tú tienes problemas con el tuyo. Así funcionan las cosas en esta isla. Y merecido te lo tienes.”

“Sí. Eso diría Papá,” asintió Ricatierra. “Eso es típico de tu abuelito, Esmeraldo. Da miedo lo mucho que tu tío se va pareciendo a él día tras día.”

"¡Bah!" dijo Gentillluvia.

Estábamos tan metidos en nuestros asuntos personales que una de las siete Áureas tuvo que dejar su rueca para decirnos algo que nos devolvería al asunto que habíamos acudido allí a tratar.

“Todo lo que os puedo decir de Malina Luzmala es que yo misma tejí cabello de oro para ella y se lo implanté en la cabellera y que ella volvió a la semana gritando que quería que se lo quitase de la cabeza. Admitió que tenía la ventaja de que evitaba que tuviese que teñirse cada quince días, pero era peligroso llevarlo en algunos de los lugares que frecuentaba porque atraía admiradores no deseados. Así que se lo arranqué de raíz de la cabeza, pelo por pelo y no a puñados para que no se rompiese por accidente. Y eso duele, así que mientras estábamos en ello, ella gritó y maldijo horriblemente.”

“Horriblemente horriblemente,” dijeron suavemente las restantes Áureas.

“Como si no la hubiésemos advertido que eso ocurriría,” siguió diciendo la muchacha que había trabajado el pelo de Malina.” Así que convertí los cabellos de oro en una peluca para que los pudiese lucir cuando y donde la apeteciese y no siempre y en todas partes. No puedes ir a cualquier parte con pelo de oro macizo sin que alguien quiera arrancártelo por avaricia o envidia.”

“Se lo advertimos, se lo advertimos,” murmuraron las otras Áureas. “Tres veces siete veces. Eso es veintiuna veces, por si no sabéis multiplicar.”

“Y hasta volví a coser su pelo original, pelo por pelo a su cabellera. Y lo hice gratis, aunque no nos podía demandar porque estaba advertida de los que podía pasar.”

“Advertida, advertida. Tres veces siete veces,” añadió vehementemente el coro de Áureas. “Eso es veintiuna veces. Deberían bastar. ”

“Nadie sabe tan bien como nosotras lo que es que te quieran por razones equivocadas,” nos explicó la primera Aurea. “Así que no nos mezclamos mucho con nadie. En general nos mantenemos apartadas y apenas salimos y tenemos mucho cuidado al elegir quién nos va a poder ver y si ligamos con alguien es cosa de una noche. En cuanto se le ha pasado la sorpresa al individuo elegido, nos volvemos a casa corriendo. La confianza da asco. No queremos que nos corten en pedazos y los vendan.”

“Eso no puede pasar en esta isla,” dijo Gentillluvia.

“Claro que no. Por eso no salimos de ella. Antes, de jóvenes, sí. Pero ahora hemos madurado. Sólo nos divertimos en los círculos de hadas de aquí.”

“¿Qué más sabéis de Malina?” preguntó Gentillluvia.

“Lo que sabemos de nuestros clientes lo guardamos en cajas de plata. No tejemos plata, y ese metal no es amable con nosotras, así que apenas tocamos esas cajas, salvo cuando las abrimos para guardar información y acto seguido las cerramos.”

 Y la chica apuntó a una estantería que ocupada toda una pared del taller. En cada estante había cofrecitos de plata, todos numerados.

“Los números  13513, 13514 y 13515  son de clientas que podrían daros información sobre este asunto. Desgraciadamente, hemos de ser discretas y no podemos daros esas cajas. Pero podemos mirar para otra parte mientras las mangáis.”

“¿Robarlas?” preguntó Richi. “Pero si no somos ladrones.”

“Uno de vosotros tendrá que serlo si queréis esa información. Ahora nosotras y nuestro padre os daremos la espalda y vosotros haced lo que os parezca.”

No ocurrió a la primera, pero dijeron que nos darían tres oportunidades y a la tercera, los tres cofres desaparecieron.

“Bien,” dijeron las Áureas al unísono. “Pues eso es todo lo que podemos hacer por vosotros si no queréis otra cosa.”

domingo, 23 de agosto de 2026

330. Interrogando a Antojito

330. Interrogando a Antojo

Ayudar a Antojito Matricaria se complicó bastante. Nadie quería involucrar a Henbeddestyr Parry en la búsqueda de su hermano perdido. Nadie sabía realmente por qué no querían hacer esto, pero así era. Él es una persona tan amable que nadie quería asociarle con problemas de cualquier tipo, aunque al ser apotecario ya veía más que muchos. Pero lo cabal era advertir a Henny de que se iba a buscar a su hermano y eso se hizo.

“Intentad encontrar a Umbriano si es lo que queréis hacer,” dijo Henny, “pero yo no tengo ni idea de que hacer para ayudaros. Cuando acababa de desaparecer, yo hice todo lo que pude por encontrarle. Pero nadie sabía nada. No había pistas, ni indicios ni trazas, ni información de cualquier tipo. Ni siquiera fraudulenta.”

Una vez que Gentillluvia y Ricatierra hubiesen obtenido la aprobación de Henbeddestyr, todos concluimos el siguiente paso era hablar con la misma Antojito. No iba a quedar bien que fuese solo Gentillluvia, ni tampoco Ricatierra por su cuenta. Había que tener en cuenta a las malas lenguas. Pero podían ir juntos y así decidieron hacerlo. Y hubo otros que se quisieron sumar a esta expedición. La pequeña Neferclari había hablado con sus todavía más pequeños tíos, Azulina y Esmeraldo. Ambos estaban interesados en ayudar a Antojito porque la habían prometido intentarlo incluso antes de que se les ocurriese a los demás. La presencia de las gemelas azules fue requerida porque ellas habían propiciado el lío entre Antojo y Umbriano y podrían resultar útiles en cualquier momento. 

Ambívolo Parry, padre de Umbriano y Henbeddestyr, también se apuntó, obsesionado a ratos con la idea de que su hijo había sido víctima de malas artes. En total, unas cincuenta personas que tenían razones para querer interferir en este asunto. Ambívolo, que es un prepotente cuando no está dudando de si mismo, insistió en consultar al Memorión, que todo lo sabe, aunque esto no está permitido, porque es lo que al pobre atareado hombre le faltaba, eso de tener que hacer de oráculo abierto al público. Belvedere sólo pudo decir que sería Antojito la que a su manera meandrosa les daría una pista que seguir. Aconsejó que todos estuviesen muy pendientes de lo que esta mujer decía para que no se perdiese esta información. Y eso que dijo Belvedere ya era mucho decir.

Así que daba la impresión de que una muchedumbre iba a atacar el dolmen cuando llegamos a la colina en la que se escondía Antojo del mundo. No queriendo asustar a Antojo, todos salvo Ricatierra y Gentillluvia se quedaron a una distancia prudente, aunque desde la que se podía escuchar cómodamente cualquier conversación con Antojo.

Richi y Genti se sentaron con las piernas cruzadas delante de la entrada al dolmen porque sabían que esto iba a llevar su tiempo, y Ricatierra llamó a Antojo diciendo, “¡Hola, Antojito! Soy Richi. ¿Te acuerdas de que cantamos un dueto cuando éramos del Coro de las Cabezas Coronadas? ¡El día que llegamos a la mayoría de edad y nos emancipamos!”

Tras charlar algo en plan amistoso con Antojo para que se fiase de ellos, Genti y Richi la informaron de que querían ayudarla a volver a tener una vida normal. Y Antojo respondió, “Me encantaría ayudaros a ayudarme, pero no creo que lo pueda hacer, Me siento conmovida, pero no puedo ayudar a gente buena, y lo sois. Pero sí que os diré todo lo que sé de este asunto, aunque sospecho que debido a la maldición bajo la que estoy, hablar podría resultar contraproducente.  Bueno, ahí va.”

Se puso a contar, dando vueltas y vueltas al asunto, y tal y como había predicho el Memorión, entre las muchas cosas que dijo Antojo, pues mencionó que Umbriano había tenido una novia anterior a ella y que podría haber vuelto con esa mujer. Desgraciadamente esa chica también había desaparecido. Pero eso sólo contribuía a que Antojo pensase que pudieron haber huido juntos esos dos, aunque no entendía por qué se escondían. Umbriano había roto con Antojo y era libre de volver con su otra novia si así lo deseaba.

“Tiene que tratarse de esto,” dijo Gentillluvia. “Debe ser lo que nos advirtió mi suegro. Nada más de lo que ha dicho Antojo conduce a ninguna parte.”

“Siempre le he tenido mucho miedo a esa mujer,” dijo Antojo.

“Entiendo que esta persona tiene nombre,” preguntó Gentillluvia.

A Antojo le daba miedo pronunciar el nombre de su supuesta enemiga, así que lo escribió en un trozo de papel y sacó el brazo por la entrada del dolmen y Richi cogió el papelito y dijo “¡Uy, porras!” y se lo entregó a Genti.

“Siempre le gustaron a Umbriano las mujeres conflictivas,” dijo Tito Richi. “No como a mí, que sólo ligaba con fieras porque era lo que había disponible. Él las admiraba. No busques más lejos, Genti. Tiene que ser esta la que lanzó la maldición.”

Y Ambívolo Parry se puso a gritar y anunciar lo que haría una vez que hubiésemos cazado a Malina Luzmala. Y Esmeraldo, molesto por los gritos, le dio al gran hombre una patada en la espinilla.

“¿Qué?” dijo Ambívolo. “¿Pero esto por qué ?”

“Porque yo quiero ser un hada bienhechora. Y te estoy haciendo el bien. Podría darte un ataque si sigues rabiando," le explicó el niño.

“Bueeeno,” dijo Ambívolo despacito. “Puede que tengas algo de razón, nene. Si te tendré que dar las gracias y todo.” Y no le dio más importancia a la patada. Se volvió a Gentillluvia y le dijo, “Si nadie sabe dónde está esa fresca y tu suegro tiene prohibido decírnoslo, pues tendremos que consultar al Filo del Tiempo.” 

jueves, 6 de agosto de 2026

329. Pulvis Amoris


 329. Pulvis Amoris

“¿Qué clase de gente envía a un buitre a por un niño en lugar de enviar a una cigüeña?” preguntó Remigia Olacristalina, indignada y atónita a la vez.

Yo, Brezo, pude haber dicho que los buitres también tienen bebés. De los suyos. Pero eso me hubiese hecho parecer una sabelotodo y podría haber fastidiado nuestro propósito, que era instalar al Sr. Binky en Bahía Cristalina.

“¡Moony se queda!” dijo Remi. “Le defenderemos con nuestros tridentes si hace falta.”

“¡Eso, eso!” aplaudió Billy el Barcazas. Por lo visto, eso era lo que le llamaban al Sr. Guillermo Olacristalina. No sé por qué pero siempre he pensado que las barcazas son cosa de canales, riós, lagos y otros cuerpos de agua menores que el mar. Yo a este hombre le hubiese llamado el Cabras, porque tenía cierto aire a este tipo de criatura. Su pelo era de ese dorado que produce la exposición al sol, y era muy abundante. Como el vellocino de oro. El cabello de su esposa en cambio era negro y liso como una plancha, como el de los indios, pero como llevaba trenzas, trenzas que se acababa de soltar, parecía todavía algo ondulado.  Pero se notaba que en realidad no lo era.

En cuanto a dónde nos hallábamos, pues los Olacristalina disponían de dos chozas y un cobertizo, situados en un promontorio. Desde ahí podías quedar fácilmente ensimismado viendo la hermosa playa que había debajo, y no quitar de ahí la vista hasta que alguien te hiciese retirarla. Y yo vi cómo Tito Gen estudiaba aquel lugar con cara de estar preguntándose ¿Qué puede estar pensando mi padre para habernos mandado aquí? Mungo podría destrozar este lugar de inocencia. Porque no era en realidad Belvedere él que nos había enviado allí, sino algo que tenía que ver con la memoria de AEterno.

“No somos tan vagos como le gusta creer a la gente. Tenemos tres espacios aquí y dos son talleres,” dijo Remi, cuidadosamente empujando la puerta de una de las chozas de hierba para que no se cayese al suelo. No tengo ni idea que la sujetaba. Visagras no se veían por ninguna parte.

Dentro de la choza, además de mucha arena, había una mesa, tres sillas, una rueca, dos grandes baúles de esos que llaman mundos, un montón de madera de deriva y no mucho más. ¡Ah, sí! Casi invisible en la oscuridad había un mueble con estanterías todas ocupadas por botellas vacías, las del último estante todas de Coca-cola. Las estanterías daban la sensación de estar todavía peor sujetas que la puerta. Y en la mesa había cuerdas y cordones y cintas y montoncitos de conchas y cantos rodados y partículas de cristal marino. Y también pegamento y agujas y tijeras y cosas así.

“Hago joyas,” dijo la Señora Olacristalina, y nos enseñó muestras de eso, bastante bonitas.

El Sr. Olacristalina fabricaba tablas de surf y boomerangs en el cobertizo, donde además guardaba un bote y otras cosas parecidas. Y entre los dos Olacristalinas elaboraban atrapasueños y carrillones de viento, y móviles, algunos musicales sin la ayuda de una brisa.

“Me pondré a hacer un par de cunas,” dijo. “Esos críos no pueden estar todo el rato metidos en arquillas de papiro. Hay que sacarlos de ahí ya mismo. Es una emergencia.”

“Haz un parque infantil también, ya que te vas a poner a ello. Con techo, como una jaula. No sea que se den cuenta de que pueden volar antes de que estemos preparados psicológicamente para perseguirles,” le dijo Remi a Billy.

Y Billy salió afuera y se puso a trabajar en el acto, dejándonos con su mujer. La única otra cosa que le escuchamos decir fue adiós cuando nos fuimos.

Antes de eso, yo acompañé a Remi y Penny a la choza que era su vivienda para ayudarlas a instalar ahí a los niños. Y por estar mi mente siempre conectada con la de Beau, me enteré de lo que pasaba fuera entre mis tíos.

“¿Qué pasa si Binky de pronto comienza a envejecer muy deprisa y se levanta como con cuarenta años y en plan monstruo de Frankenstein al dar la medianoche?” le preguntó Tito Richi a Tito Gen.

“Belvedere nos lo hubiese advertido. Eso no va a pasar.”

“Eres una persona muy buena, Genti,” suspiró Tito Richi. “Has venido hasta aquí para ayudar a un tipo que hizo de tu vida un infierno. Estoy orgulloso de ti.”

“No soy nada bueno,” dijo Tito Gen. “Cada vez que pasaba por el jardín de Brezo y reparaba en el lugar de reposo de Binky, no podía evitar desear que él fuese una auténtica momia. Tenía ganas de grabar un epitafio en el cristal de su caja. Eius somnia multorum somnia dira erant. O somnia eius erant somnia turbarum multorum. O algo así.”

“Ah, sus sueños eran la pesadilla de muchos. Muy adecuado. Sí. Pero  desiderium et actio res diversae sunt.  Y por eso eres una buena persona. No aprovechaste para darle un mamporro definitivo. Y si compramos alguna piececita de las que hace esta mujer para las nuestras? Sería un detallito, ¿no?”

“Y para nuestras hijas,” dijo Tito Gen. “Y para mi suegra. Me has hecho pensar que debería hablar con ella.”

“¡Uy! Por lo que dije sobre la relación tan extraña entre Antojito y Umbriano. ¿A que sí? Nunca se me ocurrió que tus chicas pudiesen estar involucradas en eso. Tal vez tendría que haberme mordido la lengua.”

“Espero de verdad que Cybela no tenga nada que ver con esa unión. Pero también me gustaría que tuviese alguna noción de cómo llegó a formarse.”

Y entonces las princesas azules aparecieron, sus imágenes combinando delicadamente con el azul del mar bajo ellas y del cielo sobre ellas.

“Hombrepapá, fue nuestro primer intento,” dijeron Beli y Bela en unísono a su padre. “Antes de eso sólo emparejábamos a gatitos con buhitos y cosas así. Estamos aquí porque nuestra Abuelísima nos ha dicho que vengamos a decirte dos cosas. La primera ya te la hemos dicho. La segunda es que no la compres cristal de mar que ella sólo lleva diamantes. Pero a nosotras no nos importaría recibir unas pulseritas de cristal marino y plata. Gracias.”

“¿Acabáis de admitir que embrujasteis a Umbriano y Antojo? ¡Retractaos inmediatamente!  ¡Os podrían demandar!” susurró Tito Richi, muy preocupado.

“¡Ca! Embrujar es lo que hacen las brujas. Nosotras sólo les dimos un empujoncito. Les situamos en el lugar adecuado en el momento adecuado,” dijo Beli.

“Y les rociamos con un pelín de pulvis amoris,” dijo Bela. “Para ponérselo más fácil. Nosotras no empleamos flechas ni dardos. Nada de corazones sangrantes. Ni un minúsculo arañazo. Esa es nuestra política.”

“No podéis emplear polvo de ese a no ser que ambas partes os lo pidan.”

“Eso lo sabemos ahora,” dijo Bela.

“Pero entonces no,” dijo Beli. “En cualquier caso, se lo pasaron pipa. Dulces recuerdos les acompañarán siempre. No todo el mundo tiene un lío tan tierno como el que tuvieron. Eso perdurará siempre, aunque el final no fuese feliz.”

“¿Vuestra abuela os aconsejó hacer esto? ¿O fue estrictamente idea vuestra, niñas?” preguntó Tito Gen.

“No, Genti. ¡No metas la pata tú ahora! Estas no han hecho nada. No van a admitir haber hecho nada. Tenéis que callaros, nenas,” dijo Tito Richi. “Como tendría que haberme mordido la lengua yo. Nadie debe saber nada de esto. Ocurrió hace unos trescientos años y probablemente erais menores de edad. ¿Sabéis lo que es un secreto? Pues esto es un secreto. Guardarlo bien.”

“Teníamos más de siete años.”

“Pero era vuestro primer siglo. A cualquiera se le puede perdonar y considerar impunemente idiota durante sus primeros cien años. No necesitáis responder por esto.”

“Lo haré yo. Tan discretamente como me sea posible, pero ahora siento que he de ayudar a Antojo. Y tal vez incluso encontrar al rabietas. ¿Dónde se habrá podido esconder ese tío tan bien?”

“Mira que la vas a liar por culpa de tu maldita curiosidad,” dijo Tito Richi. “Admite que quieres aprender a esconderte tan indetectablemente como lo ha hecho Umbriano.”

“Quiero encontrarle porque tengo una conciencia que nunca me permite vivir tranquilo.”

“De eso nada. Es que no sabes dejar las cosas estar,” dijo Tito Richi.

sábado, 1 de agosto de 2026

328. Bálsamo Oftalmológico Dos Mundos

 


328. Bálsamo Oftalmológico Dos Mundos

Una semana después de que hubiésemos llevado al Sr. Binky al Templo de Mayet, nos volvimos a juntar todos una vez más para acompañar a Pentafloris y sus gemelos a su casa junto al mar.

El mismísimo Memorión se ofreció a llevarnos hasta allí en su nave, probablemente para hacer más solemne la ocasión. De ese modo, si alguien se enteraba del viajecito, también sabrían que tenía la bendición de la memoria de AEterno.

Resultó ser el viaje una experiencia agradable y relajante. El mar azul más azul que nunca y el cielo de un azulito más claro, azul bebé llaman a ese tono, cosa que iba bien con nuestra misión. La regia nave, en contraste con su magnífica apariencia exterior, nos hacia estornudar cuando estábamos bajo cubierta debido a la cantidad de pimienta que Belvedere había regado por todas partes para proteger de bichos a las toneladas de libros y archivos que la llenaban a rebosar. La pimienta tiene algo que ver con evitar roña y moho también, por eso de la humedad o algo.

“Lo siento mucho,” dijo el Memorión. “Mis proveedores se quedaron sin pimienta en grano y tuve que utilizar pimienta en polvo en vez. Probablemente sea un error. Lo más probable. Espero acordarme de no volver a hacerlo. ¿Qué os apetece beber?”

A pesar de su intención, parecía que llevaba siglos olvidándose de no repetir el error.

Mientras descansábamos en la cubierta en tumbonas, sorbiendo piñas coladas y siendo abanicados por hojas de palmera y paypays que se movían solos, comenzamos a charlar de esto y de aquello hasta que yo, Brezo, me di cuenta de que estábamos hablando de algo más de lo habitual.

“Pobre Sunny,” suspiró la pequeña Neferclari.

“¿Pero por qué dices eso?” la pregunté.

“Porque ahora tiene un gemelo malvado.”

“¡No! El Sr. Binky no es exactamente malvado. Sólo un pesado y un dominante. Y no es un auténtico gemelo.”

“Hemos roto normas. ¿A qué sí?” dijo Neferclari. “¿Eso está bien?”

“Nosotros no tenemos normas en el sentido estricto. Tenemos convenciones, costumbres, tradiciones e ideas sobre lo que es correcto y lo que no lo es. Puede que hayamos sido poco convencionales. ¿Pero por qué piensas que hemos transgredido?”

“El primero que toca un hada bebé ha de criarlo. A no ser que alguien lo haya visto antes y lo haya reclamado a grito pelado. Brezo sacó al Sr. Binky de la caja. ¿No tendría que habérselo quedado?”

“No se trataba de un auténtico bebé,” respondí yo rápidamente. “Se trataba de un señor afectado por una desafortunadísima intoxicación. Yo le metí en esa caja, así que creo que me tocaba sacarlo yo misma. Eso no quiere decir que me lo tenga que quedar. ¿O sí?”

“Está experimentando una segunda niñez,” dijo Tito Richi. “¿Hay reglas sobre quiénes han de quedarse con un crío renacido?”

“Brezo le ha cuidado durante unos quince años. Yo creo que tú ya has hecho más que suficiente por Binky, Brezito,” dijo Tito Gentilllluvia. “Todos hemos hecho lo mejor que hemos podido hacer por él. Ahora mismo estoy preocupado por otra persona.”

“Antojito Matricaria. ¿A que sí?” le preguntó Tito Richi a su hermano.

“Tú también lo estás. Estoy seguro. No me digas que lleva en esa cueva desde que era adolescente.”

“Yo soy cinco años menor que tú y ella es de mi edad. Así que ella debió meterse en ese agujero a los diecinueve añitos. El año que tu desapareciste.”

“Yo no tuve nada que ver con eso,” dijo Tito Gen.

“No te pongas a la defensiva. Claro que no tuviste nada que ver. Fue…fue que en esos años hubo una oleada de desapariciones. Un número de gente eligió quitarse de la vista de los demás. O simplemente desaparecieron sin querer. Hubo miedo. La mayoría de los desaparecidos volvieron a aparecer a los siete años, o a los siete días. Algunos en siete horas nada más. Él desapareció también. Pero sigue sin dar señales de vida.”

“¿De quién estáis hablando?” preguntó Beau.

Los titos se miraron.

“Del medio hermano de Henbeddestyr el apotecario,” dijo Tito Richi, muy bajito, como si tuviese miedo de que le escuchasen.

“Henny es un amor,” dijo Tito Gen, “pero el resto de su familia es ...más…sofisticada en comparación.”

“No intentes disimular. Son un atajo de histéricos con un ego que se lo pisan. No les cabe en la cabeza y van por ahí tropezando con los demás,” dijo Tito Richi.

“El padre de Henny es Ambívolo Parry. Vive en Italia y tiene hijos con cierto número de mujeres. No con todas a la vez, con una detrás de otra,” nos informó Tito Gen.

“Pero ese no es el que ha desaparecido. ¿A que no?” dijo Beau.

“Umbriano Parra de Plata es la persona que hizo el numerito de la desaparición,” siguió contándonos Tito Gentillluvia. “Pero no conviene hablar de él. Tiene un genio endemoniado. Pero como parece haber desaparecido con tanto empeño no creo que ahora caiga sobre nosotros escupiendo sapos y culebras porque le estemos criticando.”

“Desapareció o le desaparecieron,” susurró Tito Richi. “El caso es que Umbriano era incluso más ambivalente que Ambívolo. Era como dos personas en vez de una. Ahora era un perfecto caballero y de pronto era un demonio enfurecido.

“No era exactamente que era como dos personas. Yo creo que se trataba de una sucesión de opiniones irracionales que él tenía. Quiero decir que estaba a muy bien contigo un minuto y al siguiente se le antojaba que tú habías hecho o dicho algo intolerable. Y si hasta entonces eras un tipo legal, en ese momento te convertías en un patán de mierda que no merecía consideración alguna. Y a partir de ahí ya nunca sabías si estabas a bien o a mal con él.”

“Era muy difícil tratar con él,” asintió Tito Richi. “¡Ese genio endemoniado que tenía! Pero un día puso los ojos en Antojo Matricaria, ejemplo perfecto del hada bienhechora vocacional.”

“Yo diría que fue al revés. Fue ella la que se fijó en él,” dijo Tito Gen, “y se quedó prendada.”

“Embrujada,” dijo Tito Richi. “Aunque he de admitir que el tenia fama de guaperas, no puedo dejar de preguntarme quién tuvo la loca idea de embrujarles. Puede que los opuestos se atraigan, pero no. No hay manera de que eso haya ocurrido de forma natural.”

“Hay que decir que él sí que se sintió halagado y respondió muy bien a la atención que ella le prestaba,” dijo Tito Genti.

“Demasiado bien,” dijo Tito Richi. “Te digo que los embrujaron. Él no tenía que haberse metido con esa. Alguien tan volátil como él no tendría que haber jugado al amor verdadero. Se supone que el amor verdadero es eterno.”

“Antojo era todo luz y dulzura,” nos explicó Tito Gen, “Curiosamente, tampoco era fácil tratar con ella, aunque por razones completamente opuestas a las que dificultaban el trato con Umbriano.”

“Empalagosa,” asintió Tito Richi. “Demasiado buena para resultar amena. Y nadie se la merecía. Ni en el buen sentido ni en el malo.”

“Uno ha de admitir que Umbriano intentó agradar. Eso de que él le gustase a alguien con una reputación de persona tan buena como tenía Antojo le hizo sentirse especial. Para tenerla contenta, él también se dedicó a hacer el bien. Hizo unos cuantos favores a mortales cuando iba por ahí con ella y eso le puso contento, supongo yo. Nunca se habría sentido así de bien antes. Y ella se lo sabía agradecer.”

“¿Pero?” preguntó Beau.

“La gente no suele tener facilidad para cambiar. Mientras que los mortales a los que beneficiaba se mostraban agradecidos y le bendecían, pues eso hacía feliz a Antojo y todo iba bien,” dijo Tito Gen. “Tú sabes mejor que yo lo que fue mal, Richi. Cuéntalo tú.”

“No sé todo lo que hubo, pero algo tuvo que ver con una campesina mortal e ignorante que tenía un hijo pequeño que se estaba quedando ciego. Umbriano y Antojo estaban celebrando su juventud en un campo plagado de matricaria cuando apareció esta mujer. Pretendía recoger flores de matricaria para hervir las en agua y hacer una manzanilla con la que lavar los ojitos de su niñito. Bueno, pues a Umbriano no le interesaba un pimiento hacer de curandero, pero para agradar a su novia se tomó como dos minutos de su precioso tiempo y procuró de la apoteca de su hermano Henny un ungüento, o un aceite o bálsamo que podría restaurar la visión del nene mortal. Desgraciadamente, como era impaciente por naturaleza, no quiso esperar a que su hermano terminase de atender a una clienta pesada y se hizo con lo primero que le pareció que serviría para su propósito. Y resultó que el tal bálsamo hizo más de lo necesario. Bueno, él se largó con el potingue y se hizo visible ante la campesina y le entregó el bálsamo, diciéndola que sólo tenía que colocar un poco de eso en los párpados del nene y que eso curaría al chaval. Luego ella debería tirar lo que sobraba en un arroyo que había cerca de su choza. Pues mientras Antojo le demostraba a Umbriano lo orgullosa que ella se sentía de él por ser tan amable, la campesina se fue a casa con el bálsamo. Pero antes de frotar aquello en los párpados de su hijo, pues probó un poco en los suyos, para asegurarse de que al menos no le haría daño al niño. Cuando vio que no la hizo mal alguno, lo utilizó con el chico, y el bálsamo funcionó al instante. El crío recuperó la vista. Pero como dije antes, eso no fue todo lo que hizo el bálsamo. Al día siguiente, la mujer esta fue al mercado para vender remolachas y zanahorias y otros tubérculos altamente nutritivos que ella misma había cultivado. Colocó una manta en el suelo junto a un puesto de frutas y se sentó ahí con su cesto. ¿Y qué fue lo que vio? A Umbriano Parra de Plata mangando tranquilamente  frutas y colocándolas cuidadosamente en un gran cesto. O eso creyó ver ella. Lo cierto es que  Umbriano estaba haciendo otro acto de bondad para complacer a su novia y preparaba dicha cesta para alguien necesitado. Él ya había colado unas monedas en la bolsa del frutero para pagar por la fruta, monedas que valían más que lo comprado,  pero la campesina no le había visto hacer eso. Así que la pobre ignorante se levantó y gritó,`¡Al ladrón!´señalando a su benefactor con el dedo. `¿Qué ladrón?´ preguntó el frutero que no podía ver a  Umbriano porque este era invisible a los ojos de los mortales en ese momento y era el bálsamo que había probado la campesina en sus ojos lo que hacía que ella sí pudiese ver al hada. El tal bálsamo, fabricado exclusivamente para uso de hadas, era algo que se llama Bálsamo de  Dos Mundos. Y Umbriano, enfurecido porque esa mujer desagradecida le había llamado ladrón, la dejó completamente ciega sin ni siquiera pestañear, demostrando de esta manera que tienen razón los viejos que dicen que el trato entre hadas y mortales suele ser peligroso las más de las veces. Y me imagino que a Antojo le daría un síncope al enterarse de lo que había hecho su amado. Y él se pondría todavía más furioso al ver que ella no le apoyaba con lealtad absoluta. Y más se enfadaría todavía cuando su hermano el apotecario le reprochó haber cogido lo primero que vio en la apoteca sin consultarle. Y no sé que pasaría después de eso, pero Umbriano desapareció de la vista de hadas y mortales. Y Antojo comenzó a decaer, y empezó a decir que la habían echado una maldición y que ya no podía ayudar a gente buena, sólo a gente mala. Y terminaré esta triste historia insistiendo en que no entiendo que pudieron ver Umbriano y Antojito el uno en la otra y vice versa para enamorarse tan absurdamente. Y que sospecho que fueron embrujados desde el principio y puede haber aquí más de lo que el ojo cándido puede ver de entrada.”