339. Magatola Patola
“No,” le dijo Tito
Gentillluvia al Barbero Inmortal Atanasio. “No vamos a pasar a tu trastienda.
No hace falta. La barbería está vacía. No tienes clientes aquí ahora mismo.
Sólo estamos tú y nosotros. Y en cuanto a lo que yo podría ver en tu
trastienda, pues será mejor para ti que no lo vea.”
“Tú no tienes jurisdicción
aquí, Príncipe de los Reaparecidos,” sonrió Atanasio malévolamente.
“Yo no tengo jurisdicción
en ninguna parte. Pero, al igual que tú, tengo poder. Y, también como tú, lo
uso como me da la gana. La diferencia está en que procuro no utilizarlo para
hacer daño, mientras que tú cobras por perjudicar. Contesta a mis preguntas,
Atanasio, y nos largaremos de aquí. Ya te he dicho que no me voy a meter en lo
que estés haciendo ahora mismo.”
“Pero estoy seguro de que
estás enterado de en lo que ando. Dicen que espías a todos.”
“Sea eso así o no, hoy no
es el día en el que voy a cerrar el Gabinete del Caballo Oscuro. Así que
desembucha de una vez.”
La barbería de Atanasio no
era en absoluto gran cosa. Cuatro sillas, dos de las corrientes y las otras
dos, sí, esas de barbero. Dos espejos, un lavabo y poco más. Gotas de sangre en
el lavabo. Necesitaba ser limpiado. La peluquería a la que van mis abuelos era
otra cosa. Esa es espectacular. Debo admitir que sentí curiosidad sobre la
trastienda. Seguro que era más interesante que la barbería, pero si mi tío no quería
que entrásemos ahí, sus razones tendría.
“Que entres en mi
trastienda o no no cambia el hecho de que esto sea igual a una cita. Yo cobro
por mis servicios, incluidas las consultas, consultante.”
“Vas bien servido tú con
que no te reviente el negocio. Acabemos con esto antes de que acabe con
aquello.”
“Por lo menos dame algo
para mañana si no es para hoy. Débeme un hada favor.”
“No hay manera de que yo
vaya a deberte a ti nada, Atanasi. Podrías hacer algo horrible con cualquier
cosa que yo te diese. No voy a participar en tus fechorías. Entiéndelo de una
vez.”
“Mira, no tengo ni idea de
cómo funcionan las maldiciones de capullo. Debería y me gustaría tenerla, pero no la tengo. Sin
embargo, mi tiempo es valioso y te he dado una respuesta aunque esta no te
sirva para nada. Por eso yo me merezco algo a cambio, por haberte atendido. Y
está la otra pregunta. A esa sí te puedo dar buena respuesta. ¿Me darías por lo
menos un par de entradas para la Alegre y Bulliciosa Carrera de los Renos
Rampantes? Es lo menos que puedes hacer.”
“¿Por qué ibas a querer
asistir a eso?”
“Cuando no estoy en lo
mío, disfruto como cualquier otro con diversiones inocentes. Me gusta sacar a pasear a mi mujer de vez en
cuando.”
“¡Y una porra! Lo que tú
quieres es usar las entradas para tener acceso a alguien a quien pretendes
hacer algún mal. No voy a darte nada, Atanasi. Habla o lo siguiente que va a
haber aquí son amenazas. Mis hermanos son de mecha corta, y ya se están
volviendo impacientes. Y tú dices que tu tiempo es valioso, así que no malgastes
más, que no se te va a pagar.”
“Dile a tu hermano el
ricachón que por lo menos tenga un detallito conmigo. Para que yo no piense que
habéis abusado de mí y me sienta humillado.”
“¿Qué tal dos cajas de
botellas de champán? Se acerca la Navidad,” ofreció el generoso Richi. “Sólo
está a dos meses.”
“Aceptaré eso,” dijo
Atanasio. “La persona que estáis buscando es Magatola Patola. Ella era la
persona que iba a guisantecarbonear a Antojito Matricaria. Iba echar
guisantecarbón en la cola de Antojo para Malina Luzmala.”
“Y para ti, sinvergüenza.
Nos fuimos,” dijo Gentillluvia.
Y lo siguiente que supimos
fue que estábamos delante de una casita encantadora, rodeada por un huerto que
se veía atendido con cariño y primor. Tomates, pepinos, berenjenas, lechugas y
zanahorias, y por supuesto calabazas, incluidas las puntiagudas patolas y
muchas plantas más, todas creciendo a la misma mágica vez.
“¿Para qué le has dado
nada a ese criminal? Si le teníamos acojonado entre los tres,” regañó Gen a su
hermano. “Usará tu champán para envenenar a gente, y la gente dirá que fue tu
champán el que estaba en mal estado.”
“Yo no produzco champán.
Lo mío es cava. Dom Perignon es lo que le voy a dar a ese.”
“No del todo bien, pero
algo mejor,” dijo Genti.
“No. Mi producto es mucho
mejor que cualquiera.”
“Me refería al trato que
has hecho.”
“Bien, pues supongo que esta
casita que estamos contemplando pertenece a la tal Maga esa,” dijo Fuegovivo.
“Muy mono el lugar. Nunca pensé que esa señora viviría en un lugar tan cuco y
tan cuidadito. Ella siempre está hecha un asquito, con el delantal manchado por
la tierra y las uñas negras.”
“Espero que eso es lo que
sea este lugar. La idea era visitarla,” contestó Gen.
Magatola estaba en casa.
Era una viejecita muy pequeña, tanto que no la veíamos arrodillada entre los
brotes verdes y violetas de alcachofas globo. Y era parlanchina.
“¡Estoy aquí!” nos avisó,
y Gen voló por encima de la valla y la ayudó a alzarse de un cojín de esos que
son para arrodillarse cuando trabajas la tierra en el jardín.
“¿Por qué habéis dejado
vuestra bendita isla para estar ahí de pie al otro lado de la valla de mi casa
estudiando mi huerto, muchachos Buenvecino?”
“Nosotros-” comenzó Gen
pero ella le cortó.
“¿Acaso es porque mi muy
envidiado ídolo Ricatierra necesita hijos? Yo creía que ese problema ya había
encontrado solución. Sabéis, yo soñaba con que él acudiría a mí para que le
encontrase un hijo, pero nunca vino.”
“¿Tú cultivas niños?”
preguntó Richi. “No tenía ni idea. Claro que hubiese venido a verte de saberlo.
Estaba muy desesperado, pero ahora tengo media docena de bebés. Todos muy
guapos, por cierto.”
“Yo no cultivo bebés
exactamente. Creo que les tiento a aparecer entre mis rábanos. Los niños son lo
más difícil de cultivar. En mi larga vida sólo he conseguido cosechar siete
críos. Pero aun así, tengo reputación de crecer nenes. Ocurre que es
dificilísimo atraerles. Pueden pasar cincuenta años sin que se materialice
alguno en este huerto. Nunca me he quedado con ninguno. Los siete se fueron con
buenos padres. Me aseguré de eso.”
“Sé que se ocupó usted de
ello,” dijo Gen, “pero no estamos aquí por niños.”
Y la preguntó por el
asunto del guisante de carbón.
“¡Ah, eso! Yo soy una
persona irascible. Tengo broncas con los vecinos y con otros también. Sobre
todo por las raíces de los árboles frutales que hay detrás de mi casita.
Fantásticos arbolitos. Una fruta estupenda. Por eso trabajo tanto en mi huerto,
para apaciguarme y templar mi genio. Le debía a Atanasio un favor por haberme
ayudado a romper un hechizo que le hicieron a mi mejor cerezo. Lo habían aojado
bien, pobrecito. Él me dio un vial pequeño con jugo de guisante de carbón y me
dijo que lo tenía que echar en la bebida que una chica se estaría tomando en la
Muestra del Club de los Amigos de las Violetas que se celebra todos los
febreros. Me enseñó a la chica en una bola de cristal para que no me
equivocase. El caso es que yo no estaba muy contenta con tener que hacer esto,
pero era por mi cerecito, así que allí que fui a la muestra esa. El mentiroso
ese me había dicho que la poción sólo la daría una indigestión pasajera.
Pasaría una noche mala y se recuperaría al día siguiente. Pero yo sospechaba
que mentía para que yo cooperase.”
Magatola pausó un poco. Se
aclaró la garganta y entonces sus ojos empezaron a rondar como si sus
pensamientos estuviesen vagando.
“Nadie la va a juzgar por
algo que sucedió hace siglos. Sólo díganos lo que ocurrió. Es importante
ahora.”
“Cuando vi en persona a la
chica a la que tenía que guisantecarbonear me resultó muy familiar, aunque no
podía identificarla. Así que decidí hablar con ella, aunque me habían advertido
que no debía de permitir que se fijase
en mí para nada, Rompí esa regla y la pregunté quién era y por qué me parecía
conocida. Y entonces me enteré de que era una de los niños que había criado
Eulalia Piedra de Sangre. `Si nos conocemos. Tú eres la amiga de la Abuelita
Eulalia. La mejor amiga que tiene en el mundo,’ me dijo Antojito. Yo había
hecho todo lo posible para ayudar a la pobre Eulalia a conseguir un hijo, pero
no hubo manera. Y fui yo quien la aconsejó que contratase a Atanasio para
vengarse de su marido y la amante de este en lugar de acuchillarles
abiertamente. Él la dio lo que necesitaba para convertir a esa pareja de
impresentables en guisantes. Y ahí me di cuenta de que la poción que me había
dado no iba a producir una simple diarrea. Y vi claro que yo no iba a hacer
daño a uno de los pequeños de Eulalia por crecida que estuviese. Así que la
invité a Antojito a una cola, pero no eché la poción en su bebida.”
“¿Qué hizo usted con la
poción?”
“Lo que se tenía que
hacer. Charlando con Antojo me enteré de que la había partido el corazón
Umbriano y de lo despechada que también estaba la despiadada de Malina. Así que
fui a ver a Malina Luzmala. Quedamos en un bar y la invité a un Bloody Mary,
bueno, a una docena, y ella soltó hiel y la verdad y admitió que sí, que ella
le había pedido a Atanasio que convirtiese a Antojo en un guisante para
quitársela de en medio. Jovencito, ella era peligrosa. No hubiese parado hasta
hacerle daño a Antojito. Por eso yo utilicé la poción para convertirla en un guisante.”
“Lo entiendo perfectamente.
¿Y que hizo usted con el guisante? ¿Se lo comió como Eulalia se comió a su
marido?”
“No! ¡Eso no! Pero francamente, no recuerdo lo
que hice con él. Lo perdí en alguna parte. Puede que se cayese ahí mismo, donde
se transformó Malina. En el bar. Hace tanto tiempo. Creo que al principio me
preocupé por no hallarlo, pero el tiempo pasó. No he pensado en el guisante en
siglos. No he vuelto a pensar en él hasta que tú me has empezado a hacer
preguntas.”
“Sólo una más. ¿Tiene
usted idea de cómo se rompe la maldición del capullo?”
“¿Eso qué es?”
Y entonces Azulina tiró de
la manga de nuestro tío.
“No hace falta que
preguntes más. Yo ya tengo la respuesta.”


















