324. Veinticuatro pérfidos pajarracos
¡Hola! Soy Brezo. Dolfitos me ha pedido que
narre este capítulo yo misma porque él se marea intentando seguirnos a Beau y a
mi porque pensamos a la vez y sabiendo lo que los dos pensamos incluso cuando
pensamos de forma distinta.
En el capítulo anterior un pájaro que no
podía tener un aspecto más ominoso anidó sobre el lugar de reposo de Sir Mungo
John Binky, el ataúd de oro y cristal en el que mi hermana Cardo y yo le
colocamos cuando sucumbió a los efectos de una enorme lata de Aceite Apocado.
Ha estado durmiendo durante años en mi jardín debido a este accidente. Y cada
vez parece más y más joven. Al principio parecía un año menor cada año o dos,
luego aparentaba más joven cada mes. Y ahora no tenemos ni idea de que va a
pasar día a día u hora por hora. No sabemos qué le ocurrirá si no despierta
antes de volverse tan joven, tan joven, que resulte inexistente.
Esto no nos preocupaba mucho porque sucedía
muy despacio. Pero cuando el pájaro de mal agüero aterrizó en su ataúd, nos
fijamos en que no parecía tener más de veinte años. Y eso nos asustó. Temimos
que ese pájaro pudiese estar esperando a que menguase, se volviese niño y de
tamaño portátil. Sí, tan pequeño que el pájaro pudiese salir volando con él y
dárselo de comer a sus crías.
Así que decidimos trasladarlo y esconderlo en
algún lugar que no conociese el pájaro. Y Dolfitos sugirió un dolmen que
habían descubierto Esmeraldo y Azulina, una construcción única y singular en
Isla Manzana. Así que Beau y Quintín Andaraudo cargaron el ataúd hasta esa
cámara funeraria. Y Cardo y yo les seguimos tan silenciosa y discretamente como
nosotras y ellos pudimos.
Esmeraldo y Azulina ya estaban parlando con
la Voz que emergía del dolmen, diciéndole a su dueña – pues suponíamos por la
voz que se trataba de una fémina – que ellos habían encontrado sus vocaciones.
“Tú nos dijiste que ya no podías hacer el
bien a nadie bueno, al estar bajo una maldición que sólo te permite ayudar a
los malvados, de forma que indirectamente causas males que no quieres
propiciar. Pues hemos estado pensando en esto y hemos llegado a una conclusión.
Queremos contarte nuestros planes,” dijo Azulina a la Voz.
“Yo voy a reventar a esos malandrines a los
que tú sólo puedes hacer el bien. Haré de su vida un infierno por ti,” dijo el
chiquito pero matón Esmeraldo. “Lamentarán el día que les ayudaste.”
“¡Ay, por favor!” dijo Azulina. “No es
exactamente eso lo que vamos a hacer. Lo que pretendemos hacer es el bien que
tú no puedes hacer. Y si eso requiere frustrar los planes de seres malignos,
pues eso haremos. Nos dijiste que fuiste un hada bienhechora. Y eso es lo que
queremos ser nosotros. Hadas bienhechoras. Esa será nuestra vocación.”
La Voz del dolmen no estaba segura de que los
niños Ricatierra pudiesen hacer lo que se habían propuesto hacer. Ella dijo que
la maldición bajo la que se hallaba podría llegar muy lejos y alcanzarles.
Porque si ella había ayudado a estos críos a encontrar su vocación, eso era
hacer el bien, y ella no podía hacerle el bien a nadie bueno. Y los niños estos
eran niños buenos. Así que…
“¿Pero hasta dónde puede llegar esa
maldición?” preguntó Azulina. “No lo sabremos si no probamos.”
La Voz del Dolmen también tuvo reparos en
dejar que nosotros depositásemos ahí al Sr. Binky.
“Si os dejo esconder a ese señor aquí, estaré
ayudando a gente buena. Y eso no lo puedo hacer.”
Y entonces Cardo dijo, “Mira, Voz Insegura,
este tipo al que queremos esconder era un imbécil cuando estaba despierto. A un
mierda es a quién estarías ayudando.”
“¡Ay, Cardo!” dije yo. “Eso no es exactamente
así. Él creía tener las mejores intenciones, pero casi nadie estaba de acuerdo
con él. Por lo menos nadie de Isla Manzana.”
“Hizo polvo la vida de uno de nuestros tíos,
que es probablemente el mejor de los hermanos de nuestra madre cuando se trata
de ser servicial y buena gente. Y también hizo mucho daño a la pobre esposa de
nuestro tío, que es una persona inocua que nunca hace daño a nadie. No digas
que no era un mierda, Brezo, porque lo era.”
“Todo eso fue idea de nuestro padre. Papá le
animó a Binky a perseguir a Tito Gentillluvia.”
“Gentillluvia?” dijo la Voz. “Yo le conozco.
Si ese individuo al que transportáis se portó mal con alguien tan amable como
Genti Buenvecino, tal vez pueda yo esconderle aquí después de todo.”
Y nosotros nos agarramos a esa posibilidad y
metimos el ataúd en la cueva antes de que la Voz se lo pudiese replantear.
“Estaremos en contacto contigo, seas quién
seas, Voz,” dijo Cardo. “Pero tenemos que ser todos muy discretos. Nadie debe
saber a quién tienes aquí.”
Acordamos comunicar utilizando los servicios
de dos de mis gorriones. Obligamos a la Voz y a Esmeraldo y a Azulina a jurar
que no dirían palabra de este asunto a nadie. Y sólo entonces volvimos a casa
Cardo, Quintín y Beau y yo.
Y cuando llegué a mi jardín…ya no era un
jardín. No podía haber tenido peor aspecto. Todos los arbustos habían sido
arrancados de raíz y los árboles casí también. Toda la tierra estaba levantada
y agujeros profundos habían sido cavados por aquí y allí. Un auténtico
desastre había sucedido en ese área. Y sólo podíamos concluir que alguien había
pensado que habíamos enterrado allí al primer ministro y quería desenterrarlo.
Y los Lorcanes, los perros de Cardo que Finbar O’Toora había creado una
Navidad, estaban ladrando y aullando como locos.
Jorgito, Cederico, Rodrigo, Alderico,
Heriberto y Guaurico nos contaron lo sucedido aullando al unísono y en verso,
por lo excitados que todavía estaban.
¡Cantad una canción de pelas,
Muchas más de las que tengo yo!
Una panda de pajarracos
De las alturas descendió.
Cuando tocaron tierra,
Se pusieron a cavar.
Con sus afiladas garras
Aquí querían encontrar
Un ataúd de oro
Y también de cristal.
Y nosotros les ladramos,
Pues nos pareció fatal.
¡Pandemonio, pandemonio!
¡Todos a alborotar!
¡Sus largos cuellos quisimos
Con los dientes agarrar!
¡Ellos nuestras narices
Pugnaban por picar,
Mas nos sus negras plumas
Pudimos arrancar!
Y ahí podéis verlas,
Esparcidas por el lugar.
Y los cabezas rosas,
Al nada aquí hallar
Salvo feroz resistencia,
Decidieron volar,
Volver por donde vinieron
Y prestos de aquí huir,
Y dicho lo dicho,
No hay más que decir.”
“Sé quiénes son,” dijo Beau, y su rostro era digno de ver, tan rígido estaba que yo tuve más miedo de él y sus pensamientos que de la desolación de mi jardín.



















