337. La tercera llave: un trébol de cinco hojitas en
ninguna luz
“Lo haremos en mi despacho,” dijo Tito Ricatierra,
llevándonos hasta allí. “Cerraremos las cortinas, bajaremos las persianas,
trancaremos las contraventanas. Desterraremos hasta la menor señal de luz para
que no pueda entrar en esta habitación por ningún agujerito.”
“Pero primero despeja tu escritorio,” dijo Tito
Gentillluvia, comenzando a hacer eso él mismo, empujando hacia los lados los
objetos que había sobre el gran escritorio de cerezo. Cuando había acabado,
colocó el tercer cofre en el centro de la mesa sobre un tapete de cuero verde.
“No podremos ver nada de nada, así que quién vaya a abrir
la caja debe estar de pie justo frente a ella, con los tréboles de cinco hojas
en una mano y la otra mano plantada en el cofre;” aconsejó Gentillluvia.
“La segunda caja se abrió al son de unas trompetas, con un
resplandor cegador y su contenido salió disparado como por un cañón,” dijo Tito
Fuegovivo. “Deberíamos estar listos para atrapar lo que sea que salga de esta
tercera caja si vuelve a salir escopetado el contenido.”
“Todo estará cerrado a cal y canto aquí. No podrá salir
nada de la habitación a no ser que se trate de algo que atraviese paredes. Pero
tú brillas demasiado, Fufi. Apaga ese pelo rojo llameante que luces, ¿eh? O
iluminará la estancia,” le dijo Richi a su fogoso hermano. Este le hizo caso y
se apagó el cabello. “Ahora ve junto al interruptor de luz que hay junto a la
puerta del despacho. Quédate ahí con la mano posada suavemente sobre él para
poder encender la luz en cuanto se te de la orden.
Fuegovivo asintió con la cabeza y se fue a la puerta y
colocó una mano sobre el interruptor.
“Visto lo sucedido con el segundo cofre, podría resultar
peligroso que los niños abran el tercero. Tú mismo haz los honores, Genti.
Toma, aquí tienes los tréboles. Úsalos en cuanto expulse a toda la luz de aquí,
cosa que voy a acabar de hacer ahora mismo, así que todos a sus puestos y buena
suerte a todos. Que nadie reciba un golpe.”
Y Ricatierra convirtió su despacho en un lugar de oscuridad
total. Nada de luz, para que el trébol de cinco hojitas pudiese hacer su magia.
“Habla y dinos que lo has hecho cuando lo hayas hecho,
Genti,” dijo la voz de Richi.
“Hecho está. Se ha abierto,” contestó Gentillluvia. Esta
vez no había sonado ninguna trompeta ni nada. Claro que no podíamos ver que
había pasado. “Podéis encender la luz.”
Pestañeando, nos reunimos todos alrededor de Genti para ver
que había en el tercer cofre. Él extrajo una ficha de papel y la leyó.
“Encontré esto en el suelo al barrer. No tengo ni idea de lo que es, pero tiene
un color bonito así que puede que sea de valor para alguien. Lo guardaré en
este cofre por si alguien lo reclama.”
“¿Es eso todo? ¿No dice nada más? ¿Qué es lo que encontró
la chica?”
“Una especie de bolita ovalada de algodón o…o…¡ Ay por Og!
¡No!”
“Pero…¿qué es? ¿Lo sabes?” dijo Richi.
Todos los niños observábamos a nuestros tíos alucinados,
escudriñando la bolita ovalada que parecía el capullo de un gusano de seda.
“¡Sí, por Og! Apuesto a que sí que lo sé. Este es Umbriano
bajo la maldición del capullo.”
La sorpresa fue más que general.
“¿Qué?
¿Qué Umbriano qué?” exclamó Ricatierra.
“¡Oh,
******!” dijo Fuegovivo. “Dime que te equivocas, Genti.”
“Enróllate dentro de ti mismo y espera durante un milenio a
volver a ser el mismo. Esa es la maldición del capullo.”
“¡Oh! ¡Oh, que espanto!” dijo Richi, y los niños dieron pequeños gritos.
“¿Te puedes enrollar y encoger al tamaño de un dedo
meñique?” preguntó Fu. “¿Umbriano está dentro del capullo ese?”
“Del tamaño de un meñique es esto porque Umbriano era alto.
Si no, sería la bolita del tamaño de una falange distal.”
“¿Dis- qué?
“La parte del dedo donde está la uña.”
“Bueno, al menos le hemos encontrado,” dijo Richi. “Porque
le hemos encontrado, ¿no?”
“Malina debió pronunciar la maldición del capullo mientras
escupía sapos y culebras y maldiciones. Pero creo que no se dio cuenta de lo
que había hecho, porque lo hubiese recogido del suelo tras maldecirle. Y se fue
sin saber lo que había pasado,” dijo Genti.
“Tal vez sea mejor así. Por lo menos Umbriano no cayó en el
poder de esa loca,” dijo Fu.
“¡Claro que ha sido mejor así! Esa tipa está loca de
remate,” dijo Gentillluvia, “A saber que hubiese hecho con el capullo.”
“¿Y ahora qué?” dijo Fuegovivo. “¿Hemos de esperar a que
pase el milenio entero antes de que Umbriano vuelva a ser el que fue?”
“Tal vez alguien pueda revertir la maldición,” sugirió
Gentillluvia.
“¿Y ese alguien sería?”
“Malina no. No sabemos dónde está y lo más probable es que
siga tan rabiosa que no quiera hacerlo.”
“¿A cuanta gente horrible conocemos?” preguntó Ricatierra.
“Yo por mi vida privada conozco a un montón de zumbadas. Pero había una
individua que sobresalía incluso entre todas ellas.”
“¿Una de tus ex?” preguntó Fuegovivo.
“No. Una conocida de esas mujeres. Alguien a quién me da
reparo mencionar. Alguien que quiere pasar desapercibida pero que tiene una
reputación muy fea, alguien a quién la gente acude cuando está desesperada. Yo
nunca he estado tan desesperado como para hacer daño a otros. Pero Malina sí que pudo conocer a esta
persona. Malina se largço del taller de las Áureas clamando venganza. Ha pasado
mucho tiempo, pero a quién hubiésemos acudido si quisiésemos haber hecho daño de
verdad a alguien?”
“Un soplo del pasado,” dijo Fuegovivo. “Eso sería…¿lo
llamaban el Gabinete del Caballo Oscuro? ¿Una barbería?”
“Atanasio el Inmortal y su esposa multiple,” asintió Tito
Gen. “Parecía innocuo, siempre protestando su inocencia, pero era peligroso
hasta mencionarlo.”
“Su esposa era tres personas en una, y una de las tres era
conocida por todos los que querían crear problemas para otros. Ella era la
clase de persona que va de casa en casa intentando vender baratijas y
prometiendo embrujar a cualquiera que tú quisieras embrujar,” dijo Fuegovivo.
“La Avernina es lo que le llamaban a la mujer de Atanasio,”
dijo Gentillluvia.
“Utilizaba a unos contra otros. Le decía al sujeto A que si
quería hacerle un mal a B, primero tenía que echar una poción en la copa de
C, aunque no tuviese nada contra C. y ni siquiera supiese bien de quién se
trataba. Y si A lo hacía, B acababa mal parado. Probablemente porque D, del
que nadie sabía nada, hacía el trabajo sucio contra B. Una tejedora de males, la
Avernina. Claro que le ayudaba a esa sinvergüenza ser tres personas en lugar de una. O algo
así. ¿Era realmente tres personas distintas, Genti?” dijo Ricatierra.
“Podía ser tres personas a la vez, aunque a dos de las tres
las mantenía fuera de la luz. Pero también ayudaba que Atanasio fuese barbero.
Él también iba de casa en casa. Temprano por las mañanas se desplazaba a casa
de sus clientes para afeitarles. Y por la tarde recibía a gente en su barbería,
y a algunos les pasaba a un cuarto que tenía detrás y allí se pactaban los
trabajos malignos.”
“¿Qué ha sido de esta gente? ¿Siguen en activo Atanasio y
Avernina?” preguntó Fu a Gen.
“Se mudaron al mundo de los mortales. Aunque él es
inmortal, la mayoría de sus clientes no lo son. No quiero llamarles humanos
siquiera.”


















