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viernes, 17 de julio de 2026

326. No hay por qué alarmarse

326. No hay por qué alarmarse

“Admito que estoy a favor de la venganza. La encuentro útil.  A veces. Venganza disuasoria. Pero no creas que tu tío no la aprueba. Tú no te has dado cuenta, pero él ya se ha tomado un pellizco. Él dijo que había derivado a los buitres hacia tu padre. Les hizo creer que es a él a quien tienen que espiar.”

Eso estaba pensando Beau para que yo lo supiese.

“Merecido se lo tiene Papá,” pensé yo. “Y es una buena alternativa a que nos espíen a ti y a mí, Beau, que estamos más indefensos. Y esto no va a llegar a nada porque Papá no está escondiendo nada. ¿Tú crees que Papi se ha dado cuenta de que le están espiando?”

“¿Cómo puede un buitre espiarle a uno discretamente? Aunque he de decir que los Cabezasrosas no son buitres cualquiera. Tienen mucha experiencia en eso de apoderarse de lo que quieren.”

Antes de que Beau o yo pudiésemos pensar más, alguien llamó a la puerta del comedor dando un suave toquecito. Todos nos volvimos para ver quién había anunciado su presencia de este modo. Y vimos a un caballero menudo pero muy distinguido y todo empapado. Con pelo azul que se volvía canoso a ratos y gafas. Y yo, al menos,  no le había visto antes.

“¡Buenas noches, Papá!”  Mabel le dio la bienvenida. Y supe que ese era Belvedere el Mnemosinita, también conocido como el Memorión porque era la memoria de mi abuelo.

“Estoy mojando tu suelo. Como hago con frecuencia. Siempre me mojo cuando caigo en el mar. Y cada vez me caigo con más frecuencia. Se me olvida abrir las alas cuando salto de mi barco.”

Este señor vivía en un barco. Eso yo lo sabía. Arley me lo había dicho.

“Tu mente está ocupada en otras cosas, cielo,” dijo Mabel. “Gentie, presenta a tu suegro a toda esta gente.”

“Él sabe quienes son, y ahora todos ellos también saben quién es él. Así que simplemente decid hola todos y ya está.”

“He venido en cuanto he podido. Por eso salté al mar. No es medianoche. ¿A qué no? Estoy aquí temprano porque he de deciros que mañana al mediodía recibiréis vía gorrión un mensaje muy alarmante de Antojo Matricaria.”

“¿Y quién es Antojo, señor?” preguntó Beau.

“La Voz del interior del dolmen,” respondió Tito Gen.

“¡Ay, vaya! Deberíamos ir ahora mismo a ver que le está pasando,” dije yo, levantándome de la mesa.

“¡No, no, no! ¡Qué nadie se mueva! Antojito no se enterará de que tiene motivos para asustarse hasta mañana por la mañana. Podéis dormir tranquilos esta noche, y así coger fuerzas para asustaros mañana. Aunque tampoco hace falta que os asustéis, porque ya os estoy contando que llegaréis a tiempo de tranquilizarla,” dijo Belvedere. “Me gustaría sentarme, pero voy a mojar tu silla, Gentillluvia. Sería una pena. ¡Qué bonitas son! ¿Nuevas?”

“Las mojas casi a diario y no importa nunca,” dijo Tito Gen, “porque compré estas sillas cuando arreglé la casa y cambié los muebles y elegí sillas impermeables.”

“¡Oh! ¡Cimoso! Siempre estás en todo, hijo. Creo que ya me has dicho esto antes. Sí, sí que me los has dicho. Lo recuerdo perfectamente ahora. Claro como el agua,” dijo Belvedere. Y se fue hasta una silla caminando como lo hacen los marineros. Y se sentó. Sin mojar nada. El agua se le quedó encima.

No era medianoche, pero era algo tarde y Tito Gentillluvia nos llevó a casa. Arley se quedó con Mabel y el Memorión, que iba a ponerse a cenar, porque la abuelita Sopitas le recordó que convenía hacerlo aunque fuese un hada.

A la mañana siguiente me desperté escuchando por la ventana de mi dormitorio una conversación entre Oliver Malva y Silvano Visco y mi tío Ricatierra.


“Cuando curramos durante muchas horas seguidas, nos crece hierba por las orejas y por las narices,” decían los jardineros. “La tenemos que recortar, o arrancar de cuajo antes de que la pisemos o nos incordie de otras formas. Por ejemplo, si se queda pillada en el cortacéspedes.”

 ’¡Aaaaayyy, que dolor! No os lo toméis a mal, pero me alegro de que eso no me pase,” dijo Tito Richi. “¿Duele mucho cuando os arrancáis la hierba?”

“¡Nada! Un rollo sí que es. Estar en eso. Pero estamos acostumbrados y no le damos importancia.”

Cuando estuve lista salí afuera y le dije hola a estos tres y felicité a los jardineros por el gran trabajo que habían hecho. Mi jardín estaba exactamente como había estado antes del ataque de los buitres, pero con un brillo especial, como cuando le quitas el polvo a un objeto bonito. Invité a los duendes y al tito a desayunar, pero los duendes se excusaron diciendo que tenían que estar en otra parte y se fueron.

“Lo que no entiendo es por qué no me llamaste a mí,” me dijo Tito Richi. “Yo podría haber arreglado este desaguisado para ti.”

“No llamé a nadie. Se presentaron. Pero tú hubieses dejado mi jardín hecho una maravilla palaciega. Y esto es más modesto, como yo.”

“Hemos estado comparando notas, los duendes verdes estos y yo, y la verdad es que lo tienen mucho más crudo ellos. Pero mira, en realidad estoy aquí porque mis hijos me contaron…eso que juraron no contar a nadie.”

“Estaba segura de que lo harían.”

“Si que se chivan, sí. Pero en realidad yo creo que es que ni saben lo que es el silencio. Por eso no pueden callarse. Ni poder saber lo que estaban prometiendo. No les estoy excusando. Pero es que son ruidosísimos. Yo no sabía que los niños eran tan escandalosos. He sido niño y me pregunto si yo gritaba como un energúmeno, pero no lo recuerdo. No me daría cuenta. Bueno, pero estoy aquí para ayudar.  Yo sé más de este asunto que tú. Conozco a…bueno, a la persona esa que ahora no se distingue de un troglodita. ¿Eran los trogloditas los que construían…eso que ya sabes.”

“En unas horas recibiré un mensaje muy alarmante de esa persona,” dije yo. “Pero el Memorión me dijo que no tenía porque preocuparme por nada.”

“Aún así, yo quiero ser de ayuda. El Memorión. Quizás quiso decir que yo estaría aquí para resolver el problema que sea y por eso no debes preocuparte. Ese hombre, Brezito, hace más por mi padre que yo mismo. Porque siempre está en lo que está. Y apenas recuerda nada que tenga que ver con su propia vida, esa que ha dejado de tener. Sólo recuerda lo que es importante para que AEterno pueda mantenerlo todo bajo control. No sólo en esta isla. En todas partes. Aquí, los isleños no damos mucha lata. Discutimos continuamente entre nosotros por sandeces, pero la sangre nunca llega a ninguno de nuestros ríos. Por ejemplo, mis hermanos y yo, y nuestros primos del norte tenemos una reputación de  fatuos y fieras y a veces nos hacemos cosas horribles, pero nunca llegamos demasiado lejos. Ni haciendo ni resintiendo. Porque sabemos que no nos interesa tener que sustituir al viejo. Comenzamos peleas, pero frenamos a tiempo. Imagínate, si yo fuese a desafiar a Papi y por desgracia le ganase, y me tocase suplantarle, pues tendría que hacer todo lo que él hace para que pudiésemos vivir tranquilos y no podría limitarme a pasear por mi plantación sólo de vez en cuando canturreando. No me veo jugando obsesivamente al golf o al ajedrez para no volverme loco y luego escuchando los rollos que seguro que suelta el Memorión para saber lo que tengo que hacer. El Memorión. Ni siquiera le llamamos Tío Belvedere porque  no tenemos ni trato ni confianza con él. Él sólo trata con sus hermanas y su hija y con Papá, por supuesto. Eso desde mucho antes de que yo naciese.”

“Me alegro de que os podáis controlar,” dije yo, “porque me pongo muy nerviosa cuando veo peleas. Por ejemplo, cuando el abuelo finge no saber quién es Tito Genti. Y el tito le toma el pelo.”

“Pobre Genti. Es el único de nosotros que se ha atrevido a enfrentarse a Papi. Pero no para desbancarle, nada de eso. Sólo para intentar razonar con él. Todo esto viene de que Gen no ha querido elegir entre sus dos madres. Esa es la raíz de este pique. El ha aprendido de Tita Celestial  a hacer toda clase de cosas que le vuelven independiente. Y Papi odia eso. Papi da libertad a todo el mundo, deja que hagamos lo que queramos, pero no le gusta nada que vayamos por libre. Le sienta fatal que no elijamos hacer lo que a él le gustaría que hiciésemos. No es que el pobre Gen haga nada malo. Es que no hace nada mal. Siempre parece que va a hacerlo todo mejor que cualquiera.”

Y Tito Richi me dijo que pensaba que mi jardín era muy bonito pero que acababa de inventar nuevas flores que podrían quedar muy bien aquí. Así que volvimos a recorrer el jardín, que es muy grande, plantando esas flores por aquí y por allí. Barbazules, tiernos corazones, cítrico ajo rosa, espejitos Venecíanos y más. Eran espléndidas.

“De mis hijos, Corona de rosas es la única que muestra interés por las plantas. Siempre me observa cuando voy a crear una flor nueva, y aplaude cuando lo he hecho. Y si la flor le encanta, vuela hasta mi nariz y planta allí un besito. Pobre pequeña. Siempre será pequeña. Ya sabes que los niños que son fantasmas nunca crecen. A no ser que se les ocurra reencarnar y lleguen a la edad adulta en su nueva vida. Me aterra pensar que un día nos diga que quiere reencarnar. Pero también me da mucha pena que nunca pueda hacer más que observar nuestro mundo.”   

Y entonces aparecieron los Atsabesitos porque querían jugar en su casa de muñecas que antes estaba en el Bosque Triturado, en el rincón de Gatsabé, y que ahora estaba en mi jardín. Y Tito Richi se puso a jugar al escondite con ellos. Y así pasamos la mañana hasta que mi gorrión Wilberto me trajo en su piquito una notita que depositó en la palma de mi mano.

Estoy horrorizada. Algo horrible está sucediendo aquí. Y no consigo entenderlo. Aquí no hay nadie más que yo, y no sé que hacer con este problema. Por favor venid en cuanto podáis.

Eso decía la nota de Antojo Matriciana.

“Sí que suena alarmante, sí,” dijo Tito Ricatierra. “Me alivia mucho saber que lo que tenemos aquí no va a ser realmente un problema.”

 

martes, 14 de julio de 2026

325. Los duendes verdes del prestigioso centro de jardinería y vivero Cándida Luna Acaramelada

325. Los duendes verdes del prestigioso centro  de jardinería y vivero Cándida Luna Acaramelada.

“¡No, Beau!” le dije a mi novio. “Ni se te ocurra hacer lo que estás pensando. No merece la pena, por favor te lo pido.”

“Nadie se carga el jardín de mi novia y se va de rositas. Ni siquiera los cabezas rosas.”

“¿Esos quiénes son?” preguntó Cardo, también muy indignada y dispuesta a hacer cualquier barbaridad, que yo la conozco bien.

“¡No importa quiénes sean, ni se os ocurra vengaros! Y mucho menos en el calor del momento,” insistí yo.

“Mira, tú eres tonta,” me dijo Cardo. “Mira que defender al  Binky cuando yo estaba intentando que la voz mística esa nos dejase esconderle en su cueva. Claro que era un imbécil el Binky. Y encima le echas la culpa a Papá. ¡Papá es nuestro padre! ¡Y nosotros defendemos a los nuestros! Puede que en el calor del momento Papi le haya sugerido al memo del ministro ese que atosigase a Tito Genti, pero seguro que jamás pensó que ese cretino realmente lo haría. Y con tanto ahínco.”

“¡A ver! Ojalá tengas razón. Quiero pensar que sí. Que sólo fue una metedura de pata de Papi. ¡Pero menuda metedura de pata!  Cuando se trata con gente que está como una regadera, pues hay que cuidar mucho lo que se dice. Sir Mungo era un ejecutor, alguien con ganas desmedidas de hacer lo que él consideraba lo correcto.”

“Sí, poniendo todo patas arriba y sobre todo en contra de la voluntad de todos. Cayese quién cayese.  Ahí le has dado. Has puesto el dedo en la llaga. El Sr. Binky creía que sus intenciones eran las mejores del mundo, que él sabía más que nadie lo que era lo mejor para todos y que tenía derecho a imponernos sus ideas y manejarnos como si fuésemos marionetas. No se veía como un igual, sino como un ser superior con derecho a hacer lo que le daba la gana con los demás. No sentía ningún respeto por nadie más que por sí mismo. En su opinión, nadie había que tuviese mejores ideas que él, ni mejores intenciones. Lo hago porque puedo. Tengo el poder. Y el poder es para usarlo. Eso pensaba.  Pues eso en un diccionario es la definición de avasallar. Eso no se puede hacer, hermanita ultracompasiva,” me dijo Cardo.

“¡Beau! ¿Dónde estás? ¡Quieto parado! No vayas tú ahora a actuar como el Sr. Binky! Este es mi jardín. Yo decido lo que hacer con este problema. Respétame un poco. ¿No has oído lo que ha dicho Cardo del Sr. Binky?”

Por un segundo yo había perdido contacto mental con Beau, pero afortunadamente me hizo caso y volvió a contactar.

Y Beau, tras volver  a hacerse visible, dijo,  “Está bien. Este plato lo serviremos frío. Pero esto no queda así.”

“Y para que no quede así, he traído yo gente que te va a dejar esto como estaba, Brezito,” nos dijo Tito Gentillluvia. “O mejor que antes, si es que quieres aprovechar para cambiar algo. Es el momento de decirlo.”

El tito había aparecido en la ruina de mi jardín con Oliver Malva y Silvano Visco, los duendes verdes del Vivero Cándida Luna Acaramelada, el mejor centro de jardinería de la isla. Y con Arley. Sí, también había venido mi hermano.

“Gracias,” dije yo. “De corazón. Como estaba, por favor.”

Y yo estaba muy agradecida de veras. Volver a dejar aquello como estaba me hubiese llevado mucho tiempo y esfuerzo. Y era mejor que se recuperase el jardín cuanto antes, porque verlo destrozado solo animaba a Beau y a Cardo a vengarse de los vándalos. Para ellos, ajustar cuentas era prioritario. Para mí, y creo que para mi tío, restaurar el jardín era lo primero.

“No van a volver, hermana,” dijo Arley. “Ya saben que lo que buscan no está aquí.”

“¿Pero saben dónde está?”

“Ni nosotros sabemos dónde habéis metido a Binky. Porque os lo habéis llevado vosotros. ¿O no?”

Yo asentí con la cabeza. Más bien con las cejas. Ya no me atrevía ni a decirlo en alto.

“Los jardineros se quedan aquí trabajando. Mientras haya luz, desbrozarán y recogerán. Por la noche, plantan. Esta noche la luna pasará por todas sus fases, una tras otra. Es un favor que te hace, Brezo, para que los duendes puedan plantar de todo en una misma noche. Lo que crece bajo tierra y lo que crece a nuestra vista. Todo. Nosotros no queremos molestar a los duendes, así que nos vamos todos a mi casa,” dijo Tito Gen. Y yo sabía que lo decía porque allí podríamos hablar. “Los buitres no vendrán más por aquí. Ahora están espiando a tu padre, convencidos de que él  tiene escondido al ministro. Yo mismo me he ocupado de que lo piensen. Jamás en la vida pensé que algún día me tocaría ayudar a mi persecutor. Pero el mundo da muchas vueltas.”

En casa de Tito Gen, la Abuelita Sopitas y Perla ya estaban preparando una merienda-cena. El Tito nos dejó en  el comedor para ir a buscar a Mabel. Agapetón, Crispín y su hermano Anselmo ya habían salido a recibirnos, muy contentos, sobre todo de ver a los Lorcanes. El tito logró sacar a su mujer de la biblioteca y nos pusimos a contarles todo lo sucedido.

“A los que os estáis preguntando quiénes eran los cabezas rosas, Beau os puede dar ya la respuesta,” dijo el tito.

“La familia del pesado ese. Ni ellos le aguantaban. No trabajaban con él. Le dejaban ir a su bola.”  

“¿El Señor Binky es un hada buitre?” pregunté yo. Nunca le había visto tomar esa forma.

“No tanto como lo son los más de sus parientes. Pero la manía de quedarse con todo, esa él también la tenía. A su manera,” dijo Beau.

“Esa gente calcula mucho. Se pasa la vida calculando. Saben que pueden perder sus poderes y convertirse en mortales si se pasan en sus manejos más dudosillos. No han herido a ninguno de los Lorcanes para no quedar mal. Bueno, mal han quedado, pero no tanto como podrían haber quedado,” dijo Tito Gen. “Nunca se han metido directamente con nosotros. Sus asuntos son con los de las tinieblas y los mortales. Así los justifican.”

“¿Por qué  quieren de vuelta ahora a la momia esa? Esos no dan puntada sin hilo. Algún negocio tendrán entre manos,” dijo Beau.

Tito Gen se encogió de hombros. “Supongo que ya nos iremos enterando. De momento será mejor que no se apoderen de su pariente. Que hubiesen venido a por él desde el principio. No les hubiese costado nada reclamarlo por las buenas entonces. Nunca le habéis escondido. Todo el mundo sabía dónde estaba. De todas formas, siempre le han despreciado y considerado de segunda categoria. Binky no se entendía bien con su familia. No del todo.”

“¿Y le vas a ayudar?  ¿De verdad quieres hacer eso?” Mabel le preguntó a su marido.

“Querer no quiero. Pero habrá que darle una segunda oportunidad. Se le da a todo el mundo. Y este lleva años anulado. A saber cómo pensará ahora.”

“¿Una segunda oportunidad de acabar con nosotros, Genti? Mira que hemos descansado en el rato que ese ha estado k.o.”

“Te van a llamar tonto, Tito,” dijo Cardo.

“Es lo más probable. Pero tal vez tengamos suerte.”

sábado, 11 de julio de 2026

324. Veinticuatro pérfidos pajarracos

324. Veinticuatro pérfidos pajarracos

¡Hola! Soy Brezo. Dolfitos me ha pedido que narre este capítulo yo misma porque él se marea intentando seguirnos a Beau y a mi porque pensamos a la vez y sabiendo lo que los dos pensamos incluso cuando pensamos de forma distinta.

En el capítulo anterior un pájaro que no podía tener un aspecto más ominoso anidó sobre el lugar de reposo de Sir Mungo John Binky, el ataúd de oro y cristal en el que mi hermana Cardo y yo le colocamos cuando sucumbió a los efectos de una enorme lata de Aceite Apocado. Ha estado durmiendo durante años en mi jardín debido a este accidente. Y cada vez parece más y más joven. Al principio parecía un año menor cada año o dos, luego aparentaba más joven cada mes. Y ahora no tenemos ni idea de que va a pasar día a día u hora por hora. No sabemos qué le ocurrirá si no despierta antes de volverse tan joven, tan joven, que resulte inexistente.

Esto no nos preocupaba mucho porque sucedía muy despacio. Pero cuando el pájaro de mal agüero aterrizó en su ataúd, nos fijamos en que no parecía tener más de veinte años. Y eso nos asustó. Temimos que ese pájaro pudiese estar esperando a que menguase, se volviese niño y de tamaño portátil. Sí, tan pequeño que el pájaro pudiese salir volando con él y dárselo de comer a sus crías.

Así que decidimos trasladarlo y esconderlo en algún lugar que no conociese el pájaro. Y Dolfitos sugirió un dolmen que habían descubierto Esmeraldo y Azulina, una construcción única y singular en Isla Manzana. Así que Beau y Quintín Andaraudo cargaron el ataúd hasta esa cámara funeraria. Y Cardo y yo les seguimos tan silenciosa y discretamente como nosotras y ellos pudimos.

Esmeraldo y Azulina ya estaban parlando con la Voz que emergía del dolmen, diciéndole a su dueña – pues suponíamos por la voz que se trataba de una fémina – que ellos habían encontrado sus vocaciones.

“Tú nos dijiste que ya no podías hacer el bien a nadie bueno, al estar bajo una maldición que sólo te permite ayudar a los malvados, de forma que indirectamente causas males que no quieres propiciar. Pues hemos estado pensando en esto y hemos llegado a una conclusión. Queremos contarte nuestros planes,” dijo Azulina a la Voz.

“Yo voy a reventar a esos malandrines a los que tú sólo puedes hacer el bien. Haré de su vida un infierno por ti,” dijo el chiquito pero matón Esmeraldo. “Lamentarán el día que les ayudaste.”

“¡Ay, por favor!” dijo Azulina. “No es exactamente eso lo que vamos a hacer. Lo que pretendemos hacer es el bien que tú no puedes hacer. Y si eso requiere frustrar los planes de seres malignos, pues eso haremos. Nos dijiste que fuiste un hada bienhechora. Y eso es lo que queremos ser nosotros. Hadas bienhechoras. Esa será nuestra vocación.”

La Voz del dolmen no estaba segura de que los niños Ricatierra pudiesen hacer lo que se habían propuesto hacer. Ella dijo que la maldición bajo la que se hallaba podría llegar muy lejos y alcanzarles. Porque si ella había ayudado a estos críos a encontrar su vocación, eso era hacer el bien, y ella no podía hacerle el bien a nadie bueno. Y los niños estos eran niños buenos. Así que…

“¿Pero hasta dónde puede llegar esa maldición?” preguntó Azulina. “No lo sabremos si no probamos.”

La Voz del Dolmen también tuvo reparos en dejar que nosotros depositásemos ahí al Sr. Binky.

“Si os dejo esconder a ese señor aquí, estaré ayudando a gente buena. Y eso no lo puedo hacer.”

Y entonces Cardo dijo, “Mira, Voz Insegura, este tipo al que queremos esconder era un imbécil cuando estaba despierto. A un mierda es a quién estarías ayudando.”

“¡Ay, Cardo!” dije yo. “Eso no es exactamente así. Él creía tener las mejores intenciones, pero casi nadie estaba de acuerdo con él. Por lo menos nadie de Isla Manzana.”

“Hizo polvo la vida de uno de nuestros tíos, que es probablemente el mejor de los hermanos de nuestra madre cuando se trata de ser servicial y buena gente. Y también hizo mucho daño a la pobre esposa de nuestro tío, que es una persona inocua que nunca hace daño a nadie. No digas que no era un mierda, Brezo, porque lo era.”

“Todo eso fue idea de nuestro padre. Papá le animó a Binky a perseguir a Tito Gentillluvia.”

“Gentillluvia?” dijo la Voz. “Yo le conozco. Si ese individuo al que transportáis se portó mal con alguien tan amable como Genti Buenvecino, tal vez pueda yo esconderle aquí después de todo.”

Y nosotros nos agarramos a esa posibilidad y metimos el ataúd en la cueva antes de que la Voz se lo pudiese replantear.

“Estaremos en contacto contigo, seas quién seas, Voz,” dijo Cardo. “Pero tenemos que ser todos muy discretos. Nadie debe saber a quién tienes aquí.”

Acordamos comunicar utilizando los servicios de dos de mis gorriones. Obligamos a la Voz y a Esmeraldo y a Azulina a jurar que no dirían palabra de este asunto a nadie. Y sólo entonces volvimos a casa Cardo, Quintín y Beau y yo.

Y cuando llegué a mi jardín…ya no era un jardín. No podía haber tenido peor aspecto. Todos los arbustos habían sido arrancados de raíz y los árboles casí también. Toda la tierra estaba levantada y agujeros profundos habían sido cavados por aquí y allí. Un auténtico desastre había sucedido en ese área. Y sólo podíamos concluir que alguien había pensado que habíamos enterrado allí al primer ministro y quería desenterrarlo. Y los Lorcanes, los perros de Cardo que Finbar O’Toora había creado una Navidad, estaban ladrando y aullando como locos.

Jorgito, Cederico, Rodrigo, Alderico, Heriberto y Guaurico nos contaron lo sucedido aullando al unísono y en verso, por lo excitados que todavía estaban. 

¡Cantad una canción de pelas,

Muchas más de las que tengo yo!

Una panda de pajarracos

De las alturas descendió.

Cuando tocaron tierra,

Se pusieron a cavar.

Con sus afiladas garras

Aquí querían encontrar

Un ataúd de oro

Y también de cristal.

Y nosotros les ladramos,

Pues nos pareció fatal.

¡Pandemonio, pandemonio!

¡Todos a alborotar!

¡Sus largos cuellos quisimos

Con los dientes agarrar!

¡Ellos nuestras narices

Pugnaban por picar,

Mas nos sus negras plumas

Pudimos arrancar!

Y ahí podéis verlas,

Esparcidas por el lugar.

Y los cabezas rosas,

Al nada aquí hallar

Salvo feroz resistencia,

Decidieron volar,

Volver por donde vinieron

Y prestos de aquí huir,

Y dicho lo dicho,

No hay más que decir.”

“Sé quiénes son,” dijo Beau, y su rostro era digno de ver, tan rígido estaba que yo tuve más miedo de él y sus pensamientos que de la desolación de mi jardín.

miércoles, 1 de julio de 2026

323. El buitre y el dolmen

 

323. El buitre y el dolmen

Yo, Dolfitos, el hojita intelectual, estaba sentado bajo la sombra de una rama de manzano en el jardín de Brezo FitzTitania y FitzOberon cuando escuché un grito.

Volé hacía el lugar del que había venido el grito. “¿Qué pasa?” le pregunté a Brezo, pues había sido ella quien había gritado.

“¡Largo! ¡Largo de aquí!” le gritaba Brezo a un enorme pájaro del color de un buitre negro pero del tamaño de un formidable cóndor que estaba observándola con desprecio.

“¡Lárgate!” le grité yo también al pajarraco, y se volvió hacia mi y me miró con un desprecio todavía mayor, como era de suponer que haría.

“No se irá,” dijo Beaurenard Leonado Flynn. “Lo he intentado espantar más veces, pero si se va, sólo es para volver. Y no suelta prenda sobre lo que quiere aquí. Pero debe tener algo que ver con ese tipo que guardas aquí en un ataúd porque siempre se posa sobre esa caja de cristal.”

“¡Ay, qué horror!” dijo Brezo, muy preocupada. “Tal vez deberíamos avisar a Cardo. Ella es más fiera que nosotros tres juntos.”

“Te estoy pidiendo muy educadamente que te vayas de es este lugar, por favor,” le dijo Beau al buitre gigante. “Estás molestando a mi novia. No me hagas volver a espantarte de aquí, que hace mucho calor. Vete ya, que total vas a volver cuando te plazca. Ya nos vamos conociendo.”

El pájaro giró la cabeza y miró a Brezo en lugar de a Beau. Y entonces se fue volando.

“¿Qué puede querer decir esto?” Brezo se acercó al ataúd de cristal y estudió al Sr. Binky. “Parece dormir plácidamente, como si nada le hubiese estorbado. Pero se está haciendo muy joven. Si duerme hasta convertirse en un niño, puede que el buitre se lo lleve para dar de comer a sus crías. ¡Ay, qué idea más espantosa! Esto no puede estar pasando en Isla Manzana. Aquí no hay buitres.”

“Tal vez deberíamos enterrarle en otra parte,” dijo Beau.

“¡Yo sé dónde!” exclamé yo.

Mientras que Tararina y Rosendo habían encontrado sus vocaciones muy temprano en la vida, ella como cantante y él como peluquero, y se dedicaban a sus oficios casi exclusivamente, Azulina y Esmeraldo seguían planteándose que hacer consigo mismos. Ella había aprendido a construir barcos, pero no creía que esa iba a ser su profesión. Él había aprendido que no conviene ser pirata, sobre todo si no te hace falta serlo. Juntos los dos pasaban la mayor parte del tiempo paseando por la enorme plantación de su padre. Sabían que no había necesidad de que ellos se dedicasen a la agricultura, pero paseaban por hacer ejercicio. Y entonces un día, cuando estaba cerca de la entrada a la finca, decidieron salir fuera de esta. No había razón por la que no debían pasear por Isla Manzana, que era el lugar más seguro de cualquier mundo.

“¿Hacia dónde vamos?” Azulina le preguntó a su hermanito. “Puede que la Abuela Divina nos de helado de ese que le gusta si la visitamos. Pero puede que no esté en casa. ¿Vamos al club de golf del abuelo? Ruibarbo nos dará de almorzar, pero es pronto para eso.”

“Y el abuelo igual está de malas,” dijo Esmeraldo. “Mejor no damos la lata ahí.”

“¿Este, oeste, norte o sur?” preguntó Azulina.

“Sigamos al sol,” respondió Esmeraldo. Y eso hicieron hasta que llegó el mediodía.

“¿Dónde estamos?” preguntó Azulina. ”Hace mucho calor y no sabemos dónde estamos pero estamos a salvo y podemos volver a casa sólo con desearlo. Hemos pasado por numerosas casas, algunas muy pintorescas, por chozas humildes y por palacios impresionantes. Me gustaría saber dónde estamos.

“Estamos donde el sol ha alcanzado su cenit,” dijo Esmeraldo. “¿No te basta con saber eso?”

“Está el sol justo encima de esa pequeña colina,” dijo Azulina apuntando a un montículo. “¿Ponemos fin a nuestro paseo aquí o la rodeamos?”

Despacito, rodearon la colina hasta  que llegaron a la parte de atrás de esta que en realidad era la parte frontal. Y allí vieron una enorme piedra horizontal sostenida por dos piedras verticales también enormes que enmarcaban la entrada a una cueva. Una cueva llena de brillante luz amarilla.

“¿Quién vivirá ahí?” se preguntaron.

“No puede ser el sol. No, a pesar de toda esa luz, porque está situado encima de nosotros,” dijo Azulina.

“Voy a enterarme,” dijo Esmeraldo, que siempre estaba listo para una aventura.

Se aproximaron al portal de piedra y una voz salió de dentro de la cueva y dijo, “Por favor no entréis. Esto es una tumba.”

“¡Oh!” dijo Azulina. Ella y Esmeraldo  intercambiaron una mirada antes de que ella le preguntase a la voz, “¿Eres un fantasma?”

 “No y sí.”

“¡Oh! ¿Cómo puede ser eso?” preguntó Azulina.

“¡No puede ser!” contribuyó  Esmeraldo. Y entonce añadió, “¿O sí que puede?”

“No estoy muerta. Pero soy el fantasma de lo que solía ser.”

“¿Y quién eras?” preguntó Esmeraldo.

“Si nos lo permites preguntar,” añadió Azulina.

“Bueno, como ya lo habéis hecho. Yo solía ser un hada auxiliadora, una bienhechora. Los bienhechores vagamos por el mundo de los mortales haciendo el bien. No nos confundáis con las hadas de merecido. Esas hadas premian al que se lo merece, y castigan a los malos.  

“¿Y por qué nos has pedido que nos vayamos en lugar de hacernos el bien?”

“Eso es. Veréis, vosotros parecéis ser niños buenos, respetuosos aunque curiosos. No habéis irrumpido aquí dentro ignorando mi petición de que no lo hagáis. No os he hecho el bien, porque ya no puedo. Alguien me ha embrujado. No puedo hacer el bien a gente buena. Sólo puedo hacer el bien a gente mala. Así que me he construido esta tumba y me he retirado del mundo de los vivos para no hacer daño ayudando a los malos. No tengo tampoco lugar en el mundo de los muertos, puesto que no estoy muerta. Así que lo único que hago es estar sentada aquí. No me puedo ayudar ni a mi misma y no quiero favorecer a gente mala ni volverme mala yo.” 

 “Oh!” exclamó Azulina. “Eso…ese es un problema muy gordo que tienes ahí. Y yo creo que la siguiente pregunta que debemos hacerte es si podemos serte de ayuda. ¿Podemos?”

Yo, Dolfitos, le conté todos esto sobre el dolmen a Brezo y a Beau.

“Tal vez el hada auxiliadora que está dentro del dolmen realmente es un hada bienhechora y no la importe compartir la cámara mortuoria en la que se esconde con Mungo Binky. No hay muchas tumbas en Isla Manzana. Tal vez ninguna aparte de la Maravilla de la Colina del Cáliz,” les dije yo a Brezo y Beau.

“Si llevamos el ataúd allí ahora mismo, mientras no esté presente el buitre ese, tal vez ese no sabrá donde lo hemos llevado. Nos haremos invisibles. También haremos invisible al ataúd. Es muy posible que tengamos una emergencia aquí. Habrá que actuar rápidamente.”

 

sábado, 28 de marzo de 2026

322. Pequeños regalos y grandes deseos

322. Pequeños regalos y grandes deseos

“Se parece a cualquiera,” dijo Neferniki, un poco desilusionado, pues no había nada chocante en el aspecto del bebé de Penny.

“Y demos gracias a Shai por eso!” exclamó Pedubastis.

“Se refiere al dios egipcio del destino,” Neferclari le susurró a Penny. “Tiene forma de cerdo pero con la cabeza de una serpiente.”

Penny tragó saliva. Entonces preguntó, “Creíais que mi bebé tendría veinte dedos en las manos y cuarenta en los pies? Yo me lo estaba temiendo.”

“¿Por qué?” preguntó Neferviki. “¿Qué aspecto tenía su padre? ¿El de un cerdo con cabeza de serpiente? Los mortales no tienen cuarenta dedos en los pies. Se parecen a cualquiera de nosotros.”

“¿Creéis que podría ser…como su padre?”

“¿Mortal?” preguntó Nefernedi, yendo directamente al grano.

“¿Cómo le vas a llamar?” preguntó Neferclari para distraer a Penny de la idea de que su bebé pudiese ser mortal.

“Tiene que anunciar su propio nombre,” dijo Neferhari.

“Tal vez no pueda. Los mortales no eligen sus nombres. Sus padres hacen eso por ellos,” dijo Neferniki.

“No podemos saber si es mortal todavía,” dijo Nefernedi. “La gata Iset me dijo eso.”

Iset era la gata de tres colores que había explicado a los niños como nacen los niños mortales y los medio mortales.

“Sí. ¿Cuándo podremos saberlo?” preguntó Nefernedi.

“La mayoría de los niños que nacen mortales son prácticamente siempre bastante mortales, ¿no? Puede que tengan habilidades especiales, pero…” Penny dijo, preocupada.

“¡Ay, por favor! Dadle algo de tiempo al bebé. ¡Acaba de nacer! ¡Sólo hace unos minutos!” exclamó Pedubastis.

“Si es mortal, no tiene tiempo. Podría morirse en cualquier momento,” dijo Nefernedi.

“¡Por supuesto que no!” gritó Pedubastis. “Los mortales no se mueren el minuto que nacen. Bueno, al menos no hacen eso mucho últimamente. ¡Ya está bien de preocuparse por sandeces! ¡Cambiar de tema!”

Y Neferclari lo volvió a intentar. “¿Cuál es tu nombre formal, Penny?” le preguntó la gatita a la mamá novata.

“Pentafloris. Lo primero que hice cuando nací fue recoger cinco flores. Las tenía en la mano cuando aparecieron mis papis.”

“¿Y tú dijiste ese nombre tan complicado cuando te preguntaron cómo te llamabas?” preguntó Nefernedi.

“Supongo que suena a más culta de lo que yo soy,” suspiró Penny. “Nunca he mostrado ser tan lista ya más. Mis padres me llaman Penny por los peniques que se encuentran en la arena de la playa.”

“¡Tonterías!” dijo Pedubastis. “¿Qué te está pasando? ¿Acaso tienes una depresión post parto? Nunca ha habido nada mal contigo. Y no lo habrá con tu bebé. Estás en el lugar correcto en el momento correcto. Los del templo te ayudaremos.”

“¿Tú tienes un apellido, Penny?” preguntó Neferviki.

“Soy Pentafloris Olacristalina.”

“Quiénes son tus padres, Penny?” preguntó Neferniki.

“Mi padre es uno de esos hombres hada que llaman vagos de playa. Se levanta al mediodía y a veces sale a surfear por la tarde. Luego toca la citara cuando se alza la luna. Mi madre también es algo musical, a su manera. Ella se levanta al amanecer y hace resonar una concha para saludar al sol. Si le tengo que dar yo misma un nombre a mi bebé, porque no puede darse uno la pobre criatura, creo que será Sunny. Eso significa algo así como soleado.”


“Sunny sería un nombre muy adecuado, porque nació bajo un dibujo de un sol egipcio que había en el techo,” dijo Pedubastis. “Bien, sea cómo sea tu bebé, pues ha nacido con un pan bajo el brazo,” dijo Pedubastis. "No está ahí, pero existe, y supongo que es suyo.”

“No entiendo,” dijo Penny.

“Los mortales dicen que los bebés vienen con un pan bajo el brazo para asegurarse de que esos niños tendrán suficiente para comer. Pedi me explicó eso. ¿Pero dónde está el pan?” preguntó Neferviki.

“Estaba horneando pan cuando me llamó Penny y me acerqué a la arboleda de magnolios con un pan recién salido del horno en las manos. Seguirá allí el pan si las hormigas no lo han visto. Será para la criatura.”

Y nos fuimos todos de golpe a la arboleda de los magnolios a por el pan.

“¡Pues muchas gracias! Es el primer regalo que le dan a Sunny!”

Y todos los Atsabesitos se pusieron a buscar por todas partes para ver que podían regalar al bebé.

“¡Qué os traiga muy buena suerte!” dijo Pedubastis.

“¿Debería de comer esto mi bebé? La mejor manera de que un mortal se vuelva hada es comiendo comida de hadas. ¿No es así?”

“¡Oh, por la erecta e interrogante cola de Bastet! ¿Quieres dejar de preguntar bobadas? No vas a darle al bebé un pan como ese todavía. Leche con miel es lo que debe tomar. Incluso una criatura mortal toleraría eso. Puedes comerte tú misma el pan, preciosa. O guardarlo como recuerdo. Puede que funcione como un amuleto.”

Y Penny encogió el pan y se lo metió en el bolsillo porque estaba demasiado nerviosa para comer.

“¿Vas a volver ahora a la playa con tus padres los vagos?” preguntó Neferhari.

“¡Oh, por la ira de Sekhmet! ¡Por supuesto que no va a hacer eso! Eso puede que lo haga más adelante. Ahora regresará al templo y se quedará ahí hasta que sepa claramente lo que debe y quiere hacer,” dijo Pedubastis, “porque me parece que no tiene ni idea de lo que la viene encima.”

“Y tiene que llegar a saber si el bebé es mortal,” dijo Nefernedi, “ y si tenemos que volverlo inmortal lo antes posible. Eso es prioritario.”

“¡Regalos y deseos!” corearon los Atsabesitos, que ya estaban preparados para bendecir al bebé en sus pequeñas maneras.

Y Neferclari le dio al bebé la flor de magnolia más hermosa que había encontrado para que la criatura supiese lo que era la belleza y siempre fuese bella por dentro y por fuera.  

Neferhari regaló un amuleto de escarabajo que tenía un brillo especial y que había comprado en la tienda del templo del gato para que el bebé siempre tirase para adelante, se encontrase con el obstáculo que se encontrase, y convirtiese desventajas en ventajas.

Nefernedi generosamente dio al bebé la mitad de las monedas de oro de hadasque tenía en su bolsillo mágico, para que tuviese medios desde el primer momento. Penny las guardó en su otro bolsillo, no en el del pan, porque el bebé no tenía bolsillos  propios, al estar envuelto en el gran manto rosa de Penny. Penny nunca había vivido en Isla Manzana y nunca había reclamado el bolsillo mágico que siempre estaba lleno de monedas de oro al que tienen derecho las hadas. Ni siquiera había oído hablar de esto. Así que estaba muy contenta con Nefernedi por proporcionarla esta información, porque si el bebé resultaba ser mortal, tendría que mantenerlo con grandes gastos. Y Nefernedi deseó que el niño siempre tuviese la información que necesitase para sobrevivir sin problemas. 


El regalo de Neferedi fue una mariposa mágica que se había ofrecido a ser el corcel del bebé. La mariposa dijo llamarse Portadora y dijo que el bebé siempre llegaría fácilmente a cualquier parte que quisiera. 

Neferviki regaló un trocito de cristal que había encontrado para que el bebé pudiese hacer prismas y así aprendiese a crear cosas bellas casi de la nada. Sería muy útil aprender a hacer eso. 


Y Neferniki, que tenía  el miau más melodioso de todos los Atsabesitos y una voz preciosa, irrumpió en canto, regalando al bebé una hermosa canción y deseando que se volviese musical, y supiese componer música y escribir bonitas letras. Y parecía que su deseo se cumplió de inmediato, porque conforme la canción se iba con el aire, rompiéndose un poco al hacerlo, el bebé  empezó a emitir un lamento muy  melodioso. Y Pedubastis dijo que podría tener hambre y la criatura probó su primera comida de hadas, leche con miel bien mezclada. 

Y a mi, Dolfitos, me preguntaron los que escuchan estas historias que qué fue lo que cantó Neferniki, y por eso publico aquí esa cancióncilla, la Nana de Olacristalina.  

Pequeño Olacristalina,

Un día surfearás en los mares,

Pero ahora en el regazo de mamá,

Duerme y  sueña con profundidades.

Serás envuelto en olas azules,

Como lo estás ahora en este manto rosa,

Quizás, quizás  con demasía.

Pececillos mordisquearán tus pies,

Peces enormes te rendirán pleitesía.

Una concha hará sonar tu abuela

Que es la madre mía,

Para despertaros a  ti y al sol,

Cuando vuelva a ser de día,

Tu abuelo hará sonar  blues

Con una cítara, junto a tu cuna

Para relajarte a ti y saludar

A la hermosa luna.

Deberías ya estar dormido mi amor,

Pero sacudes con furor

Tu cabecita de lado a lado.

¿Por qué no duermes, cosa pequeña?

¡Ay va! ¡Si no has cenado!

 



martes, 17 de marzo de 2026

321. Penny

321. Penny

Los Atsabesitos estaban jugando a ¡Cucú! En una arboleda de magnolios que había en el Bosque Triturado. Ellos se volvían invisibles y luego dejaban que sólo sus caritas se volviesen visibles por un breve segundo entre las flores y hojas de los árboles. Si yo, Dolfitos, el hojita intelectual, divisaba una carita, gritaba el nombre de su dueño o dueña. Básicamente en eso consistía nuestro juego. Puede que sea un juego tonto, pero disfrutamos jugando.

Y entonces Penny apareció, interrumpiendo nuestro juego.


“¿Dónde está Pedubastis?” nos preguntó.

“¿Por qué la buscas?” pregunté, sospechoso. Yo siempre sospecho mucho. Es una característica de los hojitas.

Penny es una muchacha hada muy mona que siempre parece algo desaseada, pero ese día parecía otra. Parecía algo hinchada.

“Es personal y urgente,” me contestó.

“No creo que Pedi sepa que estamos aquí en el bosque,” dijo Neferhari. “No deberíamos estar aquí.”

“Yo siempre se dónde estáis, niños,” dijo Pedubastis, apareciendo en la rama de un árbol y saltando a tierra. Cuando tocó el suelo se había convertido en la persona egipcia que es. Nunca la habíamos visto antes con forma de persona, únicamente de gata, así que estábamos muy sorprendidos. No nos la imaginábamos así. Creíamos que sería más rechoncha, como cuando es un gato.

 

“¿Qué sucede, bonita?” Pedubastis preguntó a Penny.

Y Penny, que estaba envuelta en un gran manto rosa, lo dejó caer a la hierba.

“Necesito una comadrona,” dijo Penny.

“¡Ay, me cachis!” dijo Pedubastis. “¿Es de un mortal o de un menguante?”

“De un mortal.”

“¿Por qué no te ha buscado una él? Las comadronas son casi todas mortales. No hay hadas que sean comadronas.”

“¿Qué es eso que necesita Penny?” preguntó Neferedi.

“Calla, cielo. Luego os lo explicaré,” dijo Pedubastis.

“No estoy con él. Fue cosa de una vez.”

“¿Fue voluntario?”

“¡Uy, sí! Fue cosa mía del todo.”

“Mejor, entonces,” dijo Pedubastis. “Si caminas sola en este asunto, nos vamos al Templo de Mayet.”

Y todos fuimos cubiertos por una espesa niebla y cuando la niebla se disipó estábamos dentro del Templo del Gatito.

“¿Qué está pasando?” gritaron todos los Atsabesitos. “¿Por qué estamos aquí?”

“Esperad a que atienda a Penny y luego hablaremos,” dijo Pedubastis.

La gata niñera habló con tres gatos del templo y ellos se llevaron a Pedubastis.

“Salid a jugar al estanque. Intentad no ahogaros. Yo tengo que acompañar a Penny,” dijo Pedubastis.

Los Atsabesitos ya no tenían ganas de jugar. Salieron fuera pero no se metieron en la barquita que había en el estanque con forma de luna creciente que rodeaba el templo. Lo que querían era hacerme preguntas.

“¿Esa quién es?” dijeron, cuando llegó una gata con una mujer, ambas moviéndose muy decididas hacia el interior del templo.

“Es una mortal,” dijo Nefernedi. “Lo sé por la manera en que la gata la sujeta con fuerza, y por la forma en que ella se agarra a la gata. La han transportado. ¿Por qué hay una mortal aquí?”

“No sé si debería contestar a vuestras preguntas,” dije yo, “pero sí que es una mortal esa mujer. No me hagáis más preguntas. Esperad a que Pedubastis esté  lista para hablar con vosotros.”

“Se lo diré yo,” dijo una gran gata de tres colores que nos había estado observando desde una distancia. Se nos acercó y dijo, “Tal vez sois muy niños para entender, pero ya que habéis visto a Penny…”

Y les contó a los niños gato algo que no sabían.

“Los niños de las hadas suelen brotar de la nada. Eso lo sabéis. Es lo que vosotros mismos probablemente hicisteis.”

“Somos niños encargados,” dijo Neferviki.

“Eso da igual. Vuestro padre es un hada y vuestra madre también. Y vosotros surgisteis de la nada y los repartidores oficiales de críos os  encontraron en el acto y os entregaron a vuestros padres. Pero lo que no me parece que sabéis es que las hadas pueden tener hijos con los mortales. Si lo hacen, ellas llevan a sus hijos en su interior durante un tiempo, como las mortales, y luego los dejan caer al mundo. A veces necesitan la ayuda de una comadrona para hacer eso fácilmente.”

“¿Penny va a tener un bebé?” preguntó Neferclari.

“Sí. Y su padre o es un mortal o es un menguante.”

“¿Qué es un menguante?”

“Un hombre hada que se ha vuelto malo y  que está perdiendo sus poderes por ello.”

“¿Qué ya no es mágico?”

“Que está en el proceso de degenerar de hada mala a mortal malo.”

“Pierden sus habilidades especiales,” dijo Neferedi sabiamente. “He oído de ellos, pero no sabía que les llaman menguantes.”

“Penny ha dicho que el padre de su bebé era mortal y buena gente,” dije yo. “No necesitamos hablar de menguantes.”

“Esperemos que fuese un mortal majo. Para que ella tenga suerte y su bebé sea majo también,” dijo la gata.

“¡Ay, vaya!” dijo Neferclari. “Me pregunto cómo será el bebé.”

Y todos nos pusimos a subir y bajar las escaleras del templo impacientes, esperando ver cómo sería el bebé que Penny iba a tener.