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martes, 14 de julio de 2026

325. Los duendes verdes del prestigioso centro de jardinería y vivero Cándida Luna Acaramelada

325. Los duendes verdes del prestigioso centro  de jardinería y vivero Cándida Luna Acaramelada.

“¡No, Beau!” le dije a mi novio. “Ni se te ocurra hacer lo que estás pensando. No merece la pena, por favor te lo pido.”

“Nadie se carga el jardín de mi novia y se va de rositas. Ni siquiera los cabezas rosas.”

“¿Esos quiénes son?” preguntó Cardo, también muy indignada y dispuesta a hacer cualquier barbaridad, que yo la conozco bien.

“¡No importa quiénes sean, ni se os ocurra vengaros! Y mucho menos en el calor del momento,” insistí yo.

“Mira, tú eres tonta,” me dijo Cardo. “Mira que defender al  Binky cuando yo estaba intentando que la voz mística esa nos dejase esconderle en su cueva. Claro que era un imbécil el Binky. Y encima le echas la culpa a Papá. ¡Papá es nuestro padre! ¡Y nosotros defendemos a los nuestros! Puede que en el calor del momento Papi le haya sugerido al memo del ministro ese que atosigase a Tito Genti, pero seguro que jamás pensó que ese cretino realmente lo haría. Y con tanto ahínco.”

“¡A ver! Ojalá tengas razón. Quiero pensar que sí. Que sólo fue una metedura de pata de Papi. ¡Pero menuda metedura de pata!  Cuando se trata con gente que está como una regadera, pues hay que cuidar mucho lo que se dice. Sir Mungo era un ejecutor, alguien con ganas desmedidas de hacer lo que él consideraba lo correcto.”

“Sí, poniendo todo patas arriba y sobre todo en contra de la voluntad de todos. Cayese quién cayese.  Ahí le has dado. Has puesto el dedo en la llaga. El Sr. Binky creía que sus intenciones eran las mejores del mundo, que él sabía más que nadie lo que era lo mejor para todos y que tenía derecho a imponernos sus ideas y manejarnos como si fuésemos marionetas. No se veía como un igual, sino como un ser superior con derecho a hacer lo que le daba la gana con los demás. No sentía ningún respeto por nadie más que por sí mismo. En su opinión, nadie había que tuviese mejores ideas que él, ni mejores intenciones. Lo hago porque puedo. Tengo el poder. Y el poder es para usarlo. Eso pensaba.  Pues eso en un diccionario es la definición de avasallar. Eso no se puede hacer, hermanita ultracompasiva,” me dijo Cardo.

“¡Beau! ¿Dónde estás? ¡Quieto parado! No vayas tú ahora a actuar como el Sr. Binky! Este es mi jardín. Yo decido lo que hacer con este problema. Respétame un poco. ¿No has oído lo que ha dicho Cardo del Sr. Binky?”

Por un segundo yo había perdido contacto mental con Beau, pero afortunadamente me hizo caso y volvió a contactar.

Y Beau, tras volver  a hacerse visible, dijo,  “Está bien. Este plato lo serviremos frío. Pero esto no queda así.”

“Y para que no quede así, he traído yo gente que te va a dejar esto como estaba, Brezito,” nos dijo Tito Gentillluvia. “O mejor que antes, si es que quieres aprovechar para cambiar algo. Es el momento de decirlo.”

El tito había aparecido en la ruina de mi jardín con Oliver Malva y Silvano Visco, los duendes verdes del Vivero Cándida Luna Acaramelada, el mejor centro de jardinería de la isla. Y con Arley. Sí, también había venido mi hermano.

“Gracias,” dije yo. “De corazón. Como estaba, por favor.”

Y yo estaba muy agradecida de veras. Volver a dejar aquello como estaba me hubiese llevado mucho tiempo y esfuerzo. Y era mejor que se recuperase el jardín cuanto antes, porque verlo destrozado solo animaba a Beau y a Cardo a vengarse de los vándalos. Para ellos, ajustar cuentas era prioritario. Para mí, y creo que para mi tío, restaurar el jardín era lo primero.

“No van a volver, hermana,” dijo Arley. “Ya saben que lo que buscan no está aquí.”

“¿Pero saben dónde está?”

“Ni nosotros sabemos dónde habéis metido a Binky. Porque os lo habéis llevado vosotros. ¿O no?”

Yo asentí con la cabeza. Más bien con las cejas. Ya no me atrevía ni a decirlo en alto.

“Los jardineros se quedan aquí trabajando. Mientras haya luz, desbrozarán y recogerán. Por la noche, plantan. Esta noche la luna pasará por todas sus fases, una tras otra. Es un favor que te hace, Brezo, para que los duendes puedan plantar de todo en una misma noche. Lo que crece bajo tierra y lo que crece a nuestra vista. Todo. Nosotros no queremos molestar a los duendes, así que nos vamos todos a mi casa,” dijo Tito Gen. Y yo sabía que lo decía porque allí podríamos hablar. “Los buitres no vendrán más por aquí. Ahora están espiando a tu padre, convencidos de que él  tiene escondido al ministro. Yo mismo me he ocupado de que lo piensen. Jamás en la vida pensé que algún día me tocaría ayudar a mi persecutor. Pero el mundo da muchas vueltas.”

En casa de Tito Gen, la Abuelita Sopitas y Perla ya estaban preparando una merienda-cena. El Tito nos dejó en  el comedor para ir a buscar a Mabel. Agapetón, Crispín y su hermano Anselmo ya habían salido a recibirnos, muy contentos, sobre todo de ver a los Lorcanes. El tito logró sacar a su mujer de la biblioteca y nos pusimos a contarles todo lo sucedido.

“A los que os estáis preguntando quiénes eran los cabezas rosas, Beau os puede dar ya la respuesta,” dijo el tito.

“La familia del pesado ese. Ni ellos le aguantaban. No trabajaban con él. Le dejaban ir a su bola.”  

“¿El Señor Binky es un hada buitre?” pregunté yo. Nunca le había visto tomar esa forma.

“No tanto como lo son los más de sus parientes. Pero la manía de quedarse con todo, esa él también la tenía. A su manera,” dijo Beau.

“Esa gente calcula mucho. Se pasa la vida calculando. Saben que pueden perder sus poderes y convertirse en mortales si se pasan en sus manejos más dudosillos. No han herido a ninguno de los Lorcanes para no quedar mal. Bueno, mal han quedado, pero no tanto como podrían haber quedado,” dijo Tito Gen. “Nunca se han metido directamente con nosotros. Sus asuntos son con los de las tinieblas y los mortales. Así los justifican.”

“¿Por qué  quieren de vuelta ahora a la momia esa? Esos no dan puntada sin hilo. Algún negocio tendrán entre manos,” dijo Beau.

Tito Gen se encogió de hombros. “Supongo que ya nos iremos enterando. De momento será mejor que no se apoderen de su pariente. Que hubiesen venido a por él desde el principio. No les hubiese costado nada reclamarlo por las buenas entonces. Nunca le habéis escondido. Todo el mundo sabía dónde estaba. De todas formas, siempre le han despreciado y considerado de segunda categoria. Binky no se entendía bien con su familia. No del todo.”

“¿Y le vas a ayudar?  ¿De verdad quieres hacer eso?” Mabel le preguntó a su marido.

“Querer no quiero. Pero habrá que darle una segunda oportunidad. Se le da a todo el mundo. Y este lleva años anulado. A saber cómo pensará ahora.”

“¿Una segunda oportunidad de acabar con nosotros, Genti? Mira que hemos descansado en el rato que ese ha estado k.o.”

“Te van a llamar tonto, Tito,” dijo Cardo.

“Es lo más probable. Pero tal vez tengamos suerte.”

sábado, 11 de julio de 2026

324. Veinticuatro pérfidos pajarracos

324. Veinticuatro pérfidos pajarracos

¡Hola! Soy Brezo. Dolfitos me ha pedido que narre este capítulo yo misma porque él se marea intentando seguirnos a Beau y a mi porque pensamos a la vez y sabiendo lo que los dos pensamos incluso cuando pensamos de forma distinta.

En el capítulo anterior un pájaro que no podía tener un aspecto más ominoso anidó sobre el lugar de reposo de Sir Mungo John Binky, el ataúd de oro y cristal en el que mi hermana Cardo y yo le colocamos cuando sucumbió a los efectos de una enorme lata de Aceite Apocado. Ha estado durmiendo durante años en mi jardín debido a este accidente. Y cada vez parece más y más joven. Al principio parecía un año menor cada año o dos, luego aparentaba más joven cada mes. Y ahora no tenemos ni idea de que va a pasar día a día u hora por hora. No sabemos qué le ocurrirá si no despierta antes de volverse tan joven, tan joven, que resulte inexistente.

Esto no nos preocupaba mucho porque sucedía muy despacio. Pero cuando el pájaro de mal agüero aterrizó en su ataúd, nos fijamos en que no parecía tener más de veinte años. Y eso nos asustó. Temimos que ese pájaro pudiese estar esperando a que menguase, se volviese niño y de tamaño portátil. Sí, tan pequeño que el pájaro pudiese salir volando con él y dárselo de comer a sus crías.

Así que decidimos trasladarlo y esconderlo en algún lugar que no conociese el pájaro. Y Dolfitos sugirió un dolmen que habían descubierto Esmeraldo y Azulina, una construcción única y singular en Isla Manzana. Así que Beau y Quintín Andaraudo cargaron el ataúd hasta esa cámara funeraria. Y Cardo y yo les seguimos tan silenciosa y discretamente como nosotras y ellos pudimos.

Esmeraldo y Azulina ya estaban parlando con la Voz que emergía del dolmen, diciéndole a su dueña – pues suponíamos por la voz que se trataba de una fémina – que ellos habían encontrado sus vocaciones.

“Tú nos dijiste que ya no podías hacer el bien a nadie bueno, al estar bajo una maldición que sólo te permite ayudar a los malvados, de forma que indirectamente causas males que no quieres propiciar. Pues hemos estado pensando en esto y hemos llegado a una conclusión. Queremos contarte nuestros planes,” dijo Azulina a la Voz.

“Yo voy a reventar a esos malandrines a los que tú sólo puedes hacer el bien. Haré de su vida un infierno por ti,” dijo el chiquito pero matón Esmeraldo. “Lamentarán el día que les ayudaste.”

“¡Ay, por favor!” dijo Azulina. “No es exactamente eso lo que vamos a hacer. Lo que pretendemos hacer es el bien que tú no puedes hacer. Y si eso requiere frustrar los planes de seres malignos, pues eso haremos. Nos dijiste que fuiste un hada bienhechora. Y eso es lo que queremos ser nosotros. Hadas bienhechoras. Esa será nuestra vocación.”

La Voz del dolmen no estaba segura de que los niños Ricatierra pudiesen hacer lo que se habían propuesto hacer. Ella dijo que la maldición bajo la que se hallaba podría llegar muy lejos y alcanzarles. Porque si ella había ayudado a estos críos a encontrar su vocación, eso era hacer el bien, y ella no podía hacerle el bien a nadie bueno. Y los niños estos eran niños buenos. Así que…

“¿Pero hasta dónde puede llegar esa maldición?” preguntó Azulina. “No lo sabremos si no probamos.”

La Voz del Dolmen también tuvo reparos en dejar que nosotros depositásemos ahí al Sr. Binky.

“Si os dejo esconder a ese señor aquí, estaré ayudando a gente buena. Y eso no lo puedo hacer.”

Y entonces Cardo dijo, “Mira, Voz Insegura, este tipo al que queremos esconder era un imbécil cuando estaba despierto. A un mierda es a quién estarías ayudando.”

“¡Ay, Cardo!” dije yo. “Eso no es exactamente así. Él creía tener las mejores intenciones, pero casi nadie estaba de acuerdo con él. Por lo menos nadie de Isla Manzana.”

“Hizo polvo la vida de uno de nuestros tíos, que es probablemente el mejor de los hermanos de nuestra madre cuando se trata de ser servicial y buena gente. Y también hizo mucho daño a la pobre esposa de nuestro tío, que es una persona inocua que nunca hace daño a nadie. No digas que no era un mierda, Brezo, porque lo era.”

“Todo eso fue idea de nuestro padre. Papá le animó a Binky a perseguir a Tito Gentillluvia.”

“Gentillluvia?” dijo la Voz. “Yo le conozco. Si ese individuo al que transportáis se portó mal con alguien tan amable como Genti Buenvecino, tal vez pueda yo esconderle aquí después de todo.”

Y nosotros nos agarramos a esa posibilidad y metimos el ataúd en la cueva antes de que la Voz se lo pudiese replantear.

“Estaremos en contacto contigo, seas quién seas, Voz,” dijo Cardo. “Pero tenemos que ser todos muy discretos. Nadie debe saber a quién tienes aquí.”

Acordamos comunicar utilizando los servicios de dos de mis gorriones. Obligamos a la Voz y a Esmeraldo y a Azulina a jurar que no dirían palabra de este asunto a nadie. Y sólo entonces volvimos a casa Cardo, Quintín y Beau y yo.

Y cuando llegué a mi jardín…ya no era un jardín. No podía haber tenido peor aspecto. Todos los arbustos habían sido arrancados de raíz y los árboles casí también. Toda la tierra estaba levantada y agujeros profundos habían sido cavados por aquí y allí. Un auténtico desastre había sucedido en ese área. Y sólo podíamos concluir que alguien había pensado que habíamos enterrado allí al primer ministro y quería desenterrarlo. Y los Lorcanes, los perros de Cardo que Finbar O’Toora había creado una Navidad, estaban ladrando y aullando como locos.

Jorgito, Cederico, Rodrigo, Alderico, Heriberto y Guaurico nos contaron lo sucedido aullando al unísono y en verso, por lo excitados que todavía estaban. 

¡Cantad una canción de pelas,

Muchas más de las que tengo yo!

Una panda de pajarracos

De las alturas descendió.

Cuando tocaron tierra,

Se pusieron a cavar.

Con sus afiladas garras

Aquí querían encontrar

Un ataúd de oro

Y también de cristal.

Y nosotros les ladramos,

Pues nos pareció fatal.

¡Pandemonio, pandemonio!

¡Todos a alborotar!

¡Sus largos cuellos quisimos

Con los dientes agarrar!

¡Ellos nuestras narices

Pugnaban por picar,

Mas nos sus negras plumas

Pudimos arrancar!

Y ahí podéis verlas,

Esparcidas por el lugar.

Y los cabezas rosas,

Al nada aquí hallar

Salvo feroz resistencia,

Decidieron volar,

Volver por donde vinieron

Y prestos de aquí huir,

Y dicho lo dicho,

No hay más que decir.”

“Sé quiénes son,” dijo Beau, y su rostro era digno de ver, tan rígido estaba que yo tuve más miedo de él y sus pensamientos que de la desolación de mi jardín.

miércoles, 1 de julio de 2026

323. El buitre y el dolmen

 

323. El buitre y el dolmen

Yo, Dolfitos, el hojita intelectual, estaba sentado bajo la sombra de una rama de manzano en el jardín de Brezo FitzTitania y FitzOberon cuando escuché un grito.

Volé hacía el lugar del que había venido el grito. “¿Qué pasa?” le pregunté a Brezo, pues había sido ella quien había gritado.

“¡Largo! ¡Largo de aquí!” le gritaba Brezo a un enorme pájaro del color de un buitre negro pero del tamaño de un formidable cóndor que estaba observándola con desprecio.

“¡Lárgate!” le grité yo también al pajarraco, y se volvió hacia mi y me miró con un desprecio todavía mayor, como era de suponer que haría.

“No se irá,” dijo Beaurenard Leonado Flynn. “Lo he intentado espantar más veces, pero si se va, sólo es para volver. Y no suelta prenda sobre lo que quiere aquí. Pero debe tener algo que ver con ese tipo que guardas aquí en un ataúd porque siempre se posa sobre esa caja de cristal.”

“¡Ay, qué horror!” dijo Brezo, muy preocupada. “Tal vez deberíamos avisar a Cardo. Ella es más fiera que nosotros tres juntos.”

“Te estoy pidiendo muy educadamente que te vayas de es este lugar, por favor,” le dijo Beau al buitre gigante. “Estás molestando a mi novia. No me hagas volver a espantarte de aquí, que hace mucho calor. Vete ya, que total vas a volver cuando te plazca. Ya nos vamos conociendo.”

El pájaro giró la cabeza y miró a Brezo en lugar de a Beau. Y entonces se fue volando.

“¿Qué puede querer decir esto?” Brezo se acercó al ataúd de cristal y estudió al Sr. Binky. “Parece dormir plácidamente, como si nada le hubiese estorbado. Pero se está haciendo muy joven. Si duerme hasta convertirse en un niño, puede que el buitre se lo lleve para dar de comer a sus crías. ¡Ay, qué idea más espantosa! Esto no puede estar pasando en Isla Manzana. Aquí no hay buitres.”

“Tal vez deberíamos enterrarle en otra parte,” dijo Beau.

“¡Yo sé dónde!” exclamé yo.

Mientras que Tararina y Rosendo habían encontrado sus vocaciones muy temprano en la vida, ella como cantante y él como peluquero, y se dedicaban a sus oficios casi exclusivamente, Azulina y Esmeraldo seguían planteándose que hacer consigo mismos. Ella había aprendido a construir barcos, pero no creía que esa iba a ser su profesión. Él había aprendido que no conviene ser pirata, sobre todo si no te hace falta serlo. Juntos los dos pasaban la mayor parte del tiempo paseando por la enorme plantación de su padre. Sabían que no había necesidad de que ellos se dedicasen a la agricultura, pero paseaban por hacer ejercicio. Y entonces un día, cuando estaba cerca de la entrada a la finca, decidieron salir fuera de esta. No había razón por la que no debían pasear por Isla Manzana, que era el lugar más seguro de cualquier mundo.

“¿Hacia dónde vamos?” Azulina le preguntó a su hermanito. “Puede que la Abuela Divina nos de helado de ese que le gusta si la visitamos. Pero puede que no esté en casa. ¿Vamos al club de golf del abuelo? Ruibarbo nos dará de almorzar, pero es pronto para eso.”

“Y el abuelo igual está de malas,” dijo Esmeraldo. “Mejor no damos la lata ahí.”

“¿Este, oeste, norte o sur?” preguntó Azulina.

“Sigamos al sol,” respondió Esmeraldo. Y eso hicieron hasta que llegó el mediodía.

“¿Dónde estamos?” preguntó Azulina. ”Hace mucho calor y no sabemos dónde estamos pero estamos a salvo y podemos volver a casa sólo con desearlo. Hemos pasado por numerosas casas, algunas muy pintorescas, por chozas humildes y por palacios impresionantes. Me gustaría saber dónde estamos.

“Estamos donde el sol ha alcanzado su cenit,” dijo Esmeraldo. “¿No te basta con saber eso?”

“Está el sol justo encima de esa pequeña colina,” dijo Azulina apuntando a un montículo. “¿Ponemos fin a nuestro paseo aquí o la rodeamos?”

Despacito, rodearon la colina hasta  que llegaron a la parte de atrás de esta que en realidad era la parte frontal. Y allí vieron una enorme piedra horizontal sostenida por dos piedras verticales también enormes que enmarcaban la entrada a una cueva. Una cueva llena de brillante luz amarilla.

“¿Quién vivirá ahí?” se preguntaron.

“No puede ser el sol. No, a pesar de toda esa luz, porque está situado encima de nosotros,” dijo Azulina.

“Voy a enterarme,” dijo Esmeraldo, que siempre estaba listo para una aventura.

Se aproximaron al portal de piedra y una voz salió de dentro de la cueva y dijo, “Por favor no entréis. Esto es una tumba.”

“¡Oh!” dijo Azulina. Ella y Esmeraldo  intercambiaron una mirada antes de que ella le preguntase a la voz, “¿Eres un fantasma?”

 “No y sí.”

“¡Oh! ¿Cómo puede ser eso?” preguntó Azulina.

“¡No puede ser!” contribuyó  Esmeraldo. Y entonce añadió, “¿O sí que puede?”

“No estoy muerta. Pero soy el fantasma de lo que solía ser.”

“¿Y quién eras?” preguntó Esmeraldo.

“Si nos lo permites preguntar,” añadió Azulina.

“Bueno, como ya lo habéis hecho. Yo solía ser un hada auxiliadora, una bienhechora. Los bienhechores vagamos por el mundo de los mortales haciendo el bien. No nos confundáis con las hadas de merecido. Esas hadas premian al que se lo merece, y castigan a los malos.  

“¿Y por qué nos has pedido que nos vayamos en lugar de hacernos el bien?”

“Eso es. Veréis, vosotros parecéis ser niños buenos, respetuosos aunque curiosos. No habéis irrumpido aquí dentro ignorando mi petición de que no lo hagáis. No os he hecho el bien, porque ya no puedo. Alguien me ha embrujado. No puedo hacer el bien a gente buena. Sólo puedo hacer el bien a gente mala. Así que me he construido esta tumba y me he retirado del mundo de los vivos para no hacer daño ayudando a los malos. No tengo tampoco lugar en el mundo de los muertos, puesto que no estoy muerta. Así que lo único que hago es estar sentada aquí. No me puedo ayudar ni a mi misma y no quiero favorecer a gente mala ni volverme mala yo.” 

 “Oh!” exclamó Azulina. “Eso…ese es un problema muy gordo que tienes ahí. Y yo creo que la siguiente pregunta que debemos hacerte es si podemos serte de ayuda. ¿Podemos?”

Yo, Dolfitos, le conté todos esto sobre el dolmen a Brezo y a Beau.

“Tal vez el hada auxiliadora que está dentro del dolmen realmente es un hada bienhechora y no la importe compartir la cámara mortuoria en la que se esconde con Mungo Binky. No hay muchas tumbas en Isla Manzana. Tal vez ninguna aparte de la Maravilla de la Colina del Cáliz,” les dije yo a Brezo y Beau.

“Si llevamos el ataúd allí ahora mismo, mientras no esté presente el buitre ese, tal vez ese no sabrá donde lo hemos llevado. Nos haremos invisibles. También haremos invisible al ataúd. Es muy posible que tengamos una emergencia aquí. Habrá que actuar rápidamente.”

 

sábado, 28 de marzo de 2026

322. Pequeños regalos y grandes deseos

322. Pequeños regalos y grandes deseos

“Se parece a cualquiera,” dijo Neferniki, un poco desilusionado, pues no había nada chocante en el aspecto del bebé de Penny.

“Y demos gracias a Shai por eso!” exclamó Pedubastis.

“Se refiere al dios egipcio del destino,” Neferclari le susurró a Penny. “Tiene forma de cerdo pero con la cabeza de una serpiente.”

Penny tragó saliva. Entonces preguntó, “Creíais que mi bebé tendría veinte dedos en las manos y cuarenta en los pies? Yo me lo estaba temiendo.”

“¿Por qué?” preguntó Neferviki. “¿Qué aspecto tenía su padre? ¿El de un cerdo con cabeza de serpiente? Los mortales no tienen cuarenta dedos en los pies. Se parecen a cualquiera de nosotros.”

“¿Creéis que podría ser…como su padre?”

“¿Mortal?” preguntó Nefernedi, yendo directamente al grano.

“¿Cómo le vas a llamar?” preguntó Neferclari para distraer a Penny de la idea de que su bebé pudiese ser mortal.

“Tiene que anunciar su propio nombre,” dijo Neferhari.

“Tal vez no pueda. Los mortales no eligen sus nombres. Sus padres hacen eso por ellos,” dijo Neferniki.

“No podemos saber si es mortal todavía,” dijo Nefernedi. “La gata Iset me dijo eso.”

Iset era la gata de tres colores que había explicado a los niños como nacen los niños mortales y los medio mortales.

“Sí. ¿Cuándo podremos saberlo?” preguntó Nefernedi.

“La mayoría de los niños que nacen mortales son prácticamente siempre bastante mortales, ¿no? Puede que tengan habilidades especiales, pero…” Penny dijo, preocupada.

“¡Ay, por favor! Dadle algo de tiempo al bebé. ¡Acaba de nacer! ¡Sólo hace unos minutos!” exclamó Pedubastis.

“Si es mortal, no tiene tiempo. Podría morirse en cualquier momento,” dijo Nefernedi.

“¡Por supuesto que no!” gritó Pedubastis. “Los mortales no se mueren el minuto que nacen. Bueno, al menos no hacen eso mucho últimamente. ¡Ya está bien de preocuparse por sandeces! ¡Cambiar de tema!”

Y Neferclari lo volvió a intentar. “¿Cuál es tu nombre formal, Penny?” le preguntó la gatita a la mamá novata.

“Pentafloris. Lo primero que hice cuando nací fue recoger cinco flores. Las tenía en la mano cuando aparecieron mis papis.”

“¿Y tú dijiste ese nombre tan complicado cuando te preguntaron cómo te llamabas?” preguntó Nefernedi.

“Supongo que suena a más culta de lo que yo soy,” suspiró Penny. “Nunca he mostrado ser tan lista ya más. Mis padres me llaman Penny por los peniques que se encuentran en la arena de la playa.”

“¡Tonterías!” dijo Pedubastis. “¿Qué te está pasando? ¿Acaso tienes una depresión post parto? Nunca ha habido nada mal contigo. Y no lo habrá con tu bebé. Estás en el lugar correcto en el momento correcto. Los del templo te ayudaremos.”

“¿Tú tienes un apellido, Penny?” preguntó Neferviki.

“Soy Pentafloris Olacristalina.”

“Quiénes son tus padres, Penny?” preguntó Neferniki.

“Mi padre es uno de esos hombres hada que llaman vagos de playa. Se levanta al mediodía y a veces sale a surfear por la tarde. Luego toca la citara cuando se alza la luna. Mi madre también es algo musical, a su manera. Ella se levanta al amanecer y hace resonar una concha para saludar al sol. Si le tengo que dar yo misma un nombre a mi bebé, porque no puede darse uno la pobre criatura, creo que será Sunny. Eso significa algo así como soleado.”


“Sunny sería un nombre muy adecuado, porque nació bajo un dibujo de un sol egipcio que había en el techo,” dijo Pedubastis. “Bien, sea cómo sea tu bebé, pues ha nacido con un pan bajo el brazo,” dijo Pedubastis. "No está ahí, pero existe, y supongo que es suyo.”

“No entiendo,” dijo Penny.

“Los mortales dicen que los bebés vienen con un pan bajo el brazo para asegurarse de que esos niños tendrán suficiente para comer. Pedi me explicó eso. ¿Pero dónde está el pan?” preguntó Neferviki.

“Estaba horneando pan cuando me llamó Penny y me acerqué a la arboleda de magnolios con un pan recién salido del horno en las manos. Seguirá allí el pan si las hormigas no lo han visto. Será para la criatura.”

Y nos fuimos todos de golpe a la arboleda de los magnolios a por el pan.

“¡Pues muchas gracias! Es el primer regalo que le dan a Sunny!”

Y todos los Atsabesitos se pusieron a buscar por todas partes para ver que podían regalar al bebé.

“¡Qué os traiga muy buena suerte!” dijo Pedubastis.

“¿Debería de comer esto mi bebé? La mejor manera de que un mortal se vuelva hada es comiendo comida de hadas. ¿No es así?”

“¡Oh, por la erecta e interrogante cola de Bastet! ¿Quieres dejar de preguntar bobadas? No vas a darle al bebé un pan como ese todavía. Leche con miel es lo que debe tomar. Incluso una criatura mortal toleraría eso. Puedes comerte tú misma el pan, preciosa. O guardarlo como recuerdo. Puede que funcione como un amuleto.”

Y Penny encogió el pan y se lo metió en el bolsillo porque estaba demasiado nerviosa para comer.

“¿Vas a volver ahora a la playa con tus padres los vagos?” preguntó Neferhari.

“¡Oh, por la ira de Sekhmet! ¡Por supuesto que no va a hacer eso! Eso puede que lo haga más adelante. Ahora regresará al templo y se quedará ahí hasta que sepa claramente lo que debe y quiere hacer,” dijo Pedubastis, “porque me parece que no tiene ni idea de lo que la viene encima.”

“Y tiene que llegar a saber si el bebé es mortal,” dijo Nefernedi, “ y si tenemos que volverlo inmortal lo antes posible. Eso es prioritario.”

“¡Regalos y deseos!” corearon los Atsabesitos, que ya estaban preparados para bendecir al bebé en sus pequeñas maneras.

Y Neferclari le dio al bebé la flor de magnolia más hermosa que había encontrado para que la criatura supiese lo que era la belleza y siempre fuese bella por dentro y por fuera.  

Neferhari regaló un amuleto de escarabajo que tenía un brillo especial y que había comprado en la tienda del templo del gato para que el bebé siempre tirase para adelante, se encontrase con el obstáculo que se encontrase, y convirtiese desventajas en ventajas.

Nefernedi generosamente dio al bebé la mitad de las monedas de oro de hadasque tenía en su bolsillo mágico, para que tuviese medios desde el primer momento. Penny las guardó en su otro bolsillo, no en el del pan, porque el bebé no tenía bolsillos  propios, al estar envuelto en el gran manto rosa de Penny. Penny nunca había vivido en Isla Manzana y nunca había reclamado el bolsillo mágico que siempre estaba lleno de monedas de oro al que tienen derecho las hadas. Ni siquiera había oído hablar de esto. Así que estaba muy contenta con Nefernedi por proporcionarla esta información, porque si el bebé resultaba ser mortal, tendría que mantenerlo con grandes gastos. Y Nefernedi deseó que el niño siempre tuviese la información que necesitase para sobrevivir sin problemas. 


El regalo de Neferedi fue una mariposa mágica que se había ofrecido a ser el corcel del bebé. La mariposa dijo llamarse Portadora y dijo que el bebé siempre llegaría fácilmente a cualquier parte que quisiera. 

Neferviki regaló un trocito de cristal que había encontrado para que el bebé pudiese hacer prismas y así aprendiese a crear cosas bellas casi de la nada. Sería muy útil aprender a hacer eso. 


Y Neferniki, que tenía  el miau más melodioso de todos los Atsabesitos y una voz preciosa, irrumpió en canto, regalando al bebé una hermosa canción y deseando que se volviese musical, y supiese componer música y escribir bonitas letras. Y parecía que su deseo se cumplió de inmediato, porque conforme la canción se iba con el aire, rompiéndose un poco al hacerlo, el bebé  empezó a emitir un lamento muy  melodioso. Y Pedubastis dijo que podría tener hambre y la criatura probó su primera comida de hadas, leche con miel bien mezclada. 

Y a mi, Dolfitos, me preguntaron los que escuchan estas historias que qué fue lo que cantó Neferniki, y por eso publico aquí esa cancióncilla, la Nana de Olacristalina.  

Pequeño Olacristalina,

Un día surfearás en los mares,

Pero ahora en el regazo de mamá,

Duerme y  sueña con profundidades.

Serás envuelto en olas azules,

Como lo estás ahora en este manto rosa,

Quizás, quizás  con demasía.

Pececillos mordisquearán tus pies,

Peces enormes te rendirán pleitesía.

Una concha hará sonar tu abuela

Que es la madre mía,

Para despertaros a  ti y al sol,

Cuando vuelva a ser de día,

Tu abuelo hará sonar  blues

Con una cítara, junto a tu cuna

Para relajarte a ti y saludar

A la hermosa luna.

Deberías ya estar dormido mi amor,

Pero sacudes con furor

Tu cabecita de lado a lado.

¿Por qué no duermes, cosa pequeña?

¡Ay va! ¡Si no has cenado!

 



martes, 17 de marzo de 2026

321. Penny

321. Penny

Los Atsabesitos estaban jugando a ¡Cucú! En una arboleda de magnolios que había en el Bosque Triturado. Ellos se volvían invisibles y luego dejaban que sólo sus caritas se volviesen visibles por un breve segundo entre las flores y hojas de los árboles. Si yo, Dolfitos, el hojita intelectual, divisaba una carita, gritaba el nombre de su dueño o dueña. Básicamente en eso consistía nuestro juego. Puede que sea un juego tonto, pero disfrutamos jugando.

Y entonces Penny apareció, interrumpiendo nuestro juego.


“¿Dónde está Pedubastis?” nos preguntó.

“¿Por qué la buscas?” pregunté, sospechoso. Yo siempre sospecho mucho. Es una característica de los hojitas.

Penny es una muchacha hada muy mona que siempre parece algo desaseada, pero ese día parecía otra. Parecía algo hinchada.

“Es personal y urgente,” me contestó.

“No creo que Pedi sepa que estamos aquí en el bosque,” dijo Neferhari. “No deberíamos estar aquí.”

“Yo siempre se dónde estáis, niños,” dijo Pedubastis, apareciendo en la rama de un árbol y saltando a tierra. Cuando tocó el suelo se había convertido en la persona egipcia que es. Nunca la habíamos visto antes con forma de persona, únicamente de gata, así que estábamos muy sorprendidos. No nos la imaginábamos así. Creíamos que sería más rechoncha, como cuando es un gato.

 

“¿Qué sucede, bonita?” Pedubastis preguntó a Penny.

Y Penny, que estaba envuelta en un gran manto rosa, lo dejó caer a la hierba.

“Necesito una comadrona,” dijo Penny.

“¡Ay, me cachis!” dijo Pedubastis. “¿Es de un mortal o de un menguante?”

“De un mortal.”

“¿Por qué no te ha buscado una él? Las comadronas son casi todas mortales. No hay hadas que sean comadronas.”

“¿Qué es eso que necesita Penny?” preguntó Neferedi.

“Calla, cielo. Luego os lo explicaré,” dijo Pedubastis.

“No estoy con él. Fue cosa de una vez.”

“¿Fue voluntario?”

“¡Uy, sí! Fue cosa mía del todo.”

“Mejor, entonces,” dijo Pedubastis. “Si caminas sola en este asunto, nos vamos al Templo de Mayet.”

Y todos fuimos cubiertos por una espesa niebla y cuando la niebla se disipó estábamos dentro del Templo del Gatito.

“¿Qué está pasando?” gritaron todos los Atsabesitos. “¿Por qué estamos aquí?”

“Esperad a que atienda a Penny y luego hablaremos,” dijo Pedubastis.

La gata niñera habló con tres gatos del templo y ellos se llevaron a Pedubastis.

“Salid a jugar al estanque. Intentad no ahogaros. Yo tengo que acompañar a Penny,” dijo Pedubastis.

Los Atsabesitos ya no tenían ganas de jugar. Salieron fuera pero no se metieron en la barquita que había en el estanque con forma de luna creciente que rodeaba el templo. Lo que querían era hacerme preguntas.

“¿Esa quién es?” dijeron, cuando llegó una gata con una mujer, ambas moviéndose muy decididas hacia el interior del templo.

“Es una mortal,” dijo Nefernedi. “Lo sé por la manera en que la gata la sujeta con fuerza, y por la forma en que ella se agarra a la gata. La han transportado. ¿Por qué hay una mortal aquí?”

“No sé si debería contestar a vuestras preguntas,” dije yo, “pero sí que es una mortal esa mujer. No me hagáis más preguntas. Esperad a que Pedubastis esté  lista para hablar con vosotros.”

“Se lo diré yo,” dijo una gran gata de tres colores que nos había estado observando desde una distancia. Se nos acercó y dijo, “Tal vez sois muy niños para entender, pero ya que habéis visto a Penny…”

Y les contó a los niños gato algo que no sabían.

“Los niños de las hadas suelen brotar de la nada. Eso lo sabéis. Es lo que vosotros mismos probablemente hicisteis.”

“Somos niños encargados,” dijo Neferviki.

“Eso da igual. Vuestro padre es un hada y vuestra madre también. Y vosotros surgisteis de la nada y los repartidores oficiales de críos os  encontraron en el acto y os entregaron a vuestros padres. Pero lo que no me parece que sabéis es que las hadas pueden tener hijos con los mortales. Si lo hacen, ellas llevan a sus hijos en su interior durante un tiempo, como las mortales, y luego los dejan caer al mundo. A veces necesitan la ayuda de una comadrona para hacer eso fácilmente.”

“¿Penny va a tener un bebé?” preguntó Neferclari.

“Sí. Y su padre o es un mortal o es un menguante.”

“¿Qué es un menguante?”

“Un hombre hada que se ha vuelto malo y  que está perdiendo sus poderes por ello.”

“¿Qué ya no es mágico?”

“Que está en el proceso de degenerar de hada mala a mortal malo.”

“Pierden sus habilidades especiales,” dijo Neferedi sabiamente. “He oído de ellos, pero no sabía que les llaman menguantes.”

“Penny ha dicho que el padre de su bebé era mortal y buena gente,” dije yo. “No necesitamos hablar de menguantes.”

“Esperemos que fuese un mortal majo. Para que ella tenga suerte y su bebé sea majo también,” dijo la gata.

“¡Ay, vaya!” dijo Neferclari. “Me pregunto cómo será el bebé.”

Y todos nos pusimos a subir y bajar las escaleras del templo impacientes, esperando ver cómo sería el bebé que Penny iba a tener.

martes, 23 de diciembre de 2025

320. El Apalpador

 

320. El Apalpador

Fuera en el jardín del Castillo Ator, tres niños estaban a punto de discutir la tarde del día cuya noche iba a ser nochebuena. Habían estado recogiendo hiedra y muérdago y acebo, pero no era por estas plantas que se iban a pelear.

“¡Has sido malísimo!” el hada gatito Neferhari le dijo a su tío Esmeraldo. “No vas a recibir ni un regalo esta noche de San Nicolás.”

Esmeraldo no parecía estar muy contento. Pensaba que tal vez su sobrino tuviese razón.

“Los piratas no reciben regalos de Papá Noel,” insistía Neferhari.

“¡Mi hermano no ha sido malo!” le dijo Azulina a su sobrino. “Para nada. Solo estaba jugando a ser pirata. No es un pirata de verdad.”

“El bisabuelo está que bota. Bota como unas habas saltarinas mejicanas. Casi fulminó a Elucubrio y Metopata en el bazar de Santa Lucía. La bisabuela casi no le podía contener.”

 “Esmeraldo no sabía que esos dos tontos eran presidiarios. ¿Quién iba pensar que esa opulenta galera era una cárcel?”

“Pues cuando el bisabuelo es bueno, es muy, muy bueno, pero cuando es malo, puede ser  terrible.”

“El abuelo nunca es muy, muy bueno. Es un liante en su manera de actuar. Aunque tampoco le he visto ser terriblemente malo. Dicen que aprieta pero no ahoga.”

“Azulina, te prometo que puede ser terrible. Una vez me engañó para que me metiese en un saco y luego lo cerró. Conmigo dentro.”

“Pero estás aquí ahora así que no tiró el saco al río y no te ha ahogado, Atsabesito.”

“No. Pero me dio un susto de muerte. El peor de mi vida.”

“Tu vida es muy corta,” dijo Esmeraldo de pronto. “Seguro que recibes en el futuro sustos mucho peores.”

“Soy mayor que tú aunque seas mi tío,” contestó Neferhari. “Asi que he vivido más que tú. Y…¡Ahhhhhhhhhhhhhh!

“¿Qué pasa ahora, ancianete?” preguntó Esmeraldo al ver a su sobrino temblar y retroceder.

Neferhari se convirtió en el gatito negro en el que podía convertirse a voluntad y saltó al muro del castillo.

Azulina se volvió para ver qué había asustado al Atsabesito.

“¡Es cierto!” exclamó Esmeraldo, que también se había girado para echar un vistazo. “El hombre del saco ha venido a por mí.”

“¡No seas ridículo!” le regañó Azulina. “No hay nadie así en esta isla.”

“Entonces…¿qué es lo que estamos viendo?” preguntó su hermanito.

Estaban viendo a un hombre de pelo rojo y alborotado que llevaba boina, fumaba en pipa, se apoyaba en un palo y cargaba…¡un saco!“¡Eh, rapaziños! ¡Boas festas! Alguno de vosotros necesita que le palpe la barriga?”

“¡Ahhhhhhhhhh!” chillaron Esmeraldo y Azulina y salieron volando hasta donde Neferhari estaba sentado viendo cómo iba aquel espectáculo. Los tres entraron de golpe en el castillo por una de sus ventanas gritando “¡Pedubastiiiiiiiiiiiiiiis!”

“¿Ahora qué?” dijo Pedubastis, la niñera gata egipcia de los Atsabesitos. Sonaba más aburrida que alterada.

“¡El abuelo ha enviado al Krampus a cogerme!” espetó Esmeraldo.

“No, no es eso,” dijo Azulina.

“Pues claro que no,” bostezó Pedubastis. “El Krampus tiene la entrada a esta isla prohibida. Y nada tiene que hacer aquí. Si no ha atacado ni a Caldopollo Mortero Maneta, cuando ese maleante era niño promesa.”

“Y parece que tampoco ha podido coger a Elucubro y Metopata,” dijo Esmeraldo, sintiéndose algo más confiado, “así que puede que el Krampus no sea tan duro, porque hasta yo he podido vencer a esos torpes. Pero el tío que hay ahí fuera debe ser una fiera porque bebe sangre. La he visto gotear de una especie de pellejo.”

“¿No quieres ver de quién hablamos, Pedi?” preguntó Neferhari. Ya era un niño otra vez y arrastraba a su niñera a la ventana.

“Para nada quiero ver yo algo así,” protestó Pedubastis, intentando librarse de los tres niños que ahora la arrastraban a la ventana.

“Sí que tiene un saco,” dijo Azulina. “¡Míralo, Pedubastis! Parece estar lleno. Puede que haya secuestrado a otros niños. ¡Tenemos que salvarlos!”

“¡Ni modo!” gritó Pedubastis. “Ya hay bastantes niños aquí hoy, y más que habrá en casa de vuestro abuelo bisabuelo o lo que sea ese señor esta noche cuando vayamos allí a cenar.”

“Habla raro. Casi en otro idioma. ¡Dijo que quería palpar nuestras barrigas!”

“¿AEterno?” preguntó Pedubastis. Eso sí la sorpendió. “Será cuando sois gatos.”

 “No, el hombre ese del saco,” insistió Azulina. “Y Esmeraldo y yo no nos convertimos nunca en gatos.”

Entonces  Pedubastis miró por la ventana y de pronto saltó fuera del castillo, al muro que lo rodeaba y luego al jardín que había ahí fuera.

“¿Quién diantres eres y que quieres de mis niños?” le preguntó al hombre gordito que se había dirigido a los niños. Ella se había agrandado hasta llegar al tamaño de una leona, pero eso no parecía asustar al hombre.

“Soy el Apalpador,” dijo el hombre. “¿Nunca has oído de mí? Doy de comer a los niños hambrientos en Nochebuena.”

“Aquí no hay niños hambrientos. A no ser que lleves alguno en el saco.”

Y Pedubastis rasgó el saco con una de sus temibles uñas. Y del saco cayeron mogollón de castañas.

“¡Oh, no!” exclamó el hombre.

“¿Y qué significa esto?” preguntó Pedubastis.

“No hago daño a nadie. Como te he dicho, doy de comer a niños pobres en Nochebuena y deseo que tengan cenas todos los demás días del nuevo año. Palpo sus barrigas para ver si han comido, y si no lo han hecho, les alimento con castañas. Y tendrán algo que comer todas las noches, porque esa es mi magia. Ayúdame a recoger las castañas.”

“Recógelas tú, que yo voy a por un saco mejor que ese harapo multiremendado que traes ahí,” contestó Pedubastis.

“¿Podrías traerme también una bota para mi vino, que esta gotea?” preguntó el hombre. “Te aseguro que este vino es medicinal.”

“Nunca he visto a nadie como tú, pero algo me dice que tú eres un tío legal. Aunque no estás donde deberías estar. En esta isla nadie pasa hambre. Ni en Nochebuena ni nunca.”

 

martes, 9 de diciembre de 2025

319. El Coro de los Coronados


319. El Coro de Coronados

Esmeraldo había llegado al final de su cuerda. Harto de todo lo que había hecho y soportado, negociar, atacar, secuestrar y conocer a demasiados personajes extraños, el niño estalló en llanto.

“¡Buaaaaaaa!”  gritó Esmeraldo, recordándoles a todos que por muy duro que pareciese en realidad era sólo un bebé. “¡Quiero irme a casa!”

“¡Ay, pobrecito!” exclamó la Dama Espléndida. “Si sólo es un niño, aunque parezca un bravucón. ¿Sólo has estado jugando a ser pirata, ¿verdad, cariño? No eres uno realmente. Pues el destino ha querido que robases un buque que le pertenece a tu papi. Y esa es la parte afortunada de este asunto, porque al ser esa galera de tu padre, todo queda en familia. Sí, se queda en tu familia, la galerita. Generosidad y yo encontraremos entre las dos algo más adecuado para el fondo del Estanque Malhumorado de la Dama Fosforita. Pero la parte desafortunada de este asunto es que tu abuelo AEterno ha cogido manía a esos dos gamberros que tú has secuestrado y sin quererlo posiblemente liberado de su prisión. Me preguntó que podremos hacer para solucionar ese problema.”

“Si me permite una sugerencia, Dama Espléndida,” dije yo, Dolfitos, el hojita intelectual, “esos dos cazurros a los que parece haber beneficiado Gemito, pues no son tan malos como son tontos. Es cierto que tienen las peores ideas, pero por estúpidas, no por malvadas precisamente. Nuestro problema, como ha dicho usted, es AEterno, que no los puede ver ni en pintura y que va a liarla cuando se entere de que va a haber que soltarlos. Pero en cualquier caso están a punto de disfrutar de esos pocos días al año en que se les permitía abandonar la galera. Y ese es el tiempo del que disponemos nosotros para pensar en que hacer con ellos cuando se les acabe el permiso.”

“¡Ufff! Ese cascarrabias de AEterno es muy difícil de contentar. Es muy exigente y quiere que todo se manifieste en su justa medida. Ni que decir tiene que yo no le caigo demasiado bien, a pesar de que él puede ser esplendido siempre que le apetezca. De vez en cuando…pero no. Este problema se lo vamos a dejar a Divina, que es la que mejor le conoce. Lo que voy a hacer ahora es llevaros a todos a casa,” dijo la Dama Espléndida. “Sólo dadme unos minutos para empacar unas pocas cositas, cosas que en su mayoría serán para el bazar navideño de mi hija Dadivosa. Pronto será Navidad y yo misma tendría que estar ya ahí fuera.”

Como os podréis imaginar, las “poquitas cosas” que empacó la Dama Espléndida distaron mucho de ser pocas. Pero no voy a entrar en eso ahora. Sólo diré que nos llevó a los niños y a mí a la Plantación Ricatierra. Y yo también me quedé a dormir allí. Cenamos y antes de acostarnos tomamos cada uno una jarrita de manzanilla, que es una de esas cosas que vienen bien después de una aventura o un exceso. Nos despertamos tarde, varios días después de acostarnos, pero no tan tarde que no pudimos asistir al Concierto de los Coronados.

¿Y qué  o quiénes exactamente son los coronados? Eso me podríais preguntar, de no saberlo. Pues os cuento para que lo sepáis que un día de diciembre, los niños hada que han cumplido siete años dentro del año en curso o que van a cumplirlos antes de que este se acabe, se juntan para celebrar su mayoría de edad. Se organiza una fiesta para ellos, que incluye un espectáculo en el que los niños participan. Forman un coro y cantan canciones para deleitar a sus familias y amigos. Ellos mismos componen la música y escriben la letra de la mitad de las canciones que cantan. La otra mitad de las canciones son tradicionales, o la obra de otros niños coronados con anterioridad, viejos hits, en este caso, que triunfaron en su momento y han pasado a ser clásicos. Las canciones que estos niños escriben suelen ser de melodía dulce, aunque puede haber sorpresitas, y siempre hay algo que resulta algo raro en las letras. Pero suelen ser buenas, y todos contentos. 

El hada murciélago Ángelratón Grigio, que ha llegado a ser un gran divo además de profesor de la escuela de voz de la sirena Marina O’Toora, dirigió al coro este año. Pero ahora me preguntareis por qué a esos niños cantores les llaman los coronados. Pues es porque al haber alcanzado la mayoría de edad ya mandan en sí mismos, y son monarcas casi absolutos de sus hogares ideales, que pueden reclamar a partir del uno de enero del año nuevo. Y para su fiesta llevan coronas que muestran que son libres y se gobiernan a sí mismos. La mayoría de estos niños son buenos. Este año lo son los doce que se han emancipado, así que se espera que todos sigan viviendo en Isla Manzana. Doce es un buen número para formar un pequeño coro, pues ha habido años en los que sólo dos o tres o incluso uno o ningún niño ha cumplido siete años. Y como los de este año además ensayaron mucho y cantaron bien, pues todos contentos.  El coro remató su actuación recordando a su público que en breve se iba a celebrar el gran bazar navideño de Generoso y Dadivosa, y que se esperaba que todos los presentes también lo estuviesen allí. Y la última canción que cantaron, acompañados por siete arpistas con arpas de oro, fue Luminosa Lucía, cuya letra voy a publicar aquí por si no la conocéis. Personalmente esta canción es una de mis favoritas, pues su autor y compositor es un hada nacida en el Bosque Triturado y describe nuestras costumbres.

Arriba en los cielos la luna palidece, pugnando con nubes oscuras que la quieren velar,

Por ver y ser vistas luchan estrellitas, con tristes nieblas que las quieren ocultar,

Más entre encajes de ramas negras y desnudas, todavía logran titilar, y el viento está quedo, en bloque de hielo el frío lo pudo congelar.

¡Pon fin a esta noche casi sin día, devuélvenos la luz, Luminosa Lucía!

Nuestros lechos calentitos hemos dejado, pues recibir a Lucía se nos ha antojado y la hemos salido a buscar,

Ahí en el bosque los pinos y nos, cubiertos de nieve no dejamos de temblar y de tiritar,

Pies calzados y dedos enguantados,  rojas narices, carrillos colorados y rodillas que chocan sin hacerse sonar.

¡Pon fin a esta noche casi sin día, devuélvenos la luz, Luminosa Lucía!

En esta más larga noche los bostezos ahogamos y ver un prodigio despiertos anhelamos.

¡Cantad ahora en la oscuridad, como la alegre alondra la voz alzad!

Lo negro se torna un azul oscuro, luego rosa y entonces claridad, pues siempre amanece cuando es mayor la oscuridad.

¡Pon fin a esta noche casi sin día, devuélvenos la luz, Luminosa Lucía!