329. Pulvis Amoris
“¿Qué clase de gente envía a un buitre a por un niño en
lugar de enviar a una cigüeña?” preguntó Remigia Olacristalina, indignada y
atónita a la vez.
Yo, Brezo, pude haber dicho que los buitres también tienen
bebés. De los suyos. Pero eso me hubiese hecho parecer una sabelotodo y podría
haber fastidiado nuestro propósito, que era instalar al Sr. Binky en Bahía
Cristalina.
“¡Moony se queda!” dijo Remi. “Le defenderemos con nuestros
tridentes si hace falta.”
“¡Eso, eso!” aplaudió Billy el Barcazas. Por lo visto, eso
era lo que le llamaban al Sr. Guillermo Olacristalina. No sé por qué pero
siempre he pensado que las barcazas son cosa de canales, riós, lagos y otros
cuerpos de agua menores que el mar. Yo a este hombre le hubiese llamado el
Cabras, porque tenía cierto aire a este tipo de criatura. Su pelo era de ese
dorado que produce la exposición al sol, y era muy abundante. Como el vellocino
de oro. El cabello de su esposa en cambio era negro y liso como una plancha,
como el de los indios, pero como llevaba trenzas, trenzas que se acababa de
soltar, parecía todavía algo ondulado. Pero
se notaba que en realidad no lo era.
En cuanto a dónde nos hallábamos, pues los Olacristalina
disponían de dos chozas y un cobertizo, situados en un promontorio. Desde ahí
podías quedar fácilmente ensimismado viendo la hermosa playa que había debajo,
y no quitar de ahí la vista hasta que alguien te hiciese retirarla. Y yo vi
cómo Tito Gen estudiaba aquel lugar con cara de estar preguntándose ¿Qué puede
estar pensando mi padre para habernos mandado aquí? Mungo podría destrozar este
lugar de inocencia. Porque no era en realidad Belvedere él que nos había
enviado allí, sino algo que tenía que ver con la memoria de AEterno.
“No somos tan vagos como le gusta creer a la gente. Tenemos
tres espacios aquí y dos son talleres,” dijo Remi, cuidadosamente empujando la
puerta de una de las chozas de hierba para que no se cayese al suelo. No tengo
ni idea que la sujetaba. Visagras no se veían por ninguna parte.
Dentro de la choza, además de mucha arena, había una mesa,
tres sillas, una rueca, dos grandes baúles de esos que llaman mundos, un
montón de madera de deriva y no mucho más. ¡Ah, sí! Casi invisible en la
oscuridad había un mueble con estanterías todas ocupadas por botellas vacías,
las del último estante todas de Coca-cola. Las estanterías daban la sensación
de estar todavía peor sujetas que la puerta. Y en la mesa había cuerdas y
cordones y cintas y montoncitos de conchas y cantos rodados y partículas de cristal
marino. Y también pegamento y agujas y tijeras y cosas así.
“Hago joyas,” dijo la Señora Olacristalina, y nos enseñó
muestras de eso, bastante bonitas.
El Sr. Olacristalina fabricaba tablas de surf y boomerangs
en el cobertizo, donde además guardaba un bote y otras cosas parecidas. Y entre
los dos Olacristalinas elaboraban atrapasueños y carrillones de viento, y
móviles, algunos musicales sin la ayuda de una brisa.
“Me pondré a hacer un par de cunas,” dijo. “Esos críos no
pueden estar todo el rato metidos en arquillas de papiro. Hay que sacarlos de
ahí ya mismo. Es una emergencia.”
“Haz un parque infantil también, ya que te vas a poner a
ello. Con techo, como una jaula. No sea que se den cuenta de que pueden volar
antes de que estemos preparados psicológicamente para perseguirles,” le dijo
Remi a Billy.
Y Billy salió afuera y se puso a trabajar en el acto,
dejándonos con su mujer. La única otra cosa que le escuchamos decir fue adiós
cuando nos fuimos.
Antes de eso, yo acompañé a Remi y Penny a la choza que era
su vivienda para ayudarlas a instalar ahí a los niños. Y por estar mi mente
siempre conectada con la de Beau, me enteré de lo que pasaba fuera entre mis
tíos.
“¿Qué pasa si Binky de pronto comienza a envejecer muy
deprisa y se levanta como con cuarenta años y en plan monstruo de Frankenstein
al dar la medianoche?” le preguntó Tito Richi a Tito Gen.
“Belvedere nos lo hubiese advertido. Eso no va a pasar.”
“Eres una persona muy buena, Genti,” suspiró Tito Richi.
“Has venido hasta aquí para ayudar a un tipo que hizo de tu vida un infierno.
Estoy orgulloso de ti.”
“No soy nada bueno,” dijo Tito Gen. “Cada vez que pasaba
por el jardín de Brezo y reparaba en el lugar de reposo de Binky, no podía
evitar desear que él fuese una auténtica momia. Tenía ganas de grabar un epitafio en el cristal de su caja. Eius somnia multorum somnia dira erant. O somnia
eius erant somnia turbarum multorum. O algo así.”
“Ah, sus sueños eran la pesadilla de muchos. Muy adecuado.
Sí. Pero desiderium et actio res diversae
sunt. Y por eso eres una buena
persona. No aprovechaste para darle un mamporro definitivo. Y si compramos alguna piececita de las que hace esta mujer para las
nuestras? Sería un detallito, ¿no?”
“Y para nuestras hijas,” dijo Tito Gen. “Y para mi suegra.
Me has hecho pensar que debería hablar con ella.”
“¡Uy! Por lo que dije sobre la relación tan extraña entre
Antojito y Umbriano. ¿A que sí? Nunca se me ocurrió que tus chicas pudiesen
estar involucradas en eso. Tal vez tendría que haberme mordido la lengua.”
“Espero de verdad que Cybela no tenga nada que ver con esa
unión. Pero también me gustaría que tuviese alguna noción de cómo llegó a
formarse.”
Y entonces las princesas azules aparecieron, sus imágenes
combinando delicadamente con el azul del mar bajo ellas y del cielo sobre
ellas.
“Hombrepapá, fue nuestro primer intento,” dijeron Beli y Bela en unísono a su padre. “Antes de eso sólo emparejábamos a gatitos con buhitos y cosas así. Estamos aquí porque nuestra Abuelísima nos ha dicho que vengamos a decirte dos cosas. La primera ya te la hemos dicho. La segunda es que no la compres cristal de mar que ella sólo lleva diamantes. Pero a nosotras no nos importaría recibir unas pulseritas de cristal marino y plata. Gracias.”
“¿Acabáis de admitir que embrujasteis a Umbriano y Antojo?
¡Retractaos inmediatamente! ¡Os podrían
demandar!” susurró Tito Richi, muy preocupado.
“¡Ca! Embrujar es lo que hacen las brujas. Nosotras sólo
les dimos un empujoncito. Les situamos en el lugar adecuado en el momento
adecuado,” dijo Beli.
“Y les rociamos con un pelín de pulvis amoris,” dijo Bela.
“Para ponérselo más fácil. Nosotras no empleamos flechas ni dardos. Nada de
corazones sangrantes. Ni un minúsculo arañazo. Esa es nuestra política.”
“No podéis emplear polvo de ese a no ser que ambas partes
os lo pidan.”
“Eso lo sabemos ahora,” dijo Bela.
“Pero entonces no,” dijo Beli. “En cualquier caso, se lo
pasaron pipa. Dulces recuerdos les acompañarán siempre. No todo el mundo tiene
un lío tan tierno como el que tuvieron. Eso perdurará siempre, aunque el final
no fuese feliz.”
“¿Vuestra abuela os aconsejó hacer esto? ¿O fue
estrictamente idea vuestra, niñas?” preguntó Tito Gen.
“No, Genti. ¡No metas la pata tú ahora! Estas no han hecho
nada. No van a admitir haber hecho nada. Tenéis que callaros, nenas,” dijo Tito
Richi. “Como tendría que haberme mordido la lengua yo. Nadie debe saber nada de
esto. Ocurrió hace unos trescientos años y probablemente erais menores de edad.
¿Sabéis lo que es un secreto? Pues esto es un secreto. Guardarlo bien.”
“Teníamos más de siete años.”
“Pero era vuestro primer siglo. A cualquiera se le puede
perdonar y considerar impunemente idiota durante sus primeros cien años. No
necesitáis responder por esto.”
“Lo haré yo. Tan discretamente como me sea posible, pero
ahora siento que he de ayudar a Antojo. Y tal vez incluso encontrar al
rabietas. ¿Dónde se habrá podido esconder ese tío tan bien?”
“Mira que la vas a liar por culpa de tu maldita
curiosidad,” dijo Tito Richi. “Admite que quieres aprender a esconderte tan
indetectablemente como lo ha hecho Umbriano.”
“Quiero encontrarle porque tengo una conciencia que nunca
me permite vivir tranquilo.”
“De eso nada. Es que no sabes dejar las cosas estar,” dijo
Tito Richi.













