325. Los duendes verdes del prestigioso centro de jardinería y vivero Cándida Luna Acaramelada.
“¡No, Beau!” le dije a mi novio. “Ni se te ocurra hacer lo
que estás pensando. No merece la pena, por favor te lo pido.”
“Nadie se carga el jardín de mi novia y se va de rositas. Ni siquiera los cabezas rosas.”
“¿Esos quiénes son?” preguntó Cardo, también muy indignada
y dispuesta a hacer cualquier barbaridad, que yo la conozco bien.
“¡No importa quiénes sean, ni se os ocurra vengaros! Y mucho
menos en el calor del momento,” insistí yo.
“Mira, tú eres tonta,” me dijo Cardo. “Mira que defender
al Binky cuando yo estaba intentando que
la voz mística esa nos dejase esconderle en su cueva. Claro que era un imbécil
el Binky. Y encima le echas la culpa a Papá. ¡Papá es nuestro padre! ¡Y
nosotros defendemos a los nuestros! Puede que en el calor del momento Papi le
haya sugerido al memo del ministro ese que atosigase a Tito Genti, pero seguro
que jamás pensó que ese cretino realmente lo haría. Y con tanto ahínco.”
“¡A ver! Ojalá tengas razón. Quiero pensar que sí. Que sólo
fue una metedura de pata de Papi. ¡Pero menuda metedura de pata! Cuando se trata con gente que está como una
regadera, pues hay que cuidar mucho lo que se dice. Sir Mungo era un ejecutor,
alguien con ganas desmedidas de hacer lo que él consideraba lo correcto.”
“Sí, poniendo todo patas arriba y sobre todo en contra de
la voluntad de todos. Cayese quién cayese. Ahí le has dado. Has puesto el dedo en la
llaga. El Sr. Binky creía que sus intenciones eran las mejores del mundo, que
él sabía más que nadie lo que era lo mejor para todos y que tenía derecho a imponernos
sus ideas y manejarnos como si fuésemos marionetas. No se veía como un igual,
sino como un ser superior con derecho a hacer lo que le daba la gana con los
demás. No sentía ningún respeto por nadie más que por sí mismo. En su opinión, nadie había que
tuviese mejores ideas que él, ni mejores intenciones. Lo hago porque puedo. Tengo
el poder. Y el poder es para usarlo. Eso pensaba. Pues eso en un diccionario es la definición de
avasallar. Eso no se puede hacer, hermanita ultracompasiva,” me dijo Cardo.
“¡Beau! ¿Dónde estás? ¡Quieto parado! No vayas tú ahora a
actuar como el Sr. Binky! Este es mi jardín. Yo decido lo que hacer con este
problema. Respétame un poco. ¿No has oído lo que ha dicho Cardo del Sr. Binky?”
Por un segundo yo había perdido contacto mental con Beau, pero afortunadamente me hizo caso y volvió a contactar.
Y Beau, tras volver
a hacerse visible, dijo, “Está bien.
Este plato lo serviremos frío. Pero esto no queda así.”
“Y para que no quede así, he traído yo gente que te va a
dejar esto como estaba, Brezito,” nos dijo Tito Gentillluvia. “O mejor que
antes, si es que quieres aprovechar para cambiar algo. Es el momento de
decirlo.”
El tito había aparecido en la ruina de mi jardín con Oliver Malva y Silvano Visco, los
duendes verdes del Vivero Cándida Luna Acaramelada, el mejor centro de
jardinería de la isla. Y con Arley. Sí, también había venido mi hermano.
“Gracias,” dije yo. “De corazón. Como estaba, por favor.”
Y yo estaba muy agradecida de veras. Volver a dejar aquello
como estaba me hubiese llevado mucho tiempo y esfuerzo. Y era mejor que se
recuperase el jardín cuanto antes, porque verlo destrozado solo animaba a Beau
y a Cardo a vengarse de los vándalos. Para ellos, ajustar cuentas era
prioritario. Para mí, y creo que para mi tío, restaurar el jardín era lo
primero.
“No van a volver, hermana,” dijo Arley. “Ya saben que lo
que buscan no está aquí.”
“¿Pero saben dónde está?”
“Ni nosotros sabemos dónde habéis metido a Binky. Porque os
lo habéis llevado vosotros. ¿O no?”
Yo asentí con la cabeza. Más bien con las cejas. Ya no me
atrevía ni a decirlo en alto.
“Los jardineros se quedan aquí trabajando. Mientras haya
luz, desbrozarán y recogerán. Por la noche, plantan. Esta noche la luna pasará
por todas sus fases, una tras otra. Es un favor que te hace, Brezo, para que
los duendes puedan plantar de todo en una misma noche. Lo que crece bajo tierra
y lo que crece a nuestra vista. Todo. Nosotros no queremos molestar a los duendes,
así que nos vamos todos a mi casa,” dijo Tito Gen. Y yo sabía que lo decía
porque allí podríamos hablar. “Los buitres no vendrán más por aquí. Ahora están
espiando a tu padre, convencidos de que él
tiene escondido al ministro. Yo mismo me he ocupado de que lo piensen. Jamás
en la vida pensé que algún día me tocaría ayudar a mi persecutor. Pero el mundo
da muchas vueltas.”
En casa de Tito Gen, la Abuelita Sopitas y Perla ya estaban
preparando una merienda-cena. El Tito nos dejó en el comedor para ir a buscar a Mabel. Agapetón, Crispín y su hermano Anselmo ya habían salido a recibirnos, muy contentos, sobre todo de ver a los Lorcanes. El tito logró
sacar a su mujer de la biblioteca y nos pusimos a contarles todo lo sucedido.
“A los que os estáis preguntando quiénes eran los cabezas
rosas, Beau os puede dar ya la respuesta,” dijo el tito.
“La familia del pesado ese. Ni ellos le aguantaban. No
trabajaban con él. Le dejaban ir a su bola.”
“¿El Señor Binky es un hada buitre?” pregunté yo. Nunca le
había visto tomar esa forma.
“No tanto como lo son los más de sus parientes. Pero la
manía de quedarse con todo, esa él también la tenía. A su manera,” dijo Beau.
“Esa gente calcula mucho. Se pasa la vida calculando. Saben
que pueden perder sus poderes y convertirse en mortales si se pasan en sus
manejos más dudosillos. No han herido a ninguno de los Lorcanes para no quedar
mal. Bueno, mal han quedado, pero no tanto como podrían haber quedado,” dijo
Tito Gen. “Nunca se han metido directamente con nosotros. Sus asuntos son con
los de las tinieblas y los mortales. Así los justifican.”
“¿Por qué quieren de
vuelta ahora a la momia esa? Esos no dan puntada sin hilo. Algún negocio
tendrán entre manos,” dijo Beau.
Tito Gen se encogió de hombros. “Supongo que ya nos iremos
enterando. De momento será mejor que no se apoderen de su pariente. Que
hubiesen venido a por él desde el principio. No les hubiese costado nada
reclamarlo por las buenas entonces. Nunca le habéis escondido. Todo el mundo
sabía dónde estaba. De todas formas, siempre le han despreciado y considerado
de segunda categoria. Binky no se entendía bien con su familia. No del todo.”
“¿Y le vas a ayudar?
¿De verdad quieres hacer eso?” Mabel le preguntó a su marido.
“Querer no quiero. Pero habrá que darle una segunda oportunidad.
Se le da a todo el mundo. Y este lleva años anulado. A saber cómo pensará
ahora.”
“¿Una segunda oportunidad de acabar con nosotros, Genti?
Mira que hemos descansado en el rato que ese ha estado k.o.”
“Te van a llamar tonto, Tito,” dijo Cardo.
“Es lo más probable. Pero tal vez tengamos suerte.”



















