335. Llaves de San Pedro a la luz del mediodía
“Distintas cajas requieren distintas llaves,” dijo mi tío
Gentillluvia. “Hemos de utilizar un trébol de cinco hojas para abrir esta.”
E hizo aparecer el segundo cofre que fue robado con el
permiso expreso de las Áureas.
“¿Se hará a la luz de la luna otra vez?” dijo Neferclari.
“Creo que a la luz del mediodía, bonita. ¿Dónde podemos
encontrar tréboles de cinco hojas, Richi? No hay muchos en ninguna parte, ni siquiera
en esta isla, porque tienen que ver con tesoros y nadie quiere que sus tesoros
estén fácilmente disponibles para otros.”
“Yo tengo como ciento cincuenta de esos tréboles en mis
jardines. Pero no sé si alguno de ellos abrirá el segundo cofre de plata. Nunca
los he vinculado a tesoros. De momento sólo son para exhibir, excepto que no se
los he enseñado a nadie. ¿Os gustaría verlos?”
“Es obvio que sí. Ya tenemos bastantes problemas sin tener
que salir a la búsqueda de un trébol de cinco hojas.”
“Os estáis equivocando,” dijo Azulina. “La segunda caja ha
de ser abierta por una llave de San Pedro. Estoy segura que eso fue lo que oí.”
Ricatierra y Gentillluvia cruzaron una mirada.
Azulina les había hecho dudar.
“La niña debe tener razón. Yo estaba tan preocupado por lo
de tener que mangar las cajas que puede que no me haya enterado bien de las
instrucciones para su apertura,” dijo Gen.
“La Áurea resultaba confusa,” dije yo, Brezo. “No hablaba
claro.”
“Es hierba selena a la luz de la luna, llave de San Pedro a
la luz del mediodía y un trébol de cinco hojitas a ninguna luz,” dijo Azulina. “Eso
es lo que dijo la chica de oro.”
“Prometes, niña,” dijo Gentillluvia a Azulina. “Sí que dijo
algo así, o eso exactamente.”
“Vale. Pues las llaves de San Pedro se pueden encontrar
preferentemente cerca de vacas. Donde hay vacas, hay cacavacas,” dijo Ricatierra.
“Y ese es otro nombre para las llaves de San Pedro. Esas flores amarillas
crecen donde las vacas han depositado … aquello que les sobra.”
“Bosta,” dijo Esmeraldo, por si alguien no había entendido
lo que acababa de decir su padre.
“¡Vaya lugar para que se te caigan las llaves!” dijo
Neferclari.
“Pero las llaves que cayeron eran las llaves al reino de
los cielos, así que en cuanto tocaron la bosta, aparecieron bonitas florecitas
ahí mismo.”
“¿Tienes vacas en tu plantación, Richi?” preguntó
Gentillluvia.
“No tengo ni mis diez ovejas. No sé dónde estarán las
ovejas a las que tengo derecho, ahora que los pienso. Las ovejas no son buenas
para las plantas.”
“Pues no te preocupes por ellas ahora si no te has
preocupado hasta ahora, hermano.”
“Esa chica, Betabel, o como se llame, la que se casó con el
No Cambiadito Hambriento que se convirtió en un devorador de basura…¿Es esa una
categoría? Hay una especie o un sindicato de devoradores de basura o algo?”
“Ni idea,” dijo Gentillluvia. “Nunca he oído nada de eso.
Bueno sí que sé que Alpin se transformó en uno, pero no me consta que existan
más, al menos no en plan organizado. Que yo sepa sólo comen basura las alimañas
de siempre.”
“Esa chica estaba cuidando de mis ovejas para mí. Y fue y
se casó con ese tío horrible y espero que no se hayan comido mis ovejas. Él se
comía todo lo que veía. Si lo sabré yo, que ése era mi cuñado.”
“Y lo sigue siendo, aunque hayáis perdido el contacto. Tus
ovejas no son basura. Así que no se las habrá comido, seguro que no.”
“Antes de que le embrujasen, podría haberlo hecho. Claro
que poco antes fue una ostra, y las ostras no comen ovejas. Sólo fitoplancton y
cosas diminutas. Me estoy poniendo nerviosísimo por no saber que ha sido de mis
ovejas.”
“Tus ovejas probablemente estén con la familia de Betabel,
que ellos son todos pastores también,” dije yo.
“¡Pues las quiero de vuelta!”
“Ahora no, Richi, que tenemos mucho que hacer.”
“Yo creo que Betabel ha sido muy irresponsable al no
devolverme mis ovejas antes de meterse a hotelera. ¿Oye, esa es mi cuñada
ahora? ¿O sólo la esposa de mi cuñado?”
“Como acaba de decir Brezo, las tendrán sus parientes.
Sigamos con el asunto del cofre. Llévanos hasta una vaca, Richi.”
“¿Yo? Si no tengo ni un pobre pollo en mi plantación. Sólo mis
perros y gatos y Arcano, el perro de Brana. Y esos son animales domésticos y no
de granja. Quiero mis ovejas de vuelta, ahora que me he acordado de ellas. ¿Y
si están fuera de la isla y se las ha comido un lobo?”
“Escucha, Richi. Llamaré ahora mismo a alguien de mi
oficina y le diré que vaya a por tus ovejas, pero tú deja de montar el número y
condúcenos hasta una vaca.”
“¿Texas?” dijo Richi. “¿Queréis que os lleve a Texas? Eso
está plagado de rosas amarillas, pero no creo que haya llaves de San Pedro por
muy amarillas que sean. No, de ahí no son.”
“Alguien de esta isla tiene que tener una vaca,” dijo Gen. “Pero
primero hay algo que me está distrayendo a mí también. He de dar las gracias a
mis hijas por haber negado que soy su padre ahí delante de Caravinagre. Gracias
por no delatarme, hijas. Quiero pensar que lo hicisteis para que la señora esa
no me comiese por haber dejado que os criase vuestra abuela en lugar de hacerlo
yo mismo.”
“No tenemos ninguna queja contra ti, Señorpapi,” se rieron
las gemelas azules. “Pero esa bruja podría haber visto las cosas de otro modo.”
“Yo también he salvado a mi padre,” dijo Esmeraldo. “Aunque
sigo enfadado con él por pensar en entregarme a Ambívolo.”
“Yo no hice eso. Yo sólo me puse a recordar que una vez un
hombre que era más viejo que las colinas intentó engañarme y hacerse pasar por
mi hijo,” dijo Ricatierra. “Y casi lo consiguió por un tiempo al menos.”
“¿Estabas bebido?” preguntó Esmeraldo.
“¡Desde luego que no! Nunca lo estoy.”
“Entonces eres tonto. Yo estaba intentando buscar una
excusa para ti.”
“¡Ya basta!” exclamó Gentillluvia, alzando un poco la voz,
algo que casi nunca hace. Él tiene una voz muy clara y muy firme y llana, y
cuando habla se le entiende mejor que a cualquiera que conozca yo. “Basta de ovejas
y de gracias y de recuerdos y de otras distracciones. Encontremos una vaca ya.”

















