336. La vaca, el grogoch y el oráculo ámbar
“Grogui,” dijo Neferclari, tapándose la nariz con el pulgar
y el dedo índice.
“¡Por supuesto! Tiene razón la nena,” dijo Gentillluvia.
“No vive en la isla, pero sí vive entre vacas y criaturas semejantes.”
Así que Gentillluvia averiguó dónde vivía en ese momento
Grogui y eso resultó ser el establo de una granja propiedad de una familia
humana. Y aunque no era precisamente un lugar conveniente al que ir, ahí
fuimos. No porque no hubiese vacas en nuestra isla, que las hay, sino porque
parecía lo indicado. Y fuimos afortunados en que Grogui nos recibió con una
sonrisa de oreja a oreja, aunque también apestando tan indecentemente como
siempre. Ahí estaba, cuidando precisamente de una vaca. Y también fuimos afortunados
en que todavía quedaban llavecitas de San Pedro por ese lugar, y en que Grogui
nos permitió coger las que quisimos.
“Las volveré a plantar en casa,” Richi le aseguró al
grogoch, mientras recogía unas cuantas llaves. Él no tiene miedo al estiércol.
Mis otros tíos sí. “No pueden morir, ni ajarse siquiera mientras estén
conmigo.”
Y los tíos dejaron que Esmeraldo hiciese los honores de
abrir el segundo cofrecillo rozándolo ligeramente con un ramito de llaves de
San Pedro bajo el cálido sol del mediodía. Y al abrirse la caja de golpe, hubo
un trompeteo y algo salió volando de ella y antes de que lo pudiésemos pillar
una nube bajó del cielo hasta situarse sobre las cabezas de nuestros tres tíos,
que eran los más altos de entre nosotros.
“¡Hola y bien hallados, tres de los cinco chicos
Buenvecino!” dijo una señora cuya cara cuidadosamente maquillada parecía una
porcelana y que había aparecido en la nube. Y también apareció su mano, con las uñas
genialmente pintadas, y esta sostenía una ficha entre el dedo índice y el pulgar.
Y supimos que había cazado al vuelo la ficha que salió de la caja. “Sé que
hubieseis venido a visitarme de haber leído lo que pone esta carta, así que
para ahorraros la visita he venido a veros yo.” La mujer, mientras decía esto,
partía la ficha en trocitos y se los daba de comer a un cuervo que se había
posado sobre su hombro izquierdo.
“¡Ámbar Sabia! ¡Hola a ti también!” exclamaron mis tíos al
unísono. “¿Qué tal estás?”
“¿Eso qué importa? Estoy aquí, que es lo que cuenta.
Debería bastar. No necesito estar rebosante de alegría para vosotros, ¿verdad?
Útil sí espero ser. Hace como unos trescientos años yo estaba en el taller de
Filo del Tiempo encargando cosas que necesitaba cuando apareció Malina Luzmala arrastrando
a Umbriano Parra de Plata Parry. Mientras él se entretenía examinando unas
copas de oro, Malina me susurró que estaba segura de que Umbriano sólo había
cortejado a Antojo Matricaria porque alguien le había hechizado. Ella insistía
que no podía ser de otro modo. A él no le podía haber gustado ese bol de suero
sin cuajada soso y vomitivo de forma natural. Yo la dije que el suero era algo
picante, así que no la valía esa metáfora. Si quería decir que Antojito era
sosa, tendría que haberla llamado agua marina desalada, o algo así. Pero a
Malina no la interesan las palabras, no es cuidadosa con ellas ni al maldecir.
Y no es muy original en sus maldiciones, aunque sí muestra entusiasmo al
soltarlas. Me dijo que dejase de decir bobadas e insistió en que yo la diese la
razón. `Estoy aquí porque estás aquí tú. He venido a decirte que le has de
informar a Umbriano de que fue embrujado. A mí no me cree, pero a ti sí te
creerá. Se dice que lo sabes todo, así que le vas a decir que le embrujaron, sí
o sí. Me da igual que sea cierto o no, aunque estoy segura de que tuvo que ser
cierto. Se lo vas a decir, porque si no…no respondo de lo que te vaya yo a
hacer a ti.´ Así de borde estaba Malina.”
Una palabra he de decir sobre Ámbar Sabia antes de seguir.
Luego nos dijeron nuestros tíos que esta señora de enorme prestigio es apodada El
Oráculo porque mucha gente la consulta cuando necesitan saber algo del
pasado, presente o futuro que se les escapa. Mucha gente del reino de las hadas
utiliza bolas de cristal y espiaderos y cabezas y tablas parlantes y artilugios
semejantes, pero para las preguntas realmente difíciles acuden a Ámbar. Y ella
les da buenos consejos además de la información que buscan. Informa
correctamente casi siempre, y aunque es un oráculo y a los oráculos a veces no
se les entiende bien, no lo hace mal. Ah, y voy a añadir que Ámbar Sabia es
interesante de ver. Tiene pelo grande, que es del color del ámbar rojo, y es
algo transparente y brilla como cristal. Una arañita ha quedado atrapada en él
desde siglos ha. Dos de los tres ojos de esta señora son del color del ámbar
verde, y el tercero, que se halla en el centro de su frente, es de ámbar
amarillo, magnífico.
“Cuando yo confirmé las sospechas de Malina, sí, la dije,
le embrujaron, pues ella me hizo repetir esto ante Umbriano. Él me escuchó con
interés y todos pensaron que estallaría en ira por el mal genio que tiene, pero
cuando estalló, fue de risa. Rió, y rió, y rió hasta que Malina le hizo parar.
Se negó a enfadarse con quienquiera que le hubiese rociado con pulvis amoris.
Aparentemente su experiencia fue grata y le hizo feliz haber sido embrujado. Él
era la última persona que yo me hubiese imaginado que respondería bien a una
bromita a su costa, pero demostró que no hay quién juzgue a la gente por sus
antecedentes. Desgraciadamente, esto de que estuviese feliz le sentó de patada
a Malina. Empezó a ponerle verde, y él comenzó a responder preguntándola quién
se creía que era ella para decirle lo que podía gustarle y lo que no. Tuvieron
una discusión atroz, lanzándose primero malas palabras, luego sapos y culebras –
¡Madre mía, cómo dejaron el taller de infestado! – y finalmente horribles
maldiciones. Durante el intercambio de maldiciones, Umbriano desapareció,
probablemente para evitar que aquello fuese a todavía mayores. Malina, al ver
que se había quedado sola, empezó a jurar que cobraría venganza ella misma,
puesto que no se podía contar con Umbriano para hacerlo. Y entonces ella
también desapareció, envuelta en llamas y gritando amenazas como una loca. Y
entonces una de las Áureas encontró algo que encontrareis vosotros también si
sois cuidadosos. Pero en ese momento no le dimos importancia e incluso ahora no
estoy segura de qué se trata y de que puede importar. Y ahora he de irme. Abur,
guapitos.”
Y antes de que pudiésemos dar las gracias, se fue. Y
nosotros también nos fuimos, pero no antes de agradecerle a Grogui las
florecitas. ¿Y a dónde fuimos? Pues a la plantación de Ricatierra, para
almorzar y para buscar un trébol de cinco hojas con el que abrir la tercera
caja en la oscuridad.

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