340. Rompiendo hechizos
Azulina no hizo más que hablar y Tito Gentillluvia dijo, “¡Nos
fuimos!” Y nos trasladó de
vuelta a la plantación Ricatierra.
“El hechizo del capullo es un hechizo de reclamo. Hay que
atraer la atención del hechizado y atraerlo hacia uno para romperlo. En este
caso del capullo, el reclamo se hace igual que cuando se saca a alguien de un
estado de coma. Hay que hablar con el afectado e intentar atraer su atención
aunque parezca que no te oye,” dijo la pequeña Azulina, “Hablas y hablas y
tocas música y dices cosas que captarán la atención del espíritu y este acabará
por salir de donde esté y acercarse a ti. En este caso, Umbriano tiene que
salir del capullo.”
“¿Vamos a
tener que pasar horas hablando con el capullo?” preguntó Fuegovivo, que no
parecía muy contento de tener que hacer esto.
“Tú no. Alguien
que realmente le quiera fuera del coma. Es decir, del capullo.”
“Bien,” dijo
Fu.
“Yo quiero
que mi amigo salga del capullo de seda ese,” dijo Ricatierra, “pero la idea de
llevarle a todas partes conmigo mientras me ocupo de mis asuntos, hablándole y
hablándole al mismo tiempo resulta estresante. Ya la misma idea es estresante.
Así que imaginad lo que puede ser hacer eso. Necesitaremos una camilla que se
mueva sola y nos siga a todas partes. Con alas y ruedas. Por si le da por
manifestarse a Umbriano. No vamos a llevar el capullo en la mano o un bolsillo
y caernos patas arriba cuando de pronto se agrande. Umbriano era muy alto.”
“Tal vez
Antojo Matricaria quiera hacer esto,” sugirió Neferclari. “Puede que todavía
ame a Umbriano y quiera recuperarle. ¿Por qué no puede simplemente despertarle
con un beso?”
“Lo
estudiaremos, cielo,” dijo Tito Gen, y se volvió a Azulina y preguntó, “¿Dónde
aprendiste esto de reclamar a gente para sacarla de capullos, tesoro?”
“En un libro
sobre romper hechizos que me regaló el primo Arley por mi Día del Nombre.”
“Ya. Pues
voy a querer uno de esos yo también.”
“Puedo
hacerte una copia, Tito.”
“¿Me la
harías, Azulina? ¿Qué vas a querer que te dé a cambio?
“Me basta
con verte contento.”
“Lo estaré.
Pero creo que podré darte algo mejor. Mientras tanto, creo que la idea de
Neferclari tiene sentido. Hay que tantear a Antojito.”
“Claro,”
dijo Esmeraldo. “Esa está ahí sentada en ese dolmen todo el día sin dar golpe. Podemos
meter el capullo ahí y que se ponga a hablarle hasta que se desenrede o haga lo
que tenga que hacer para soltar a Umbriano. ¿Qué otra cosa tiene que hacer
Antojito? Tal vez hasta intente besar el capullo, como dijo Neferclari.”
Así que los
tres niños, nuestros tres tios, los dos duendecillos Temblor y Escalofrío y yo,
Brezo, que estoy contando esta historia, nos fuimos a ver a Antojo allí en su
dolmen.
“¡Oh!” dijo
Antojo cuando la explicamos todo el asunto. “¡Ay, por favor! Si ni siquiera
estoy segura de querer volver a ver a Umbriano ya nunca jamás.”
“Olvidad lo de que esta bese el capullo,” dijo Neferclari. “Esta no siente amor
verdadero.” Y sacudió su cabecita con
tanta vehemencia que Antojito se avergonzó de si misma y dijo. “Vale. Intentaré
hablar con él mientras esté ahí dentro. Pero cuando salga, me negaré a
dirigirle la palabra.”
Y la pobre
chica lo intentó. Pero…
“Umbriano,
amor mío, soy tu Antojito, por favor sal de ese capullo. ¡Umbriano, hijo de ****! ¿Qué
diablos estás haciendo ahí dentro? ¿Te estás escondiendo de mí, imbécil?
¡Ay! ¡Ay, por favor! ¿Por qué he dicho eso? No era mi intención. Si ni lo he
pensado. En serio, yo nunca digo cosas así. ¿Cómo pudo haber salido eso de mi
boca?”
“Entendemos
que estás ********** enfadada,” dijo Fuegovivo. “Tienes derecho a estarlo.”
“Pero no lo
estoy. No así. Yo nunca diría esas cosas.”
“Pues vuelve
a intentarlo,” dijo Richi.
Antojito
respiró profundamente y entonces dijo, “¡Umbriano, sinvergüenza, pedazo de apestosa
******, sal de una **** vez de donde te escondes y sácame a mí de aquí también,
idiota! ¡Uy! ¡Uy, qué espanto! ¡Por Og! ¡No, no! Eso no es lo que yo
iba a decir.”
“Tal vez sea
esa maldición bajo la que estás tú misma,” aventuró Neferclari. “La que te hizo
dejar de ser un hada bienhechora. La que no te permite hacerle el bien a nadie.
Estás intentando hacerle el bien a Umbriano, pero no puedes.”
“Eso tiene
sentido. ¿No?” preguntó Gen.
“¡Ay, por
favor! ¡No puedo ayudar ni a Umbriano!” sollozó Antojito, estallando en
lágrimas. “Pero esto no debería sorprenderme. No pude ni limpiar la cocina de
mi abuelita. Así es como empecé a darme cuenta de que yo ya no funcionaba
normalmente y me había vuelto inútil.”
“Creo que
primero tendremos que romper el hechizo que te ha inutilizado a ti, Antojo.
Acabar con lo que esté impidiendo que tú hagas el bien,” dijo Gen.
“Pero no
tengo ni idea de que es. ¡Vomita! ¡Vomítame de una **** vez, *****
estúpida!”
“¡Caray!
¿Con quién estás hablando ahora?” preguntó Richi alucinando como todos los
demás.
“Antojo, ¿tú
comes guisantes?” preguntó Gen.
Y antes de
que Antojito pudiese responder, comenzó la pobre a sufrir temblores y sacudidas
como si la estuviesen dando electroshocks. Y hasta Temblor y Escalofrío que
entienden mucho de eso estaban estupefactos. Y Antojo no paró de vibrar hasta
que vomitó…un guisante ligeramente rajado.
“¡Sacadme de este
guisante, panda de desgraciados! ¿A qué esperáis?” gritó una voz que parecía proceder
del guisante. Al mirarlo de cerca, vimos a una mujer imposiblemente diminuta,
tan pequeña que cabía en un guisante, luchando por salir de justo eso.
“¿No veis que estoy atrapada, memos de ******? Yo he hecho todo el ****
esfuerzo que he podido hacer. Ahora os toca ayudarme, atajo de cretinos!”
“No somos
inútiles. Es que no estamos seguros de querer sacarte de ahí,” dijo Fuegovivo,
“sobre todo si resulta que eres la malvada Malina Luzmala. ¿Lo eres? No te
esfuerces en escupir sapos y culebras casi imperceptibles, que cuanto más lo
hagas, menos te querremos socorrer.”
“Veremos lo
que podemos hacer cuando podamos,” dijo Gen. “Cada cosa a su tiempo. Llegas la
última.” El tito hizo aparecer un
tarrito de cristal y unas pinzas y con mucha delicadeza y cuidado recogió el
guisante con las pinzas y lo metió en el tarro. Cerró la tapa bien cerrada e
hizo que el tarro y las pinzas desapareciesen.
“Ahora has
de intentarlo de nuevo, Antojito,” dijo Richi. “Puede que ahora ya puedas.”
“¿Pero que
ha sido todo esto?”
Richi le
explicó a la atónita amiga de su juventud que Malina había sido convertida en un
guisante y que de algún modo Antojo tenía que habérsela tragado.
“Estoy
intentando recordar,” dijo Antojito. “Tengo una memoria prodigiosa. La última
vez que tomé guisantes fue un plato de guisantes y maíz que me preparé en la
cocina de mi abuela. Había un guisante rodando en el suelo que casi pisé, pero
lo recogí y lo limpié un poco con mi delantal, porque estaba mugriento, y
normalmente no como cosas que se han caído, pero estaba tan triste que me
importó un bledo y lo eché al plato. Estaba en la cocina de la Abuelita
Eulalia. Hace siglos de esto. Ella no estaba ahí, pero yo me preparé eso para
comer y lo comí, entre llantos y lágrimas. El guisante no dio ninguna señal de
vida. Yo casi no podía tragar nada, pero tragaba y tragaba, más que morder,
entre sollozo y sollozo. Me lo tragaría entero.”
“Pues sí,
porque ha quedado claro que te tragaste a Malina Luzmala en algún momento,”
dijo Fu.
“¡No lo hice a
propósito! ¡No tenía ni idea!” gritó Antojito, y una vez más estalló en lágrimas.
“Claro que
no, querida,” la dije yo, poniendo una mano en su hombro. “Has estado viviendo
con esa horrible mujer dentro de ti durante cientos de años y ella ha estado
impidiendo que pudieses hacer cualquier intento de ayudar a la gente.”
“Entre mis
pulmones. Ahí creo yo que estaba atascada esa. Siempre he sentido un dolor, un
malestar ahí. Como si una china golpease mi pecho. Yo creía que se trataba de
un trocito de mi corazón roto.”
“Cuando te
tranquilices, volveremos a intentar lo del capullo,” dijo Fu. “Hay que soltar a
Umbriano.
Pero ella no
podía. No podía ni intentarlo. Ahora estaba más alterada que nunca. No quería
saber nada de Umbriano ni de Malina. No quería volver a verles. Y empezó a
llorar y a temblar y nos puso de los nervios a todos. Así que Gen agarró su
bola de cristal y llamó a Henny Parry.
Primero le
pedimos al apotecario que calmase a Antojo. Y él lo hizo, dándole un sedativo.
Ella se acurrucó en su cama y se quedó dormida tras tomarlo. Entonces le tocó a
Tito Gen contar a Henny lo del capullo.
“Lo
intentaré,” dijo Henny, cuando se le pasó un poco el susto, que casi necesitó
tomarse un sedante él también. “Pero mi hermano jamás me ha hecho el menor
caso. Nunca me ha escuchado. No creo que lo haga ahora.”
Mientras
Henny hablaba con el capullo, intentando lo mejor que podía convencer a su
hermano que volviese con nosotros, apareció en el dolmen Ámbivolo Parry. Por lo
visto se había preguntado por qué tardaban tanto de volver sus pajes, Temblor y
Escalofrío, del recado al que les había mandado y les había localizado con su
bola de cristal.
“¿Por qué
estás hablando solo como si estuvieses zumbado?” preguntó Ámbivolo a su hijo
Henny. “¿Qué te está pasando?”
Y entonces
fue Ámbivolo el que se puso como loco, gritando al oír lo que sucedía.
“¡Umbriano! ¡Por lo que
más quieras, sal de ahí! ¿Es que me quieres matar a disgustos? ¿Sabes lo que se siente cuando se ve a un hijo en el estado en el que estás? No lo puedo
soportar. ¡Me meteré yo mismo en un capullo! ¿Por qué me haces esto?”
Y para
sorpresa de todos, el capullo se comenzó a desenroscar. Y conforme se soltaba
el hilo de seda, lo que tenía dentro iba creciendo y creciendo, hasta llegar al
tamaño natural de Umbriano. Y todos los que habíamos estado observando esto
fascinados respiramos aliviados cuando Umbriano se alzó y se quitó de debajo
del trasero el plato en el que había estado yaciendo el capullo y dijo, “No
estoy intentando matar a nadie. Yo no me he hecho esto a mí mismo. O eso creo
recordar.”

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