Para encontrar tu camino en este bosque:

Para llegar al Índice o tabla de contenidos, escribe Prefacio en el buscador que hay a la derecha. Si deseas leer algún capítulo, escribe el número de ese capítulo en el buscador. La obra se puede leer en inglés en el blog Tales of a Minced Forest (talesofamincedforest.blogspot.com)

miércoles, 1 de julio de 2026

323. El buitre y el dolmen

 

323. El buitre y el dolmen

Yo, Dolfitos, el hojita intelectual, estaba sentado bajo la sombra de una rama de manzano en el jardín de Brezo FitzTitania y FitzOberon cuando escuché un grito.

Volé hacía el lugar del que había venido el grito. “¿Qué pasa?” le pregunté a Brezo, pues había sido ella quien había gritado.

“¡Largo! ¡Largo de aquí!” le gritaba Brezo a un enorme pájaro del color de un buitre negro pero del tamaño de un formidable cóndor que estaba observándola con desprecio.

“¡Lárgate!” le grité yo también al pajarraco, y se volvió hacia mi y me miró con un desprecio todavía mayor, como era de suponer que haría.

“No se irá,” dijo Beaurenard Leonado Flynn. “Lo he intentado espantar más veces, pero si se va, sólo es para volver. Y no suelta prenda sobre lo que quiere aquí. Pero debe tener algo que ver con ese tipo que guardas aquí en un ataúd porque siempre se posa sobre esa caja de cristal.”

“¡Ay, qué horror!” dijo Brezo, muy preocupada. “Tal vez deberíamos avisar a Cardo. Ella es más fiera que nosotros tres juntos.”

“Te estoy pidiendo muy educadamente que te vayas de es este lugar, por favor,” le dijo Beau al buitre gigante. “Estás molestando a mi novia. No me hagas volver a espantarte de aquí, que hace mucho calor. Vete ya, que total vas a volver cuando te plazca. Ya nos vamos conociendo.”

El pájaro giró la cabeza y miró a Brezo en lugar de a Beau. Y entonces se fue volando.

“¿Qué puede querer decir esto?” Brezo se acercó al ataúd de cristal y estudió al Sr. Binky. “Parece dormir plácidamente, como si nada le hubiese estorbado. Pero se está haciendo muy joven. Si duerme hasta convertirse en un niño, puede que el buitre se lo lleve para dar de comer a sus crías. ¡Ay, qué idea más espantosa! Esto no puede estar pasando en Isla Manzana. Aquí no hay buitres.”

“Tal vez deberíamos enterrarle en otra parte,” dijo Beau.

“¡Yo sé dónde!” exclamé yo.

Mientras que Tararina y Rosendo habían encontrado sus vocaciones muy temprano en la vida, ella como cantante y él como peluquero, y se dedicaban a sus oficios casi exclusivamente, Azulina y Esmeraldo seguían planteándose que hacer consigo mismos. Ella había aprendido a construir barcos, pero no creía que esa iba a ser su profesión. Él había aprendido que no conviene ser pirata, sobre todo si no te hace falta serlo. Juntos los dos pasaban la mayor parte del tiempo paseando por la enorme plantación de su padre. Sabían que no había necesidad de que ellos se dedicasen a la agricultura, pero paseaban por hacer ejercicio. Y entonces un día, cuando estaba cerca de la entrada a la finca, decidieron salir fuera de esta. No había razón por la que no debían pasear por Isla Manzana, que era el lugar más seguro de cualquier mundo.

“¿Hacia dónde vamos?” Azulina le preguntó a su hermanito. “Puede que la Abuela Divina nos de helado de ese que le gusta si la visitamos. Pero puede que no esté en casa. ¿Vamos al club de golf del abuelo? Ruibarbo nos dará de almorzar, pero es pronto para eso.”

“Y el abuelo igual está de malas,” dijo Esmeraldo. “Mejor no damos la lata ahí.”

“¿Este, oeste, norte o sur?” preguntó Azulina.

“Sigamos al sol,” respondió Esmeraldo. Y eso hicieron hasta que llegó el mediodía.

“¿Dónde estamos?” preguntó Azulina. ”Hace mucho calor y no sabemos dónde estamos pero estamos a salvo y podemos volver a casa sólo con desearlo. Hemos pasado por numerosas casas, algunas muy pintorescas, por chozas humildes y por palacios impresionantes. Me gustaría saber dónde estamos.

“Estamos donde el sol ha alcanzado su cenit,” dijo Esmeraldo. “¿No te basta con saber eso?”

“Está el sol justo encima de esa pequeña colina,” dijo Azulina apuntando a un montículo. “¿Ponemos fin a nuestro paseo aquí o la rodeamos?”

Despacito, rodearon la colina hasta  que llegaron a la parte de atrás de esta que en realidad era la parte frontal. Y allí vieron una enorme piedra horizontal sostenida por dos piedras verticales también enormes que enmarcaban la entrada a una cueva. Una cueva llena de brillante luz amarilla.

“¿Quién vivirá ahí?” se preguntaron.

“No puede ser el sol. No, a pesar de toda esa luz, porque está situado encima de nosotros,” dijo Azulina.

“Voy a enterarme,” dijo Esmeraldo, que siempre estaba listo para una aventura.

Se aproximaron al portal de piedra y una voz salió de dentro de la cueva y dijo, “Por favor no entréis. Esto es una tumba.”

“¡Oh!” dijo Azulina. Ella y Esmeraldo  intercambiaron una mirada antes de que ella le preguntase a la voz, “¿Eres un fantasma?”

 “No y sí.”

“¡Oh! ¿Cómo puede ser eso?” preguntó Azulina.

“¡No puede ser!” contribuyó  Esmeraldo. Y entonce añadió, “¿O sí que puede?”

“No estoy muerta. Pero soy el fantasma de lo que solía ser.”

“¿Y quién eras?” preguntó Esmeraldo.

“Si nos lo permites preguntar,” añadió Azulina.

“Bueno, como ya lo habéis hecho. Yo solía ser un hada auxiliadora, una bienhechora. Los bienhechores vagamos por el mundo de los mortales haciendo el bien. No nos confundáis con las hadas de merecido. Esas hadas premian al que se lo merece, y castigan a los malos.  

“¿Y por qué nos has pedido que nos vayamos en lugar de hacernos el bien?”

“Eso es. Veréis, vosotros parecéis ser niños buenos, respetuosos aunque curiosos. No habéis irrumpido aquí dentro ignorando mi petición de que no lo hagáis. No os he hecho el bien, porque ya no puedo. Alguien me ha embrujado. No puedo hacer el bien a gente buena. Sólo puedo hacer el bien a gente mala. Así que me he construido esta tumba y me he retirado del mundo de los vivos para no hacer daño ayudando a los malos. No tengo tampoco lugar en el mundo de los muertos, puesto que no estoy muerta. Así que lo único que hago es estar sentada aquí. No me puedo ayudar ni a mi misma y no quiero favorecer a gente mala ni volverme mala yo.” 

 “Oh!” exclamó Azulina. “Eso…ese es un problema muy gordo que tienes ahí. Y yo creo que la siguiente pregunta que debemos hacerte es si podemos serte de ayuda. ¿Podemos?”

Yo, Dolfitos, le conté todos esto sobre el dolmen a Brezo y a Beau.

“Tal vez el hada auxiliadora que está dentro del dolmen realmente es un hada bienhechora y no la importe compartir la cámara mortuoria en la que se esconde con Mungo Binky. No hay muchas tumbas en Isla Manzana. Tal vez ninguna aparte de la Maravilla de la Colina del Cáliz,” les dije yo a Brezo y Beau.

“Si llevamos el ataúd allí ahora mismo, mientras no esté presente el buitre ese, tal vez ese no sabrá donde lo hemos llevado. Nos haremos invisibles. También haremos invisible al ataúd. Es muy posible que tengamos una emergencia aquí. Habrá que actuar rápidamente.”

 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario