323. El buitre y el dolmen
Yo, Dolfitos, el hojita intelectual, estaba sentado bajo la
sombra de una rama de manzano en el jardín de Brezo FitzTitania y FitzOberon
cuando escuché un grito.
Volé hacía el lugar del que había venido el grito. “¿Qué
pasa?” le pregunté a Brezo, pues había sido ella quien había gritado.
“¡Largo! ¡Largo de aquí!” le gritaba Brezo a un enorme
pájaro del color de un buitre negro pero del tamaño de un formidable cóndor que
estaba observándola con desprecio.
“¡Lárgate!” le grité yo también al pajarraco, y se volvió
hacia mi y me miró con un desprecio todavía mayor, como era de suponer que
haría.
“No se irá,” dijo Beaurenard Leonado Flynn. “Lo he
intentado espantar más veces, pero si se va, sólo es para volver. Y no suelta
prenda sobre lo que quiere aquí. Pero debe tener algo que ver con ese tipo que
guardas aquí en un ataúd porque siempre se posa sobre esa caja de cristal.”
“¡Ay, qué horror!” dijo Brezo, muy preocupada. “Tal vez
deberíamos avisar a Cardo. Ella es más fiera que nosotros tres juntos.”
“Te estoy pidiendo muy educadamente que te vayas de es este
lugar, por favor,” le dijo Beau al buitre gigante. “Estás molestando a mi
novia. No me hagas volver a espantarte de aquí, que hace mucho calor. Vete ya,
que total vas a volver cuando te plazca. Ya nos vamos conociendo.”
El pájaro giró la cabeza y miró a Brezo en lugar de a Beau.
Y entonces se fue volando.
“¿Qué puede querer decir esto?” Brezo se acercó al ataúd de
cristal y estudió al Sr. Binky. “Parece dormir plácidamente, como si nada le
hubiese estorbado. Pero se está haciendo muy joven. Si duerme hasta convertirse
en un niño, puede que el buitre se lo lleve para dar de comer a sus crías. ¡Ay,
qué idea más espantosa! Esto no puede estar pasando en Isla Manzana. Aquí no
hay buitres.”
“Tal vez deberíamos enterrarle en otra parte,” dijo Beau.
“¡Yo sé dónde!” exclamé yo.
Mientras que Tararina y Rosendo habían encontrado sus
vocaciones muy temprano en la vida, ella como cantante y él como peluquero, y
se dedicaban a sus oficios casi exclusivamente, Azulina y Esmeraldo seguían
planteándose que hacer consigo mismos. Ella había aprendido a construir barcos,
pero no creía que esa iba a ser su profesión. Él había aprendido que no
conviene ser pirata, sobre todo si no te hace falta serlo. Juntos los dos
pasaban la mayor parte del tiempo paseando por la enorme plantación de su
padre. Sabían que no había necesidad de que ellos se dedicasen a la
agricultura, pero paseaban por hacer ejercicio. Y entonces un día, cuando
estaba cerca de la entrada a la finca, decidieron salir fuera de esta. No había
razón por la que no debían pasear por Isla Manzana, que era el lugar más seguro
de cualquier mundo.
“¿Hacia dónde vamos?” Azulina le preguntó a su hermanito.
“Puede que la Abuela Divina nos de helado de ese que le gusta si la visitamos.
Pero puede que no esté en casa. ¿Vamos al club de golf del abuelo? Ruibarbo nos
dará de almorzar, pero es pronto para eso.”
“Y el abuelo igual está de malas,” dijo Esmeraldo. “Mejor
no damos la lata ahí.”
“¿Este, oeste, norte o sur?” preguntó Azulina.
“Sigamos al sol,” respondió Esmeraldo. Y eso hicieron hasta
que llegó el mediodía.
“¿Dónde estamos?” preguntó Azulina. ”Hace mucho calor y no
sabemos dónde estamos pero estamos a salvo y podemos volver a casa sólo con
desearlo. Hemos pasado por numerosas casas, algunas muy pintorescas, por chozas
humildes y por palacios impresionantes. Me gustaría saber dónde estamos.
“Estamos donde el sol ha alcanzado su cenit,” dijo
Esmeraldo. “¿No te basta con saber eso?”
“Está el sol justo encima de esa pequeña colina,” dijo
Azulina apuntando a un montículo. “¿Ponemos fin a nuestro paseo aquí o la
rodeamos?”
Despacito, rodearon la colina hasta que llegaron a la parte de atrás de esta que
en realidad era la parte frontal. Y allí vieron una enorme piedra horizontal
sostenida por dos piedras verticales también enormes que enmarcaban la entrada
a una cueva. Una cueva llena de brillante luz amarilla.
“¿Quién vivirá ahí?” se preguntaron.
“No puede ser el sol. No, a pesar de toda esa luz, porque
está situado encima de nosotros,” dijo Azulina.
“Voy a enterarme,” dijo Esmeraldo, que siempre estaba listo
para una aventura.
Se aproximaron al portal de piedra y una voz salió de
dentro de la cueva y dijo, “Por favor no entréis. Esto es una tumba.”
“¡Oh!” dijo Azulina. Ella y Esmeraldo intercambiaron una mirada antes de que ella le
preguntase a la voz, “¿Eres un fantasma?”
“No y sí.”
“¡Oh! ¿Cómo puede ser eso?” preguntó Azulina.
“¡No puede ser!” contribuyó Esmeraldo. Y entonce añadió, “¿O sí que
puede?”
“No estoy muerta. Pero soy el fantasma de lo que solía
ser.”
“¿Y quién eras?” preguntó Esmeraldo.
“Si nos lo permites preguntar,” añadió Azulina.
“Bueno, como ya lo habéis hecho. Yo solía ser un hada
auxiliadora, una bienhechora. Los bienhechores vagamos por el mundo de los
mortales haciendo el bien. No nos confundáis con las hadas de merecido. Esas
hadas premian al que se lo merece, y castigan a los malos.
“¿Y por qué nos has pedido que nos vayamos en lugar de
hacernos el bien?”
“Eso es. Veréis, vosotros parecéis ser niños buenos,
respetuosos aunque curiosos. No habéis irrumpido aquí dentro ignorando mi
petición de que no lo hagáis. No os he hecho el bien, porque ya no puedo.
Alguien me ha embrujado. No puedo hacer el bien a gente buena. Sólo puedo hacer
el bien a gente mala. Así que me he construido esta tumba y me he retirado del
mundo de los vivos para no hacer daño ayudando a los malos. No tengo tampoco
lugar en el mundo de los muertos, puesto que no estoy muerta. Así que lo único
que hago es estar sentada aquí. No me puedo ayudar ni a mi misma y no quiero
favorecer a gente mala ni volverme mala yo.”
“Oh!” exclamó Azulina. “Eso…ese es un problema muy gordo que tienes ahí. Y yo creo que la siguiente pregunta que debemos hacerte es si podemos serte de ayuda. ¿Podemos?”
Yo, Dolfitos, le conté todos esto sobre el dolmen a Brezo y
a Beau.
“Tal vez el hada auxiliadora que está dentro del dolmen
realmente es un hada bienhechora y no la importe compartir la cámara mortuoria en la que
se esconde con Mungo Binky. No hay muchas tumbas en Isla Manzana. Tal vez
ninguna aparte de la Maravilla de la Colina del Cáliz,” les dije yo a Brezo y
Beau.
“Si llevamos el ataúd allí ahora mismo, mientras no esté
presente el buitre ese, tal vez ese no sabrá donde lo hemos llevado. Nos haremos
invisibles. También haremos invisible al ataúd. Es muy posible que tengamos una
emergencia aquí. Habrá que actuar rápidamente.”

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