326. No hay por qué alarmarse
“Admito que estoy a favor
de la venganza. La encuentro útil. A
veces. Venganza disuasoria. Pero no creas que tu tío no la aprueba. Tú no te
has dado cuenta, pero él ya se ha tomado un pellizco. Él dijo que había
derivado a los buitres hacia tu padre. Les hizo creer que es a él a quien
tienen que espiar.”
Eso estaba pensando Beau
para que yo lo supiese.
“Merecido se lo tiene
Papá,” pensé yo. “Y es una buena alternativa a que nos espíen a ti y a mí, Beau,
que estamos más indefensos. Y esto no va a llegar a nada porque Papá no está
escondiendo nada. ¿Tú crees que Papi se ha dado cuenta de que le están
espiando?”
“¿Cómo puede un buitre
espiarle a uno discretamente? Aunque he de decir que los Cabezasrosas no son
buitres cualquiera. Tienen mucha experiencia en eso de apoderarse de lo que
quieren.”
Antes de que Beau o yo
pudiésemos pensar más, alguien llamó a la puerta del comedor dando un suave
toquecito. Todos nos volvimos para ver quién había anunciado su presencia de
este modo. Y vimos a un caballero menudo pero muy distinguido y todo empapado.
Con pelo azul que se volvía canoso a ratos y gafas. Y yo, al menos, no le había visto antes.
“¡Buenas noches,
Papá!” Mabel le dio la bienvenida. Y
supe que ese era Belvedere el Mnemosinita, también conocido como el Memorión
porque era la memoria de mi abuelo.
“Estoy mojando tu suelo.
Como hago con frecuencia. Siempre me mojo cuando caigo en el mar. Y cada vez me
caigo con más frecuencia. Se me olvida abrir las alas cuando salto de mi
barco.”
Este señor vivía en un
barco. Eso yo lo sabía. Arley me lo había dicho.
“Tu mente está ocupada en
otras cosas, cielo,” dijo Mabel. “Gentie, presenta a tu suegro a toda esta
gente.”
“Él sabe quienes son, y
ahora todos ellos también saben quién es él. Así que simplemente decid hola
todos y ya está.”
“He venido en cuanto he
podido. Por eso salté al mar. No es medianoche. ¿A qué no? Estoy aquí temprano
porque he de deciros que mañana al mediodía recibiréis vía gorrión un mensaje
muy alarmante de Antojo Matricaria.”
“¿Y quién es Antojo,
señor?” preguntó Beau.
“La Voz del interior del
dolmen,” respondió Tito Gen.
“¡Ay, vaya! Deberíamos ir
ahora mismo a ver que le está pasando,” dije yo, levantándome de la mesa.
“¡No, no, no! ¡Qué nadie
se mueva! Antojito no se enterará de que tiene motivos para asustarse hasta
mañana por la mañana. Podéis dormir tranquilos esta noche, y así coger fuerzas
para asustaros mañana. Aunque tampoco hace falta que os asustéis, porque ya os
estoy contando que llegaréis a tiempo de tranquilizarla,” dijo Belvedere. “Me
gustaría sentarme, pero voy a mojar tu silla, Gentillluvia. Sería una pena.
¡Qué bonitas son! ¿Nuevas?”
“Las mojas casi a diario y
no importa nunca,” dijo Tito Gen, “porque compré estas sillas cuando arreglé la
casa y cambié los muebles y elegí sillas impermeables.”
“¡Oh! ¡Cimoso! Siempre
estás en todo, hijo. Creo que ya me has dicho esto antes. Sí, sí que me los has
dicho. Lo recuerdo perfectamente ahora. Claro como el agua,” dijo Belvedere. Y
se fue hasta una silla caminando como lo hacen los marineros. Y se sentó. Sin
mojar nada. El agua se le quedó encima.
No era medianoche, pero
era algo tarde y Tito Gentillluvia nos llevó a casa. Arley se quedó con Mabel y
el Memorión, que iba a ponerse a cenar, porque la abuelita Sopitas le recordó
que convenía hacerlo aunque fuese un hada.
A la mañana siguiente me
desperté escuchando por la ventana de mi dormitorio una conversación entre
Oliver Malva y Silvano Visco y mi tío Ricatierra.
“’¡Aaaaayyy, que dolor! No os lo toméis a mal,
pero me alegro de que eso no me pase,” dijo Tito Richi. “¿Duele mucho cuando os
arrancáis la hierba?”
“¡Nada! Un rollo sí que
es. Estar en eso. Pero estamos acostumbrados y no le damos importancia.”
Cuando estuve lista salí afuera y le dije hola a estos tres y felicité a los jardineros por el gran
trabajo que habían hecho. Mi jardín estaba exactamente como había estado antes
del ataque de los buitres, pero con un brillo especial, como cuando le quitas
el polvo a un objeto bonito. Invité a los duendes y al tito a desayunar, pero
los duendes se excusaron diciendo que tenían que estar en otra parte y se
fueron.
“Lo que no entiendo es
por qué no me llamaste a mí,” me dijo Tito Richi. “Yo podría haber arreglado
este desaguisado para ti.”
“No llamé a nadie. Se
presentaron. Pero tú hubieses dejado mi jardín hecho una maravilla palaciega. Y
esto es más modesto, como yo.”
“Hemos estado comparando
notas, los duendes verdes estos y yo, y la verdad es que lo tienen mucho más
crudo ellos. Pero mira, en realidad estoy aquí porque mis hijos me contaron…eso
que juraron no contar a nadie.”
“Estaba segura de que lo
harían.”
“Si que se chivan, sí.
Pero en realidad yo creo que es que ni saben lo que es el silencio. Por eso no
pueden callarse. Ni poder saber lo que estaban prometiendo. No les estoy
excusando. Pero es que son ruidosísimos. Yo no sabía que los niños eran tan escandalosos. He sido niño y me pregunto si yo gritaba como un energúmeno, pero no lo recuerdo. No me
daría cuenta. Bueno, pero estoy aquí para ayudar. Yo sé más de este asunto que tú. Conozco
a…bueno, a la persona esa que ahora no se distingue de un troglodita. ¿Eran los
trogloditas los que construían…eso que ya sabes.”
“En unas horas recibiré un
mensaje muy alarmante de esa persona,” dije yo. “Pero el Memorión me dijo que
no tenía porque preocuparme por nada.”
“Aún así, yo quiero ser de
ayuda. El Memorión. Quizás quiso decir que yo estaría aquí para resolver el
problema que sea y por eso no debes preocuparte. Ese hombre, Brezito, hace más
por mi padre que yo mismo. Porque siempre está en lo que está. Y apenas
recuerda nada que tenga que ver con su propia vida, esa que ha dejado de tener.
Sólo recuerda lo que es importante para que AEterno pueda mantenerlo todo bajo
control. No sólo en esta isla. En todas partes. Aquí, los isleños no damos
mucha lata. Discutimos continuamente entre nosotros por sandeces, pero la
sangre nunca llega a ninguno de nuestros ríos. Por ejemplo, mis hermanos y yo,
y nuestros primos del norte tenemos una reputación de fatuos y fieras y a veces nos
hacemos cosas horribles, pero nunca llegamos demasiado lejos. Ni haciendo ni
resintiendo. Porque sabemos que no nos interesa tener que sustituir al viejo.
Comenzamos peleas, pero frenamos a tiempo. Imagínate, si yo fuese a desafiar a
Papi y por desgracia le ganase, y me tocase suplantarle, pues tendría que hacer todo lo que él hace para
que pudiésemos vivir tranquilos y no podría limitarme a pasear por mi plantación
sólo de vez en cuando canturreando. No me veo jugando obsesivamente al golf o
al ajedrez para no volverme loco y luego escuchando los rollos que seguro que
suelta el Memorión para saber lo que tengo que hacer. El Memorión. Ni siquiera
le llamamos Tío Belvedere porque no
tenemos ni trato ni confianza con él. Él sólo trata con sus hermanas y su hija
y con Papá, por supuesto. Eso desde mucho antes de que yo naciese.”
“Me alegro de que os
podáis controlar,” dije yo, “porque me pongo muy nerviosa cuando veo peleas.
Por ejemplo, cuando el abuelo finge no saber quién es Tito Genti. Y el tito le toma el pelo.”
“Pobre Genti. Es el único
de nosotros que se ha atrevido a enfrentarse a Papi. Pero no para desbancarle,
nada de eso. Sólo para intentar razonar con él. Todo esto viene de que Gen no
ha querido elegir entre sus dos madres. Esa es la raíz de este pique. El ha
aprendido de Tita Celestial a hacer toda
clase de cosas que le vuelven independiente. Y Papi odia eso. Papi da libertad
a todo el mundo, deja que hagamos lo que queramos, pero no le gusta nada que
vayamos por libre. Le sienta fatal que no elijamos hacer lo que a él le
gustaría que hiciésemos. No es que el pobre Gen haga nada malo. Es que no hace
nada mal. Siempre parece que va a hacerlo todo mejor que cualquiera.”
Y Tito Richi me dijo que pensaba que mi jardín era muy
bonito pero que acababa de inventar nuevas flores que podrían quedar muy bien
aquí. Así que volvimos a recorrer el jardín, que es muy grande, plantando esas
flores por aquí y por allí. Barbazules, tiernos corazones, cítrico ajo rosa, espejitos
Venecíanos y más. Eran espléndidas.
“De mis hijos, Corona de rosas es la única que muestra
interés por las plantas. Siempre me observa cuando voy a crear una flor nueva,
y aplaude cuando lo he hecho. Y si la flor le encanta, vuela hasta mi nariz y
planta allí un besito. Pobre pequeña. Siempre será pequeña. Ya sabes que los
niños que son fantasmas nunca crecen. A no ser que se les ocurra reencarnar y
lleguen a la edad adulta en su nueva vida. Me aterra pensar que un día nos diga
que quiere reencarnar. Pero también me da mucha pena que nunca pueda hacer más
que observar nuestro mundo.”
Y entonces aparecieron los Atsabesitos porque querían jugar
en su casa de muñecas que antes estaba en el Bosque Triturado, en el rincón de
Gatsabé, y que ahora estaba en mi jardín. Y Tito Richi se puso a jugar al
escondite con ellos. Y así pasamos la mañana hasta que mi gorrión Wilberto me
trajo en su piquito una notita que depositó en la palma de mi mano.
Estoy horrorizada. Algo
horrible está sucediendo aquí. Y no consigo entenderlo. Aquí no hay nadie más
que yo, y no sé que hacer con este problema. Por favor venid en cuanto podáis.
Eso decía la nota de Antojo Matriciana.
“Sí que suena alarmante,
sí,” dijo Tito Ricatierra. “Me alivia mucho saber que lo que tenemos aquí no va
a ser realmente un problema.”

No hay comentarios.:
Publicar un comentario