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viernes, 24 de julio de 2026

327. El Gemelo

327. El Gemelo

Tío Richi y yo, Brezo, salimos escopetados en dirección al dolmen de Antojo Matricaria. Beau y Tito Gen llegaron a la vez que nosotros. Y yo casi ni me fijé que la pequeña Neferclari estaba agarrada a mi falda.

“¡Ay, vaya!” dijo la gatita blanca, convirtiéndose en la niña hada que realmente era esta Atsabesita. “No quise rasgarte el vestido. Mis uñitas.”

“No pasa nada,” dije yo. “¿Pero por qué no nos dijiste que querías venir, cielo?”

“Lo hice. Pero tú y el Tío Abuelo Richi estabais tan nerviosos que no me escuchasteis.”

La verdad es que estábamos todos algo nerviosos. Excepto quizás Tito Gen, porque creo que él ya tenía idea de lo que se iba a encontrar allí.

“¡Antojo Matricaria! ¡Soy Gentillluvia! ¿Te acuerdas de mí? ¡Venimos para ayudarte!” anunció mi tío en la entrada del dolmen.

“El hombre que me fue endilgado, de eso va el problema,” dijo la Voz.

“¿Sigue ahí dentro?”

“Sí, aquí dentro. Pero ya no es un hombre.”

“¿Y ahora es un niño?”

“Peor. Es un bebé. Si no se despierta, puede que desaparezca. ¿Eso puede pasar, no?

“No tengo ni idea. Pero corren rumores.”

“¿Y le vas a dar a Binky un azote en el culo para que reaccione como hacen los médicos mortales?” le preguntó Tito Richi a su hermano.

“¡Me niego en redondo a hacer eso!” dijo el tito. “Si no se despierta por su cuenta, que desaparezca.”

Y Antojo Matricaria sacó el ataúd del dolmen de un empujón. Y al ser lanzado de esta manera, el pobre Sr. Binky despertó de golpe y gritó, “¡Uaaaaaaaaah!” Ahí estaba, casi ahogándose entre la ahora enorme ropa que había llevado. Nos miró con los ojitos bien abiertos y se encogió una vez más. Fue la última.

“¡Oh, por Og! ¡Va a necesitar padres!” dijo Tito Richi.

“Ni se te ocurra presentarte voluntario,” dijo Tito Gen.

“Si te lo quieres quedar tú, yo lo entiendo. Tengo tes hijos y tres hijas. Tú sólo tienes dos niñas. Lo justo es que te lo quedes tú.”

“¡No lo quiera el hado!” exclamó Tito Gen.

Yo ya estaba sacando al Sr. Binky del ataúd. Le envolví en su camisa, que ahora parecía gigantesca.

“No creo que a Mungo le haga gracia que yo sea su padre. Sería humillante. Me pongo en su lugar. Si esto estuviese ocurriendo al revés, yo no querría a un Binky como padre. Y mucho menos a este en concreto. Con las agarradas que hemos tenido.”

“Te daría una paga los sábados y te obligaría a pagar impuestos de eso,” asintió Tito Richi. “Acabarías desafiándole, como a Papá.”

“Yo no he desafiado a nadie. Sólo intenté razonar con AEterno.”

“Eso no es una buena idea. No se puede razonar con él. Él lo sabe todo y actúa de formas misteriosas. Una combinación muy difícil. ¿Fuiste infeliz entre nosotros, Genti? Vendaval a veces se mostraba resentido.”

“Para nada. Y Val tampoco fue infeliz de niño. Eso vendría luego. Yo creo recordar que nos llevábamos todos bien. Disputitas entre hermanos habría, pero las normales. Nada serio.”

“Aun así, tener dos padres es estresante. Así que tener tres ha de ser peor.”

“Cuatro. Divina era maravillosa. Cálida y cariñosa y agradablemente excéntrica. Siempre me trató exactamente como yo quería que me tratase. Celestial era casi tan irracional como AEterno. Digo casi, porque ella nunca me pidió que renunciase a él. Excelso me dijo que él sería para mí lo que yo quisiera que fuese. Nunca me dio un solo problema. Sí que me ponía yo un poco triste cuando os tenía que dejar a todos para ir al norte en Noche Vieja. Pero una vez allí, Celestial me mantenía tan ocupado que no tenía tiempo para pensar. Pero curiosamente a pensar por mí mismo fue lo mejor que aprendí allí. Aunque es muy dominante, ella jamás mencionó a AEterno. Nunca me pidió que pasase de él y me quedase con ella todo el año. Creo que ella sabía que yo no iba a renunciar a ella aunque él me presionase. Cuando me tocaba marchar, ella hacía mis maletas en silencio. Y yo me iba sin más. Tal vez en el fondo yo disfrutaba de ser objeto de contienda. Igual me hacía sentirme importante eso de que se peleasen por mí. En cuanto a AEterno, nos distanciamos por culpa del jardín envenenado. La mayoría de los niños hada se van a vivir por su cuenta al cumplir los siete años. Y yo estaba a punto de cumplirlos cuando discutimos. Él me dijo que dejase de chantajearle y me fuese si eso era lo que yo quería y yo me fui. Pero no muy lejos. Aparecía por casa a diario para ayudar a mi madre, tal y como me había enseñado Celestial. De noche dormía en la caseta de los botes. Yo sabía que él sabía que yo estaba ahí, pero los dos fingíamos que no sabíamos nada.”

“¿En el cobertizo de los botes? Yo te ofrecí compartir mi habitación. ¿Te acuerdas de eso?”

“Claro que sí. Llorando amargamente porque creías que me habían echado. Y AEterno intentando que me sintiese culpable porque todos estabais asustados. Eso fue muy amable por tu parte, Richi, lo de ofrecerme cobijo. Caelanoche me prestó su barco. ¿Te acuerdas que tenía un yatecito?  Pues allí dormía yo hasta que me casé con Mabel.”

“¿Y tus hermanos del norte te trataban tan bien como nosotros?”

“Celestial les dijo desde el primer día que ella sólo podía pasar conmigo la mitad del tiempo que pasaba con ellos. Así que me consentiría el doble que a ellos mientras estaba con ella. No creo que ella les importaba tanto a ellos como me importaba a mí. No eran celosos. Sólo aburridos. No tenían interés en aprender a coser ni a tejer ni a fabricar sidra. Ni siquiera en hacer cerveza. Sólo en practicar artes marciales y observar el horizonte. Cargar piedras enormes y arrancar árboles de raíz. Cosas así. En eso pasaban la mayor parte del tiempo.”

“¿Y aprendiste a pelear?”

“Como una fiera. Me vino bien después, cuando tuve que unirme a los prevencionistas.”

Mientras los titos perdían así el tiempo, poniéndose sentimentales recordando su niñez, yo estaba achuchando al Sr. Binky. Y de pronto escuchamos un grito.

“¡PEDUBASTIS! ¡SOCORRO!”

Casi se me cae el bebé del susto.

“¿Qué pasa, tesoro?” Tito Gentillluvia le preguntó a Neferclari muy alarmado.

“No me escucháis. Sólo perdéis el tiempo hablando entre vosotros. Tengo que daros la solución a vuestro problema.”

Es cierto que esta niña habla muy bajito.

Y entonces apareció Pedubastis.

“¡No me escuchan!” protestó Neferclari, haciendo pucheros. “No sirvo para mensajera.”

“Pero si estás a punto de serlo. Has gritado y eso ha captado su atención. Habla ahora que la tienes.”

Pedubastis se llevó al Sr. Binky de mis brazos y la pequeña Neferclari dijo, “Pedubastis y mi tío Arley hablaron ayer al amanecer. Y él habló con ese al que le dicen El Memorión, y ese dijo que Pedubastis tenía la razón y que podíamos entregar este bebé a Penny Olacristalina, que sigue estando en el templo del Gatito  y puede decir que ha tenido gemelos en lugar de un único niño. Eso cuando vuelva con sus padres, los vagos de playa, que todavía no saben nada de nada.”

“¿Penny quién?” dijeron los titos al unísono.

Pedubastis entonces les explicó a mis tíos quién era Pentafloris Olacristalina. Y como eran sus padres, y como esta chica había parido en secreto al hijo de un mortal con el que ya no tenía nada que ver. Los titos se miraron y asintieron con la cabeza.

“Si mi suegro dice que esto nos vale, pues supongo que valdrá,” dijo Tito Gen. “No hay mayor garantía.”

“Hagámoslo pues. Puede que estemos robando a Mungo Johnny, pero las hadas tienen costumbre de raptar a gente. ¿O no?” dijo Tito Ricatierra. “Yo se algo sobre secuestros. Aunque siempre he sido la victima. No es tan malo como parece. Bueno, no siempre. Pero nosotros le haremos el bien a este crío.”

“Normalmente nunca haría yo algo así,” dijo Tito Gen, ”pero la familia de Mungo nunca le ha tenido en gran consideración. No han mostrado interés alguno por su suerte en años. En realidad nunca, diría yo. A saber por qué le andan buscando ahora.”

“Esa gente explota a los humanos,” dijo Tito Richi. “Obi dice que es el sentimiento de culpa lo que ha hecho que Mungo se obsesione con los mortales. Una familia de vagos de playa no podría ser más distinta a la que ha tenido hasta ahora. Tal vez esté más feliz entre los vagos.”

“En cualquier caso, le esconderemos entre ellos hasta que sea capaz de razonar.”

“¿Tú crees que alguna vez ha sido capaz de eso?”

“Quiero decir que hasta que él sepa lo que quiere. Ha pasado años tumbado en un ataúd. Pasar una nueva infancia viviendo junto al mar no puede ser tan horrible.”

“¡Vaya, pues parece que que vamos a raptarle! ¿Puedo ser yo el que le robe y entregue a esa Penny? Nunca he secuestrado a nadie. Y yo pensaba que hoy me iba aburrir muchísimo.”

“Ninguno de vosotros va a hacer nada, señoritos,” dijo Pedubastis. “El templo lo hará por ustedes. Yo me llevaré a este crio al templo y se lo daré a Penny. Así, si tenemos un problema con los buitres, podré decir que me lo encontré solito y nadie podrá haceros responder por esto.”

“¿Por qué es todo el mundo mas sensato que yo?” preguntó Tito Richi a Pedubastis.

Ella sacudió la cabeza y todos nos fuimos al Templo de Mayet. Sí, todos, porque los titos dijeron que había que proveer por el niño y también darle algo a Penny por las molestias, para que pudiese criar a BInky y a su hijo posiblemente humano sin que les faltase de nada.

“Posiblemente humano quiere decir  posiblemente  mortal,” dijo Neferclari. “¿Cuándo vamos a saber seguro si ese niño de Penny es mortal o no? ¿Cuándo de pronto caiga muerto?”

Tito Richi y Tito Gen se miraron. Y Tito Richi asintió con la cabeza.

“Díselo,” dijo.

“No se le puede dejar solo,” le explicó Tito Gen a Neferclari. “Los niños de mujeres hada y hombres mortales pueden tener muchos dones y talentos y habilidades, pero eso no significa que no se puedan convertir en fantasmas de sopetón. Sin el menor aviso previo. Alguien tiene que estar ahí preparado para salvarles de ese destino si están a punto de pringarla.”

“¿Incluso cuando son adultos?” preguntó la Atsabesita.

“Me temo que sí. Solo comer de nuestra comida no garantiza la inmortalidad. No suele suceder que mueran en nuestro mundo. Por eso les pedimos que no vayan al mundo de los mortales. Y mucho menos sin  acompañantes. Allí es donde tienen más probabilidades de caer fulminados de repente. Y si uno de nosotros no se da cuenta a tiempo y les arrastra devuelta al mundo de las hadas y les mete comida nuestra en la boca, pues la pringan en un latido de corazón. Pero se convierten en fantasmas, así que no es algo tan definitivo.”

“Esta Penny es bastante mona. ¿No crees?” preguntó Tito Richi a su hermano cuando vimos a Pentafloris.

“¡Ay, Richi!” dijo Tito Gen sacudiendo la cabeza.

“Sólo he querido decir que Mungo va a tener una mamá bonita. Joven y con pinta de alegre.”

“¿Alegre? Insensata y despreocupada, lo más probable,” murmuró Tito Gen. “Pero si mi suegro dice que vale…”

Pedubastis  ya había hablado con Penny y había llegado a un acuerdo y todo lo que los titos tuvieron que hacer fue darle a Penny una de esas chaquetas que siempre tienen un bolsillo lleno de monedas de oro, a pesar de que no iba a vivir en Isla Manzana, y también dos chaquetitas iguales pero enanas, una  para cada niño. Tito Gen la advirtió a Penny que no debía de darles las chaquetas a los niños hasta que no hubiesen cumplido los siete años. Él iba a dejarse caer de vez en cuando por la choza de la playa donde iban a vivir para ver si todo iba bien. Y ella debería llamarle si le hacía falta algo.

“Se llama Mungo John,” dijo Tito Richi a Penny. “Pero como va a vivir de incógnito, sugiero que le des otro nombre. Uno bien distinto.”

“Este niño se llama Sunny, como el sol,” dijo Penny señalando a su hijo. “Así que quizás a ese otro debería llamarle Moony, como la luna.”

“Mientras no se convierta en un lunático,” dijo Tito Richi.

“No entremos en eso ahora,” dijo Tito Gen. “Todo va a salir bien. El mismísimo Mnemosino ha dicho que así será. Y a la primera señal de un problema, tú me llamas. Ya te he dicho eso, Penny.

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