331. Filo del Tiempo y sus áureas hijas
En alguna parte de un barrio de Isla Manzana. Una calle
siempre cubierta por brumas, brumas bajitas que a penas alcanzan las copas de
la mayoría de los árboles que crecen ahí. Ahora un jardín que no es más que una
gran esplanada de césped moteado por dientes de león, un edificio cuadrado de
color rosa y de cuatro plantas, con una azotea medio cubierta por un techo de
cristal de un dorado cegador de día que se vuelve profundamente negro de noche.
Y en las distintas plantas, muchas ventanas, todas con las persianas bajadas.
Pero también en la planta baja una puerta doble que no parece estar cerrada si
te fijas bien. Hay en ella un cartel púrpura muy pequeñito con letra azul
menudísima que dice, “Si quieres entrar, hazlo sin llamar.” Y una vez que
hubieses entrado, otro pequeño cartel de color lavanda que reza en letras de un
rosa oscuro, “Lo más probable es que estemos arriba. Empieza a subir las
escaleras.”
Y ahora, de cerca, el sonido de cánticos dulces y bajitos.
“Gira,
gira y teje oro, gira como la tierra gira alrededor del sol. Gira como las
agujas del reloj giran tejiendo tiempo. Girar, girar, y tejer, tejer, hermanas,
girar y tejer. Sólo necesitamos un rayito de sol, un haz de luz, un destello.
¡Hermanas, girar y tejer! ”
Nicolás Filomelo, impresionantemente más viejo que las
colinas o cualquier otra cosa más vieja aun, con los ojos amarillos de un
felino de ojos dorados y con la barba y pelo blancos y trenzados más largos y esponjosos jamás vistos en el mundo de las hadas, es, según dicen, nada menos que quien
tejió la Red del Tiempo. Una vez que hizo eso, ya no había manera de obtener
más tiempo del que él había tejido. Algunos dicen que la culpa de eso la tiene
AEterno, porque puso fin a esa obra. Otros dicen que Filo del Tiempo
simplemente se quedó sin los materiales que utilizaba para tejer tiempo. En
cualquier caso, Filo ya no teje tiempo y no puede darle a nadie más tiempo del
que ya se repartió. Pero sí que sigue teniendo un taller que te puede
proporcionar muchas otras cosas que puedes codiciar. Siempre que sepas cómo
pedírselas.
En este taller, que está situado en la azotea del
edificio pues el resto de las plantas constituyen el hogar de Filo, trabajan
siete chicas de oro, conocidas colectivamente como las Áureas. Filo las llama
sus hijas, pues él mismo las tejió de oro. Son gratas a la vista y cantan muy
agradablemente canciones pegadizas mientras trabajan. Estas chicas tejen todas
las monedas de oro que llenan los bolsillos de las chaquetas que Isla Manzana
reparte entre las hadas que la habitan. También tejen estas chicas otras cosas
de oro, como joyería, claro, pero también copas de la dicha, vajillas para las
mesas más pretenciosas, ropa que te vuelve atractivo a los ladrones y hasta
partes del cuerpo, sobre todo pelo de oro macizo para gente que quiere
desesperadamente ser deseada por razones equivocadas.
Las tejedoras no tejen como lo hacen otros tejedores. Estas se colocan unas ruedas alrededor de la cintura y empiezan a hacerlas girar como si fuesen hula hoops. A veces, ellas mismas giran como derviches. Y cuando ya giran como peonzas, sólo mirarlas marea. Van más y más rápido y cosas comienzan a caer al suelo, aparentemente salidas de la nada. Pero sólo tejen de diez a cuatro porque es esa luz la que necesitan para hacer su magia. Y a parte del contrato que tienen con Titania para tejer el oro de Isla Manzana sólo aceptan encargas para hilar cosas específicas. No crean objetos para luego venderlos sin que se trate de encargos.
Resultó que Filo no tenía nada que decir sobre la
desaparición de Umbriano porque AEterno hacía siglos que había confiscado la
Red del Tiempo y la había escondido a buenísimo recaudo. Así que Filo no pudo
consultar la red para ver que le había pasado al hijo de Ambívolo. Y por esto
Ambívolo volvió a despotricar, ahora contra AEterno, por no ser nada
transparente, sino obsesivamente misterioso y Esmeraldo volvió a darle una
patada en la espinilla al gran Ambívolo, esta vez en la izquierda, por maldecir
a su abuelito.
“¡AYYY!” dijo Ambívolo, y tras ese quejido preguntó, “¿De
quién es este niño?”
“Mío,” admitió Ricatierra. “Siento que te haya hecho daño,
pero no sé si debo pedirte perdón en su nombre o no. AEterno es mi padre y tú
has lanzado maldiciones contra toda su estirpe. Y yo y todos los niños que hay aquí lo somos. Y
Genti también. ¿Tendremos que ofendernos, Genti?”
“Gemito, cariño,” dije yo, Brezo, antes de que mi tío pudiese
responder a mi otro tío, “a las palabras se contesta con palabras, no con
patadas.”
“Quieres decir que debí de haber maldecido a este burro en
lugar de darle una patada como una mula?”
“No exactamente, seguro,” dijo Gentillluvia, contestando al
chico antes de que yo pudiese. Creo que
esa respuesta también podía valerle a la pregunta de Ricatierra.
“Pues a ti probablemente no te ha importado nada oír como
maldecían a tu padre porque él te cae fatal, pero mi abuelito es mi
abuelito y yo tengo que defender lo que es mío.”
“¿Qué dices? Yo nunca he dicho que no me guste AEterno. A veces no me gusta como hace las
cosas. Eso es todo. Y no me hables con descaro, niño. He tenido mis roces con
críos impertinentes y siempre he salido ganando yo. Ejerce caución porque advertido
quedas.”
“A ti no te gustan los niños porque no tienes hijos, y no
los tienes porque tú no les gustas a ellos,” dijo Esmeraldo.
“Tengo dos hijas y están ahí mismo a tu vera.”
“Pues métete con ellas por haber comenzado este lío que
ahora intentas solucionar y deja de incordiarme a mí.”
“¿QUE?” dijeron las gemelas azules a la vez.
“¡Ay, por favor!” suspiró Ricatierra. “¿Voy a tener que
hacer algo por esto?”
“¡No, no!” dijo Ambívolo. “No me estáis entendiendo. Me
gusta este niño valiente. Hasta se ha atrevido a llamarme borrico. Hay que
tener narices. Es osado y defiende a su familia. Esas son cualidades que
respeto. Le admiro. Pregunté de quién era porque estaba pensando en quedármelo
yo de estar disponible.”
“Mi mujer me mata si te regalo a Esmeraldo,” dijo
Ricatierra, "aunque la verdad sea dicha, una vez tuve que deshacerme de algo así como un hijo mío, Fisipki se llamaba, porque -"
“¿QUE?”
gritó
Esmeraldo.
“¡Ay, por favor!” suspiró Ricatierra.
Pero antes de que Richi pudiese decir más, Genti intervino.
“¿Lo ves, niño simpático? Como te diría mi padre, que es tu abuelo, si esto fuese
con él, tú dijiste que a mí no me gustaba mi padre y ahora tú tienes problemas
con el tuyo. Así funcionan las cosas en esta isla. Y merecido te lo tienes.”
“Sí. Eso diría Papá,” asintió Ricatierra. “Eso es típico de
tu abuelito, Esmeraldo. Da miedo lo mucho que tu tío se va pareciendo a él día
tras día.”
"¡Bah!" dijo Gentillluvia.
Estábamos tan metidos en nuestros asuntos personales que
una de las siete Áureas tuvo que dejar su rueca para decirnos algo que nos devolvería
al asunto que habíamos acudido allí a tratar.
“Todo lo que os puedo decir de Malina Luzmala es que yo
misma tejí cabello de oro para ella y se lo implanté en la cabellera y que ella
volvió a la semana gritando que quería que se lo quitase de la cabeza. Admitió
que tenía la ventaja de que evitaba que tuviese que teñirse cada quince días,
pero era peligroso llevarlo en algunos de los lugares que frecuentaba porque
atraía admiradores no deseados. Así que se lo arranqué de raíz de la cabeza,
pelo por pelo y no a puñados para que no se rompiese por accidente. Y eso
duele, así que mientras estábamos en ello, ella gritó y maldijo horriblemente.”
“Horriblemente horriblemente,” dijeron suavemente las
restantes Áureas.
“Como si no la hubiésemos advertido que eso ocurriría,”
siguió diciendo la muchacha que había trabajado el pelo de Malina.” Así que
convertí los cabellos de oro en una peluca para que los pudiese lucir cuando y
donde la apeteciese y no siempre y en todas partes. No puedes ir a cualquier
parte con pelo de oro macizo sin que alguien quiera arrancártelo por avaricia o
envidia.”
“Se lo advertimos, se lo advertimos,” murmuraron las otras Áureas. “Tres veces siete veces. Eso es veintiuna veces, por si no sabéis
multiplicar.”
“Y hasta volví a coser su pelo original, pelo por pelo a su
cabellera. Y lo hice gratis, aunque no nos podía demandar porque estaba
advertida de los que podía pasar.”
“Advertida, advertida. Tres veces siete veces,” añadió
vehementemente el coro de Áureas. “Eso es veintiuna veces. Deberían bastar. ”
“Nadie sabe tan bien como nosotras lo que es que te quieran
por razones equivocadas,” nos explicó la primera Aurea. “Así que no nos
mezclamos mucho con nadie. En general nos mantenemos apartadas y apenas salimos
y tenemos mucho cuidado al elegir quién nos va a poder ver y si ligamos con
alguien es cosa de una noche. En cuanto se le ha pasado la sorpresa al
individuo elegido, nos volvemos a casa corriendo. La confianza da asco. No
queremos que nos corten en pedazos y los vendan.”
“Eso no puede pasar en esta isla,” dijo Gentillluvia.
“Claro que no. Por eso no salimos de ella. Antes, de
jóvenes, sí. Pero ahora hemos madurado. Sólo nos divertimos en los círculos de
hadas de aquí.”
“¿Qué más sabéis de Malina?” preguntó Gentillluvia.
“Lo que sabemos de nuestros clientes lo guardamos en cajas
de plata. No tejemos plata, y ese metal no es amable con nosotras, así que
apenas tocamos esas cajas, salvo cuando las abrimos para guardar información y
acto seguido las cerramos.”
Y la chica apuntó a
una estantería que ocupada toda una pared del taller. En cada estante había
cofrecitos de plata, todos numerados.
“Los números 13513,
13514 y 13515 son de clientas que
podrían daros información sobre este asunto. Desgraciadamente, hemos de ser
discretas y no podemos daros esas cajas. Pero podemos mirar para otra parte
mientras las mangáis.”
“¿Robarlas?” preguntó Richi. “Pero si no somos ladrones.”
“Uno de vosotros tendrá que serlo si queréis esa
información. Ahora nosotras y nuestro padre os daremos la espalda y vosotros
haced lo que os parezca.”
No ocurrió a la primera, pero dijeron que nos darían tres
oportunidades y a la tercera, los tres cofres desaparecieron.
“Bien,” dijeron las Áureas al unísono. “Pues eso es todo lo que
podemos hacer por vosotros si no queréis otra cosa.”



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