Para encontrar tu camino en este bosque:

Para llegar al Índice o tabla de contenidos, escribe Prefacio en el buscador que hay a la derecha. Si deseas leer algún capítulo, escribe el número de ese capítulo en el buscador. La obra se puede leer en inglés en el blog Tales of a Minced Forest (talesofamincedforest.blogspot.com)

domingo, 30 de agosto de 2026

331. Filo del Tiempo y sus áureas hijas

331. Filo del Tiempo y sus áureas hijas

En alguna parte de un barrio de Isla Manzana. Una calle siempre cubierta por brumas, brumas bajitas que a penas alcanzan las copas de la mayoría de los árboles que crecen ahí. Ahora un jardín que no es más que una gran esplanada de césped moteado por dientes de león, un edificio cuadrado de color rosa y de cuatro plantas, con una azotea medio cubierta por un techo de cristal de un dorado cegador de día que se vuelve profundamente negro de noche. Y en las distintas plantas, muchas ventanas, todas con las persianas bajadas. Pero también en la planta baja una puerta doble que no parece estar cerrada si te fijas bien. Hay en ella un cartel púrpura muy pequeñito con letra azul menudísima que dice, “Si quieres entrar, hazlo sin llamar.” Y una vez que hubieses entrado, otro pequeño cartel de color lavanda que reza en letras de un rosa oscuro, “Lo más probable es que estemos arriba. Empieza a subir las escaleras.”

Y ahora, de cerca, el sonido de cánticos dulces y bajitos.

“Gira, gira y teje oro, gira como la tierra gira alrededor del sol. Gira como las agujas del reloj giran tejiendo tiempo. Girar, girar, y tejer, tejer, hermanas, girar y tejer. Sólo necesitamos un rayito de sol, un haz de luz, un destello. ¡Hermanas, girar y tejer! ”

Nicolás Filomelo, impresionantemente más viejo que las colinas o cualquier otra cosa más vieja aun, con los ojos amarillos de un felino de ojos dorados  y con la  barba y pelo blancos y trenzados más largos y esponjosos jamás vistos en el mundo de las hadas, es, según dicen, nada menos que quien tejió la Red del Tiempo. Una vez que hizo eso, ya no había manera de obtener más tiempo del que él había tejido. Algunos dicen que la culpa de eso la tiene AEterno, porque puso fin a esa obra. Otros dicen que Filo del Tiempo simplemente se quedó sin los materiales que utilizaba para tejer tiempo. En cualquier caso, Filo ya no teje tiempo y no puede darle a nadie más tiempo del que ya se repartió. Pero sí que sigue teniendo un taller que te puede proporcionar muchas otras cosas que puedes codiciar. Siempre que sepas cómo pedírselas.

En este taller, que está situado en la azotea del edificio pues el resto de las plantas constituyen el hogar de Filo, trabajan siete chicas de oro, conocidas colectivamente como las Áureas. Filo las llama sus hijas, pues él mismo las tejió de oro. Son gratas a la vista y cantan muy agradablemente canciones pegadizas mientras trabajan. Estas chicas tejen todas las monedas de oro que llenan los bolsillos de las chaquetas que Isla Manzana reparte entre las hadas que la habitan. También tejen estas chicas otras cosas de oro, como joyería, claro, pero también copas de la dicha, vajillas para las mesas más pretenciosas, ropa que te vuelve atractivo a los ladrones y hasta partes del cuerpo, sobre todo pelo de oro macizo para gente que quiere desesperadamente ser deseada por razones equivocadas.

Las tejedoras no tejen como lo hacen otros tejedores. Estas se colocan unas ruedas alrededor de la cintura y empiezan a hacerlas girar como si fuesen hula hoops. A veces, ellas mismas giran como derviches. Y cuando ya giran como peonzas, sólo mirarlas marea. Van más y más rápido y cosas comienzan a caer al suelo, aparentemente salidas de la nada. Pero sólo tejen de diez a cuatro porque es esa luz la que necesitan para hacer su magia. Y a parte del contrato que tienen con Titania para tejer el oro de Isla Manzana sólo aceptan encargas para hilar cosas específicas. No crean objetos para luego venderlos sin que se trate de encargos.

Resultó que Filo no tenía nada que decir sobre la desaparición de Umbriano porque AEterno hacía siglos que había confiscado la Red del Tiempo y la había escondido a buenísimo recaudo. Así que Filo no pudo consultar la red para ver que le había pasado al hijo de Ambívolo. Y por esto Ambívolo volvió a despotricar, ahora contra AEterno, por no ser nada transparente, sino obsesivamente misterioso y Esmeraldo volvió a darle una patada en la espinilla al gran Ambívolo, esta vez en la izquierda, por maldecir a su abuelito.

“¡AYYY!” dijo Ambívolo, y tras ese quejido preguntó, “¿De quién es este niño?”

“Mío,” admitió Ricatierra. “Siento que te haya hecho daño, pero no sé si debo pedirte perdón en su nombre o no. AEterno es mi padre y tú has lanzado maldiciones contra toda su estirpe. Y yo  y todos los niños que hay aquí lo somos. Y Genti también. ¿Tendremos que ofendernos, Genti?”

“Gemito, cariño,” dije yo, Brezo, antes de que mi tío pudiese responder a mi otro tío, “a las palabras se contesta con palabras, no con patadas.”

“Quieres decir que debí de haber maldecido a este burro en lugar de darle una patada como una mula?”

“No exactamente, seguro,” dijo Gentillluvia, contestando al chico antes de que yo pudiese.  Creo que esa respuesta también podía valerle a la pregunta de Ricatierra.

“Pues a ti probablemente no te ha importado nada oír como maldecían a tu padre porque él te cae fatal, pero mi abuelito es mi abuelito y yo tengo que defender lo que es mío.”

“¿Qué dices? Yo nunca he dicho que no me guste  AEterno. A veces no me gusta como hace las cosas. Eso es todo. Y no me hables con descaro, niño. He tenido mis roces con críos impertinentes y siempre he salido ganando yo. Ejerce caución porque advertido quedas.”

“A ti no te gustan los niños porque no tienes hijos, y no los tienes porque tú no les gustas a ellos,” dijo Esmeraldo.

“Tengo dos hijas y están ahí mismo a tu vera.”

“Pues métete con ellas por haber comenzado este lío que ahora intentas solucionar y deja de incordiarme a mí.”

“¿QUE?” dijeron las gemelas azules a la vez.

“¡Ay, por favor!” suspiró Ricatierra. “¿Voy a tener que hacer algo por esto?”

“¡No, no!” dijo Ambívolo. “No me estáis entendiendo. Me gusta este niño valiente. Hasta se ha atrevido a llamarme borrico. Hay que tener narices. Es osado y defiende a su familia. Esas son cualidades que respeto. Le admiro. Pregunté de quién era porque estaba pensando en quedármelo yo de estar disponible.”

“Mi mujer me mata si te regalo a Esmeraldo,” dijo Ricatierra, "aunque la verdad sea dicha, una vez tuve que deshacerme de algo así como un hijo mío, Fisipki se llamaba, porque -" 

“¿QUE?” gritó Esmeraldo.

“¡Ay, por favor!” suspiró Ricatierra.

Pero antes de que Richi pudiese decir más, Genti intervino. “¿Lo ves, niño simpático? Como te diría mi padre, que es tu abuelo, si esto fuese con él, tú dijiste que a mí no me gustaba mi padre y ahora tú tienes problemas con el tuyo. Así funcionan las cosas en esta isla. Y merecido te lo tienes.”

“Sí. Eso diría Papá,” asintió Ricatierra. “Eso es típico de tu abuelito, Esmeraldo. Da miedo lo mucho que tu tío se va pareciendo a él día tras día.”

"¡Bah!" dijo Gentillluvia.

Estábamos tan metidos en nuestros asuntos personales que una de las siete Áureas tuvo que dejar su rueca para decirnos algo que nos devolvería al asunto que habíamos acudido allí a tratar.

“Todo lo que os puedo decir de Malina Luzmala es que yo misma tejí cabello de oro para ella y se lo implanté en la cabellera y que ella volvió a la semana gritando que quería que se lo quitase de la cabeza. Admitió que tenía la ventaja de que evitaba que tuviese que teñirse cada quince días, pero era peligroso llevarlo en algunos de los lugares que frecuentaba porque atraía admiradores no deseados. Así que se lo arranqué de raíz de la cabeza, pelo por pelo y no a puñados para que no se rompiese por accidente. Y eso duele, así que mientras estábamos en ello, ella gritó y maldijo horriblemente.”

“Horriblemente horriblemente,” dijeron suavemente las restantes Áureas.

“Como si no la hubiésemos advertido que eso ocurriría,” siguió diciendo la muchacha que había trabajado el pelo de Malina.” Así que convertí los cabellos de oro en una peluca para que los pudiese lucir cuando y donde la apeteciese y no siempre y en todas partes. No puedes ir a cualquier parte con pelo de oro macizo sin que alguien quiera arrancártelo por avaricia o envidia.”

“Se lo advertimos, se lo advertimos,” murmuraron las otras Áureas. “Tres veces siete veces. Eso es veintiuna veces, por si no sabéis multiplicar.”

“Y hasta volví a coser su pelo original, pelo por pelo a su cabellera. Y lo hice gratis, aunque no nos podía demandar porque estaba advertida de los que podía pasar.”

“Advertida, advertida. Tres veces siete veces,” añadió vehementemente el coro de Áureas. “Eso es veintiuna veces. Deberían bastar. ”

“Nadie sabe tan bien como nosotras lo que es que te quieran por razones equivocadas,” nos explicó la primera Aurea. “Así que no nos mezclamos mucho con nadie. En general nos mantenemos apartadas y apenas salimos y tenemos mucho cuidado al elegir quién nos va a poder ver y si ligamos con alguien es cosa de una noche. En cuanto se le ha pasado la sorpresa al individuo elegido, nos volvemos a casa corriendo. La confianza da asco. No queremos que nos corten en pedazos y los vendan.”

“Eso no puede pasar en esta isla,” dijo Gentillluvia.

“Claro que no. Por eso no salimos de ella. Antes, de jóvenes, sí. Pero ahora hemos madurado. Sólo nos divertimos en los círculos de hadas de aquí.”

“¿Qué más sabéis de Malina?” preguntó Gentillluvia.

“Lo que sabemos de nuestros clientes lo guardamos en cajas de plata. No tejemos plata, y ese metal no es amable con nosotras, así que apenas tocamos esas cajas, salvo cuando las abrimos para guardar información y acto seguido las cerramos.”

 Y la chica apuntó a una estantería que ocupada toda una pared del taller. En cada estante había cofrecitos de plata, todos numerados.

“Los números  13513, 13514 y 13515  son de clientas que podrían daros información sobre este asunto. Desgraciadamente, hemos de ser discretas y no podemos daros esas cajas. Pero podemos mirar para otra parte mientras las mangáis.”

“¿Robarlas?” preguntó Richi. “Pero si no somos ladrones.”

“Uno de vosotros tendrá que serlo si queréis esa información. Ahora nosotras y nuestro padre os daremos la espalda y vosotros haced lo que os parezca.”

No ocurrió a la primera, pero dijeron que nos darían tres oportunidades y a la tercera, los tres cofres desaparecieron.

“Bien,” dijeron las Áureas al unísono. “Pues eso es todo lo que podemos hacer por vosotros si no queréis otra cosa.”

No hay comentarios.:

Publicar un comentario