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martes, 8 de septiembre de 2026

332. La primera llave: selena a la luz de la luna

 

332. La primera llave: selena a la luz de la luna

La plantación Ricatierra a la luz de la luna. El jardín donde Ricatierra crea flores nuevas. Mis tíos Ricatierra y Gentillluvia, las mayores de mis primas carnales, es decir, las Gemelas Azules, dos de los menores de mis primos carnales, Azulina y Esmeraldo, mi sobrina Neferclari, y yo, Brezo, y claro, Beaurenard, que siempre está en mi mente aunque no esté físicamente presente. Todos estamos de pie, formando un círculo. Y dentro del círculo, yaciendo en la hierba verde oscura a la luz de la luna, los tres cofres de plata que las hijas de Filo del Tiempo nos permitieron robar. Y ahí también una pequeñísima planta, un helecho canijo con frondas que parecen medias lunas y una varita llena de racimos de bolitas a las que algunos llaman uvas.

“No sé yo si esto va a funcionar, porque la hierba selena que yo crezco aquí la he modificado para mejor. ¿Dónde en los dos mundos podríamos encontrar hierba selena original si es que la mía no sirve por alterada?” preguntó Tito Richi.

“Puede que haya alguna en mi jardín,” dije yo, Brezo. “Pero nunca es fácil de encontrar este helechito.”

Estábamos intentando abrir los cofres y nos habían dicho que la llave que haría el trabajo  en el caso del primero era la hierba selena, pero sólo a la luz de la luna menguante.  Afortunadamente en Isla Manzana la luna para por todas sus fases cada lunes. Varias veces seguidas. Es un poco mareante, pero hoy nos convenía.

“Bueno, pues no sabremos si esta hierba selena mejorada funcionará si no la probamos,” dijo Gentillluvia.

Pero antes de que pudiésemos hacer eso…

“¿Qué significa esto?” gritó Brana, surgiendo de la oscuridad con un camisón plateado. “¿Por qué estás aquí fuera, Richi, en mitad de la noche? ¡Y con los niños!”

“¡Y con mi hermano Gentillluvia!” asintió Ricatierra. “Que es un gazmoño de renombre. ¿No es así, hermano? Yo no estoy con ninguna amiguita. Eso está claro, ¿no? Entonces, ¿cuál es el problema?”

“Bue…buenas noches, Genti,” dijo Brana. “Yo…yo no quise decir nada parecido a lo que Richi está sugiriendo. Yo me temía que hubiese…pasado algo. Un accidente. O algo así. ¿Cómo está…Mabel?”

“Mabel está acostumbrada a que su marido se levante en mitad de la noche y desaparezca entre las tinieblas hasta la hora del desayuno. Y nadie jamás le acusa de ser un…un…¡bueno, lo que sea! Por lo menos no desde hace mucho.”

“Mabel está muy bien,” dijo Gentillluvia. “Con frecuencia tengo que hacer cosas que sólo pueden hacerse de noche. Eso es lo que tenemos aquí ahora. Siento que te hayamos asustado.”

“Mabel es una astrónoma y está siempre despierta por la noche. Espiando a las estrellas y a mí. No es que me importe. Me siento halagado. Pero tu deberías entender que tenemos algo que resolver aquí fuera. Y no digas que tú jamás abandonas nuestra casa por la noche sino que sólo subes al tejado.”

“Yo…lo único que yo voy a decir es que no quiero molestaros, pero por qué tanto misterio? Si se puede saber. "

“Ahora es cuando Genti te va a decir que estamos intentando ayudar a una mujer que fue amiga de juventud mía. No dejes que eso te mosqueé tampoco. Es imposible que no aparezcan por doquier antiguas amigas mías. Llevo siglos en circulación.”

“En realidad lo que estamos intentando aquí es encontrar a un hermano de Henny Parry que desapareció hace muchísimo tiempo. Era el amante de una mujer que ha estado penando desde que él se fue. Mis hijas tuvieron algo que ver con este embrollo así que me siento obligado a encontrar a Umbriano Parry,” dijo Gentillluvia.

“Y además siente gran curiosidad por saber dónde ha podido esconderse ese canalla con tanto éxito. Tú no conoces a esta gente, Brana. Son de siglos antes que tú.”

“Conozco a Henny. ¿Puedo ayudaros?”

“Puedes dejar que sigamos con lo que estamos haciendo antes de que amanezca y la luna se esconda, amor mío,” dijo Ricatierra.

“Adelante de una vez, Señorpapi,” animaron las gemelas azules. Estaban algo impacientes porque no les hacía mucha gracia tener que estar siempre disponibles por si se las necesitase mientras su padre intentaba localizar a Umbriano.

“No veo ninguna cerradura, ni bombín, ni nada. Estos cofres parecen estar hechos de una sola pieza, un bloque sólido sin más. Espero que con sólo rozarlos con la hierba selena se abran, porque otra cosa no se puede hacer. Extraeré la planta entera, con las raíces intactas. No quiero dañarla,” dijo Gentillluvia.

“Nada le sucederá a la plantita. Yo estoy aquí. Puedo resucitar a los muertos. Me encargaré de la planta,” dijo Ricatierra.

Gentillluvia se arrodilló en la hierba y con mucho cuidado comenzó a soltar el helecho de la tierra. Cuando lo había hecho dijo, “¿Toco la caja con la punta o las raíces?”

“Pasa las raíces por donde debería de estar la cerradura,” dijo Ricatierra,“pero asegúrate de que la luz de la luna la esté iluminando.”

Genti rozó la primera caja y esta se abrió de golpe, como cualquier otro cofre se hubiese abierto con una llave corriente.

“¿Y qué tenemos aquí?” preguntaron las gemelas azules, arrodillándose también para ver el contenido de la caja.

“Una ficha de cartulina, creo. Richi, planta la planta de nuevo. Esto ya está.”

Ricatierra hizo justamente eso. Ni siquiera se llevó la planta con sus manos de las de su hermano. Simplemente la hizo flotar hasta su sitio. Y allí se quedó, situada como si nunca hubiese dejado su lugar.

“¿Pero que dice la ficha?” preguntaron las gemelas.

“Gracias por robar los cofres, Esmeraldo,” dijo Tito Gentillluvia.

“¿QUE?” exclamaron las gemelas azules.

“No. No dice eso,” se río Gentillluvia. “Es que me acabo de acordar que no había dado las gracias a Esmeraldo por mangar estas cajas.”

“Siempre que haga falta, buen señor,” dijo Esmeraldo.

“Pensé que fuiste tú,” le dijo Ricatierra a su hermano.

“Tu hijo se me adelantó.”

“No quedaba tiempo para vacilar,” dijo Gemito.

“Cierto. No quedaba,” dijo Genti.

“Pues no pierdas más ahora,” le dijeron las gemelas a su padre. “Lee esa ficha. En voz alta.”

Gentillluvia extrajo la ficha y la echó un vistazo.

“La única persona que conozco y aprecio que podría leer esta carta en voz alta es vuestro tío Fuegovivo,” le dijo Gentillluvia a sus hijas.

“¿QUÉ?” exclamaron las gemelas.

Y Ricatierra le arrancó la ficha de las manos a su hermano. Y tras echarla un vistazo también él dijo, “¡Uy, sí! ¡Sólo Fufi podría!”

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