333. Raptanenes de otrora
Eulalia Piedra de sangre, mejor conocida en las
estancias de los niños como la Yaya Caravinagre, era un coco de esos que
habían amargado la infancia de mis tíos.
“El caso es que sigue activa,” dijo mi tío
Gentillluvia, que la había buscado en los archivos de la Prudente Hermandad de
Prevencionistas.
“¿Me estás diciendo que la Yaya Caravinagre
existe realmente? Yo creía que nos tomaban el pelo. Nunca llegamos a ver a esta
mujer de pequeños. ¿Quién iba a pensar que veríamos su feroz rostro a estas
alturas?” dijo Tito Ricatierra.
“Una **** pesadilla viviente,” murmuró Tito
Fuegovivo.
“No es tan mala como cuentan. Pero es mejor
no tener que ver con ella," dijo Genti.
“¿Es ella uno de esos raptanenes con los que
nos asustan a los niños?” preguntó Neferclari, que había escuchado a su niñera
advertirla repetidamente a ella y a sus hermanos de la existencia de
secuestradores de niños.
“Sí,” dijo Gentillluvia. “Pero no de los
corrientes. Esta sólo abduce a niños que han sido maltratados por sus padres.”
“¿QUE?” chillaron las gemelas azules. “¿Y
para colmo se come a los pobrecillos maltratados?”
“¡No! Esto va de que se come a sus padres,”
dijo Ricatierra. “Ella devora padres que golpean a sus hijos. Recuerdo a Mami
preguntándonos con lágrimas en los ojos si es que queríamos que la fagocitase
Caravinagre cuando nos portábamos mal y ya no podía aguantarnos.”
“¿Os gustaría que alguien se zampase a
vuestros ***** padres, niños descarriados y malevolentes?” preguntó Fuegovivo.
“No! No! Nooooo!” chillaron
Esmeraldo, Azulina y Neferclari al unísono. “¡Por favor, no!”
“¡Pues entonces, maldita sea, no os portéis
mal! O vuestros *****padres van a perder el ****control y os van a dar una
****torta cuando les pongáis de los ***** nervios y lo siguiente que va a ser
es que os encontraréis huérfanos y destitutos.”
“A veces,” dijo Esmeraldo, pensando dos
veces, “cuando yo me enfado mucho, yo deseo…”
“¡No puede comerte, Papá! ¡Tú eres un buen papá! ¡Muy bueno!” lloró Azulina, aferrándose al brazo de su padre.
“¡Ay, por el cielo azul! ¡Y por el
tormentoso! Ea, cariño, no,” susurró Ricatierra. “Eso sería lo que me faltaba,
que a mi edad me comiese una raptanenes demente y justiciera. ¿Qué diría de mí tu abuelo?”
“¡No! ¡Raptanenes, no! Ella no rapta niños,”
corrigió la pequeña Neferclari ansiosamente.
“Oh, sí que lo hace,” dijo Fuegovivo. “Se
lleva a los ******* niños maltratados con ella una vez que ha terminado de
masticar a sus desafortunados padres.”
“¿Y que les hace a los niños?”
“Los adopta,” dijo Fuegovivo. “Ella es pobre
como las ***** ratas, asi que los ******* niños pierden todos sus *****
privilegios. Suponiendo que los tengan. Puede que se trate de niños muertos de
hambre y muy necesitados. Esos puede que
salgan ganando cuando les rapta Caravinagre. Estarán mejor con ella. Pero no es
vuestro **** caso, ******* mimados. Así que no tendría sentido que cambiaseis a
vuestros padres indulgentes por esa **** vieja. No enfadéis a vuestros papis
tanto como para lograr que pierdan los ***** estribos y en un momento de locura
transitoria os arreen una ****** torta si queréis mantener vuestro estatus.”
“No sabemos exactamente que les pasa a los
niños. Pero ella no parece querer maltratarlos. Al revés. Así que tendremos que
preguntarle a Antojito Matricaria sobre eso,” dijo Genti, “porque esa señora
parece que crió a nuestra amiga. Y no me consta que nadie se haya comido a
Antojito nunca. ¿Alguién sabe algo más?”
“¿A Antojito la crió Caravinagre? Yo no sabía
eso,” dijo Richi.
Y Fu asintió con la cabeza. Pero lo que dijo
fue, “Ahora que lo pienso, tíos, ¿por qué ******* estáis pensando en llevar a
estos críos a ver a un **** monstruo? ¡Ya están plañiendo como un ****** coro
griego!”
Fuegovivo se había negado a leer en voz alta
la controversial fichita que le trajeron sus hermanos. Dijo que ya utilizaba
suficientes palabrotas cuando hablaba como para exponer a los niños a un
lenguaje todavía más colorido.
“No es como si lo hubiésemos planeado, Fu,”
dijo Ricatierra. “Pasan cosas. Y una cosa lleva a otra. Y en realidad estamos
aquí porque yo recordé que tú saliste un par de veces con Antojito. Pensé que
podrías saber más de este tema. ¿Llegaste a conocer a su familia?”
“Rompí con ella porque su **** abuela me
aterraba. No me podía quitar de la **** cabeza la imagen de esa mujer tirándose
a la yugular de nuestra madre, como una loba. Traumas de niño, quizás. Y
además, yo no soy de los que agradan a las viejas. Lo que os puedo decir es que
si esa ****** loca de remate ve las cosas como las estoy viendo yo ahora mismo,
puede que nos arranque un **** brazo de un maldito bocado a cada uno de nosotros delante de estos niños.
Cantidad bestia la abuelita esa.”
“¡Ca!” respondió Gentillluvia. “Sin exagerar.
Yo no he podido encontrar ningún informe en nuestros archivos que dijese que
esa mujer se hubiese comido a alguien. Sí que se ha hecho cargo de niños
maltratados. No lloréis, chiquillos. Si os portáis bien, no tenéis nada que
temer. No pasará nada malo.”
“¡Les estás asustando, tío!” dijo Fuegovivo.
“Y además vuelves a sonar como Papi otra vez,
Genti,” dijo Ricatierra. “Estoy por acojonarme yo. Mira que si nos come esa, cómo se lo vamos a explicar a Papá?”
“¡Bah!” dijo Gentillluvia. “Todos somos buena
gente. Nada malo nos va a pasar. Eulalia no tiene nada contra nosotros.”
“Ya habéís escuchado al tito,” dije yo,
Brezo, abrazando a los niños. “Él sabe mucho de gente conflictiva. Todos
estaremos bien. No hemos hecho nada malo.”
“Él nos ha asustado. Eso es malo,” dijo
Esmeraldo apuntando con un dedo a su tío Gentillluvia.
“No seas ridículo, Gemito,” respondió Genti.
“A ti no hay quién te asuste.”
Y Esmeraldo se rio, porque eso era verdad. Y
las gemelas azules cogieron a cada una de las niñas de una mano y todos nos
fuimos a ver a Antojo Matricaria para preguntarla sobre la mujer que la había
criado.
“No quiero tener nada que ver con ella. No es
porque fuese mala conmigo. Al contrario. Me salvó de una vida miserable. No me
dejó pasar frío ni hambre. Siempre me llevó bien vestida y calzada. Y me hablaba con una
dulzura que para mí era desconocida. Nunca me hizo daño. Pero cuando me hice
mayor y me enamoré de Umbriano, pues ella no aprobaba a ese chico. Dijo que no
me traería más que problemas. Que tenía muy mal genio y que tal vez podría
llegar a golpearnos a mí y a nuestros hijos. Ahora que lo pienso… ¿Es posible
que se lo haya comido? ¡Ay por Og! ¡Qué horrible!”
Y no hubo manera de que consiguiésemos que
dijese más, porque no soportaba la idea que se la acababa de ocurrir, así que
la dejamos en el dolmen mordiéndose las uñas y nos fuimos sin ella a ver por
nuestra cuenta a la Yaya Caravinagre, que vivía en el árbol más alto del Bosque
Triturado. Un eucalipto. Importado de Australia.

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