334. Ojos muy negros
Teníamos nuestras dudas antes de subir a la copa del árbol de la raptanenes. Era normal,
considerando lo que estábamos escuchando bajar flotando de ahí arriba. Veréis,
es que la Yaya Caravinagre estaba cantándose a sí misma su propia versión de Ojos
Negros. Y no precisamente bajito. Daba más gritos que un coro de militares eslavo.
“Ojos
que saltan cuando me ven, ojos que se cuadran, cómo me temen!
Ojos
que cuando me avistan, se quedan en
blanco y se paralizan.
¡Estoy aquí para llevarme tu felicidad y
hacerla mía en vez!
¡En mala hora me conociste!
La
la lai la, la la lai la, ¡como palidece tu tez!”
“¿Es ella la que desvaría?” preguntó Tito Richi. “La voz no
es mala, pero la letra es horrible.”
“¡Os dije que era una **** loca de cuidado!” susurró Tito
Fu.
“Y yo siempre pensé que se la había inventado Mami para
asustarnos y hacer que nos portásemos bien. Pero tú sí creías en ella, Fufi. Y
mira por donde tenías la **** razón. Existe. Uy, perdón por la palabrota. Yo no las digo. Es
que eres contagioso, hermano.”
“No creo que yo quiera hacer esto,” dijo Fu. “¡No, no pienso subir a ese árbol y encararme con ella! Yo quería muchísimo a Mamá y es natural que haya quedado traumatizado.”
“¡Caray!” exclamó Richi. “Has pronunciado tres oraciones sin
decir un taco. Debes estar aterrado de verdad. ¿Y tú qué, Genti? ¿Creías o no
creías en la Yaya Caravinagre? ¿Pensabas que era real o una invención de Mami?”
“No sabía lo que pensar así que decidí buscarla y enterarme
por mi mismo si existía. No pensaba hacerlo provocándola para que se
manifestase y se comiese a nuestros padres. Eso nunca. Pero me fijé en como
Papá miraba para otra parte cuando Mamá la mencionaba. Él nunca dijo que no
fuese real. Y se quitaba de en medio cuando yo iba a preguntárselo. Así que
sentí curiosidad.”
“¿Realmente creías, Genti, como Fu, que alguien sería capaz
de comerse a nuestros padres? No son precisamente pusilánimes."
“A mi casi me da un infarto cuando conocí a Eulalia,” dijo
Fu. “Tuve que hacer un verdadero esfuerzo para no salir volando de la vida de
Antojito el mismo momento en que me di cuenta de quién era realmente Eulalia.
Jamás hubiese cortejado a Antojo de haber sabido quién era su yaya.”
“Cuando éramos peques y yo decidí informarme sobre ella
porque si era real tendría que ser detenida, la verdad es que yo no pude hallar información
alguna sobre ella,” dijo Gentillluvia, “salvo que personas mayores que nosotros
también habían temido a este coco cuando eran niños. Eso me dio a entender que
Mamá no se la había inventado. Pero ahora sé que Eulalia convirtió a su marido y a
la amante de este en dos guisantes y se los tragó. Y eso es probablemente lo
único que se ha comido. Bueno, que son las únicas personas que se ha zampado. Porque comida normal habrá tenido que comer.”
“¿Se comió a su marido por infiel?” preguntó Richi. “¿Pero
qué estamos haciendo aquí? Eso no me ha pasado ni a mí.”
“Ella y su marido no tenían hijos. Ella estaba desesperada
por tenerlos. Quería encargar uno, o una docena. Pero él se negaba. Decía que
él no iba a aceptar a un crío que no apareciese ante él de forma natural. Y
nada, que pasaron siglos y no apareció nadie. Y después de estar juntos durante
una eternidad, ella un mal día descubrió que su marido tenía varios hijos con
otra mujer. Y entonces le convirtió en un guisante, y a la otra mujer también,
y se los tragó.”
“¿Y siguen dentro de ella?” preguntó Richi.
“No. Se supo y la forzaron a devolverlos. Pero ella quedó
trastornada. Antes de que la obligasen a vomitar los guisantes ella había
criado a los cuatro hijos de esos guisantes. Todos decían que era una santa por
ocuparse de esos niños de padres desaparecidos. Pero cuando se supo lo de que
se había tragado a la pareja, todo el mundo se apartó de ella. Y ella se dedicó a
rescatar a niños maltratados y a criarlos ahí arriba en su casita del
eucalipto."
“Ante la cual estamos. Yo conozco esa canción. La que ella
estaba cantando. Es una canción de amor rusa muy intensa,” dijo Richi. “¿Creéis que debería
añadir mi voz a la suya?”
Y sin esperar respuesta, lo hizo. Comenzó a cantar Ochi
chyornye en versión original rusa. Lo
hizo porque ya no le asustaba la yaya. Se había recordado a sí mismo que él
estaba acostumbrado a broncas domésticas y siempre le habían beneficiado a él. Sus insoportables esposas le habían abandonado todas tras broncas
monumentales.
“¿Quién hay ahí abajo? ¿Te burlas de mí?” chilló la Yaya
Caravinagre.
“¡No!” la aseguró Richi. “Sólo quería participar. Me gusta
tu voz. ¿Te gusta la mía? Tal vez deberíamos juntarnos y…”
Y Fuegovivo le hincó el codo en las costillas. Brutalmente.
"¡Ay!" se quejó Richi.
“Señora Piedra de Sangre, soy Fuegovivo Buenvecino. No sé
si se acordará usted de mí. Soy amigo de Antojo Matricaria. Ella nos presentó,”
dijo Fu.
Y la Yaya Caravinagre bajó del árbol. Pero antes de seguir
con mi relato, quiero decir algo sobre este eucalipto, que al principio parecía
Australiano, pero ahora se transformó, adquiriendo el aspecto de un eucalipto arcoíris,
pues su tronco se volvió de varios colores. Yo conozco este árbol por la vez
que Beau se fue a algún lugar cercano a Mindanao para adquirir el caballo de
tiovivo que hizo posible que los Atsabesitos celebrasen su día del nombre sin
incidentes desafortunados. La yaya no bajó sola. Descendió rodeada por una patulea de niños muy pequeños
que no pararon quietos. Revolotearon a nuestro alrededor dando saltitos y
haciendo muecas y riéndose y tronchándose todavía más de nosotros cuando no
respondimos a su provocación. Debo decir que parecían felices.
“¿Quién te ha planchado la camisa?” le preguntó la yaya a
Esmeraldo.
“¿Por qué?” dijo Esmeraldo, respondiendo hábilmente a su pregunta con
otra pregunta.
“Está muy bien planchada.”
“¡Ah!” dijo
Esmeraldo. Sólo eso.
“¿Estos son tus hijos?” preguntó Eulalia a Fuegovivo.
Pero antes de que pudiese contestar, Azulina dijo, “Somos
sus sobrinas y sobrino. Y es un buen tío. Siempre nos trata muy bien. Muy buen tío.”
“¡Sí!” dijo Neferclari, y Esmeraldo asintió con la cabeza.
“Más le vale,” dijo la Yaya Caravinagre, mirando con malos ojos al pobre Fu.
“Señora Piedra de Sangre, yo soy Gentillluvia Buenvecino," dijo Tito Genti, que siempre toma la iniciativa cuando huele sangre. "Estamos aquí porque intentamos localizar a Umbriano Parra de Plata Parry y
pensamos que tal vez usted nos podría ayudar con esto.”
“Te recuerdo perfectamente,” Eulalia le dijo a Fuegovivo.
“Tú eres el incendiario. Y ojalá hubieses mostrado más interés en Antojito que
Umbriano. Ella fue de mal en peor cuando rompiste con ella. Y tú, Gentillluvia, o como te llames,
hermano de este aquí presente, que sepas que yo no me he comido a Umbriano si es lo que estás
sugiriendo.”
“Cualquier información que nos pueda usted dar nos sería de
ayuda,” dijo Genti.
Y si la yaya había parecido amenazadora, ahora se convirtió en una auténtica bruja. Hasta la creció un sombrero, tan rabiosa y maldicente estaba.
“A la que tendrías que preguntar es a esa **** de **** cuyo ******** pelo yo arranqué a puñados de su repugnante y piojosa cabeza cuando las Muchachas de Oro
se lo acababan de volver a coser. Sería mala ******, esa ****** ladrona de
novios. ¡Hacer llorar a mi pobre Antojito! Yo no iba a dejar pasar eso sin
atacar a esa **** ******. Aunque el sujeto era un **** necio, no había derecho a
comportarse así con mi niña. Le rompieron el **** corazón a mi pobre niña, sí. Pero no vais a poder
consultar con la ****** esa, porque ella también está desaparecida. Se fugó con
el ****** ese. Tendría que haberme comido a esos *******.
“Sí, sabemos que usted tuvo una agarrada con Malina
Luzmala. Y también sabemos que ella está en paradero desconocido,” dijo
Gentillluvia.
“¿Eso os lo han contado las Áureas?”
“Lo he leído en alguna parte.”
Yo, Brezo, también había leído lo de la pelea. La ficha que sacamos del primer cofre contaba ese encontronazo con todo lujo de detalle. Las Áureas habían tenido que coserle el pelo a Malina una tercera vez.
“¿Así que salimos en la prensa, eh? Bien. Eso hará que no
se me acerque nadie. ¿Y que hay de ti, muchacho cantor?” le preguntó Eulalia a
Ricatierra. “¿Quién eres?”
“Es mi queridísimo padre y un padre modélico es,” dijo
Azulina. “No podría ser mejor ni más perfecto.”
“Si tú lo dices, será verdad,” dijo la Yaya Caravinagre
encogiéndose de hombros. “¿Alguien más tiene un padre aquí? ¿Modélico o no?”
“¡No!” dijeron las Gemelas Azules al unísono.
Y Esmeraldo y Neferclari apoyaron esa respuesta asintiendo con la cabeza. Sí, afortunadamente Esmeraldo fue prudente y permaneció calladito.








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