233. Las luces rientes de Sotodragón
Cuando bajé del Alto Norte fue porque Papá
vino a buscarme.
“Esto es como las Bahamas,” me dijo. “Si te
quedas aquí demasiado tiempo, nunca volverás a casa.”
Me hizo gracia que él pudiese comparar
aquello con las Bahamas. Si te quedabas ahí, probablemente sería porque habías
muerto congelado, pensé yo. Y no pude evitar preguntarle que hacía ahí cuando
era niño.
“¿Ayudabas a la señora abuela y aprendías de
ella o te sentabas ahí fuera todo el día observando el horizonte?”
“¿Dónde crees que aprendí a no hacer nada?”
fue su respuesta. “No es tan fácil como parece. Tú tío Gen fue incapaz de
aprender.”
“¿Es igual aquí en verano?” le pregunté.
“¿Qué verano?” contestó. Y añadió, “Sabes,
Arley, algunos piensan que soy el hijo del hada Morgana y de Julio César. Es
porque le hice un favor a ella, hace siglos. Pero no. Yo nací aquí. Si alguna vez te encuentras con Julio y él te
dice que es tu abuelo, tú no se lo discutas. A él le gusta creer que sí. Y cuantos
más abuelos, más enchufes, hijito.”
“¿Tú ibas a cazar el huevo de la gusana?
¿Puedes levantar piedras enormes con tus manos?”
Papá hizo una mueca de asco y sacudió la cabeza.
Probablemente yo estaba haciendo demasiadas preguntas.
Una vez en casa, Tío Fuegovivo me dijo que a
la primera que pudiese, tenía que ir a cenar con él y su familia. A cenar, no a
almorzar, porque el almuerzo no era más que un bocata, ya que su mujer, Perla,
la nieta favorita de la Abuela Sopitas con leche, iba todos los días a casa de
la tía Mabel para ayudar a su abuela y no volvía hasta la noche.
Y por eso, en cuanto pude, sí que fui a casa
de Tito Fu. Yo pensaba que viviría en el profundo sur de Isla Manzana, pero
resultó que no vivía en la isla, aunque me dijo que su hermana le había
regalado una casa ideal allí que usaban su mujer y sus hijos. Él vivía junto a
su forja inmemorial, en uno de los parajes más oscuros del Bosque Triturado,
mucho más lúgubre que los páramos de Tito Vendaval. De nombre Sotodragón, no es
ese un mal lugar si sabes cómo moverte por allí, pero no es adecuado para los
miedosos y débiles de corazón. Los árboles que hay ahí se pueden convertir en
dragones y aunque no son infames por haberse comido a gente, su mera presencia
resulta disuasoria y ahuyenta a la mayoría de los visitantes. Te sientes como
si no va a pasar nada, pero algo sí que podría pasar. No se siente uno
tranquilo ahí.
“¿Cómo puede un soto ser un buen lugar para una
forja?” pensaba yo. “Ese fuego…el bosque podría arder. Aunque haya un río
cerca, es un peligro. Un accidente parece muy probable. Pero supongo que Tito
Fuegovivo sabe lo que se hace.”
Yo no había estado antes en Sotodragón, así
que cuando llegué ahí, esperé a que se pusiese el sol para poder entrar en el
soto mostrando respetuosa confianza. Los árboles, que parecían mayores que los de cualquier otra
parte del Bosque Triturado, empezaron a mostrar sus rostros de fiera mitológica.
Aunque no eran muy discernibles en la oscuridad, su presencia se percibía como algo
siniestro, incluso por aquellos que no ven tan bien como yo en la oscuridad. Y
se sentía ahora sí y ahora no una ráfaga caliente en el frío helador del lugar
que debía ser su aliento. Aquel calor olía a leña quemada y parecía una
alucinación olfativa, al no verse nada ardiendo. Aunque todavía no se habían
convertido totalmente en dragones, algunos árboles ya estaban enseñando sus
dientes, así que yo repetía y repetía susurrando el nombre de Fuegovivo, para
que supiesen que estaba ahí por él, y no para perturbar la paz del lugar, e
hice todo lo posible por avanzar sin siquiera rozar una ramita. No era fácil.
Era invierno allí, y la nieve crujía bajo mis
botas. Me fijé en que había pequeños montones de hojas podridas por aquí y por
allí, que no estaban cubiertas por la nieve. No había señales que indicasen el
camino a la forja, así que simplemente avance hacia el sur, e intentando
asegurarme de que no me movía en círculos, aprendí a distinguir unas de otras las
caras de dragón que me rodeaban. Y entonces, en lo más oscuro, vi encenderse
una luz. Me acerqué a ella, pero cuando yo avanzaba, la luz retrocedía. Y
entonces se encendió una segunda luz, cerca de la primera, un poco más grande
que esa, pero no mucho. Amenazaron con moverse en direcciones opuestas y yo no
sabía a cuál de ellas seguir. Y se me debió notar la confusión, porque las
luces empezaron a reírse. Concluí que las luces eran de la orden de los fuegos
fatuos, y que se estaban burlando de mí. Y también que al seguirlas me había
apartado de mi camino.
Al principio estas luces eran como orbes de
oro a veces rojo, a veces verde, casi siempre amarillo, pero entonces una
empezó a asemejarse a la sombra luminosa de un niño de tres años. Y después la
otra empezó a estilizarse y a parecer la silueta ardiente de una criatura de
cinco o seis años. Pero fue cuando una tercera luz apareció, botando desde la boca de un dragón-árbol y con aspecto
algo mayor que las otras dos, que decidí hablar con ellas.
“¿Cómo es que no quemáis nada más que la
nieve bajo vuestros pies colgantes?” pregunté.
“Derretimos la nieve, no la quemamos,” dijo
la luz mayor. “Nuestros pies no tocan el suelo. No lo ves?”
Era cierto. Flotaban en el aire, sus pies
colgando sólo un poco por encima del suelo, derritiendo la nieve que había
debajo, pero sin quemar las hojas mojadas y mohosas que aparecían bajo la nieve
disuelta.
“Las cosas no se queman cuando las tocamos si
no queremos que lo hagan.”
“Eso está muy bien,” dije yo.
Y entonces la más enana de las luces me preguntó, “¿Eres Arley?”
“¡Calla!” instó la luz mediana. “No digas un
nombre antes de que lo diga su usuario. Puede no ser el suyo y lo podría robar,”
advirtió la luz mediana a la pequeñita.
“Sí que soy Arley,” dije yo. “Ese es mi propio
nombre.”
“¿Has traído al devorador contigo?”
“¿Alpin?”
“Ha dicho un nombre que no es suyo,” protestó
la luz pequeñita. “Él no es Alpin.”
“Nosotros también devoramos cosas cuando
queremos,” dijo la luz mediana, ignorando a la pequeñita.
“Pero sabemos controlarnos,” les recordó la
luz mayor. “Todo requiere control, lo sabéis.”
“Así es,” dije yo. “No, Alpin no está
conmigo.”
“Hablando de hambre… Los dragones parecen ya
hambrientos. ¿No notas cómo se revuelven? Papa les da de comer,” dijo la luz
pequeña.
“¡Calla! Vas a asustarle. No te preocupes, Arley.
No va a ser a ti. ¿No me reconoces, primo? Nos has visto antes. Pero no
iluminados, ¿eh?” dijo la luz mayor.
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