297. Recordar todo
“¿Cómo os ha ido, tesoros?” preguntó Divina a los
Atsabesitos cuando se acercaron a saludarla en el rastrillo navideño de Santa
Lucía. Iban muy guapos, las chicas con corona de velas en sus cabecitas y los
muchachos disfrazados de niños estrella. “¿Os ha tratado bien el bisabuelo? Más
le vale.”
“Nos ha enseñado a secuestrar a gente. Bueno, a un tío muy
malo. Lo metió en un saco. Bueno, a nosotros también, pero nos soltó. Al malo
no. ¿Verdad, Bisa?”
“¿¡Eh!? Pero… ¿qué me estáis diciendo?” exclamó la
Bisabuela Divina. “Pero AEterno, ¿quién eres? ¿El Krampus?”
“¡Indiscretos!” murmuró AEterno. “Os tenía que haber hecho
jurar que no contaríais nada, acusicas enanos.”
“¿Quién es el Krampus?” preguntó Neferclari, a la que no se
le escapaba nada.
“A mí el tío malo ese me quería pinchar con alfileres,”
dijo Neferhari, muy orgulloso.
“¡Ay, Señor AEterno, no asuste usted a los niños que luego
no duermen!” dijo Pedubastis.
“De tú,” dijo AEterno, “te lo he dicho mil veces. Y no me
llames señor, que me hace sentirme viejo. Que tú eres casi de mi edad. Y a
estos, dales un té de manzana, si te parece que no duermen, pero me parece a mí
que más miedo les daría que les contasen cualquier cuento de hadas. ”
“Si he probado de todo para que no tengan pesadillas,” dijo
Pedubastis.
“¿A que no les has dado un lingotazo de esto?” dijo el
Bisabuelo, sacando una petaca de plata de un bolsillo de su chaqueta.
“¿Pero serás bruto? ¡Qué no pueden tomar cognac courvoisier, aunque lo bebiese Napoleón!¡ Qué son niños, y los vas a
alcoholizar!” dijo la bisabuela.
“Sólo es jarabe de loto,” protestó AEterno. “Te quita la
ansiedad. Y también te quita la tos.”
“Peor me lo pones. El que no siente algo de ansiedad acaba pasando de todo. Y además eso tiene que ser adictivo.”
“¡Qué no! ¡Qué esto es muy flojo! No es lo que tú crees. Es
para tener sueños placenteros. Yo lo tomaba a diario de niño.”
“Así estás, que pasas de todo.”
“Era malísimo, ese que secuestramos. Se lo tenía merecido.
Y la abuela lo va a entregar al demonio a fin de año,” dijo Neferniki a su bisabuela.
“¡Ay, por favor!” exclamó Titania. “Eso era un secreto. Ahora
te lo explico, Mamá.”
Y le contó a su madre como ella necesitaba un prisionero
para poder rescatar al hijo de Mari la Sherbaniana, y que su padre se había
ofrecido a conseguir uno.
“¿Pero cómo no me habéis dicho nada? Eso es peligrosísimo.
Yo os hubiese ayudado. AEterno, bonito, podrías haberme pedido que os
acompañase. ¿Cómo no me avisaste?”
“Porque tú serías capaz de entregarme a mí al demonio,”
contestó AEterno, “para acabar antes y volver a tus compras.”
“¡Ya estamos! Mira que eres paranoico. Siempre piensas que
yo te voy a hacer algo malo. Pues yo no le haría eso ni al demonio. ¡Pobre del
demonio si acaba teniendo que cargar contigo! Tranquilo, que ese no te va a
aceptar. No eres tan malo. Sólo eres un pesado. Y un insensato. No hay quién
entienda tu manera de hacer las cosas.”
“Además, si te interrumpo mientras compras, te enfadas y
dejas de hacerlo y me toca a mí ocuparme de los regalos, y yo no puedo estar
pendiente de lo que necesita este y lo que quiere aquel. No soy el Krampus,
pero tampoco un Rey Mago.”
“El abuelo nos ha dicho que nos portemos bien con
Pedubastis, porque así ella no nos echará al jardín y no iremos a darle la lata
a él,” dijo Neferclari.
“Haremos nuestras camas,” dijo Neferniki.
Y los demás gatitos le miraron mal.
“No te pases,” le dijo Nefernedi, dándole un codazo.
“Pero ha sido divertido dar la lata al abuelo,” dijo Neferhari, para cambiar de tema un poco.
“Sí que se la dimos, así que hemos cumplido nuestro
propósito que era fastidiar a alguien, ¿no?”
preguntó Neferedi.
“Por partida doble, porque el tío malo ese también ha
quedado fastidiado y secuestrado.”
“El bisabuelo no ha secuestrado a nadie, niños,” dijo
Titania. “Ha detenido a un criminal. No es lo mismo. Pero dejad ya de hablar de
eso. Es desagradable.”
“Sí, pues ahora dar la lata a los de los puestos, que esos
están deseando que alguien les haga caso. Mirad, ahí están vuestras tías Brezo
y Cardo, vendiendo dulces de navidad de distintos países. Comprad unos botes de
crema de brandi para los pudines ingleses, que a Ruibarbo siempre se le olvida
hacerla y hay que comerlos secos,” dijo AEterno a sus nietos, soltando seis bolsitas
llenas de moneditas de oro que le habían
preparado los ratones de la Banca Pérez. Las monedas ni estaban hechas con
dientes de oro ni mordían.
“¡GUAY!” gritaron los niños y se fueron a gastar su
dinerito.
“¿Y te gusta tu trabajo?” le preguntó Cardo.
“No, pero me encanta la gente con la que trabajo,”
respondió Arley a su hermana.
“¿Eso quiere decir que te vas a quedar a vivir con ellos
ahora que puedes vivir donde quieras?” preguntó Brezo. “He oído decir que por
fin vas a reclamar tu casa ideal, y que no la vas a colocar junto a las
nuestras como siempre hemos pensado que algún día harías, sino que te la vas a
llevar a la urbanización de los Mnemosinos.”
“La colocaré junto a las vuestras, pero será muy parecida a
la casa de la tía Mabel, y aunque no tendrá su interminable jardín, habrá pasadizos que me lleven hasta las casas
de los Mnemosinos. Y de Mabel, claro.”
“¿Entonces no te has olvidado de nosotras?”
“Un memorión no se puede olvidar de nada. Tengo que
recordarlo todo, ese es mi trabajo.”
“Para que el abuelo pueda jugar al golf,” dijo Cardo. “Pues
vaya paliza.”
“En realidad, sólo tendré que recordar todo lo que ocurre
en el sur, pues seré de ese equipo. Pero luego nuestras cuatro tías se reúnen y
le pasan toda la información al completo a Belvedere y entonces es cuando las cosas cobran
sentido.”
“¿Toda?”
“Absolutamente toda. Si no, puede haber problemas. No se
puede ignorar, retener, o esconder información. Belvedere la organiza pero no
la filtra. Y se la pasa al abuelo, que toma decisiones. Él sólo la tiene un
rato, para poder descansar y sentirse libre también. Luego se la devuelve a
Belvedere, y éste la archiva. Nosotros archivamos nuestra parte. O sea, toda queda
en dos archivos, el personal del Memorión y el de los equipos direccionales. Nada
se omite. Al completo en ambos archivos”
“¿Y cuándo descansa Belvedere?”
“Nunca descansa del todo, pero sí lo hace un poco mientras
nosotros estamos recabando la información nueva.”
“Para mí que el Belvedere tiene que estar hecho polvo si lo
sabe todo siempre,” bostezó Cardo.
“Bueno, se le da bien lo que hace.”
“¿Podemos comprar salsa para los pudines navideños?” se
atrevieron a interrumpir los Atsabesitos, algo impacientes.
"¡Ni lo soñéis! ¿Qué os ha hecho pensar que vendemos ron a menores?" les regañó Beaurenardo.
Los Atsabesitos le miraron mal, y él se echó a reír. Estaba de broma.
“Sí, claro,” dijo Brezo. “He puesto la receta en los
tarritos. A los que les preocupa el poquito alcohol que lleva la salsa, pues esos pueden hacerla con vainilla en vez de brandi. A ti no te la mandé con la duodécima carta, Arley, porque como ibas a
venir, pues no iba a hacer falta.”
CREMA DE BRANDI
Ingredientes:
Dos yemas de huevos orgánicos
Cuatro onzas de nata orgánica
Dos cucharadas de buen azúcar
Dos cucharadas de un estupendo brandi
Instrucciones:
Colocar las yemas, la nata y el azúcar en una
cacerola.
Ponerla a fuego lento.
Batir todo esto desde el primer momento,
suavemente hasta que se convierta en una salsa o crema.
Añadir el brandi, calculando con cuidado al
añadirlo para que la salsa no quede muy liquida. No dejéis de batir suavemente
ni un segundo.
Cuando la crema se vea suave y uniforme,
verter en una salsera.
Si la salsa es para un pudín grande, se puede
verter sobre él justo antes de cortarlo. O sobre cada pedazo individual una vez
cortado.
Si la salsa es para varios pudines pequeños e
individuales, verter la crema sobre estos antes de servirlos.
O que cada uno se sirva la crema que quiera.
Este cuento os lo ha terminado de contar Dolfitos, el hojita intelectual.
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