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lunes, 25 de agosto de 2025

313. La Universidad de Tealzo

313. La Universidad de Tealzo

Mientras su hermanito negociaba en el Lago Fosforito con la Dama de ese lugar, Azulina estaba devolviendo los libros que había hallado sobre arquitectura naval a su lugar en las estanterías de la biblioteca de Casa Gentil. Se los había leído todos con gran diligencia y creía estar preparada para intentar construir un buen barquito.

Y entonces, cuando acababa de dejar el último de los libros en su lugar, sonó su bola de cristal.

“La llamamos desde la Universidad de Tealzo,” dijo una voz. “Hemos oído que intentaste matricularte en la facultad de arquitectura naval e ingeniería marina de la Universidad de Tímote, pero no te gusto lo que encontraste ahí. Queremos ofrecerte nuestros servicios. Estamos seguros de que estarás encantada de trabajar con nosotros. Serás muy feliz aquí.”

Azulina le explicó a esa voz que ella se había preparado por su cuenta y que probablemente ya no necesitaba acudir a una universidad para aprender a construir una nave modesta. Pero la voz insistió e insistió.

“¡Necesitarás clases prácticas, bla, bla, bla! ¡Vale más tener un diploma, bla bla, bla!” continuaba la voz de la Universidad de Tealzo.

La voz era tan amable y tan insistente que Azulina, que odiaba tener que decir que no a gente agradable, acabó por ceder.

“Muy bien,” dijo Azulina. “Pasaré por vuestra facultad y veré lo que me ofrecéis.”

Y eso hizo.

Aconsejaron a Azulina que asistiese a dos o tres clases para ver si la gustaba aquello.

Y eso también hizo.

La primera clase iba a consistir en una magistral dada por el Profesor Divago. Se suponía que iba a hablar sobre cómo hacer que un barco no se hundiese jamás. Pero se puso a divagar contando a sus alumnos como él casi se ahogó a los dos añitos de edad en la bañera de la decrepita casa de su decrepita abuela. Ella le había dejado sentado en la bañera con el agua fluyendo y el tapón puesto y se había ido a ver si ya estaban listas unas lentejas que estaba cociendo. Luego se puso a hablar por teléfono y se olvidó del todo del niño. Y como no sabía nadar, fue una suerte que el profesor flotase milagrosamente y fuese rescatado a tiempo por su tío, que entró en el baño a hacer sus necesidades y vió lo que había ahí. El Profesor Divago entonces explicó a sus alumnos que algunas personas pensaban que era muy conveniente aprender a nadar si no querías ahogarte mientras que otras pensaban que saber nadar sólo prolongaba la agonía de luchar contra grandes cuerpos de agua y era mejor ahogarse rápido. Y tras haber compartido con sus alumnos toda está indispensable información, él mismo hizo sonar una campana y ese fue el final de su clase.

La segunda clase a la que asistió Azulina tenía que haber sido sobre los mejores materiales con los que construir naves. El Profesor Resentido habló durante una hora sobre lo antipáticas que eran las autoridades protuarias extranjeras y los perjuicios que sentían contra los extranjeros y lo sospechosas que se mostraban al tratar con barcos que navegaban bajo una bandera ajena. ¡Jolín, lo cabreado que estaba con esas autoridades portuarias! Llegó a llamarlas toda clase de nombres pintorescos y acabó su clase aconsejando a sus alumnos a jamás navegar fuera de las aguas territoriales de su país. Entonces preguntó a sus alumnos si entre ellos había algún extranjero. Azulina no estaba segura de que si era una extranjera ahí o no. Así que se deslizó hacia abajo para esconderse bajo su pupitre y pasar desapercibida.

El tercer profesor que entró en la clase era sobrino del Profesor Resentido. Azulina sabía esto porque había escuchado a una de las alumnas decírselo a otra. Entró sin más y preguntó si había allí alguien que ya supiese algo sobre barcos y el mar. Dijo que de ser así, sería mejor que esta persona no se molestase en asistir a clase porque sólo conseguiría incomodar a los demás alumnos haciendo que se sintiesen inferiores. Entonces empezó a pasar lista, y  conforme decía un nombre sonreía a la persona nombrada o no, mirando en este último caso rápidamente hacia otra parte, como si no hubiese visto a nadie. Porque el profe había dejado la puerta abierta, Azulina pudo salir del aula a cuatro patas sin ser percibida.

“Pero, cariño,” dijo el hombre cuya agradable voz había hablado con Azulina por la bola de cristal cuando esta le explicó, muy educadamente que no la habían convencido las clases a las que había asistido, “nosotros no queremos expertos y tú quieres un diploma. Estoy seguro de que podemos llegar a un arreglo. ¿No es tu padre Ricatierra Buenvecino? Te queremos aquí.”

“El problema es que estoy empezando a pensar que tal vez sea yo una experta,” Azulina se dijo a sí misma. Había entrado en el aula con síndrome del impostor, pero ahora estaba pensando que tal vez no lo era. La llevó un rato huir de la secretaría del rectorado y del persistente secretario, pero logró llegar a casa a la hora del té.

Mientras extendía mantequilla por un bollito y observaba como se derretía y hundía un terrón de azúcar en su taza de té, Azulina suspiró y musitó, “¡Vivant bibliothecae! Un libro, cuando lo tienes en tus manos y lo abres, te da generosamente todo lo que contiene. No te exige que sepas de antemano todo de lo que va y te acompleja y te llama tonto por no saberlo. No te pregunta de dónde eres, ni quién eres. No te castiga por no saber nada o por saber demasiado. Sólo te pide que sepas leer, y si sabes leer, te da todo lo que él sabe. Lo dicho. ¡Sí, sí, sí! ¡Larga vida a las buenas bibliotecas!”

“¿Qué has dicho, cielo?” preguntó Mamá Brana a la niña. Pero antes de que Azulina pudiese contestar, su madre tenía otra pregunta para ella. “¿Sabes dónde puede andar Esmeraldo?”

“Ahora iré a buscarle, y le llevaré algo de merienda,” le dijo Azulina a su madre. "No te preocupes. Sólo está jugando a ser un pirata, aunque es cierto que se toma sus juegos muy en serio." 

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