313. La Universidad de Tealzo
Mientras su hermanito negociaba en el Lago Fosforito con la
Dama de ese lugar, Azulina estaba devolviendo los libros que había hallado
sobre arquitectura naval a su lugar en las estanterías de la biblioteca de Casa
Gentil. Se los había leído todos con gran diligencia y creía estar preparada
para intentar construir un buen barquito.
Y entonces, cuando acababa de dejar el último de los libros
en su lugar, sonó su bola de cristal.
“La llamamos desde la Universidad de Tealzo,” dijo una voz.
“Hemos oído que intentaste matricularte en la facultad de arquitectura naval e
ingeniería marina de la Universidad de Tímote, pero no te gusto lo que
encontraste ahí. Queremos ofrecerte nuestros servicios. Estamos seguros de que
estarás encantada de trabajar con nosotros. Serás muy feliz aquí.”
Azulina le explicó a esa voz que ella se había preparado
por su cuenta y que probablemente ya no necesitaba acudir a una universidad
para aprender a construir una nave modesta. Pero la voz insistió e insistió.
“¡Necesitarás clases prácticas, bla, bla, bla! ¡Vale más
tener un diploma, bla bla, bla!” continuaba la voz de la Universidad de Tealzo.
La voz era tan amable y tan insistente que Azulina, que
odiaba tener que decir que no a gente agradable, acabó por ceder.
“Muy bien,” dijo Azulina. “Pasaré por vuestra facultad y
veré lo que me ofrecéis.”
Y eso hizo.
Aconsejaron a Azulina que asistiese a dos o tres clases
para ver si la gustaba aquello.
Y eso también hizo.
La primera clase iba a consistir en una magistral dada por
el Profesor Divago. Se suponía que iba a hablar sobre cómo hacer que un barco
no se hundiese jamás. Pero se puso a divagar contando a sus alumnos como él
casi se ahogó a los dos añitos de edad en la bañera de la decrepita casa de su
decrepita abuela. Ella le había dejado sentado en la bañera con el agua
fluyendo y el tapón puesto y se había ido a ver si ya estaban listas unas
lentejas que estaba cociendo. Luego se puso a hablar por teléfono y se olvidó
del todo del niño. Y como no sabía nadar, fue una suerte que el profesor
flotase milagrosamente y fuese rescatado a tiempo por su tío, que entró en el
baño a hacer sus necesidades y vió lo que había ahí. El Profesor Divago
entonces explicó a sus alumnos que algunas personas pensaban que era muy
conveniente aprender a nadar si no querías ahogarte mientras que otras pensaban
que saber nadar sólo prolongaba la agonía de luchar contra grandes cuerpos de
agua y era mejor ahogarse rápido. Y tras haber compartido con sus alumnos toda
está indispensable información, él mismo hizo sonar una campana y ese fue el
final de su clase.
La segunda clase a la que asistió Azulina tenía que haber
sido sobre los mejores materiales con los que construir naves. El Profesor
Resentido habló durante una hora sobre lo antipáticas que eran las autoridades
protuarias extranjeras y los perjuicios que sentían contra los extranjeros y lo
sospechosas que se mostraban al tratar con barcos que navegaban bajo una
bandera ajena. ¡Jolín, lo cabreado que estaba con esas autoridades portuarias!
Llegó a llamarlas toda clase de nombres pintorescos y acabó su clase
aconsejando a sus alumnos a jamás navegar fuera de las aguas territoriales de
su país. Entonces preguntó a sus alumnos si entre ellos había algún extranjero.
Azulina no estaba segura de que si era una extranjera ahí o no. Así que se
deslizó hacia abajo para esconderse bajo su pupitre y pasar desapercibida.
El tercer profesor que entró en la clase era sobrino del
Profesor Resentido. Azulina sabía esto porque había escuchado a una de las
alumnas decírselo a otra. Entró sin más y preguntó si había allí alguien que ya
supiese algo sobre barcos y el mar. Dijo que de ser así, sería mejor que esta
persona no se molestase en asistir a clase porque sólo conseguiría incomodar a los
demás alumnos haciendo que se sintiesen inferiores. Entonces empezó a pasar
lista, y conforme decía un nombre
sonreía a la persona nombrada o no, mirando en este último caso rápidamente
hacia otra parte, como si no hubiese visto a nadie. Porque el profe había
dejado la puerta abierta, Azulina pudo salir del aula a cuatro patas sin ser
percibida.
“Pero, cariño,” dijo el hombre cuya agradable voz había
hablado con Azulina por la bola de cristal cuando esta le explicó, muy
educadamente que no la habían convencido las clases a las que había asistido,
“nosotros no queremos expertos y tú quieres un diploma. Estoy seguro de que
podemos llegar a un arreglo. ¿No es tu padre Ricatierra Buenvecino? Te queremos
aquí.”
“El problema es que estoy empezando a pensar que tal vez
sea yo una experta,” Azulina se dijo a sí misma. Había entrado en el aula con
síndrome del impostor, pero ahora estaba pensando que tal vez no lo era. La
llevó un rato huir de la secretaría del rectorado y del persistente secretario, pero logró
llegar a casa a la hora del té.
Mientras extendía mantequilla por un bollito y observaba
como se derretía y hundía un terrón de azúcar en su taza de té, Azulina suspiró
y musitó, “¡Vivant bibliothecae! Un libro, cuando lo tienes en tus manos y lo abres, te da generosamente todo lo que contiene. No te exige que sepas de antemano todo de lo que va y te acompleja y te llama tonto por no saberlo. No te pregunta de dónde eres, ni quién eres. No te castiga por no saber nada o por saber demasiado. Sólo te pide que sepas leer, y si sabes leer, te da todo lo que él sabe. Lo dicho. ¡Sí, sí, sí! ¡Larga vida a las buenas bibliotecas!”
“¿Qué has dicho, cielo?” preguntó Mamá Brana a la niña.
Pero antes de que Azulina pudiese contestar, su madre tenía otra pregunta para
ella. “¿Sabes dónde puede andar Esmeraldo?”
“Ahora iré a buscarle, y le llevaré algo de merienda,” le dijo Azulina a su madre. "No te preocupes. Sólo está jugando a ser un pirata, aunque es cierto que se toma sus juegos muy en serio."
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